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Palomeadores

paloma

Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua que palomear es andar a la caza de palomas. O dedicarse un buen rato a cuidarlas. A mi la expresión palomeador me trae al pensamiento un tipo más bien palomo, en busca de palomos varios. O al novio de Paloma, al que se la palomea. No me toques las palomas que me conozco. Pues va a ser que no. El otro día conocí a unos palomeadores y no van por ahí precisamente los tiros. ¿Tiros? Cazadores de todo menos de palomas. Pobres animales. Lo dicho, los palomeadores que yo conozco son por lo general tipos agraciados que salen a la calle, que se montan en un avión o se suben en un tren,  preferiblemente en preferente, sin saber exactamente dónde, cuándo ni cómo se caga la paloma. ¿A qué sabe la mierda de pájaro? Al palomeador plim, el sabor, cuando se ha palomeado la historia. ¿Que qué? Hablo de lo de tomarse la foto y subirla a Instagram. Y adjuntar la nota mental: “palomeado”. Hay de ellos, palomeros, que si se comen un plato de salchichas bávaras con mostaza dulce no lo saborean sino que lo anotan en su agenda y al llegar a casa, muy muy lejos, lo comparten con su red de contactos a la hora del té. “Palomeado”. A algunos, si visitan un monumento lo que les interesa primordialmente es marcarse un selfie de dos pares de narices y subirlo a la nube enseguidita. Qué grandes tienen algunos las narices… en los autoretratos, proclamo. ¿Una visita interior? Chorradas. Por mucho que le pregunten a su guía: ¿Oye, y esto? ¿Y lo cuálo? ¿Entonces el rey estaba loco o era un palomo cojo? Uno les responde de oficio a sabiendas de que el discurso caerá pronto en saco roto. Entonces vuelven a la carga. Que para eso pagamos releñe. Preguntar es lo importante.  Y de regreso a la propia morada poder proclamar, a lo palomeador: “Me lo dijo mi guía”. Sigamos: “que qué más nos queda por hacer. Cojamos la agenda y chequeemos”. El teléfono inteligente indica que hay que ir aquí, allí y al más allá. Vamos pues, el oráculo ha hablado.  Y al final del camino, cuando la billetera arde en llamas y la agenda aparece llena de palomas, uno le pregunta al palomeador. “Oigan, ¿les ha gustado la visita?”. Y éste contesta, cómo no, tal cual marcan los cánones: “Ha sido preciosa. Eso sí, no sería necesario repetirla, ya lo palomeamos todo”. Pueden irse a casa tranquilos pues, con los deberes hechos,  y empezar a preparar su próxima aventura y su correspondiente listado de tareas pendientes para poder disfrutarla entonces con la conciencia tranquila.

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Los guías y las propinas

“Tienes que enseñarte a pedir propinas”. Lo recuerdo perfectamente, fue una de las primeras frases lapidarias que recibí en mi instrucción, más bien callejera en sus inicios, como guía turístico. Ha llovido un montón, en Múnich eso no significa gran cosa, así es que me acuerdo perfectamente. Solamente de pensarlo, me pongo sonrojado, pues yo soy más bien modoso para estos asuntos. Serán cosas del falso pedigrí adquirido tras el paso por la facultad. Porque, la verdad, aunque a días los licenciados nos creamos por encima del bien y del mal, no conozco a nadie que no responda de una u otra manera a los estímulos provocados por el movimiento de una billetera. Yo, no os engaño, soy sensible –especialmente si me siento autorizado moralmente para el estímulo–, por mucho que me escandalice mientras escribo estas cosas y me esfuerce por convencerme de lo contrario. En fin, vayamos al grano, este es un artículo destinado a tipificar cinco modalidades de propina recibidas por el guía de turismo. Aprendices, tomen nota. Viajeros, les digo lo mismo.

