Category: Relats/ Relatos

El recuerdo del señor Pepe

Tenía unos setenta y cinco años, aunque sus cabellos blancos, su piel arrugada y su espalda encorvada apuntaban en una dirección diferente. Era, en todo caso, su mirada en demasiadas ocasiones perdida, la que lo hacía parecer definitivamente mayor. El señor Pepe era un hombre alto, cuyas manos grandes de dedos infinitos ocupaban una parte central de su personalidad. Todavía no sabía por qué, pero su tendencia a apoyarlas sobre su pecho, con los dedos entrelazados, me lo hizo sospechar desde el primer momento. Su mujer, Angelita, era una señora entrañable de conversación ininterrumpida, cuyos ojos enormes y su tendencia a la sonrisa hacían más llevaderos sus discursos inconexos. Se pasaron juntos, sin separarse un segundo, toda la semana. Posiblemente así haya sido durante décadas y así lo sea hasta el final de sus días. El despiste del señor Pepe era mayúsculo. Tanto, que cada día me preguntaba dos veces dónde estábamos. Una antes de salir del hotel, y otra antes de llegar. También me preguntaba muchas otras cosas, que olvidaba al instante. Incluso obviedades, como qué habíamos visto un rato antes, qué íbamos a comer (o qué había comido) o incluso por su compañera de habitación en la próxima parada, sin lugar a dudas su esposa Angelita. Sospecho que el señor Pepe no advirtió la mezquindad de nuestro chófer, Leonardo, un castizo más chulo que un ocho, y pícaro como Lázaro. Una semana entera nos paseó fumando al volante y dando volantazos injustificados sin ton ni son, hasta el punto que en uno de ellos desparramó, en un acto de inconsciencia que no viene a cuento, gran parte de nuestras maletas en medio de una de las calles más concurridas de Múnich. De ello, estoy seguro, no les hablará el señor Pepe a sus nietos cuando regrese a su querida ciudad de Ceuta. Tampoco advirtió, el señor Pepe, la categoría, o falta de la misma, de los hoteles en los que nos alojamos, o la poca variedad de los menús que degustó, los cuales, como he contado, olvidaba a los pocos segundos de acabar con el postre. Maldición. Llegué a cuestionarme qué diablos hacían aquellos dos pobres ancianos entre nosotros, paseando sin rumbo, a pesar de mis esfuerzos, por Alemania. Una noche, de repente, todo cambió. Al salir de la cena en el pomposo comedor del hotel, el señor Pepe se detuvo un instante, y se volvió hacia mí, desnortado como siempre. “Querido Jordi, acabo de advertir que en aquella esquina hay un piano de cola. Te ruego vayas a recepción y preguntes si podría tocarlo”. “¿Cuándo?”, le pregunté. “Ahora mismo”, me respondió. Acudí a recepción, eran más de las diez de la noche, de un día entre semana, por lo que pregunté aquello por compromiso, sabedor de que la respuesta iba a ser un no alemán. Es decir, una negación innegociable. Para mi sorpresa, la encantadora recepcionista en servicio me contestó sin dudarlo con un “por supuesto, aunque solo si el caballero que quiere tocar el piano tiene los conocimientos necesarios como para no molestar a nuestros huéspedes”. Menuda papeleta, pensé. Regresé entonces donde el señor Pepe, acompañado por Angelita y un grupo de amigos. “Puede usted tocar el piano“, me arriesgué. Y salí por patas hacia mi habitación, antes de que aquella anécdota se convirtiera en un problema. O mejor dicho, en mi problema. Cuando llegué al dormitorio, fue tras lavarme los dientes y emprender mi lectura de cada noche, cuando lo comprendí todo. En un primer momento pensé que había conectado por error el hilo musical, pero pronto advertí que lo que se filtraba por las paredes era el concierto que el señor Pepe había arrancado dos pisos más abajo. Nadie en el hotel osó protestar por aquella música, celestial, interpretada por un anciano que resultó ser un profesor de piano retirado que había olvidado casi todo, menos la delicadeza con la que era capaz de interpretar aquellas y muchas otras notas. Entonces, repito, comprendí. Comprendí que el señor Pepe y, especialmente, su querida Angelita, volverían felices a casa, y les contarían a sus nietos aquel pequeño concierto que había ofrecido su abuelo en Heidelberg. Aquello no lo iban a olvidar, estoy seguro, pues es lo único que el bueno de Pepe me recordó en los últimos días de nuestro viaje juntos, hasta nuestra separación al final del mismo. Es mucho más de lo que se llevan a casa muchos de los viajeros que por aquí pasean, a menudo incapaces de memorizar ni uno solo de los sitios que visitamos, de saber si han tomado tal foto aquí o allá, perdidos como andan en busca de la enésima imagen efímera para su perfil de Facebook, o de una habitación de hotel en la que la moqueta sea de su color preferido, los caramelos sean de menta en vez de clorofila, o la alcachofa de la ducha se eleve ni mucho ni poco, sino lo justo y necesario, por encima de sus cabezas. Estos, tan lúcidos, andan tan o más perdidos que el señor Pepe, sin su concierto de piano.

