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Farsantes (alemanes), haberlos haylos

El presidente de Volkswagen AG, Martin Winterkorn, mientras se agacha para (supuestamente) ver los bajos de un Porche. En realidad, se está partiendo la caja. /EFE

El presidente de Volkswagen AG, Martin Winterkorn, mientras se agacha para (supuestamente) ver los bajos de un Porche. En realidad, se está partiendo la caja. /EFE

Por lo general, el calificativo alemán, en según que ámbitos de la vida (por lo general relacionados con el dinero), va vinculado a ideas positivas y poderosas como fiabilidad, rigor, seriedad, esfuerzo, contundencia o éxito, por citar unas cuantas. En contraposición, y en especial en los últimos tiempos, la marca España parece destilar cierto tufo a cutre, a informalidad, a indisciplina, a farsa… Y a cosas peores, a días incluso a conceptos oscuros del tipo fracaso o corrupción.

¿Cuántas veces he escuchado en boca de ibéricos, desde que llegamos a Múnich hace ya unos pocos años, lo de puta madre que son estas gentes y lo desastrados que somos nosotros? Yo mismo asiento inconscientemente mientras escribo este tipo de simplezas. No pienso sacar pecho por los unos, pero en días como hoy, confieso, no dejo de sonreír para mis adentros cuando abro los periódicos y compruebo que, en efecto, estos alemanes no son en realidad tan superiores diferentes cómo nos quieren hacer creer.

La hemos cagado por completo” ha afirmado esta mañana de martes, en concreto, el jefe de Volkswagen en Estados Unidos, en una alocución digna de don Mariano. Acababa de reconocer que han trucado medio millón de vehículos con motores diesel para hacer creer a sus clientes y a las autoridades que contaminaban menos de lo que en realidad lo hacían. Unas horas más tarde, el mogollón ha resultado ser, en verdad, bastante más gordo: como mínimo han hecho trampas con once millones de coches. Por cierto, hablamos del primer fabricante de automóviles de Alemania, y del mundo. Toreros.

Esta enorme estafa me ha hecho recordar que no hace tanto vivimos otro caso de engaño en torno al sector de la automoción alemana. En enero de 2014, el presidente del poderosísimo Automóvil Club de Alemania (ADAC) tuvo que dimitir tras reconocer “fallos y manipulaciones en los procesos de selección del Coche del Año, un premio que han venido otorgando desde hace años al, supuestamente, mejor vehículo de la temporada. Resulta que las votaciones, alemanas, estaban manipuladas, por alemanes.

En otras ocasiones, los políticos alemanes, aunque nos parezca increíble, también huelen a mierda. Seguro que hay un montón de casos, pero a mí, quizás por el hecho de vivir en Múnich, me impactó especialmente el escándalo que afectó al parlamento bávaro, y en especial a la CSU, ahora hace un par de inviernos. Dos detalles del mismo: en un caso, un parlamentario llegó a contratar como asesores informáticos a sueldo a sus dos hijos, de 13 y 14 años; en otro caso un diputado contaba con los servicios de su propia mujer como secretaria, a razón de 5500 euros al mes. Quien los pillara. Lo más curioso: la desvergüenza se destapó justo antes de las elecciones al land de Baviera y la CSU, el eterno partido gobernante y salpicado por el escándalo, revalidó una holgadísima mayoría absoluta. Pues sí, parece que nepotismo, caudillismo, sucursalismo… no son patrimonio exclusivo de regiones del profundo sur, del tipo Andalucía o Valencia.

Y hablando de sobrecostes en grandes infraestructuras, en esto los alemanes tampoco son un pueblo inmaculado, no. Un ejemplo muy gráfico, y superlativo: precisamente hace un par de días se anunciaba en Berlín la suspensión sine die de las obras del nuevo aeropuerto de la capital. Los trabajos empezaron en 2006 con un presupuesto de unos 2000 millones de euros. El aeropuerto tenía que haberse inaugurado en 2011. A día de hoy, sigue parado, inacabado, y se estima que, como poco, la faraónica obra terminará costando unos 5500 millones de euros. Hacen falta media docena de Carlos Fabras juntos para liarla tan parda.