1. Propina normal. Como su propio nombre indica, es la más corriente a uno y otro lado del charco. El pan nuestro de cada día, para todos aquellos que guiamos con la ñ. ¿Qué cómo funciona? Muy fácil, consiste simplemente en no recibir absolutamente nada al final de la visita. “Que para eso ya hemos pagado, María”, le argumenta él a ella.

Es la recompensa preferida para sus guías, tras un duro día de trabajo, por parte de viajeros y turistas venidos de todos los rincones de la península ibérica. De hecho, la denominación propina ibérica es igualmente válida para este tipo de apunte bancario, nulo.

Por cierto, dispone de algunas variantes simpáticas. Entre las más singulares: la palmadita en la espalda acompañada de una felicitación por el trabajo bien hecho o la entrega de una tarjeta de visita personalizada, “para que estemos en contacto” cuando vengas por mi pueblo, “que eres un tío cojonudo”. Esta última modalidad es como tirar un penalti al póster, ya que es inevitable que al guía se le haga la boca agua, a veces indisimuladamente, al comprobar que el cliente echa mano de la cartera. Es para coger la tarjeta de visita. Uyyyyy!!!!

Por otro lado, y esto sí que jode, el modo propina normal es radicalmente diferente para los guías anglosajones: oscila entre los 20 y los 50 euros por día, de media, dada la costumbre de gratificar entre británicos, norteamericanos, australianos… La puntilla es cuando un compañero te dice “no te preocupes, es una cuestión cultural”.

2. Propina inesperada. Es la que, en contadas ocasiones, te dan unos españoles al final de una excursión. Ya lo dice su nombre, es inesperada, infrecuente, rara, difícil, reconfortante, feliz… No importa si es de cinco euros o de cincuenta, como no te la esperas te pone muy contento.

3. Propina cantada. Es la que te conceden un grupo de turistas sudamericanos al final de una excursión. Ya de buena mañana, cuando los recoges en el hotel o el punto de encuentro, la puedes ver venir. Eso sí, hay que sudarla, a base de sonrisas, consejos, apuntes en el plano de la ciudad y cosas por el estilo. Cuando los ofreces, quizás no eres consciente de que te estás fabricando una recompensa económica. Pero lo estás haciendo. Sale mejor si ese día vas de tour sin afeitar y vestido con ropa de Zara. Si es vieja, lo bordas. “Pobre español, con lo preparado que está y se ha venido a Alemania a trabajar. Menuda crisis que tienen”. Esto igual te lo dicen que se lo callan, pero lo piensan siempre.

Una variación tan rara como satisfactoria: si vas con un grupo numeroso de turistas y uno de ellos te da una propina cantada, entonces está cantado que todos –igual se escaquea algún español– se sumarán a la fiesta y terminarás haciendo una caja del copón. Viva Bolívar.

4. Propina compasiva. Es una degeneración de la cantada, dolorosa. Si te añaden la frase “yo también he sido estudiante y sé lo que se sufre” te dejan KO. “Señora que estudiar es muy bonito y se puede hacer toda la vida, sin dar pena”. Lo dicho, es infrecuente pero que te den unas monedillas en esas condiciones, más que arreglarte el día, te lo fastidia.

Por imaginar el peor escenario posible: te dan una propina compasiva un día de lluvia, el tour se ha alargado más de lo previsto y además los turistas te caían gordos. Por suerte, esto es atípico.

5. Propina gigante. Esto sí que es extraño. Sucede de uvas a peras, pero de repente un día te viene un señor a última hora que puede pertenecer al grupo de donantes inesperados, cantados o compasivos y te afloja la mosca. Cuando ves el billete de 50 euros se te caen los huevos al suelo, propinando lenguaje apropiado. La verdad, estas propinas duran menos en el bolsillo que un caramelo a la puerta de un colegio. Ese mismo día te la fundes en unas zapatillas, un par de libros o una cena romántica. Qué pena que no sean la norma.