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Reencuentro

Hace 74 años, un día como hoy, gris y lluvioso de primavera, cayó abatido el soldado Adrian. Agente especial de la British Army, cumplía una misión aparentemente sencilla. En tiempos de guerra, no hay misión sencilla, pero no se trataba, ni de lejos, de su trabajo más complicado. Trasladar a cuatro agentes checos infiltrados a territorio seguro, desde la tremendamente hostil Baviera. Caída la noche, Adrian conducía junto a sus camaradas por las carreteras sinuosas de la Selva Bávara, camino de la frontera con Bohemia. Hacía un par de horas que habían logrado escapar de la presión de Múnich, Capital del Movimiento y avispero nazi. Lo celebraban sin parar, cantando y fumando un cigarrillo tras otro, todavía muy nerviosos. Sin embargo, cuando todo parecía más sencillo, se desbocó la tragedia. En un pequeño control rutinario, montado por meros granjeros aunque fieles seguidores todos ellos del ideario dictado por Adolf Hitler, fueron descubiertos. Los checos, pobres desgraciados, fueron fusilados allí mismo. Todavía hoy no se sabe en qué cuneta descansan sus restos, para desespero de sus familias. El soldado Adrian Smith, por el contrario, en realidad un experimentado mando intermedio británico, fue trasladado inmediatamente a Múnich. Su suerte, lamentablemente, no fue mejor. Interrogado hasta la extenuación, humillado, torturado, los nazis le arrebataron finalmente la vida mediante un disparo a bocajarro, probablemente en la cabeza. Han pasado tres cuartos de siglo, pero pensar en aquellas horas del soldado Adrian me horroriza. Lo peor, no aprendemos. Nos seguimos matando, y seguimos matando, en pleno siglo XXI, con la mayor de las crueldades posibles. De momento, los hombres blancos lo vemos por televisión cual película documental producida por Steven Spielberg. Terrible. La historia de Adrian Smith no termina aquí. Los permisos para regresar a casa, con su mujer, habían sido frecuentes durante toda la contienda. A mediados de 1942, consiguieron lo tan largamente esperado: Monica, su esposa, por fin se había quedado embarazada. La pequeña Lucy, de hecho, había nacido solo seis semanas antes de la muerte de su padre. Solo se vieron en una ocasión, y ella nunca le pudo reconocer, aunque nunca haya podido olvidarle. Tampoco en estos momentos, mientras reza una oración por él y deja un ramo de flores sobre su tumba, en el paradójicamente pacífico cementerio de guerra de Dürnbach. Aquí, en Dürnbach, a tocar del lago Tegern, no muy lejos de los Alpes, rodeado de granjas y vacas que pacen a sus anchas, descansa Adrian Smith, y otros tres mil soldados de la Commonwealth caídos en combate durante la Segunda Guerra Mundial. Las flores no es lo único que ha traído hoy consigo Lucy. En la urna que porta delicadamente sobre sus manos aguarda las cenizas de su mamá, Monica, que este viernes, setenta y cuatro años después, se reencuentra por fin con su tan querido Adrian. Descansen en paz.

