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Lo tour amb el Martino, la Lluïsa i la iaia

Amb vuit i sis anys, els dos minyons havien vingut des d’Itàlia per a passar uns dies a Mónaco di Baviera, acompanyats dels pares i la iaia. Tots cinc varen viatjar aquell divendres en el tren amb mi i amb altres turistes, en l’excursió a Salzburg en espanyol. Martino volia ser astronauta o bé conductor de ferrocarrils, però dels de veritat. És a dir, dels que porten barret i vesteixen jaqueta de color blau marí. Fet i fet, es mirava les estacions de tren amb els ulls oberts com a plats, segurament, com bon illenc, poc acostumat a veure nusos ferroviaris com el de Freilassing, ciutat de frontera de les que carreguen amb una estació dos vegades el centre del poble. Lluïsa, amb les seues sabatilles de color de rosa, tenia els cabells negres i curts com el seu germà gran i exhibia una mirada descarada, plena de curiositat per les coses noves. Tal i com em va confessar la seua iaia, era molt jove però ja tenia el cap ben dur. Li venia de família. Els pares, com els fills, eren persones extremadament educades, de les que dóna gust portar darrere, mentre que la cap de la família, cabells rossos i ulls clars amagats darrere d’unes enormes ulleres, era metgessa al poble i ocultava a més una personalitat carismàtica que em recordava a alguns dels meus avantpassats. La falta de visites guiades en italià des de Munic – a Salisburgo– fa que amb certa regularitat em tope en aquestos viatges amb famílies italianes que prefereixen escoltar-me a mi que a un guia de Chicago o Belfast. No parle italià, però sempre ens acabem entenent bé, ajudats per la predisposició favorable de totes les parts, el bon humor de la gent del sud i algun que altre somriure. Aquesta vegada i encara que parega increïble, no fou necessari. Tot va resultar molt més senzill i més natural. Si sé que el Martino voldria viure a l’espai en ser fadrí o que la Lluïsa buscava a la Heidi per la finestra -per sort, tots dos estaven criats a suficient distància d’una Play Station- és simplement perquè m’ho van contar ells. I prou. No em varen caldre interpretacions, ni tan sols la meitat de la seua imaginació. Perquè tots, els cinc sards i jo, compartíem una mateixa llengua: alguerés per a uns, valencià per a mi, català per a tots. D’això, d’italians i valencians compartint llengua i cultura n’havia llegit als llibres d’Història, sempre pensant que es tractava més d’una fantasia o un conte del passat, d’una entrada viciada a la Viquipèdia, que no d’una realitat desconeguda. Hui sé que no, i que al darrere del paper n’hi ha una veritat minoritària que no per això em deixa de semblar quasi màgica. Aviat, quan algú em torne a preguntar una altra vegada per a què serveix a estes altures portar el valencià en la motxilla li diré que la llengua de mon pare i de ma mare és, a més d’una llengua d’anar per casa, una ferramenta molt útil fins i tot quan un menys s’ho espera, ni que siga per a conèixer a un parell de nanos dels que que encara somien amb tocar la lluna.

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El mito en mil pedazos

Tercera entrega para Una española en Múnich:

Hace algún tiempo que he empezado a trabajar como guía turístico en Alemania. Es la mejor manera que he encontrado por ahora de costearme la profesión de periodista en este país, que a día de hoy ejerzo aquí sin remuneración.

La verdad es que disfruto, con lo de guía, por lo que acompaño encantado a mis turistas españoles en sus visitas a la ciudad de Múnich o a Salzburgo. Supongo que serán cosas de principiante, pero siempre les hablo entusiasmado de los mil y un tópicos –pido perdón- de este país.

No penséis mal, los menciono para bien: que si en Múnich todo funciona; que si es una ciudad muy segura; que si los alemanes son puntuales y ordenados como pocos; que si en Alemania son muy trabajadores, que si son constantes…

Estaba yo en una de esas el pasado domingo, de camino a Salzburgo con un grupo de viajeros españoles, cuando de repente se detuvo nuestro tren antes de mediodía, en un lugar en medio de ninguna parte.