Podría quemar páginas y páginas revelando el lado más visceral del guía turístico, pero no le quiero provocar los vómitos a nadie. Solamente puedo añadir que, por mucho que algunos guías se esfuercen por poner cara de “no sé de qué me hablas”, todos –bueno, siempre hay algún raro–  esperan con los brazos abiertos ese billete apretado entre las manos antes de la despedida. Los más recatados matizarían que “no es para tanto”, añadiendo a continuación que “a nadie la amarga un dulce”. La señora de la media melena y la chaquetita a medida, guía oficial, con su magnetófono y su grupo escolar, es posible que niegue la mayor. Ya que estamos, yo también reniego de todo lo que he confesado. ¿Acaso tengo cara de aceptar propinas?

Desfasament interpretatiu (o que em perdonen els gais, les lesbianes i la senyora X)

Collons, de mico! Ja no me’n recordava de l’entretingudet que pot arribar a ser açò d’anar acompanyant al personal. Sí, lo de guia, que vinc ara a llevar-li la pols a la categoria del blog Breves encuentros, després de dos mesos de fer el gos i rodolar per ací i per allà. Això mateix, que hui he tingut un dia d’eixos, de-ca-te-go-ria. A vore com ho compte jo, que vinc atarantat i amb el temps just per a descarregar en el Quadern, i damunt em toca apuntar de temes sensibles dels que un no entén massa i poden acabar ferint al personal. Bé, ho farem lleuger però directe, a qui no voldria jo molestar són als gais, a les lesbianes i a la senyora X, per no posar-li pels i senyals a la clientela. A les H del matí em tenia que trobar jo amb el senyor i la senyora X a l’hotel W de la ciutat Z, que amb tota seguretat serà Munic no ?(quantes xorrades). Allà, a les H i quart he arribat per fi a l’hotel, suat, clavant la pota ja abans de començar. “Bon dia”, li dic. “Bon dia, Jordi?”, em respon la senyora X. “La meua parella està enfeinada, però igualment farem el tour els tres”, em diu. I jo pense, “clar el seu marit -amb qui jo havia contactat i que tenia un nom estrany- em va dir ahir que farien el tour ell, la seua senyora i el seu nano. O siga, tres. Ara vindrà”. I allà que sec jo al hall, amb la senyora X i el nano, i anem esperant i xerrant. Jo seguisc pensant, “som dos, falta un, el senyor X”. Encara no havia acabat jo de cavil·lar i entra en escena, directament de l’ascensor, el senyor X. “Ai, no! Si és la senyora XX”, em sorprenc a mi mateix. Què voleu que vos diga, dins d’eixa personeta que vol fer-se la moderna hi ha tot un clàssic (és el que té l’educació de la mà de les monges) que s’esforça per entendre un món contemporani, normal, però diferent al que li van vendre en l’escola. Per a començar, em pose colorat i no deixe de pegar-li voltes al nano. “Em presente, no em presente…; la salude, no la salude…; serà, no serà…”, ostràs tu!, quins 30 segons més llargs. Jo diria que la senyora X m’ha vist bloquejat, o potser acalorat, el cas és que al principi tots tres hem fet com si res, ens hem saludat i hem començat a preparar la marxa, que ja tocava. Però jo no parava de portes endins… “seré idiota, tota la vida sense prestar-li cap atenció al capítol de la Lonley de què visitar per a gais i lesbianes”. De veres que m’he sentit incapacitat i amb una mancança enorme de respecte per a les parelles del mateix sexe, per a les que jo, tan tolerant que em pense, resulta que no estic preparat per a conduir un tour com toca. Això, mateix: “idiota!”, em repetia. Vos done la meua paraula de que totes estes coses han rondat de veritat pel meu cap, i també altres com “i quina parella més bonica, amb una diferència d’edat de 20 anys; i quines dones més ben plantades; seran matrimoni o parella de fet?”. Supose que a l’exterior ha degut ocórrer alguna cosa en la meua absència, perquè que la senyora X, als cinc minuts de ruta, ha fet una introducció gratuïta en la conversa introductòria: “Bé, et presente a la meua sogra; el meu marit i el d’ella estan tots dos treballant, doncs hem vingut en un viatge a cavall entre la feina i el plaer”. I que creieu que he fet jo, a banda de passar del roig de cara al blanc de rostre? Pegar-me una puntada als ous dissimulada, si és que era possible. Ja ho veieu, no tinc perdó de Déu, ni dels gais, de les lesbianes, ni de la família X. Però l’encontre de hui m’ha fet reflexionar una cosa: em toca preparar ja mateix una selecció de les millors coses d’esta fantàstica ciutat i de Baviera en general per als interessos de parelles del mateix sexe. El dia que en reba una de veritat ho faré amb els braços ben oberts, faltaria. Però, bé, la història no acaba ací, estic d’un atabalat i d’un miop hui… Escolteu i voreu: tornant al tren en acabar el treball, entra al compartiment una revisora tota recta, rígida i torpona, amb ulleres de sol negres com el carbó i fa sonar una campana. “Els tiquets!”, ens escridassa a tots en veu alta sense fixar la mirada en ningú, com perduda. Vosaltres què penseu? Jo ho he vist clar, “òstia que m’ha tocat la revisora cega!”. Sí, cega de les que no s’hi veuen, que vos ho tinc que dir tot. I comence a pensar una altra vegada, “com nassos vorà si els bitllets del tren són bons o no”. I trec el meu i comence a buscar-li marques per a revisors cecs. Res, que no les trobe. I la vaig mirant de reüll, “què sí, que és cega”. En això arriba la senyora al meu seient, em veu al·lucinat i em mira amb cara de però que fas rodant el paperet tros de pardal. Alce el cap i me la trobe en primeríssim plànol, una alemanota en la quarantena, grandota però moderna. De les que gasten ulleres de sol de pasta dins del tren i porten campaneta per a fer una mica de soroll, què passa? Això sí, de la vista, sense problemes. “Fotre com estem hui, encertadets”, em dic. I li ensenye el bitllet, em baixe del tren, me’n vinc a casa i vos escric quatre ratlles dels meus re-encontres breus sense parar de riure davant del teclat.