La magia de San Valentín

corazon

Sí, me estoy ablandando…

Feliz día de San Valentín. Sí, hoy, 14 de febrero, día de los enamorados. Si no os lo ha dicho la Coca Cola, vuestro muro de facebook, el grupo whatsapp de las tetorras o vuestra florista de cabecera, os lo digo yo. Y ahora, cuando la mitad de los presentes estáis horrorizados y la otra mitad bostezando, ahora es cuando yo os digo: pobres de vosotros, que vivís en el engaño, en la ignorancia, en la desgracia. San Valentín es felicidad, San Valentín es magia. Y además, os lo voy a contar, para daros envidia. Siete de la mañana, martes, suena el despertador como cada día, me levanto zombi y tiro pa’l sofá. Desperece progresivo. Entonces oigo desde la cocina un contundente ”¡Feliz Día de San Valentín, mi amor!”. Oh-mein-gott. Gente, un martes. De febrero. Cualquiera. ”Feliz” y ”mi amor” juntas en una sola frase. A las siete de la mañana. Esto pinta muy, muy bien, gracias santo Valentín. Y aparece ella, cual Pocahontas, cruzando la puerta del comedor, con su pijama, su melena al aire, arrastrando pantuflas por el parqué… Qué digo yo de Pocahontas en pantuflas por el parqué, ¡ha entrado en el escenario Cenicienta patinando sobre hielo! Shh, shh... Es o no es magia. Y escuchas: ”Ven que te voy a dar un beso, mi amor”. Otra vez. Esto no puede ser cierto. Se acerca, preciosa, se abalanza sobre ti, y cierras los ojos para disfrutar del momento. Una eternidad…y es cuando ves pasar ante ti a Meg Ryan y a Hugh Grant en una de bodas a lo loco, y a Jennifer Lawrence enseñando a bailar a Bradley Cooper, y suena una canción melosa de Coldplay de fondo, sientes cosquillas, pero… mierda, no termina de pasar nada. Te quedas esperando el clímax, el momento del beso con esclafit. ”Muac”, escucho por fin. Pero sigo sin sentir nada. Vaya. Una de dos, o he perdido la sensibilidad, o estoy en un sueño. Solo hay una manera de comprobarlo (bueno, una y pellizcarme, pero pellizcarme duele y no me apetece): abro los ojos, y entonces compruebo atónito que el beso contundente, el ”mi amor”, el ”feliz”, nada era lo que parecía. Se lo ha llevado todo, besazo incluido, la gorda de diez kilos que llevo en brazos desde que me he levantado. Esa tal Aitana, que come, caga y duerme a mi costa, y que ahora además se ha apropiado del amor de mi vida. Pues eso, la magia de San Valentín, incautos.

La portería

La portería, en algún lugar de Madrid

La portería, en algún lugar de Madrid

La portería es un cuartucho angosto, polvoriento, oscuro. Casi siniestro. Sin ventanas, en su interior el aire se respira encolillado y no se conocen allí más amaneceres que los que retransmite Jiménez Losantos. Bendito transistor, cuántos goles del niño Torres, casi 100, se han cantado en la portería. Cual monoplaza, no hay lugar para dos y completar adentro una jornada es cosa solo al alcance de bizarros. No conocen mano de pintura, las paredes de la portería, desde, como poco, los tiempos de don Jesús. Sí, y tal y tal. Resulta que la portería es colchonera. Colchonera y rojigualda, que ahí es nada. Y ornitológica, se podría decir. O sea, más del generalísimo que felipista. Torrentista, cien por cien. A saber. En cualquier caso, la portería es más que un trastero-museo para nostálgicos del ABC en blanco y negro; la portería es castiza, es pura, es auténtica, y es, dentro de su absoluta fealdad, increíblemente bella.

La que mira els estels

Són les sis mitja del matí i m’acabes de desvetllar. Porte dos dies somiant amb tu. Somiant despert, però somiant. Hui, per fi, hagués pogut somiar-te mentre dormia, que ja tindràs temps de saber que m’agrada i molt, però he obert els ulls enmig de la nit i he vist com, per primera vegada des de que et conec, els núvols marxaven del cel fosc de novembre per a deixar-me gaudir dels estels. I, tu, has de saber també, vas ser, eres i, per a mi, sempre seràs la que mira els estels. Així ens ho va fer saber aquella dona jove i dolça que et va ajudar a vindre amb nosaltres. Literalment, una sternengucker. Així eres tu, una mira-estreles, una cap per amunt. L’u per cent. Hagués sigut més fàcil que t’hagueres conformat amb arribar-hi tranquil·la, mirant cap al terra, submisa. Com la immensa majoria. Més ràpid i més senzill. Potser menys dolorós i, segur, menys perillós. No penses, per això que t’he dit ara, que estic bonegant-te. Al contrari. Estic amb tu, orgullós. Hom no pot restar indiferent envers allò que ens envolta, i menys encara en els moments decisius, ni davant d’espectacles majors. I una nit estrelada, cert, és una cosa gran. I ací, al teu país, a més a més, escassa. Espere tindre’n moltes com aquesta, tots junts. I gaudir-les, plegats, amb els ulls ben oberts.

Adviento y Navidad en Baviera: la época más “entrañable”

Noviembre y diciembre. Las hojas de los arces, las hayas y los tilos, que tanta sombra le proporcionan a las calles de Múnich, están ya todas en el suelo. En principio, el otoño dorado va despidiéndose, el frío empieza a dejarse ver y, eso sí que es seguro, los días se hacen insoportablemente cortos. Pero no todo es melancolía. Se acerca la Navidad, es el tiempo de Adviento: esperas, alegrías, reflexiones, propósitos, ilusiones, vinos calientes, mercadillos… De estos temas precisamente conversé hace un año con María Piulestán, mejor conocida entre la comunidad española muniquesa como Una mamá española en Múnich. Es, entre otros, nuestra asesora de cabecera a la hora de trenzar planes en familia. La conversación, a modo abreviado, la reproduje en la segunda edición de Múnich, una guía que nació muniqueando. Como viene al pelo, ahora, precisamente en el día de San Martín, la recupero íntegra:

María, un día de invierno junto al río en la zona de Giesing. /MÚNICH, UNA GUÍA QUE NACIÓ MUNIQUEANDO

María, un día de invierno junto al río en la zona de Giesing. /MÚNICH, UNA GUÍA QUE NACIÓ MUNIQUEANDO

Territorio de prevalencia católica y donde la religión conserva un fuerte arraigo, el Adviento es una de las épocas más especiales del año en Baviera en general y Múnich en particular. Especialmente conocidos son los mercadillos navideños, omnipresentes en el sur de Alemania, si bien no componen ni mucho menos el único elemento diferenciador de una liturgia que excede el ámbito meramente religioso. María Piulestán Rey (Cádiz), filóloga, madre y bloguera española afincada en la ciudad, conoce bien los ritos que envuelven a este periodo del año, ideal para una escapada en familia.

Aunque el Adviento arranque formalmente cuatro semanas antes de la celebración de la Navidad, lo cierto es que en noviembre existen algunas fiestas previas “con mucho encanto” que ayudan a ir calentando motores. Es el caso de San Martín, el 11 de noviembre, cuando los niños salen a la calle con sus farolillos al anochecer.

Pero el verdadero pistoletazo de salida (de la campaña navideña) para las familias con niños tiene lugar el 1 de diciembre: “Ese día hay algo intocable, que es comprar o preparar un calendario de Adviento”.

Esta tradición, originaria de la Alemania protestante y consolidada a principios de siglo XX en todo el territorio germano, consiste en descontar las jornadas que restan hasta la Pascua.

Para ello, se hace servir un calendario en forma de casillero o mediante bolsitas que se corresponden con cada uno de los días del mes de diciembre, entre el primero y el 24. “Los niños abren cada día una bolsita o bien un casilla y obtienen con ello un pequeño obsequio”, explica María. De esta forma, se hace “más llevadera la espera hasta la Navidad, cuando reciben los regalos” con motivo del nacimiento de Cristo.

María, autora del blog Mamá española en Múnich, relata que “hay poco que los niños de hoy puedan desear, pero hay que motivarlos”. Algo así sucede por San Nicolás, el 6 de diciembre. Es tradición que el viejo obispo llegue ese día con obsequios para los pequeños. “Se suelen recibir naranjas o mandarinas, nueces y chocolatinas”, explica María, y añade que, actualmente con las necesidades básicas saciadas y más dificultades para despertar el interés y conseguir que se valoren los presentes, “una buena idea es hacer un regalo en forma de experiencia: por ejemplo llevarlos a un parque de atracciones”.

Mientras dura el Adviento, para María “se hace imprescindible alguna visita” a los mercadillos navideños muniqueses. En estas los niños suelen tomar kinderpunsch, una combinación de té, zumo, canela y azúcar que, puesto que es un brebaje sin alcohol, hace las veces de glühwein para los menores. Precisamente el glühwein, o vino ardiente, junto a las salchichas asadas o postres como el kaiserschmarrn o las galletas de jengibre constituyen algunas de las especialidades gastronómicas típicas de mercadillos navideños.

A esto, cabe añadir los puestos de artesanía para completar la historia. “Por lo general, siempre acabamos comprando alguna pieza para decorar el árbol”, comenta María.

Sobre el árbol o weihnachtsbaum, una tradición de nueva planta en el universo latino aunque vital en el anglosajón, María señala que “no es costumbre montarlo hasta el 24 de diciembre”, justo el día en que se entregan los regalos, ya por la noche. “Esa mañana los niños salen de casa para ir a la iglesia o dar un paseo; queda totalmente prohibido entrar en el salón”.

Sabe de lo que habla, pues esta madre de una familia mixta, germano-española, acostumbra a pasar las Navidades en Múnich, mientras que trata de no renunciar a sus orígenes viajando hasta Cádiz para celebrar la fiesta de los Reyes. Un festejo que únicamente se rememora en la Alemania católica, exento eso sí de muchas de las connotaciones a las que estamos acostumbrados (como la Cabalgata de Reyes, por ejemplo).

En líneas generales, María describe la Navidad en Alemania como una época “tranquila y sosegada, pero muy entrañable”. “Los villancicos son más serios, las tradiciones más estrictas, hasta los materiales de los adornos son más auténticos”, comenta, y aclara que las piezas del portal de Belén suelen ser de madera, y los adornos para el árbol de paja, cristal o cerámica.

“El clima acompaña de maravilla”, apostilla, aunque no olvida sus orígenes y echa de menos algunas cosas de este tiempo en Andalucía: “La navidad en mi tierra es más carnavalera, y también por eso la echo de menos: las panderetas, las zambombas, cantar villancicos casi a gritos, la tele encendida de fondo, las comidas, el turrón, comprar las cosas a última hora, la lotería, la cabalgata de Reyes con el lanzamiento de caramelos…”.

Recomendaciones
En cuanto a consejos a la hora de visitar algunos mercadillos durante el Adviento en Múnich, no hay más que verse un par de veces con ella para descubrir que María es una giesinguera empedernida. Esto es: le gusta hacer vida por la zona de Giesing, encantador barrio del sureste muniqués.

De mercadillos, no obstante, prefiere acercarse al vecino distrito de Haidhausen, donde se celebra uno de los weihnachtsmärkte con más encanto. Concretamente en Weissenburger Platz, destacando por su atmósfera familiar, un enclave bonito y un vino de los más apetitosos que se sirven en Múnich.

Para los viajeros que van en familia, María no deja de recomendar el Christkindlmarkt en Marienplatz, especialmente su taller para los niños de seis a doce años que se ubica en el mismo Ayuntamiento.

Otras opciones son el festival cultural Tollwood, el mercadillo medieval, en la Wittelsbacherplatz, y el de la Residenz, con una sección muy chula para niños en la que están representadas escenas de famosos cuentos infantiles.

Eso sí, advierte a los que acuden con carritos que siempre hay que tener en cuenta que las aglomeraciones en horas punta pueden resultar bastante incómodas.

