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El bocado maestro

El otro día coincidí en Rothenburg ob der tauber con una de las tradiciones más curiosas de las que he oído hablar en la zona: la fiesta del Trago Maestro. Otro día prometo hablar del trago, pero el caso es que mientras rastreaba el campamento medieval con mi cámara, bajo la lluvia, tuve el efímero placer de tropezarme con esta señora. Mi objetivo es demasiado pequeño como para ocultarme, pero a la buena mujer le resbalaba todo aquello que acontecía a su alrededor, y no solo la lluvia. Me quedé contemplándola un buen rato, mientras ella cortaba unas costillas adobadas, quizás de cerdo, y practicaba serenamente el uno para ti, uno para mí. Un trozo para vuestra boquita y uno para la mía, digo. Al 50%. A los demás parecía no importarles lo más mínimo. También es verdad que, hambre, lo que se dice hambre, no se adivinaba entre aquella tribu de bávaros. Volviendo a la señora: la forma en que miraba aquel manjar me sedujo sobremanera, así como la delicadeza con que agarraba los pequeños trozos de carne. Me pareció sublime. Un bocado maestro.

El bocado maestro

El bocado maestro

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#rutaBayern: Rothenburg en silencio

Rothenburg en silencio (I)

Rothenburg en silencio (I)

Afuera había mucho ruido. Alboroto forastero. Sonido ensordecedor. Yo era ruido, por lo que no podía evitar sentirme molesto en medio de aquel escenario en forma de plaza empedrada. Solamente los tres puestecillos en el centro de la plaza, en sábado de mercado, conseguían equilibrar algo la situación. En una de estas tiendas, los espárragos blancos, gigantescos, todavía mojados en manos de la vendedora, una mujerona rubia, oriunda y oronda ella, de manos duras y rostro castigado por la vida en el campo, eran seguramente el mejor espectáculo que uno podía admirar. El resto, además, era muy complicado de desentrañar. Por eso, decidí salir pitando de aquella empedrada. Abrí la puerta del edificio más bonito de todos los que vi, el ayuntamiento, precioso palacio renacentista que durante siglos ha sido testigo en primera persona del encumbramiento y posterior caída a los infiernos del lugar. Al otro lado de la puerta, de pronto, dejaron de chirriarme los oídos. Qué descanso. Incluso el sentimiento de culpabilidad, que un rato antes me había estado embargando los pensamientos, quedó anestesiado casi por completo. Por fin, pude observar con serenidad, a través de las vidrieras, aquellos bellos edificios de la calle que, teniendo ante mis ojos, no había conseguido captar hasta el momento. Observar a través de los cristales, en silencio, me hizo sentir como si hubiese sido engullido por una gigantesca botella de vidrio, algo atrapado, pero extrañamente liberado de interferencias. A salvo. Lo primero que hice fue subir por la preciosa escalera en forma de caracol, de piedra noble y vieja, que apareció ante mi. Cuatro o cinco pisos más arriba, el ascenso terminó abruptamente con la irrupción de una puerta con un letrero que decía: “A la torre”. Portón adentro, una enorme sala diáfana revelaba algunos de los secretos del palacio centenario, caso de las enormes vigas de madera sobre las que se sostenía todo. En uno de los costados de la habitación, una puertecilla invitaba a seguir trepando más allá del techo de la casa, en busca de la torre. Y qué manera de trepar. Para cuando me dí cuenta, no había marcha atrás. Los escalones se hicieron más y más estrechos, y la corona de aquella vieja atalaya de cincuenta metros parecía no llegar nunca. De subida, alguna pequeña apertura en la pared seguía regalándome la posibilidad de disfrutar del pueblo, un rato más, libre de interferencias. Por fin, aquella escalinata angosta desembocó en una minúscula salita en la que, no obstante, había lugar para colocar a una recaudadora. Algo de ruido, comprensible y lógico ruido. “Son dos euros”, dijo ella. Tras pasar por caja, los diez peldaños finales, como si del acceso a la escotilla de un submarino se tratara, me escupieron por fin sobre el cielo de Rothenburg. Una vez arriba, superado el cuello de la botella, obtuve como regalo una perspectiva diferente, omnisciente, de un pueblo a doscientos autobuses de asiáticos pegado. Allí no se escuchaba ruido alguno, ni siquiera las emisiones de la docena de vigilantes de la torre que tenía por compañeros, cámara réflex en mano, entorpecieron el espectáculo insonoro. Tejadillos a dos aguas, casonas de madera entrelazada, palacios de piedra, campanarios, torres, ríos, prados verdes y amarillos, primavera… Y silencio, pues allí arriba, por fortuna, todo seguía siendo placentero silencio.