Karl en la Hofbräuhaus

A Karl Schloss le dura un litro de cerveza lo que dura un telediario en este país, menos que nada. A él, que se sienta siempre en la misma mesa e incluso ha conseguido que coloquen allí un cartel en su nombre, se la sirven en jarra de porcelana. Karl se cree un tipo con suerte. A sus 80, es un cliente de los de toda la vida, de esos que entran en la cervecería celebérrima con la llave entre las manos. La exhibe orgulloso, como privilegiado que es, y se adentra en el despacho de los señores bávaros, su hábitat. Con su llavecilla, abre la reja, saca la jarra, la lava y se la entrega al camarero, también de toda la vida. No le hace falta pedir, el serbio ya sabe cómo llenarle el Krug. Entre brindis y brindis, dependiendo del humor, Karl deja a veces que los turistas le acompañen a la mesa. Algunos se toman fotos con el viejo, cual trofeo. Sin aburrir, éste les chapurrea a cambio sus batallitas de cuando cazaba con el Rey de España, vaya par de golfos. Esnifa tabaco y no se separa de sus gafas de sol, ni de noche. Hace poco decidió abandonar temporalmente su Lederhose, pero nadie le roba su chaleco y, menos todavía, su sombrero. Mi amigo Christopher dice que el gorro del señor Karl es un pelín kitsch, o sea hortera, pero se lo disculpa porque es mayor. Aquí eso cuenta. Peor es lo de algunos chavales, que se pirran por unos pelos de jabalí, a estas alturas de partido. No nos desviemos del tema: el bávaro, el auténtico, no se levanta de la mesa hasta que no calla la música. Eso es, nunca vuelve a casa hasta la medianoche. Por el camino, varias cruces en el posavasos, a la vez que sus mejillas se sonrojan cada vez más y más. Quizá dos, tres o incluso cuatro equis marcadas sobre el cartón, todas en forma de litro. Así lo manda la tradición, su tradición, la de los viernes por la noche.

