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Diario de mudanza (V): de segunda mano

El calendario se ha comido un mes enterito desde que nos mudamos y parece que empezamos a digerirlo. Aunque la mudanza daría para un libro de los gordos, voy cerrando el serial. Antes, confirmar que el modo ahorro se ha quedado conectado en nuestras vidas pese al cambio de aires y a que, según parece, la economía familiar empieza a dejar atrás los números rojos. Y es que una cosa es que hayamos abandonado las lechugas de oferta o las conservas paupérrimas de marca blanco nuclear y otra muy distinta es pagar un céntimo de más, gratuitamente. Supongo que nos estamos alemanizando, quizá siempre fuimos un poco de esta pasta, pero el caso es que la guinda del pastel que es nuestro pequeño Wohnung la estamos intentando colocar a través del mercado online de segunda mano. Vía Quoka y antes de aterrizar aquí se sacaría ya Mariola de la chistera un colchón de viscoelástica, lo más de lo más, por 190 euros. Más de lo mismo para la compra del microondas, hace unos días, a 25 chapas. El primero se lo compramos a un mariquita que abandonaba Múnich a toda prisa, muy a su pesar. Pero no tingues manies mare, el amigo nos vendió un colchón, más que impecable, espectacular. 900 euros nos hubiera costado la pieza, de pagar con la Master Card en una colchonería. El segundo, nos lo mercamos en el barrio mismo y al recogerlo a domicilio solamente le faltaban los plásticos al aparato, para estrenarlo. Vendido flamante después de la censura en la oficina a las ondas electromagnéticas, imagino que por parte de algún jefe con sobredosis de sesiones de yoga. En esas estamos Guiller, esperando algún mercadillo interesante para intentar el remate final a nuestro flamante apartamento, semi nuevo.

Diario de mudanza (IV): las instrucciones

El tío Antonio, que aunque más bueno que el pan es un rato cascarrabias –y además sabe mirar blogs como éste, de jubilado-, seguramente me diría: “Si es que eres burro, lo que tienes que hacer es leer siempre las instrucciones antes de darle al botoncito ese de Start”. Y luego añadiría seguramente un “ai, caixporro!”, de regalo. Pero como el tío Antonio no está por aquí para ayudarme i les manies no les curen els metges, ni instrucciones ni leches. Igualmente, a los malos vicios hay que añadirle que una mudanza pone a prueba de fuego los nervios del más pintado y, casi diría lo más importante a día de hoy, el hecho de que en mis instrucciones de uso por lo general no ponga Start sino Anfang complica bastante las cosas. Vamos, que cualquiera se pone con unas instrucciones, seguramente uno de los libros menos apetitosos que conozco, si además el asunto versa en la lengua de Goethe. Menos mal que de reflejos vamos bien, porque de no ser así os prometo que el otro día podríamos haber terminado aterrizando en casa de la nueva y viejecilla vecina. Era el vuelo inaugural de nuestra flamante lavadora y por poco termina en tragedia. Golpetón en la puerta del aseo y temblor en el edificio incluidos, por fortuna la cosa quedó en un pequeño susto y como diría el mismo Antonio Blas: “Un bolet, una lliçó”. ¿Qué cuál fue la lección? 1. Que de los transportistas del Saturn no te tienes que fiar un pelo cuando se hacen los listillos, porqué no son instaladores. Sean turcos, de la Baviera profunda o de cualquier punto de Europistán. 2. Que, aunque no te lo digan los de antes, una lavadora nueva suele llegar a casa con las barras de seguridad puestas para evitar movimientos bruscos en el tambor durante el transporte. Y o se las quitas o cuando la pones en marcha la primera vez aquello puede parecer una bomba durante el centrifugado. 3. Sí, querido tío Antonio, tienes razón: que hay que leerse siempre las instrucciones antes de empezar a usar, se trate de un llavero con linterna, de un mueble del IKEA, un electrodoméstico caro y peligroso como es una lavadora de Gorenje o un abrecartas. Lo dicho, prometo que no lo volveré a hacer, lo de no leerme las instrucciones, por lo menos hasta la próxima mudanza.

Digues la veritat padrí, a tu et venen ganes de llegir-te açò?

