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Diari de mercadets de Nadal (II): un dia a Salzburg

Fortalesa de Hohensalzburg des de la Kapitelplatz

Fortalesa de Hohensalzburg des de la Kapitelplatz, junt al mercat nadalenc de Salzburg

Tenda de boles de decoració a Salzburg

Tenda de boles de decoració a Salzburg

Si tinguera que escollir un mercadet de Nadal al sud d’Alemanya i Àustria triaria el de Salzburg. És el que més m’agrada de tots i és el que menys greu em sap visitar. No és que la resta no em resulten atractius, però -supose que serà de tants que en visite com guia- comence a afartar-me’n.

Directament i amb molt de respecte, tenint en compte la gran quantitat de gent que viatja des d’Espanya a cosa feta, els trobe sobrevalorats. I és que un Christkindlmarkt a la plaça del poble és un lloc encantador, visualment atractiu i sovint original, on és possible viure allò del White Christmas en la pròpia carn, que al cap i a la fi significa que fa un fred que pela i que no duraràs més de tres quarts d’hora seguits al carrer. També és un mercadet on tot va tan car que és molt poc probable que acabes comprant res, si de cas menjant-te una llonganissa i bevent un vi calent mentre els dimonis se t’emporten per dins -ja siga per qüestions tèrmiques o pel preu que has pagat-.

En qualsevol cas, em reafirme: si n’he de triar un per a una excursió de dia complet eixe és el de Salzburg. D’una banda tenim les paradetes, en la línia de tot allò que trobem a tot arreu: boles per decorar els arbres de Nadal, centres de taula orgànics, joguets clàssics, roba tradicional, etc. El que no tenim en cap altre lloc és la ubicació del mercadet al voltant d’una catedral com la de Salzburg, amb tot de palaus barrocs i la fortalesa medieval de rerefons.

Joguets al mercat nadalenc de Salzburg

Joguets al mercat nadalenc de Salzburg

Christkindlmarkt de Salzburg a la catedral

Christkindlmarkt de Salzburg a la catedral

És més, en el cas més que probable que el mercadet nadalenc ens acabe saturant o els fred ens puga, sempre ens queda l’oportunitat de fer una visita convencional a la ciutat. En este sentit, la mateixa catedral i les esglésies de Sant Pere i franciscana no haurien de faltar en aquesta passejada, que pot incloure la casa natal de Wolfang Amadeus Mozart al mateix centre de la Getreidegasse -carreró comercial al que no cal que convide a ningú a passejar; tot corre per allà-.

Mozartkugeln al mercadet nadalenc de Salzburg. Això no falta en tot l'any

Mozartkugeln al mercadet nadalenc de Salzburg. Això no falta en tot l’any

Els amants de la fotografia i les vistes panoràmiques poden pujar a la fortalesa o al mirador del museu d’art contemporani. Els costarà de 12 a 3 euros, segons l’elecció. De bades es pot fer alguna cosa pareguda, si no més original, creuant el riu i caminant costera amunt a la muntanya dels Caputxins des d’on es veu tot el centre històric des de les altures, amb la muntanya Untersberg al fons. Si la neu remata el paisatge, tot plegat pot esdevindre inigualable als ulls d’un mediterrani.

Poca cosa més es pot fer en una visita d’unes hores a Salzburg. Segurament parar a menjar alguna cosa. En eixe sentit tres recomanacions pensant en l’hivern: la novíssima pizzeria l’Osteria, que just acaba d’arribar a la ciutat; la cèntrica cerveseria Zipfer, més que correcta, o bé el desenfadat Afro Cafe.

Diario de mercadillos de Navidad (I): refunfuñando

christkindlmarkt_nuremberg

Christkindlmarkt en Núremberg

El año pasado por estas fechas tuvimos domingo de mercadillos de Navidad en Salzburgo, este domingo ha tocado Núremberg. No sé si será la tierra de por medio o el bocadillo del desayuno, que no me ha sentado bien, pero si el otro invierno acabé mas contento que unas pascuas hoy vuelvo de la excursión empachado, por decir algo bonito. Supongo que algo habrá tenido que ver el tiempo, con máximas de dos grados negativos, aunque a decir verdad eso se lleva bien en una excursión corta si además a lo que se va es a ver puestecillos de decoración navideña. Al fin y al cabo, ¿qué culpa tiene Núremberg de si nieva o caen chuzas de punta? Más suyo es llegar y encontrarte los jardines del castillo cerrados para todo el invierno o que tengas que patear –en domingo sí; en Baviera cierto, pero en plena temporada altísima– una ciudad fantasma ocupada por vendedores ambulantes y turistas. Vamos, que no abren una tienda más allá del horario comercial predeterminado ni los maten. Oye, que no oso criticarlo, ya quisiera el pequeño comerciante ibérico semejante disciplina para su pueblo. En honor a la verdad, lo que me ha dolido de verdad ha sido el viaje de regreso, y aquí sí que subrayo un aviso para navegantes: resulta que los trenes rápidos entre Núremberg y Múnich salen cada dos horas –que nadie se asuste, hablo de los regionales que van al grano y acortan el trayecto de 180 minutos a algo menos de dos horas-. Y eso, tratándose de Alemania, supone que o te plantas en el andén 30 minutos antes de la llegada del tren –y con los brazos en alerón por si toca dar algún codazo- o al subir al vagón encuentra sitio Clavijo. Nosotros, que distamos una eternidad de ser arios, hemos llegado diez minutitos antes de la hora de salida y por esa razón ahora me duelen las rodillas que no veas después de dos horas de viaje en ferrocarril de plantadillo.

Y con todo esto a mis espaldas, media gripe incluida, cómo me voy a poner a escribir ahora de los mercadillos navideños de Núremberg. No saldría nada bueno, pobres personas. Porque bonitos son un rato, ahí con sus puestecillos recogidos en la plaza del mercado y compañía. Y con su entorno de postal: los edificios de piedra rosada del centro histórico, los cantores callejeros –Mariola tiene razón, los ayuntamientos  deberían de pagar a los músicos por tocar estos días en la calle-, la nieve, las lucecillas… No se puede decir que no es una buena cosa.

Christkindlmarkt en Núremberg

Christkindlmarkt en Núremberg

Galletas de gengibre, 100% típicas

Galletas de gengibre, 100% típicas (mejor comprarlas aquí que en el aeropuerto)

Früchtbrot, pan de frutos. Otra ración de Navidad germana

Früchtbrot, pan de frutos. Otra ración de Navidad germana

El problema lo tengo yo, que ya sabéis que vengo que me repite todo y rápidamente me vienen al teclado las malas verdades. Por ejemplo, lo de que todos los puestos de los mercados navideños –casi diría de Alemania- parecen vender lo mismo. O lo de que los compradores en festivo son todos turistas o que, mirando los precios, a ratos no sabes si estás en un mercado ambulante o te han dejado caer en una subasta de arte. Por no hablar de que cuando estás a punto de morir congelado te animas y te agarras a un vaso de vino caliente como a un clavo ardiente. Entonces, para enorme decepción, descubres que has pagado casi cuatro euros por un vasillo de cosechero al que le han echado un montón de azúcar. Y cuando, para matar el gusto a canela recalentada te abocas al primer chiringuito de salchichas con el que te cruzas, entonces recibes la estocada mortal. Con suerte, pagas otros tres o cuatro euros por un montadito de nuremburguesas que te comes, literalmente, en tres bocados.

Pues eso, que visto lo visto mejor dejo lo de los mercadillos para otro día.

Más información (por si os corre prisa) y menos cojonera:

En el Quadern: Núremberg bien vale un paseo (o más de uno)

Comunidad en facebook de Españoles en Núremberg

En inglés también existe una versión de la web municipal de Turismo: http://www.nuernberg.de

¿Qué hacen 35.000 cardiólogos en un congreso? Yo te lo contaré…

El pasado viernes me encontré con un cardiólogo venezolano y su familia en mi tour de Salzburgo. Éramos un minúsculo grupo de cinco personas y el hombre me advirtió a nuestro regreso a Múnich: “Prepárense porqué este fin de semana llegamos 35.000 cardiólogos de todo al mundo al congreso europeo”. Aquello, que me pareció exagerado, se tradujo en un tour de 12 personas a Neuschwanstein el sábado. Normalito, pero con seis cardiólogos. De repente, el domingo brotó de la nada un tour privado para dos viajeros de Argentina. Cardiólogos, señor y señora. Y luego vendría la excursión al castillo de Neuschwanstein de lunes, y la marabunta. Es decir, 37 cardiólogos o cardiólogos consortes venidos a los Alpes desde todos los rincones del mundo (que en mi universo laboral significa Argentina, Brasil, Chile, Colombia, España, México, Perú, Uruguay, Venezuela…). 37 son los que subieron ese día al tren conmigo, porque martes repetiríamos la operación con 49… cardiólogos. Os cuento esto a jueves, un día después del cierre del dichoso congreso europeo de cardiología. Y una jornada más tarde de un tour de la ciudad con 20 doctores cardiólogos y un segundo tour especializado en el Tercer Reich –sí, señores, haciendo doblete- con 23 personas, la inmensa mayoría de ellos profesionales de ese oficio que no voy a volver a repetir a no ser que me duela el corazón. Esa es la verdad, sufrid@s cónyuges de profesionales liberales: cuando sus respectivas parejas les anuncien que emprenden viaje para participar en un congreso internacional, les estarán diciendo en realidad que se van a pasar una fantástica semana de vacaciones. Al menos eso es lo que me pareció a mi, después de quedarme seco tras los cuatro días más duros de trabajo que recuerdo desde que llegué a esta ciudad. Eso sí, en ningún momento me preocupé por el ritmo cardíaco.

Cifras y viajes complicados de verano

Estamos en agosto y los turistas hispanos se cuentan por cientos en Múnich. Supongo que la crisis en España se nota a la hora de elegir compañía aérea, hotel o restaurante, porque lo que es seguir viniendo, siguen. Entro por la puerta de casa molido, cada noche, sin una gota de energía. De seguir así, mejor será que aprenda a cambiar el patrón por el que corto las excursiones, y pasar del modelo artesanal a la producción en serie. Supongo que antes de eso acabará la temporada alta y los tours como el del otro miércoles: diecinueve a Salzburgo, con cancelación y cambio de tren a la ida incluidos. El número nunca es lo peor, lo malo es que a cada uno lo pare su madre y su padre y a mi me toca sacarlos a pasear a todos juntos. Hablando de cifras, la señora Carmen se anotó la mejor marca hasta la fecha, en mi cuaderno de viajes. Con 81 veranos como éste, la recordaré como la anciana del acento andaluz que se pegaba a mi para poder oírme. Cinco o seis kilómetros y unas salchichitas se comió en Salzburgo la señora Carmen, sevillana, con su Yolanda. Ya se sabe, cuanto más grande es el grupo, más divertido y más jodido: señoras que salen de excursión a punto de romper aguas, solteronas de carácter variable, familias que vienen de aquí y otras que vienen de allá. La misma película de anoche, esta vez en versión casi kitsch. Vegetarianos, salchicheros, judíos –sí, los hebreos también viajan-, cerveceros, abstemios, bastante chalados, puteros –otra vez-, mayores casi viejos y jóvenes casi mayores, europeos y americanos… todos juntos en un tour sobre cerveza y gastronomía en Baviera o mejor dicho, en un cóctel molotov que podía haber terminado como el rosario de la aurora y acabó en Hofbräuhaus con unos chistes fáciles y una decena de palmaditas en la espalda. Eso para ellos, yo estuve a punto de morir al entrar por la puerta de casa, aunque al final no fue para tanto y simplemente me quedé grogui al primer contacto con el sofá. Hoy, más historias para no dormir -o para hacerlo incluso antes de llegar a la cama-.

Barreras invisibles

Aunque trabajaba para una multinacional como oficinista, Renata tenía callos en las manos. Era menuda, casi frágil. Su rostro, en cambio, transmitía mucho poder. Tenía los ojos verdes y una sonrisa eterna, de las que uno no consigue zafarse. Se deslizaba por el suelo adoquinado con asombrosa facilidad. Era una de esas personas que no protestan, sino que se adaptan a la situación y actúan. A Renata le molestan los escalones gratuitos, los bordillos infranqueables, los trenes inaccesibles. No son imprescindibles, pero le coartan la libertad. Renata anda en silla de ruedas y, desde que la acompañé a Salzburgo, a mi también me molestan las barreras invisibles que nos impone la ciudad. Muchos no lo sabemos porqué no las vemos, pero ahí están. Solamente hay que abrir bien los ojos y mirar como lo hace Renata. Las observaremos y sabremos que sobran.

Gracias Paco

Querido Paco, tu no me conoces. Yo tampoco hubiese sabido nunca de ti, si no fuera por una de esas maravillosas casualidades que nos brinda el destino. Ahora sí. Aunque no fue de visita en Jaén, sino en un tren de camino a Salzburgo. He conocido algunas pinceladas de tu historia, pero sobretodo ha podido adorar tus anacardos, almendras, pistachos y macadamias tostadas. Oh, tus macadamias! Desde Múnich intuyo el sabor crujiente de tus patatas fritas. Te parecerá increíble, pero me alegraste el picnic del fin de semana. Algunos de los tuyos se encargaron de hacerlo dejando en mis manos uno de tus paquetes de frutos secos. Un manjar, traído para mi hasta Alemania… por amor al arte! Enhorabuena.

Así es Paco, te doy las gracias. Por haber enseñado a tostar tan bien las papas a los tuyos. Eso ya es mucho. Pero te agradezco aún más los valores que has impreso en tu marca, los que te trajeron hasta Múnich en una maleta y los que te hicieron llegar hasta mi en forma de regalo. Esos valores son un bien escaso. Nuestro encuentro ha sido muy breve, pero lo recordaré con mucho cariño. Quizá porqué donde veo tu retrato, y el de los tuyos, veo también el de los míos.

No te entretengo más, Paco. Gracias por las papas, por los frutos secos… y por la buena gente de tu Casa. Te prometo que si algún día visito Jaén lo haré con un pimiento relleno debajo del brazo. Por si nos volviésemos a cruzar en el camino.

 

(Hace algunas semanas, un grupo de viajeras argentinas me dejaron deslumbrado con sus historias mientras viajábamos juntos de camino a Salzburgo para hacer una visita guiada -sí, me tenéis trabajando de guía turístico-. Fueron ellas las que me dieron la idea de contar aquí en forma de relato breve algunas “historias robadas” con las que me encuentro cada semana.)

El mito en mil pedazos

Tercera entrega para Una española en Múnich:

Hace algún tiempo que he empezado a trabajar como guía turístico en Alemania. Es la mejor manera que he encontrado por ahora de costearme la profesión de periodista en este país, que a día de hoy ejerzo aquí sin remuneración.

La verdad es que disfruto, con lo de guía, por lo que acompaño encantado a mis turistas españoles en sus visitas a la ciudad de Múnich o a Salzburgo. Supongo que serán cosas de principiante, pero siempre les hablo entusiasmado de los mil y un tópicos –pido perdón- de este país.

No penséis mal, los menciono para bien: que si en Múnich todo funciona; que si es una ciudad muy segura; que si los alemanes son puntuales y ordenados como pocos; que si en Alemania son muy trabajadores, que si son constantes…

Estaba yo en una de esas el pasado domingo, de camino a Salzburgo con un grupo de viajeros españoles, cuando de repente se detuvo nuestro tren antes de mediodía, en un lugar en medio de ninguna parte.

Primero se hizo el silencio, mientras todos los pasajeros de aquel ferrocarril empezamos una espera tranquila. “Aquí nunca pasa nada”, imagino que pensé, por lo que seguí a la mía con los míos.

Transcurridos unos 15 minutos se mantuvo el silencio y entonces una mujer alemana se levantó por primera vez de su asiento para preguntarle a otra vecina por lo sucedido. Evidentemente, aquella tampoco sabía nada.

Repentinamente, el tren inició su marcha atrás, tras una breve explicación por el canal de audio que se limitó a aclarar que volvíamos unos kilómetros sobre nuestros pasos por unos problemas técnicos. “Aclarado”, pensé todavía calmado.

Llegados a esa cercana estación – Prien am Chiemsee -, nuevas y extrañas instrucciones. Nos pidieron que bajásemos del tren y que nos dirigiéramos a la parada de autobuses, donde nos recogería un autobús para trasladarnos a la siguiente parada de ferrocarril camino de Austria.

Por primera vez, me sentí contrariado en el país donde nunca pasa nada -de esto-, especialmente por el hecho de que nadie nos mencionó algo para mi fundamental: el porqué de aquel extraño movimiento y de aquella espera, por entonces de una media hora.

Todavía escasamente preocupado, les trasladé al grupo de viajeros que nuestro viaje se iba a retrasar un poco debido a un pequeño incidente en las vías.

Era mediodía y por fortuna calentaba el sol de primavera en Prien. Poco a poco, la plaza junto a la estación se fue llenando de gente, pues todos y cada uno de los trenes regionales que venían desde Múnich acabaron su trayecto aquella mañana allí.

Aún sin información oficial alguna, el reloj corrió hasta las 12 y media y la tranquilidad de todos nosotros y de los demás viajeros se esfumó con la primera hora muerta consumida.

Lamentablemente, el alemán no es mi fuerte por ahora, pero mi obligación era la de preguntar por lo sucedido. Ya lo habría hecho mucho antes en España –y seguramente hasta reclamado por la espera-.

Me dirigí al punto de información de la estación para tratar de aclarar la situación y los tiempos previstos de espera. Al llegar, encontré una cola de viajeros, prácticamente todos germanos y muchos de ellos con un formulario para reclamar en mano.

Pensé que nunca llegaría mi turno así es que opté por preguntarle a mi vecina en la cola: “¿Sabe usted lo que ocurre?”. “No, no nos han dado ninguna explicación”, me contestó. Yo le repliqué: “¿Y esto es normal en Alemania?”. “Buena pregunta”, dijo a modo de respuesta.

Incluso a mi me pareció buena, por lo que se la trasladé a uno de los operarios de la compañía ferroviaria medio escondido en un rincón de aquella sala. Su respuesta no os la puedo transcribir porqué aquel buen hombre se esforzó para que no la entendiera. Habló rápido, casi gritando, para finalizar diciéndome que si tenía alguna pregunta más, mejor se la hiciera a la Policía. Le repetí la pregunta en inglés y entonces aclaró: “Si puede esperar para ir a Salzburgo, hágalo en la parada de autobús. Si tiene prisa, coja el tren de regreso a Múnich que permanece en el andén”. Nada de explicaciones sobre el misterioso incidente.

Fue en ese instante y no en otro cuando, por primera vez, lo que me parecía el  sólido mito de la eficaz y eficiente Alemania se me cayó al suelo de entre las manos para romperse en mil pedazos, todos chiquititos.

La historia de aquel día no acaba ahí. Nuestra espera se prolongó otros 45 minutos de silencio total en la plaza de la estación. Fue pasada la una del mediodía cuando llegó por fin nuestro autobús camino del vecino Traunstein.

Por el camino nos dio tiempo a atravesar algunos pueblos bávaros más y a descubrir con nuestros ojos que el problema era real, puesto que un tren de mercancías había perdido parte de su carga a las puertas del mismo Prien, lo que obligó a cerrar la vía por unas horas. Lógica espera; una pena que nadie fuese capaz de arrojar luz sobre lo sucedido.

Casi tres horas más tarde de lo previsto llegamos a Salzburgo poco antes de las tres de la tarde. Ninguno de mis turistas, un par de ellos italianos, perdió la sonrisa en ningún momento, por lo que me vi forzado a exhibir también la mía y a dedicarles la mayor de mis atenciones en nuestra visita guiada. Todo salió perfecto a partir de aquel momento, así es que acepté encantado prolongar dos horas más aquella impuntual jornada para que nadie saliera perdiendo.

Nuestro viaje de regreso lo dedicamos a reflexionar sobre estereotipos y lo odiosos que resultan para todos nosotros, por mucho que siempre recurrimos a ellos.

Este domingo, de camino a Salzburgo, volveré a comentar con mis nuevos compañeros de viaje la puntualidad de los alemanes. Eso sí, les rogaré que no tomen mis palabras al pie de la letra y les recordaré que el pan de Baviera es mucho más sabroso que el de mi pueblo, pero siempre es mejor si se unta con un buen aceite de oliva del que me envía mi madre con frecuencia. Aunque parezca mentira, estas cositas las aprendí el día que se me cayó el mito alemán de entre las manos.