Primero se hizo el silencio, mientras todos los pasajeros de aquel ferrocarril empezamos una espera tranquila. “Aquí nunca pasa nada”, imagino que pensé, por lo que seguí a la mía con los míos.

Transcurridos unos 15 minutos se mantuvo el silencio y entonces una mujer alemana se levantó por primera vez de su asiento para preguntarle a otra vecina por lo sucedido. Evidentemente, aquella tampoco sabía nada.

Repentinamente, el tren inició su marcha atrás, tras una breve explicación por el canal de audio que se limitó a aclarar que volvíamos unos kilómetros sobre nuestros pasos por unos problemas técnicos. “Aclarado”, pensé todavía calmado.

Llegados a esa cercana estación – Prien am Chiemsee -, nuevas y extrañas instrucciones. Nos pidieron que bajásemos del tren y que nos dirigiéramos a la parada de autobuses, donde nos recogería un autobús para trasladarnos a la siguiente parada de ferrocarril camino de Austria.

Por primera vez, me sentí contrariado en el país donde nunca pasa nada -de esto-, especialmente por el hecho de que nadie nos mencionó algo para mi fundamental: el porqué de aquel extraño movimiento y de aquella espera, por entonces de una media hora.

Todavía escasamente preocupado, les trasladé al grupo de viajeros que nuestro viaje se iba a retrasar un poco debido a un pequeño incidente en las vías.

Era mediodía y por fortuna calentaba el sol de primavera en Prien. Poco a poco, la plaza junto a la estación se fue llenando de gente, pues todos y cada uno de los trenes regionales que venían desde Múnich acabaron su trayecto aquella mañana allí.

Aún sin información oficial alguna, el reloj corrió hasta las 12 y media y la tranquilidad de todos nosotros y de los demás viajeros se esfumó con la primera hora muerta consumida.

Lamentablemente, el alemán no es mi fuerte por ahora, pero mi obligación era la de preguntar por lo sucedido. Ya lo habría hecho mucho antes en España –y seguramente hasta reclamado por la espera-.

Me dirigí al punto de información de la estación para tratar de aclarar la situación y los tiempos previstos de espera. Al llegar, encontré una cola de viajeros, prácticamente todos germanos y muchos de ellos con un formulario para reclamar en mano.

Pensé que nunca llegaría mi turno así es que opté por preguntarle a mi vecina en la cola: “¿Sabe usted lo que ocurre?”. “No, no nos han dado ninguna explicación”, me contestó. Yo le repliqué: “¿Y esto es normal en Alemania?”. “Buena pregunta”, dijo a modo de respuesta.

Incluso a mi me pareció buena, por lo que se la trasladé a uno de los operarios de la compañía ferroviaria medio escondido en un rincón de aquella sala. Su respuesta no os la puedo transcribir porqué aquel buen hombre se esforzó para que no la entendiera. Habló rápido, casi gritando, para finalizar diciéndome que si tenía alguna pregunta más, mejor se la hiciera a la Policía. Le repetí la pregunta en inglés y entonces aclaró: “Si puede esperar para ir a Salzburgo, hágalo en la parada de autobús. Si tiene prisa, coja el tren de regreso a Múnich que permanece en el andén”. Nada de explicaciones sobre el misterioso incidente.

Fue en ese instante y no en otro cuando, por primera vez, lo que me parecía el  sólido mito de la eficaz y eficiente Alemania se me cayó al suelo de entre las manos para romperse en mil pedazos, todos chiquititos.

La historia de aquel día no acaba ahí. Nuestra espera se prolongó otros 45 minutos de silencio total en la plaza de la estación. Fue pasada la una del mediodía cuando llegó por fin nuestro autobús camino del vecino Traunstein.

Por el camino nos dio tiempo a atravesar algunos pueblos bávaros más y a descubrir con nuestros ojos que el problema era real, puesto que un tren de mercancías había perdido parte de su carga a las puertas del mismo Prien, lo que obligó a cerrar la vía por unas horas. Lógica espera; una pena que nadie fuese capaz de arrojar luz sobre lo sucedido.