Diario de mudanza (III): sin conexión

(Venderlo, lo venden muy bien)

Si tuviera la oportunidad de eliminar de un plumazo una de las cosas pésimas que trae consigo una mudanza, quizá pediría el comodín de la conexión a Internet. Soportar pelmas germanos es muy duro, montar muebles de Ikea requiere un esfuerzo sobrehumano, pero lidiar con operadoras telefónicas… es sencillamente demasiado. Pacientes clientes de Telefónica de España, France Telekom o Vodaphone de la Conchinchina, respirad tranquilos por un instante, el servicio en el rico país de la Merkel también es caca de la vaca. Sino, a qué creéis que se debe este silencio casi sepulcral en el que me encuentro sumido desde hace ya un par de semanas. Quince días es prácticamente lo que tardó en llegar a casa la mal denominada Alice Quickstart –en la melódica lengua de Shakespeare, literalmente acceso rápido-. Aunque eso no es nada, si lo comparamos con la decepción que supone abrir el paquetito con el pinganillo y que tarde otros dos días en empezar a funcionar, mientras lo activa y no una señora que nos responde al otro lado del teléfono con voz de camionero.  En fin, no creáis que la alegría termina ahí, en menos de una semana nos hemos fulminado de un plumazo toda la potencia del paupérrimo Alice, así que lo de Quickstart es casi, casi, una burla, una forma de tenernos entretenidos –y cobrarnos- mientras llega y no la conexión a Internet de verdad a nuestro nuevo hogar. Con permiso de O2, os lo cuento.

Diario de mudanza (II): de Ikea, alemanes y dineros

Para el común de los mortales en Múnich, encontrar un piso implica necesariamente ganarse el favor del antiguo inquilino del inmueble, ese que lo enseña pero que no decide sobre su destino. Es como la secretaria del gran jefe: parece que no pinta nada, pero si no le caes bien estás completamente perdido. En nuestro caso, tropezamos con una parejita de alemanes que dejaba la ciudad y su pisito muy a su pesar. En el ritual de cortejo, como de costumbre, se necesita dar un sí rotundo a éstos cuando te preguntan si estarías dispuesto a quedarte parte de sus muebles a un buen precio. ¿Qué menos? Por descontado, nosotros no dudamos ni un segundo, cómo para cometer errores de bulto a estas alturas de partido. Pero como a los germanos les das la mano y se agarran al hombro, nos ofrecieron un segundo paquete de muebles, todos de Ikea. Con el contrato ya firmado tras otros avatares que ahora no vienen al caso, pasamos a examinar la segunda oferta de los chicos. No sabría decir si el resultado fue sorprendente, cómico o directamente acojonante, y no por los cojones, sino por la jeta de la secretaria del gran jefe. ¿Por qué? Más que nada porque nos intentaron vender su paquete de muebles usados de Ikea a precio de muebles nuevos de Ikea. Perdón, nos querían vender su paquete de muebles usados de Ikea a un precio superior al actual en el catálogo para los mismos muebles nuevos de Ikea. Es que los compraron el año pasado a un precio superior al actual y no querían perder dinero. Es lo que yo he llamado, por decir algo bonito, revalorización del mercado de muebles baratos de segunda mano, o sea, un fenómeno totalmente novedoso que únicamente se puede encontrar en lugares como este. Así se las gastan. En fin, cojones a un lado –llegaron tarde con su segunda oferta, con el contrato ya resuelto a nuestro favor con el propietario-, una mudanza siempre tiene narices, aquí y en Quatretondeta, y si la palabra Ikea aparece de por medio, como es el caso, la cosa puede ser aún más enrevesada. Sé que hoy es jueves porque me lo chiva el insoportable de mi ordenador, fresco tras su primer respiro en mucho tiempo, pero en realidad para mi este día de sol es el primer día tras el montaje del andrajoso sofá Söderhamn, el segundo después del ensamblaje de la pesada mesa Norden y las sillas Sigurd y Vigot, la tercera jornada tras la facilona cama Malm y el juego de cama Gosa Pinje… Así, casi hasta el infinito. Tanto, que este jueves va camino de convertirse en el día del segundo viaje a Ikea en una semana a cambiar parte del andrajoso Söderhamn tras darnos el cambiazo el operario del almacén en uno de los paquetes. Amén. Perdón, Ikea.

De regalo, uno de mis anuncios de TV favoritos: Mit Geld spielt man nicht (Con el dinero no se juega). Me viene al pelo y tenía unas ganas de meterlo por aquí, locas.

Diario de mudanza (I): Die neue Wohnung

Casi un año hemos necesitado para subir un peldaño. Es decir, para encontrar un apartamento de nuestro agrado más o menos en el centro de Múnich. Será porque no trabajamos en la BMW ni en ninguna otra multinacional, porque no somos alemanes en Alemania o bien porque estábamos satisfechos, más de lo que pensábamos, en lo que durante los últimos meses ha sido nuestro hogar. Lo que es seguro es que la búsqueda de un nuevo apartamento se convirtió demasiado tiempo en una ardua tarea. Una misión prácticamente imposible que nos ha llevado a peregrinar por decenas de pequeños apartamentos, a veces directamente cutres, para ver cómo todos los demás candidatos nos adelantaban por la derecha –o sea, por la nómina-. Así funcionan las cosas en Múnich, un lugar en el que hay menos pisos que pretendientes y donde al final siempre se impone el mejor postor. Durante todas nuestras visitas, a lo largo y ancho de la ciudad –siempre en busca del barrio ideal, hay que reconocer-, hemos exhibido nuestra mejor sonrisa una veintena de veces, hemos facilitado datos personales en innumerables ocasiones, hemos enseñado nuestros ingresos, los dientes… y casi diría hasta el color de mis calzoncillos y de sus bragas a varios desconocidos que para nada lo merecían. Caímos en la desesperación, estuvimos cerca de tirar la toalla, pero conservamos la calma al rechazar un piso que nos hubiese costado medio riñón –unos 3.000 euros por recomprar una pequeña cocina de segunda mano-, y al final llegó la recompensa. Diminuta, en forma de pequeño apartamento de 55 m2 en Neuhasuen, que sin embargo nos sabe a gloria. Eso sí, el premio vino con carambola incluida y firma de contrato express tras rechazar el verdadero elegido el piso, solo así para nosotros. Hoy, en la mañana del último domingo de julio, casi un año después, amontonamos nuestros trastos y nuestra vida junto a la puerta de salida de la vivienda de la familia Henze. En unas horas todo esto quedará atrás y ya no volveremos a preocuparnos, en un tiempo, por las enormes trabas que nos impuso esta ciudad, imperfecta, a la hora de buscar una vivienda.

La ‘helles’ que emanó del garaje

Que Múnich ciudad (tiene) tenía seis cervecerías –entendido el concepto como fábricas de cerveza y dejando por el camino unas cuantas microcervecerías– es un mantra que todo buen vecino de este municipio tiene grabado a fuego en el subconsciente.

Estas seis gordas se han venido repartiendo el enorme pastel que es el mercado local desde hace décadas y especialmente en lo que respecta a la cerveza de barril que se tira en los grifos de los restaurantes, bares y tabernas del lugar, desde Forstenried hasta Freimann, de Pasing a Trudering.

Resulta prácticamente imposible encontrar un garito en este pueblo de casi dos millones de habitantes en el que a la puerta no haya una chapa que anuncie claramente que nos hallamos en territorio Augustiner, Paulaner, Löwenbräu, Hacker-Pschorr o, como mucho, Spaten –el radio de acción de la Hofbräu München es más bien limitado a unos cuantos locales, quizás por eso de que es una empresa de carácter estatal–.

Es como si el niño muniqués, la figura que representa a la asociación Münchener Bier o Cerveza de Múnich –ojo al dato porque hablamos de un menor de edad con una jarra de litro entre sus tiernas manos– y que acostumbra a figurar en las etiquetas de los botellines del club de las seis, fuese en realidad un personaje bastante menos inocente de lo que se pretende, más bien una especie de can Cerbero cerrando las puertas del inframundo del tráfico de zumo de cebada a todo aquel que se proponga asomar la nariz.

El Münchener Kindl en una imagen antigua

El Münchener Kindl en una imagen antigua

Con estos mimbres, no es de extrañar que la historia de la pequeña Giesinger Bräu se haya disparado hasta las páginas de las principales cabeceras de la ciudad, granjeándose empatías y simpatías entre propios y ajenos –me puedo figurar que las envidias y las antipatías no deben de andar muy lejos–.

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Enorme mosaico con el logo de la Giesinger a las puertas de su sede

 

De entre lo contado en las crónicas escritas en las últimas semanas, me llaman la atención las declaraciones del responsable del Museo de la Cerveza y el Oktoberfest de Múnich –por cierto, un espacio propiedad por cierto de Münchner Bier– en la biblia del periodismo local de nombre Süddeutsche y de apellido Zeitung.

Hace un par de semanas, Lukas Bulka reconocía que lo de la Giesinger Bräu es lo más novedoso que ha acontecido en el mercado de la cerveza de Múnich en los últimos 125 años. Un sector que lleva décadas asistiendo a los funerales de los peces chicos mientras los tiburones se ponen morados a birra, pero que se había olvidado de cuándo se celebró el último nacimiento en la casa.

En concreto, fue en 1889 cuando se fundó la última cervecería privada en Múnich hasta lo de la Giesinger, la conocida como Thomasbräu de la Kapuzinerplatz. Puede que el nombre de la marca no nos suene de nada, normal, pero los aficionados a la cerveza de por aquí rápidamente asociamos el lugar a uno de los biergarten y restaurantes tradicionales más apetitosos de la zona centro. Absorbida ya en 1929, hace algunas décadas que el nombre Thomasbräu pasó a mejor vida en beneficio de otro mucho más fácil de reconocer: Paulaner Bräuhaus o la Paulaner de la Kapuziner.

Un posavasos de la vieja Thomasbräu

Un posavasos de la vieja Thomasbräu

La Giesinger
Volviendo a la Giesinger Bräu, lo de ahora es más un bautizo que un alumbramiento, pues esta cervecería se fundó hace más de un lustro en un garaje del peleón barrio de Untergiesing. Así parieron a la criatura, al más puro estilo Silicon Valley, aunque hablando de cerveza y de Baviera más bien lo definiría como un acontecimiento de corte Jesús-María-y-José.

Tras unos cuantos años en su cochera de Giesing, han logrado asentar su marca en el barrio del mismo nombre y ponerla a la venta en un centenar de establecimientos, mayormente bares, colmados, supermercados y gasolineras de Múnich y suburbios.

Cata de giesingers en su barra de bar

Cata de giesingers en su barra de bar

Y no les debe de haber ido mal del todo, pues finalmente han conseguido un puñado razonable de billetes –unos 4 millones de euros– para celebrar el mencionado bautizo, en forma de mudanza a un pequeño edificio en su mismo distrito que les abre un poco más al mundo y les ha de permitir trpocientosplicar su producción.

Concretamente y según ha dicho su gerente Steffen Marx, 15.000 hectolitros de cerveza quieren elaborar al año, que son casi diez veces más de lo que han venido produciendo hasta la fecha, pero 1.285.000 hectolitros menos de lo que fabrica Augustiner –la otra cervecería privada de Múnich– y 3.485.000 hectolitros menos de los que salen por la puerta de la fábrica de Paulaner. Quieren crecer, pero solo un poquito.

Por lo demás, la nueva sede de Giesinger Bräu tiene una virtud que no debería de ser obviada por los amantes de esta bebida: dispone de un pequeño restaurante tradicional y una terraza que esperan convertir en mini jardín de cerveza en la temporada de verano. 70 plazas dentro y 70 plazas al aire libre, más que suficiente para entrar en contacto con esta nueva marca que ya ha sido bautizada como la séptima.

Para acabar, de vuelta a las simpatías granjeadas. Aunque solo sea por el respeto que me merecen las cosas pequeñas hechas (por lo general contracorriente) desde el convencimiento y el empeño personal, tengo que reconocer, por si alguno no lo había notado todavía, que desde que pisé su casa el otro día cuentan con la mía. No lo niego, me atraen este tipo de cosas. Mi padre lo llamaría artesanía; algún posmoderno hubiese etiquetado el asunto en la categoría de microcervecerías; su publicista los ha bautizado del palo Think global, drink local. Asiento, esbozo sonrisa y añado un asuntillo que no debería ser menor: sus birras además están de puta madre. (Amén) Prost, pues.