¿Qué hacen 35.000 cardiólogos en un congreso? Yo te lo contaré…

El pasado viernes me encontré con un cardiólogo venezolano y su familia en mi tour de Salzburgo. Éramos un minúsculo grupo de cinco personas y el hombre me advirtió a nuestro regreso a Múnich: “Prepárense porqué este fin de semana llegamos 35.000 cardiólogos de todo al mundo al congreso europeo”. Aquello, que me pareció exagerado, se tradujo en un tour de 12 personas a Neuschwanstein el sábado. Normalito, pero con seis cardiólogos. De repente, el domingo brotó de la nada un tour privado para dos viajeros de Argentina. Cardiólogos, señor y señora. Y luego vendría la excursión al castillo de Neuschwanstein de lunes, y la marabunta. Es decir, 37 cardiólogos o cardiólogos consortes venidos a los Alpes desde todos los rincones del mundo (que en mi universo laboral significa Argentina, Brasil, Chile, Colombia, España, México, Perú, Uruguay, Venezuela…). 37 son los que subieron ese día al tren conmigo, porque martes repetiríamos la operación con 49… cardiólogos. Os cuento esto a jueves, un día después del cierre del dichoso congreso europeo de cardiología. Y una jornada más tarde de un tour de la ciudad con 20 doctores cardiólogos y un segundo tour especializado en el Tercer Reich –sí, señores, haciendo doblete- con 23 personas, la inmensa mayoría de ellos profesionales de ese oficio que no voy a volver a repetir a no ser que me duela el corazón. Esa es la verdad, sufrid@s cónyuges de profesionales liberales: cuando sus respectivas parejas les anuncien que emprenden viaje para participar en un congreso internacional, les estarán diciendo en realidad que se van a pasar una fantástica semana de vacaciones. Al menos eso es lo que me pareció a mi, después de quedarme seco tras los cuatro días más duros de trabajo que recuerdo desde que llegué a esta ciudad. Eso sí, en ningún momento me preocupé por el ritmo cardíaco.

Lída Baarová (i allò que penja)

Lída Baarová era la dona més guapa del seu temps. O almenys això és el que creia Joseph Goebbels, que hauria fugit gustosament al Japó amb l’actriu txeca, a fer d’ambaixador. El mateix Führer, que era uno més en el si de la família Goebbels li va posar el fre de mà al renacuajo, qui resulta que a banda d’exhibir maldat i destresa extraordinàries per a fer rodar la propaganda nazi, era nano, coixo i tenia la cua ben llarga. I fluixa. En canvi Hitler, ni semblava ari ni es follava a tot el que es movia. Parlant de música, Adrián Espí Valdés, a més de coixejar, sempre ha sigut una persona molt respectada en l’àmbit universitari, gran mestre per a les nostres mares. De jove pareixia un adonis, passejant amb els llibres baix del braç pels passadissos de la Universitat. Ara resulta que l’han denunciat precisament per portar-la solta. Ha aparegut al Diario Información, en primera pàgina i en internet. Qui també porta un temps figurant als periòdics és un vell amic, Rafael Sanus Sellés, que, ves per on, de jove era un tio caxondo que estudiava Dret per a fer-se notari. De Miguel Peralta deu ser la culpa que acabara amb el morro apretat i dins de l’olla de la dreta, primer de Secretari Autonòmic, després de tinent d’alcalde alcoià i hui en dia no sé sap ben bé de què. Mora-lletja: “El que a buen àrbol se arrima, buena sombra la cobija”. Tots descol·locats, jo també. En fi, ben-parir un Tour del Tercer Reich a la Capital del Moviment és una qüestió pràcticament impossible: quan ja tens assajat el millor somriure t’arriba la senyora catedràtica d’Història feta un pinzell, de guapa, i et desmunta la paradeta. Ai senyora professora, si jo li parlara de jornals! Amb raó em pregunten de tant en tant (els mateixos clients) que de què treballe jo a Munic? A vegades ni jo mateix ho sé. De forment, ni un gra, però i el que m’ensenye. No direu que no.