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#rutaBayern: Rothenburg ob der Tauber

Casas en Rothenburg ob der tauber

Casas en Rothenburg ob der tauber

Después de dos años de visitas intermitentes y mucha pereza, me decido por fin a anotar aquí algunos datos sobre Rothenburg ob der Tauber. Fantásticamente conservada y empaquetada para regalo en los catálogos de la mayoría de operadores turísticos que pasean sus autobuses por Alemania, lo cierto es que si le guardo bastante la distancia a Rothenburg es porque al pasearla suelo tener la sensación de estar transitando un parque temático: el de la ciudad medieval germana (casi) intacta, eso tan raro de ver en un país que ha sido protagonista de las dos guerras mundiales y experimentado por tanto en ver caer bombas sobre su patrimonio.

En realidad no es tan sencillo. Si bien las murallas y el intramuros parecen mantenerse hoy como hace medio milenio, no creo que sea solamente por haber quedado el recinto libre de munición en el 45, sino porque para entonces ya llevaba varios siglos fuera de combate.

Como sucede en otras plazas de Franconia, Rothenburg jugó por última vez un rol importante en la Guerra de los Treinta Años y lo hizo decantándose del costado de los protestantes. Y después, una vez tomada y sometida por los católicos, la condena al ostracismo con el fin de la violencia y el largo invierno, letargo centenario, de una ciudad que ni siquiera vio pasar por delante la Revolución Industrial, de camino a ninguna parte y lejos muy lejos como parece estar de todo.

Eso, hasta hace cuatro días, cuando empezaron a llegar masivamente los autobuses, descubierta Rothenburg y la Ruta Romántica para el turismo de masas y para el de ojos rasgados en particular. Autocares por cierto que desembarcan a diario por autopista, la 7 de Baviera, la cual ha convertido los 60 km desde Würzburgo o los 80 km desde Núremberg en un paseo, aunque los 220 km que la separan de Múnich siguen siendo más bien un tostón para los de la carretera; un mundo cuando no un imposible para los cuatro masoquistas que se plantan allí en ferrocarril desde la capital con la única opción de echar el día y volver.

Et voilà! He aquí una de las principales razones por las que no le tengo un especial cariño a Rothenburg: porque siempre que la visito lo hago en un absurdo tour de día, con salida y regreso a Múnich en una sola maratoniana jornada, que termina completando casi seis interminables horas de carretera para que un puñado de turistas superficiales puedan retroceder un ratito en el tiempo. Y tan contentos, se me comen un par de bolas de nieve, que no se me compren alguna figurita de decoración navideña en pleno mes de agosto, y a otra cosa mariposa. Palomeadores.

Nada que ver los que deciden pernoctar en Rothenburg o los atrevidos viajeros que se la transitan con sus bicis en el marco de la Ruta Romántica, itinerario bicicleteable de casi 500 kilómetros cruzando el oeste de Baviera de norte a sur y que tengo en el tintero. Mis respetos a estos.

Paseo 
Como recinto amurallado y ciudad pequeña que es, Rothenburg es muy fácil de recorrer caminando. Con un par de horas es suficiente para dar un paseo integral que difícilmente superará los 4 kilómetros, más que suficiente para caminar por completo el conjunto histórico. Más allá de este, son menos los elementos de interés en esta ciudad de unos 11.000 habitantes, la mitad de los que tenía en el siglo XV.

Una buena forma de traspasar la muralla es hacerlo por la Rödertor, aparcando el coche por ejemplo en el estacionamiento de Edeka ubicado frente a la misma. Se llega conduciendo por la Ansbacher Strasse hasta el final y doblando a la derecha ante el muro.

Esta torre del siglo XIII da acceso a la calle del mismo nombre, tratándose en este caso de la única zona de Rothenburg devastada durante la II Guerra Mundial, por un incomprensible bombardeo producido el 31 de marzo de 1945.

A los pocos metros se alcanza un segundo torreón, el de San Marcos. Este, del siglo XII, pertenece al primer recinto amurallado. Hoy en día hay un hotel en la casa adyacente, que proporciona una primera vista de postal gracias a la placeta y la fuente de Röder.

Fuente y arco de Röder

Fuente y arco de Röder

Hay decenas de fuentes en el interior del casco antiguo, cuya agua era canalizada de forma secreta desde manantiales de los alrededores, de tal forma que se garantizara el suministro del asentamiento fortificado. Hoy en día, las fuentes aparecen a menudo ornamentadas con flores.

Siguiendo derecho se alcanza en unos metros la plaza principal, la Marktplatz. Punto de mercado y centro neurálgico de Rothenburg ob der Tauber, es otro de los iconos locales.

Plaza del mercado

Plaza del mercado

Aquí se encuentran algunos de los principales edificios, como el Ayuntamiento. Se observa magníficamente desde el sur, con sus dos partes diferenciadas: la gótica (s. XIII) con la torre, hacia la Herrngasse, y la de estilo renacentista, que desemboca en la plaza (S. XVI) cubriendo por completo uno de sus laterales.

Otro elemento singular de la Markplatz es la Taberna de los Concejales, recientemente restaurada. Se la reconoce por sus relojes en la fachada y merece la pena aproximarse a las horas en punto, entre las 11 y las 15 horas, para disfrutar de la breve representación de la escena del Trago maestro.

Institucionalizado hasta convertirse en motivo de la principal festividad del municipio desde 1881, el Trago maestro representa un trascendental episodio histórico acontecido aquí en el marco de la Guerra de los Treinta Años. Tras sitiar la ciudad protestante durante unos días, el general de la liga católica Tilly conseguiría finalmente vencer la resistencia del pueblo y acceder a su interior. Según se representa, fue recibido por las autoridades locales en la taberna, quienes para tratar de aplacar su ira le ofrecieron un enorme vaso de vino de 3 litros y ¼. Este, al ver la gigantesca jarra de vino, habría comprometido las vidas de los gobernantes a que uno de ellos fuese capaz de beberse todo el contenido de un solo trago. El ex alcalde Nusch habría aceptado y conseguido tal reto, consiguiendo así el perdón de Tilly y los católicos.

Además de junto al reloj del edificio histórico, el Trago maestro se puede disfrutar en vivo y en directo varias veces al año, en Pentecostés, en julio y en septiembre. Gran parte de la población local se implica directamente en la escenificación.

Antes de salir de la plaza, merece la pena volver la vista para contemplar la preciosa fuente de San Jorge y las casas que la protegen: la Casa de baile y la Carnicería. Son dos muy buenos ejemplos de fachwerk, arquitectura típica germana a base de celosías de madera.

La cara norte del asentamiento acoge el antiguo barrio judío, la abadía, así como la iglesia principal: la Jakobskirche. Esta parroquia protestante fue construida previamente a la Reforma, entre 1311 y 1484. Es una construcción de tres naves de dimensiones razonables y que presenta una planta atípica. No dispone de fachada principal y se accede por uno de sus laterales, previo pago de un par de euros.

Si se atraviesa el callejón de la Iglesia en dirección sur se alcanza la calle señorial, la Herrngasse. Además de varios palacetes medievales y tiendas de souvenirs de todo tipo, encontramos aquí la iglesia de los Franciscanos. Si se baja toda la calle se llega a la puerta del castillo. Cruzándola entramos en los jardines del Alter Burg. Aquí son espectaculares las vistas panorámicas de Rothenburg, también del río Tauber y las laderas de la montaña frente al claustro de los franciscanos.

Una vista desde el Alter Burg

Una vista desde el Alter Burg

Estas laderas cubiertas de viñas (Weinsteg) son aconsejablemente paseables si se quiere proseguir en busca del barrio del Hospital. Al mismo también se puede llegar sin salir de la muralla por la Burggasse.

En caso de haber salido del muro, se accede de nuevo al recinto por la cuesta de la Kobolzeller Turm. Terminada la subida, se alcanza la placeta de Plönlein, seguramente la mas fotografiada de Rothenburg. Mirando al sur desde la misma se admiran dos puertas, la Kobolzeller y la de Stern.

Plönlein

Plönlein

Al cruzar la Sterngasse se accede al recinto del antiguo Hospital, un barrio en sí mismo que acoge un hospicio y otros edificios, protegido todo por un bastión. Aquí puede terminar el paseo por Rothenburg ob der Tauber, que en caso contrario puede proseguir callejeando un poco más sin un rumbo fijo.

Callejuela en Spital

Callejuela en Spital

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#rutaBayern: Nördlingen y el cráter meteórico

El centro de Nördlingen

El centro de Nördlingen

Después de mucho leer, el otro día tuve al fin la oportunidad de pasear por las calles de Nördlingen, una de las ciudades más pintorescas de la Ruta Romántica a su paso por la Suabia bávara.

De manera similar a lo sucedido en Rothenburg ob der Tauber, parece ser que la Guerra de los Treinta Años fue determinante para el devenir de esta pequeña ciudad, anclada en el tiempo durante siglos –de ahí su casco histórico perfectamente conservado– hasta prácticamente nuestros días. En la actualidad, hay que remarcar, las cosas parecen haber cambiado y Nördlingen combina la tranquilidad de un pueblo con la prosperidad económica que se deja sentir en la Baviera contemporánea. Tiene 20.000 habitantes.

Muralla y centro
Resguardado en el interior de un recinto amurallado circular, el casco histórico de Nördlingen esconde varios palacetes medievales perfectamente conservados, así como numerosos ejemplos de arquitectura a base de celosías de madera, las típicas fachwerkhäuser alemanas.

Nördlingen desde el aire. /M. TOURISMUS

Nördlingen desde el aire. /M. TOURISMUS

A diferencia de lo que pasa en Rothenburg ob der Tauber, donde es más fácil cruzarse por la calle con un turista asiático que con un lugareño, en Nördlingen, a pesar del auge del turismo, se respira un aire bastante genuino. Algo que, en mi opinión, mejora la calidad de cualquier paseo urbano.

En nuestro caso nos quedamos con las ganas –a cambio paseamos por el sorprendente mercadillo dominical–, pero cuentan que subir al campanario de la iglesia luterana de San Jorge es un imprescindible, dadas las vistas que ofrece Daniel, sobrenombre de esta torre de 90 metros de alto que permite perfilar toda la comarca desde el aire.

Cráter
Precisamente ese perfil aéreo, cuya peculiaridad desconocía hasta la fecha, ha sido una de las sorpresas de la visita a esta pequeña ciudad suaba y sus alrededores.

Conocida como Ries de Nördlingen en función de la denominación otorgada por los romanos hace casi dos mil años, esta zona que comprende varios municipios en una superficie 1.800 km2 es en realidad una pequeña depresión en la llanura bávara.

En concreto, se trata de la formación resultante del impacto de un gran meteorito en la zona, hace 14,4 millones de años. Todavía hoy se aprecia con facilidad, tanto en la morfología del terreno como en los materiales de los que se compone, el gran cráter que es en si mismo el Ries.

Morfologia del Ries Nördlingen. /WEB

Morfologia del Ries Nördlingen. /WEB

Diferentes partes del Ries. /GEOPARK

Diferentes partes del Ries. /GEOPARK

En la ciudad de Nördlingen se encuentra el Rieskrater Museum, mientras que el Geopark Ries, con sede en Donauwörth, informa de las actividades posibles en la zona a colación del cráter meteórico más grande de Europa.

Por otro lado, en el apartado de historia me resultó especialmente curioso conocer la  participación de las tropas españolas en una importante batalla allí acontecida, en tiempos de Felipe IV durante la Guerra de los Treinta Años. Pero esto último lo dejo para otra entrega.

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