En fin, dos notas breves para terminar, a modo de postre. ¿Alguien se imagina qué hubiese pasado si el piloto suicida Andreas Lubitz hubiese sido griego o portugués, en vez de alemán? Por si no nos acordamos: casi 150 vidas se llevó por delante la criatura, tras suicidarse con el pasaje a bordo mientras pilotaba un avión comercial de una compañía alemana. Me da mucha pena pensarlo, pero estoy seguro que (potentísima) chusma tipo Bild (el periódico más vendido de Alemania) no hubiese dudado en apuntar a lo desastroso de los protocolos de seguridad en el sur y esas mierdas. Como cuando ellos mismos acusaron erróneamente a los agricultores almerienses de envenenar a varios germanos con pepinos españoles “contaminados”. Luego resultó ser que el brote de Escherichia coli que causó la muerte de varias personas no lo habían provocado los alimentos llegados del “atrasado” sur, sino de una plantación de otro alimento, ubicada además en el “perfecto” norte. Para entonces, ya se habían publicado varias portadas de lo más hiriente.

Tan despectivo o más que el Bild se mostró durante años el señor Uli Hoeness. Acusó reiteradamente al Madrid y al Barcelona, entre otros clubs de fútbol, de jugar sucio financieramente y evitar el pago de sus deudas millonarias. Que conste que eso me parece una vergüenza, pero la molla en este caso la tiene el final de la historia del personaje germano en cuestión: Hoeness recién sale de prisión tras cumplir varios meses de condena por evasión de impuestos. Que se haya podido saber, el hombre de las lecciones de moral estaba defraudando a su vez a la Hacienda alemana, casi 30 millones de euros. Vaya tela.

No voy a ponerme a medir quien la tiene más larga, nosotros la tenemos pero que muy larga, y sucia; de lo que estoy empezando a dudar es de que esta gente sea tan pulcra, tan limpia, tan de puta madre, como nos venden. Que no, que mucha corbata, mucha postura y mucha industria, sí, pero si se lo proponen pueden llegar a ser igual de trileros que nosotros, aunque ellos no lo vayan a reconocer en su vida.

Por cierto, a todo esto espero que como poco me llegue a casa en breve una cartita del señor VW con la orejas gachas, pidiéndome disculpas por las mentiras, las molestias y esas cosas. Porque, aunque no os lo he dicho, tengo un Volkswagen aparcado en el garaje, y es diesel. De los que no contaminan nada,nada,nada, dijo el vendedor de mantas en la plaza del pueblo.

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10 huevos

Mentiría como un bellaco si negara que también me asaltan las preguntas idiotas. Un vez por semana me repito la misma, al reponer la nevera tras la compra en el súper: ¿Por qué en Alemania las hueveras del refrigerador tienen lugar para doce huevos si en los supermercados los venden de diez en diez? Así, todas las semanas. Todavía no tengo la respuesta.

Por una melena

Ayer por la tarde el ferrocarril regional parecía conducir a cualquier parte menos a Múnich. Los vagones iban saturados, cargando con gente de humor variable desperdigada por los pasillos. Unos pocos se espatarraron sobre sus maletas, muchos permanecimos de pie, todos sudados por el calor y la carne concentrada. La olor a humanidad se hacía notar y la falta de aire acondicionado era clamorosa. Solamente las vistas sobre los lagos y las colinas salpicadas de casonas que apuntan a los Alpes en Oberbayern me hacían ver que aquello no era el Tercer Mundo. Una señora alemana por encima de los 50 años fue la protagonista de la escena más lamentable del viaje, cuando se levantó de su asiento para exigir al resto de viajeros que cerrasen la ventana. Su vestido amarillo chillón, rematado con un collar de bolas, parecía ser el único que no se arrugaba en aquel coche. No tuvo suerte, todos teníamos demasiado calor y un grupo de viajeros del Nuevo Mundo tenían en su mano la llave de aquella ventana. Tras la negativa rotunda que recibió a su exigencia, la señora alemana del vestido amarillo perdió los nervios, incluso gritó, y llegó a pedir mi intermediación como traductor. Debía estar terriblemente preocupada por su media melena cincuentona, y desesperada, para recurrir a mi. No pude ayudarla. Después de perder la educación y no encontrarla en medio de un vagón abarrotado, aquella mujer nos abandonó pronto, caliente sin pasar calor. El tren siguió oliendo a humanidad hasta llegar a la ciudad. La ventana siguió abierta y, ya de noche, hubo dos matrimonios, de australianos y americanos, que brindaron con cerveza bávara a la salud de aquella melena tan bien peinada.

Postal 2.0 desde el Biergarten:

Queridos @maurosolbes y @aaron_mira:

Cuenta Joaquín Sabina, ya hace años, que solo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega. No podría decir lo mismo de Múnich, mi hogar a los 30 y el lugar donde aprendí –estoy aprendiendo- la importancia de la cerveza para un vida plena. Aquí vamos sensacionalmente bien en materia de cervecerías, tabernas, restaurantes y, por supuesto, jardines de cerveza. En uno de estos estaba yo @muniqueando el otro día cuando me crucé con un click bávaro, uno de esos con los que os pasáis el día jugueteando a estas alturas de la vida. Por si no me creéis, os adjunto la fotografía en la que podéis comprobar que nos tomamos una caña juntos. Obviamente, una caña de litro, o Maß, cómo se hacen llamar en Baviera. Por cierto el click, como buen bávaro, me explicó que los alemanes van a la caza de los checos, en busca del récord mundial en cuanto a consumo de cerveza por cápita. Por ahora, están en nada más que 130 litros de cerveza por habitante al año. O sea, más de uno cada tres días. No os digo más, tenéis que venir a tomaros conmigo un par de ellas. Por cierto, hoy volverán a correr a raudales, las Helles, con esto de que viene el sol… y el Bayern se juega su quinta Copa de Europa en casa.

Puro vicio (germano)

No sé si será verdad que Mutti Merkel ha venido de visita, pero mi vecina no ha querido perdérselo. Ella y otros tropocientos. Mariola y yo tampoco. Y es que cada día estamos más alemanes.

Aunque no os lo he explicado, la historia de hoy va de gigantescos mercadillos de las pulgas. Maldito traductor automático!, me refiero al enorme mercado de segunda mano. El más grande de Baviera, cuentan, que este sábado se ha celebrado en el descampado de Theresienwiese, el mismo que visten y calzan más de seis millones de personas durante Oktoberfest.

No os engaño si os digo que lo de los Flohmarkts en Múnich es algo así como los mercadillos del Rastro de Madrid o Els Encants de Barcelona. Tampoco miento si os digo que no tiene nada que ver. ¿Contradicción? Sin duda.

Porqué al final los mercadillos de las pulgas, son eso, mercadillos pulgosillos, en Castilla, en Aragón y adonde fabrican los BMWs. Ya se sabe, con suerte uno puede mercarse a precio de saldo un vinilo de Jimi Hendrix o un libro viejo, mientras que con menor fortuna uno acaba llevando consigo a casa un mueble roto, unos esquís del año del catapún o un sombrero militar polvoriento, de los tiempos en los que imponía un tal Iósif Vissariónovich Stalin.

Dicho eso, si en Iberia en estos lugares uno nunca ha de despreocuparse de su mochila ni de su cartera, en Múnich igual nos toca hacer cola para comprar un radiocasete, justo detrás de nuestro médico de familia. O quizá el vendedor, al que le tratamos de regatear unos eurillos, resulta ser abogado de profesión y vive en el mejor barrio de la ciudad.

Esta última parte es la que todavía me intriga, aunque parece que me gusta. Si algún día me aclaro, igual hasta me animo y me sumo al negocio, por puro vicio. O le pongo un mail a mi madre y se lo explico. Seguro que su bolsillo no notaría tanto alivio como su trastero. O igual sí.

El mito en mil pedazos

Tercera entrega para Una española en Múnich:

Hace algún tiempo que he empezado a trabajar como guía turístico en Alemania. Es la mejor manera que he encontrado por ahora de costearme la profesión de periodista en este país, que a día de hoy ejerzo aquí sin remuneración.

La verdad es que disfruto, con lo de guía, por lo que acompaño encantado a mis turistas españoles en sus visitas a la ciudad de Múnich o a Salzburgo. Supongo que serán cosas de principiante, pero siempre les hablo entusiasmado de los mil y un tópicos –pido perdón- de este país.

No penséis mal, los menciono para bien: que si en Múnich todo funciona; que si es una ciudad muy segura; que si los alemanes son puntuales y ordenados como pocos; que si en Alemania son muy trabajadores, que si son constantes…

Estaba yo en una de esas el pasado domingo, de camino a Salzburgo con un grupo de viajeros españoles, cuando de repente se detuvo nuestro tren antes de mediodía, en un lugar en medio de ninguna parte.