Casi tres horas más tarde de lo previsto llegamos a Salzburgo poco antes de las tres de la tarde. Ninguno de mis turistas, un par de ellos italianos, perdió la sonrisa en ningún momento, por lo que me vi forzado a exhibir también la mía y a dedicarles la mayor de mis atenciones en nuestra visita guiada. Todo salió perfecto a partir de aquel momento, así es que acepté encantado prolongar dos horas más aquella impuntual jornada para que nadie saliera perdiendo.

Nuestro viaje de regreso lo dedicamos a reflexionar sobre estereotipos y lo odiosos que resultan para todos nosotros, por mucho que siempre recurrimos a ellos.

Este domingo, de camino a Salzburgo, volveré a comentar con mis nuevos compañeros de viaje la puntualidad de los alemanes. Eso sí, les rogaré que no tomen mis palabras al pie de la letra y les recordaré que el pan de Baviera es mucho más sabroso que el de mi pueblo, pero siempre es mejor si se unta con un buen aceite de oliva del que me envía mi madre con frecuencia. Aunque parezca mentira, estas cositas las aprendí el día que se me cayó el mito alemán de entre las manos.

‘Weihnachtsmarkt’ a Salzburg (i Munic)

(18/12/2011) Estimada germana,

t’escric esta breu postal des de Salzburg, on hem vingut a passar el diumenge. Per molt que la vam visitar en estiu, aquell dia l’estada va quedar en no res, ja que vàrem coincidir amb una tromba d’aigua enorme. Hui tot ha sigut completament diferent. Sí, fa molt de fred, estem per davall de zero graus i de tant en tant les boires porten algunes volves de neu, que més que preocupar-nos ens animen l’excursió. Ja sabíem de la bellesa de Salzburg per la seua ubicació i pel seu patrimoni històric, però hui, en ple desembre, hem gaudit especialment amb el mercat de Nadal, que ocupa un parell de places al centre històric.

Estic del tot convençut que vos haguera encantat passar el matí amb nosaltres, ací i hui, rodejats com estem per un ambient nadalenc i tirolés tan especial. Este mercadet, com els que hi ha a Munic, el munten cada Advent i està salpicat de parades on comprar artesania i elements de decoració nadalencs.

També hi ha a la venda arbres de Nadal i molts llocs per a menjar alguna cosa típica al carrer – et pots imaginar, llonganisses, creïlles farcides, Bretzel o dolços. Per a posar a to el cos, la majoria de la gent, com també hem fet nosaltres, substitueix la cervesa pel Glühwein, vi calent amb espècies.

Just acabem de dinar, ho hem fet al temps que escoltàvem cantar un cor de cambra a les portes de la catedral. Ens queda un colp de vi calent mentre vos escric estes línies i ara mateix començarem la retirada, ens espera el tren de retorn cap a Munic ens uns minuts. Un bes i un abraç molt fort a tothom, ens veiem en uns dies per a celebrar junts el Nadal.

Més informació (sobre els mercats de Nadal a Munic)
Al llarg dels últims dies hem visitat pràcticament tots els Weihnachtsmarkt o mercats nadalencs que hi ha a Munic. En realitat tots no perquè n’hi ha un a cada barri, però hem passejat pels del centre i els més populars. Entre ells, com no, el Christkindlmarkt a Marienplatz i els voltants.

Ja ens havien advertit, però és del tot cert que desembre és un dels millors moments de l’any per a fer una escapada a Munic. Els mercadets del carrer li donen una vida impensable (amb el fred que fa) i l’ambient nadalenc al centre té un caliu especial, tan solemnes com són els bavaresos. Llàstima que la majoria d’aquestos mercadets només es poden visitar abans de Nadal i no durant les vacances -de fet, en orige es deien mercats d’Advent.

La pàgina oficial turística de Munic ofereix informació detellada (en anglés i alemany) sobre els mercats de Nadal que hi ha a la ciutat. També la podeu trobar en espanyol, organitzada de forma senzilla i clara, en aquest post al blog Una española en Munich: Weihnachtsmarkt / Christkindlmarkt en Múnich (DES 3 2010).

Finalment, n’hi ha desenes de vídeos a internet dels mercadets muniquesos. Aquest és un dels institucionals, d’aquest 2011: