Category: Relats/ Relatos

El verdadero lujo

El otro día soñé que me convertía en François Toulour y me dedicaba exclusivamente a tomar el sol, beber Martini con mi chica guapa y vivir a lo grande robando a los que más tienen. Me sentí tan tentado de convertir el sueño en realidad, que me alquilé un Mercedes negro, me volví a vestir con mi mejor camisa y puse rumbo al lago de Como, de visita. Al llegar a casa de François, me recibió bárbaro. Incluso tomamos un aperitivo en su terraza los tres juntos, George Clooney, él y yo. La visita quedó un poco corta, pero fueron muy amables. Me invitaron como no podía ser de otra forma y disfrutamos por unas horas del sol de Italia, aunque al alba llegaron las malas noticias: me explicaron que no tenía opciones de cumplir mis expectativas. “Lo de ladrón de guante blanco, igual que lo del bon vivant, no se aprende”, me dijeron dos de los grandes como son Danny y el Zorro Nocturno. O sea, que se es o no se es. No voy a esconderos mi desencanto. Decidí volver a casa, devolver el Mercedes prestado y ponerme mi pijama. Por suerte, Mariola había preparado una gran cena de viernes por la noche y juntos bebimos una botella de vino tinto y brindamos por volver al lago algún día, los dos, aunque fuera para darnos un chapuzón. A lo mejor en lo de ladrón ando flojo, pero no en lo de disfrutar de las cosas buenas. Eso me lo enseñó mi abuelo Vicent  tan pronto tuve uso de razón, y dudo que lo olvide nunca. Además, fue él, o su hija, quien me mostró que el lujo no es una etiqueta para ricos, sino que simplemente es aquello que “tú y unos pocos más tenéis al alcance de la mano”. Bingo. Hoy en día muchos conducen un Mercedes y viven en enormes mansiones a los pies del lago, pero nadie disfruta como Mariola y yo de los fines de semana con un 40, para llevar a casa.  Ese es uno de nuestros grandes lujos, afortunadamente, el que me esperó aquella noche al subir las escaleras después de una intensa jornada.

Gracias Paco

Querido Paco, tu no me conoces. Yo tampoco hubiese sabido nunca de ti, si no fuera por una de esas maravillosas casualidades que nos brinda el destino. Ahora sí. Aunque no fue de visita en Jaén, sino en un tren de camino a Salzburgo. He conocido algunas pinceladas de tu historia, pero sobretodo ha podido adorar tus anacardos, almendras, pistachos y macadamias tostadas. Oh, tus macadamias! Desde Múnich intuyo el sabor crujiente de tus patatas fritas. Te parecerá increíble, pero me alegraste el picnic del fin de semana. Algunos de los tuyos se encargaron de hacerlo dejando en mis manos uno de tus paquetes de frutos secos. Un manjar, traído para mi hasta Alemania… por amor al arte! Enhorabuena.

Así es Paco, te doy las gracias. Por haber enseñado a tostar tan bien las papas a los tuyos. Eso ya es mucho. Pero te agradezco aún más los valores que has impreso en tu marca, los que te trajeron hasta Múnich en una maleta y los que te hicieron llegar hasta mi en forma de regalo. Esos valores son un bien escaso. Nuestro encuentro ha sido muy breve, pero lo recordaré con mucho cariño. Quizá porqué donde veo tu retrato, y el de los tuyos, veo también el de los míos.

No te entretengo más, Paco. Gracias por las papas, por los frutos secos… y por la buena gente de tu Casa. Te prometo que si algún día visito Jaén lo haré con un pimiento relleno debajo del brazo. Por si nos volviésemos a cruzar en el camino.

 

(Hace algunas semanas, un grupo de viajeras argentinas me dejaron deslumbrado con sus historias mientras viajábamos juntos de camino a Salzburgo para hacer una visita guiada -sí, me tenéis trabajando de guía turístico-. Fueron ellas las que me dieron la idea de contar aquí en forma de relato breve algunas “historias robadas” con las que me encuentro cada semana.)