Primero se hizo el silencio, mientras todos los pasajeros de aquel ferrocarril empezamos una espera tranquila. “Aquí nunca pasa nada”, imagino que pensé, por lo que seguí a la mía con los míos.

Transcurridos unos 15 minutos se mantuvo el silencio y entonces una mujer alemana se levantó por primera vez de su asiento para preguntarle a otra vecina por lo sucedido. Evidentemente, aquella tampoco sabía nada.

Repentinamente, el tren inició su marcha atrás, tras una breve explicación por el canal de audio que se limitó a aclarar que volvíamos unos kilómetros sobre nuestros pasos por unos problemas técnicos. “Aclarado”, pensé todavía calmado.

Llegados a esa cercana estación – Prien am Chiemsee -, nuevas y extrañas instrucciones. Nos pidieron que bajásemos del tren y que nos dirigiéramos a la parada de autobuses, donde nos recogería un autobús para trasladarnos a la siguiente parada de ferrocarril camino de Austria.

Por primera vez, me sentí contrariado en el país donde nunca pasa nada -de esto-, especialmente por el hecho de que nadie nos mencionó algo para mi fundamental: el porqué de aquel extraño movimiento y de aquella espera, por entonces de una media hora.

Todavía escasamente preocupado, les trasladé al grupo de viajeros que nuestro viaje se iba a retrasar un poco debido a un pequeño incidente en las vías.

Era mediodía y por fortuna calentaba el sol de primavera en Prien. Poco a poco, la plaza junto a la estación se fue llenando de gente, pues todos y cada uno de los trenes regionales que venían desde Múnich acabaron su trayecto aquella mañana allí.

Aún sin información oficial alguna, el reloj corrió hasta las 12 y media y la tranquilidad de todos nosotros y de los demás viajeros se esfumó con la primera hora muerta consumida.

Lamentablemente, el alemán no es mi fuerte por ahora, pero mi obligación era la de preguntar por lo sucedido. Ya lo habría hecho mucho antes en España –y seguramente hasta reclamado por la espera-.

Me dirigí al punto de información de la estación para tratar de aclarar la situación y los tiempos previstos de espera. Al llegar, encontré una cola de viajeros, prácticamente todos germanos y muchos de ellos con un formulario para reclamar en mano.

Pensé que nunca llegaría mi turno así es que opté por preguntarle a mi vecina en la cola: “¿Sabe usted lo que ocurre?”. “No, no nos han dado ninguna explicación”, me contestó. Yo le repliqué: “¿Y esto es normal en Alemania?”. “Buena pregunta”, dijo a modo de respuesta.

Incluso a mi me pareció buena, por lo que se la trasladé a uno de los operarios de la compañía ferroviaria medio escondido en un rincón de aquella sala. Su respuesta no os la puedo transcribir porqué aquel buen hombre se esforzó para que no la entendiera. Habló rápido, casi gritando, para finalizar diciéndome que si tenía alguna pregunta más, mejor se la hiciera a la Policía. Le repetí la pregunta en inglés y entonces aclaró: “Si puede esperar para ir a Salzburgo, hágalo en la parada de autobús. Si tiene prisa, coja el tren de regreso a Múnich que permanece en el andén”. Nada de explicaciones sobre el misterioso incidente.

Fue en ese instante y no en otro cuando, por primera vez, lo que me parecía el  sólido mito de la eficaz y eficiente Alemania se me cayó al suelo de entre las manos para romperse en mil pedazos, todos chiquititos.

La historia de aquel día no acaba ahí. Nuestra espera se prolongó otros 45 minutos de silencio total en la plaza de la estación. Fue pasada la una del mediodía cuando llegó por fin nuestro autobús camino del vecino Traunstein.

Por el camino nos dio tiempo a atravesar algunos pueblos bávaros más y a descubrir con nuestros ojos que el problema era real, puesto que un tren de mercancías había perdido parte de su carga a las puertas del mismo Prien, lo que obligó a cerrar la vía por unas horas. Lógica espera; una pena que nadie fuese capaz de arrojar luz sobre lo sucedido.

Casi tres horas más tarde de lo previsto llegamos a Salzburgo poco antes de las tres de la tarde. Ninguno de mis turistas, un par de ellos italianos, perdió la sonrisa en ningún momento, por lo que me vi forzado a exhibir también la mía y a dedicarles la mayor de mis atenciones en nuestra visita guiada. Todo salió perfecto a partir de aquel momento, así es que acepté encantado prolongar dos horas más aquella impuntual jornada para que nadie saliera perdiendo.

Nuestro viaje de regreso lo dedicamos a reflexionar sobre estereotipos y lo odiosos que resultan para todos nosotros, por mucho que siempre recurrimos a ellos.

Este domingo, de camino a Salzburgo, volveré a comentar con mis nuevos compañeros de viaje la puntualidad de los alemanes. Eso sí, les rogaré que no tomen mis palabras al pie de la letra y les recordaré que el pan de Baviera es mucho más sabroso que el de mi pueblo, pero siempre es mejor si se unta con un buen aceite de oliva del que me envía mi madre con frecuencia. Aunque parezca mentira, estas cositas las aprendí el día que se me cayó el mito alemán de entre las manos.

Releñe con los Gastarbeiter

Ya se dos palabras en alemán, aunque al ritmo que voy me va a costar ir aprendiéndomelas. Este martes me he quedado helado como el río Isar cuando he ido a matricularme en el primer curso de alemán de la Escuela de Idiomas de Alcoy.

Preinscrito estaba y me he presentado en día y hora, pero me he quedado fuera de matrícula por falta de plazas. Yo y otros 200, de un total de 300 solicitantes en Alcoy. Hace solamente unos años, a penas se apuntaba suficiente gente a alemán como para mantener en pie la docencia en la EOI local.

El caso es que, según he comprobado en mis propias carnes, resulta que cada día son más Pepes, la mayor parte ingenieros Pepes, los que piensan como Mariola en ir a buscarse las habichuelas a Alemania, en plan Gastarbeiter.

Aún no lo he conseguido averiguar, pero me gustaría saber cuántos jóvenes han salido ya de España en los últimos tres años en busca de un futuro mejor. Según, la Merkel solamente en su país necesitan a unos 800.000 trabajadores cualificados. Por lo que se ve, los sureños somos ideales (supongo que nos prefieren a los africanos o a los asiáticos; es decir, a los moros).

Y eso sin contar a los que salimos en dirección a China u otros países emergentes de América Latina o incluso África.

Lo que sí tengo claro es que cada día esta España se parece más a la de (Vente a Alemania,) Pepe. En los años 60 y según el Instituto Español de Emigración, más de un millón de europeos emigraron por Europa (Alemania, Suiza o Francia) en busca de trabajo. Se dice pronto.

De todas formas y aunque las dos situaciones guardan muchos paralelismos, no es justo compararnos con la España de los Pepes. Quizá vayamos flojos en idiomas, pero nada que objetar a la formación que presentamos muchos de nosotros, lo que nos permite aspirar a mejores trabajos que nuestros predecesores. Una suerte.

Tampoco nos podemos quejar de las ventajas que supone la unión económica actual en el marco de la Unión Europea, la libertad de movimientos con la que nos desplazamos y la mejora en las comunicaciones.

En fin, que me pica un montón haberme quedado fuera de la Escuela Oficial de Idiomas; me cabreo con la cancillera por airear que necesitan Gastarbeiter, aunque con los que me indigno de verdad son con los políticos españoles (y los que mueven los hilos; o sea, los otros). Ellos son los verdaderos culpables de que mi escuela esté colapsada y mi pareja a 2.000 kilómetros de distancia.

A todo esto, me comunica mi señora, que ya no manda telegramas y a la que veo todos los días gracias a un invento que se llama Skype, que Alicia en el País de las maravillas hace tiempo que cría malvas, en Munich. Ya en los tiempos de Alfredo Landa. O sea, que a Alemania se va a currar y a ganarse un futuro, pero que los duros no los tienen a cuatro pesetas. Lástima. Abstenerse de grandes expectativas los que como yo, no entendemos ni papa cuando habla Frau Merkel – a ellos mi colega Mau les da un consejo: poneros con Rosseta Stone ya!

Acabo de darme cuenta que esto empieza a oler demasiado a BundesQuadern. Os prometo que pongo remedio.

Para los que queréis más:

Artículo publicado por ELPAÍS.com sobre esta historia: Vente a Alemania, ingeniero Pepe (ENE 30 2011)

Interesante reportaje publicado por periodismohumano sobre la migración española en los años 60: “La mitad de los emigrantes españoles se fueron sin contrato de trabajo” . A partir del documental El tren de la memoria (SEP 27 2010)

Y minuto treinta y cuatro de Landa, Sacristán y un par de alemanas