Cifras y viajes complicados de verano

Estamos en agosto y los turistas hispanos se cuentan por cientos en Múnich. Supongo que la crisis en España se nota a la hora de elegir compañía aérea, hotel o restaurante, porque lo que es seguir viniendo, siguen. Entro por la puerta de casa molido, cada noche, sin una gota de energía. De seguir así, mejor será que aprenda a cambiar el patrón por el que corto las excursiones, y pasar del modelo artesanal a la producción en serie. Supongo que antes de eso acabará la temporada alta y los tours como el del otro miércoles: diecinueve a Salzburgo, con cancelación y cambio de tren a la ida incluidos. El número nunca es lo peor, lo malo es que a cada uno lo pare su madre y su padre y a mi me toca sacarlos a pasear a todos juntos. Hablando de cifras, la señora Carmen se anotó la mejor marca hasta la fecha, en mi cuaderno de viajes. Con 81 veranos como éste, la recordaré como la anciana del acento andaluz que se pegaba a mi para poder oírme. Cinco o seis kilómetros y unas salchichitas se comió en Salzburgo la señora Carmen, sevillana, con su Yolanda. Ya se sabe, cuanto más grande es el grupo, más divertido y más jodido: señoras que salen de excursión a punto de romper aguas, solteronas de carácter variable, familias que vienen de aquí y otras que vienen de allá. La misma película de anoche, esta vez en versión casi kitsch. Vegetarianos, salchicheros, judíos –sí, los hebreos también viajan-, cerveceros, abstemios, bastante chalados, puteros –otra vez-, mayores casi viejos y jóvenes casi mayores, europeos y americanos… todos juntos en un tour sobre cerveza y gastronomía en Baviera o mejor dicho, en un cóctel molotov que podía haber terminado como el rosario de la aurora y acabó en Hofbräuhaus con unos chistes fáciles y una decena de palmaditas en la espalda. Eso para ellos, yo estuve a punto de morir al entrar por la puerta de casa, aunque al final no fue para tanto y simplemente me quedé grogui al primer contacto con el sofá. Hoy, más historias para no dormir -o para hacerlo incluso antes de llegar a la cama-.

Por una melena

Ayer por la tarde el ferrocarril regional parecía conducir a cualquier parte menos a Múnich. Los vagones iban saturados, cargando con gente de humor variable desperdigada por los pasillos. Unos pocos se espatarraron sobre sus maletas, muchos permanecimos de pie, todos sudados por el calor y la carne concentrada. La olor a humanidad se hacía notar y la falta de aire acondicionado era clamorosa. Solamente las vistas sobre los lagos y las colinas salpicadas de casonas que apuntan a los Alpes en Oberbayern me hacían ver que aquello no era el Tercer Mundo. Una señora alemana por encima de los 50 años fue la protagonista de la escena más lamentable del viaje, cuando se levantó de su asiento para exigir al resto de viajeros que cerrasen la ventana. Su vestido amarillo chillón, rematado con un collar de bolas, parecía ser el único que no se arrugaba en aquel coche. No tuvo suerte, todos teníamos demasiado calor y un grupo de viajeros del Nuevo Mundo tenían en su mano la llave de aquella ventana. Tras la negativa rotunda que recibió a su exigencia, la señora alemana del vestido amarillo perdió los nervios, incluso gritó, y llegó a pedir mi intermediación como traductor. Debía estar terriblemente preocupada por su media melena cincuentona, y desesperada, para recurrir a mi. No pude ayudarla. Después de perder la educación y no encontrarla en medio de un vagón abarrotado, aquella mujer nos abandonó pronto, caliente sin pasar calor. El tren siguió oliendo a humanidad hasta llegar a la ciudad. La ventana siguió abierta y, ya de noche, hubo dos matrimonios, de australianos y americanos, que brindaron con cerveza bávara a la salud de aquella melena tan bien peinada.

Barreras invisibles

Aunque trabajaba para una multinacional como oficinista, Renata tenía callos en las manos. Era menuda, casi frágil. Su rostro, en cambio, transmitía mucho poder. Tenía los ojos verdes y una sonrisa eterna, de las que uno no consigue zafarse. Se deslizaba por el suelo adoquinado con asombrosa facilidad. Era una de esas personas que no protestan, sino que se adaptan a la situación y actúan. A Renata le molestan los escalones gratuitos, los bordillos infranqueables, los trenes inaccesibles. No son imprescindibles, pero le coartan la libertad. Renata anda en silla de ruedas y, desde que la acompañé a Salzburgo, a mi también me molestan las barreras invisibles que nos impone la ciudad. Muchos no lo sabemos porqué no las vemos, pero ahí están. Solamente hay que abrir bien los ojos y mirar como lo hace Renata. Las observaremos y sabremos que sobran.

Lo tour amb el Martino, la Lluïsa i la iaia

Amb vuit i sis anys, els dos minyons havien vingut des d’Itàlia per a passar uns dies a Mónaco di Baviera, acompanyats dels pares i la iaia. Tots cinc varen viatjar aquell divendres en el tren amb mi i amb altres turistes, en l’excursió a Salzburg en espanyol. Martino volia ser astronauta o bé conductor de ferrocarrils, però dels de veritat. És a dir, dels que porten barret i vesteixen jaqueta de color blau marí. Fet i fet, es mirava les estacions de tren amb els ulls oberts com a plats, segurament, com bon illenc, poc acostumat a veure nusos ferroviaris com el de Freilassing, ciutat de frontera de les que carreguen amb una estació dos vegades el centre del poble. Lluïsa, amb les seues sabatilles de color de rosa, tenia els cabells negres i curts com el seu germà gran i exhibia una mirada descarada, plena de curiositat per les coses noves. Tal i com em va confessar la seua iaia, era molt jove però ja tenia el cap ben dur. Li venia de família. Els pares, com els fills, eren persones extremadament educades, de les que dóna gust portar darrere, mentre que la cap de la família, cabells rossos i ulls clars amagats darrere d’unes enormes ulleres, era metgessa al poble i ocultava a més una personalitat carismàtica que em recordava a alguns dels meus avantpassats. La falta de visites guiades en italià des de Munic – a Salisburgo– fa que amb certa regularitat em tope en aquestos viatges amb famílies italianes que prefereixen escoltar-me a mi que a un guia de Chicago o Belfast. No parle italià, però sempre ens acabem entenent bé, ajudats per la predisposició favorable de totes les parts, el bon humor de la gent del sud i algun que altre somriure. Aquesta vegada i encara que parega increïble, no fou necessari. Tot va resultar molt més senzill i més natural. Si sé que el Martino voldria viure a l’espai en ser fadrí o que la Lluïsa buscava a la Heidi per la finestra -per sort, tots dos estaven criats a suficient distància d’una Play Station- és simplement perquè m’ho van contar ells. I prou. No em varen caldre interpretacions, ni tan sols la meitat de la seua imaginació. Perquè tots, els cinc sards i jo, compartíem una mateixa llengua: alguerés per a uns, valencià per a mi, català per a tots. D’això, d’italians i valencians compartint llengua i cultura n’havia llegit als llibres d’Història, sempre pensant que es tractava més d’una fantasia o un conte del passat, d’una entrada viciada a la Viquipèdia, que no d’una realitat desconeguda. Hui sé que no, i que al darrere del paper n’hi ha una veritat minoritària que no per això em deixa de semblar quasi màgica. Aviat, quan algú em torne a preguntar una altra vegada per a què serveix a estes altures portar el valencià en la motxilla li diré que la llengua de mon pare i de ma mare és, a més d’una llengua d’anar per casa, una ferramenta molt útil fins i tot quan un menys s’ho espera, ni que siga per a conèixer a un parell de nanos dels que que encara somien amb tocar la lluna.