Paseando solamente

Contaba ayer el periódico que, no hace mucho, Juan Manuel Serrat interrumpió uno de sus conciertos para interpelar a uno de sus oyentes, en primera fila. ¿Cómo va la grabación?, le preguntó. El hombre llevaba casi una hora brazos en alto grabando con su teléfono móvil todas y cada una de las canciones del maestro. Se perdió la Fiesta, pobre. Es verdad, últimamente se habla de estas cosas a menudo, pero no es para menos. A la mente me viene la foto publicada en prensa de la vieja mirando no sé qué desfile, la única libre de aparatos tecnológicos en la imagen, la única con una sonrisa. Hemos dejado de saborear, ya solo parece importarnos contarlo, fotografiarlo, compartirlo…. Todo, todo, todo. Yo, inspirado por Serrat, he estado saliendo a pasear, en mis ratos libres, con las manos en los bolsillos. A pasear por Barcelona, por cierto, de paso como estoy estos días. El trabajo me ha traído al Eixample derecho, casualmente a un pequeño hotel enfrente mismo de la sede de Convergència Democràtica de Catalunya. Menudo susto al salir ayer del hotel y encontrarme con media docena de unidades móviles y un puñado de periodistas y reporteros de televisión. Ya se han enterado de que he venido, me gustó pensar en el primer instante; rápidamente vi que era yo quien había acudido enfrente mismo de la casa de Convergència, en el día del registro policial a su sede y la detención de su tesorero. Pero a Barcelona yo no vengo para miserias. Me hubiera gustado tener a mano mi walkman, el de los tiempos de la carrera; entonces adoraba bajar los sábados a la ciudad, desde mi refugio en Bellaterra, solo, y pasearme de arriba abajo la Diagonal entera o, mejor todavía, el passeig de Gràcia. He dicho solo, mentira, quería decir con Radiohead. Todavía se me pone la piel de gallina cada vez que escucho aquel disco. Ayer solo faltó la música. La cuadrícula del ensanche sigue siendo tan imponente como antes, por mucho que ahora resulte imposible pasear por según qué calles, esquivando turistas. Los edificios siguen siendo los que son y el caliu, casi intacto. Quienes tampoco se han movido de la calle son los manteros, al menos mientras llega y no la policía. Son unos artistas, siempre alerta, con sus bolsos de imitación impolutamente presentados sobre sábanas blancas, que se pliegan en cuestión de segundos a la mínima que suena el rugir de la motovespa de la Guardia Urbana. Los admiro. A la Rambla, ya no acudo. Me irrita. Ayer me perdí un rato por el Raval, eso sí me gusta. Está más fino, hay que decirlo, pero los yonquis siguen colocados como siempre en plena Rambla del barrio, a plena luz del día; es lo único que les queda. Paseando por el Chino, cual Vázquez Montalbán, siempre se aprende. Ayer, escrito en tiza sobre un muro de ladrillo cocido, pude leer: “Ser pobre en Barcelona cuesta dinero”. Cuánta razón y cuánta sabiduría en tan pocas palabras. No es Twitter, es la vida misma. 

El bocado maestro

El otro día coincidí en Rothenburg ob der tauber con una de las tradiciones más curiosas de las que he oído hablar en la zona: la fiesta del Trago Maestro. Otro día prometo hablar del trago, pero el caso es que mientras rastreaba el campamento medieval con mi cámara, bajo la lluvia, tuve el efímero placer de tropezarme con esta señora. Mi objetivo es demasiado pequeño como para ocultarme, pero a la buena mujer le resbalaba todo aquello que acontecía a su alrededor, y no solo la lluvia. Me quedé contemplándola un buen rato, mientras ella cortaba unas costillas adobadas, quizás de cerdo, y practicaba serenamente el uno para ti, uno para mí. Un trozo para vuestra boquita y uno para la mía, digo. Al 50%. A los demás parecía no importarles lo más mínimo. También es verdad que, hambre, lo que se dice hambre, no se adivinaba entre aquella tribu de bávaros. Volviendo a la señora: la forma en que miraba aquel manjar me sedujo sobremanera, así como la delicadeza con que agarraba los pequeños trozos de carne. Me pareció sublime. Un bocado maestro.

El bocado maestro

El bocado maestro

#rutaBayern: Rothenburg en silencio

Rothenburg en silencio (I)

Rothenburg en silencio (I)

Afuera había mucho ruido. Alboroto forastero. Sonido ensordecedor. Yo era ruido, por lo que no podía evitar sentirme molesto en medio de aquel escenario en forma de plaza empedrada. Solamente los tres puestecillos en el centro de la plaza, en sábado de mercado, conseguían equilibrar algo la situación. En una de estas tiendas, los espárragos blancos, gigantescos, todavía mojados en manos de la vendedora, una mujerona rubia, oriunda y oronda ella, de manos duras y rostro castigado por la vida en el campo, eran seguramente el mejor espectáculo que uno podía admirar. El resto, además, era muy complicado de desentrañar. Por eso, decidí salir pitando de aquella empedrada. Abrí la puerta del edificio más bonito de todos los que vi, el ayuntamiento, precioso palacio renacentista que durante siglos ha sido testigo en primera persona del encumbramiento y posterior caída a los infiernos del lugar. Al otro lado de la puerta, de pronto, dejaron de chirriarme los oídos. Qué descanso. Incluso el sentimiento de culpabilidad, que un rato antes me había estado embargando los pensamientos, quedó anestesiado casi por completo. Por fin, pude observar con serenidad, a través de las vidrieras, aquellos bellos edificios de la calle que, teniendo ante mis ojos, no había conseguido captar hasta el momento. Observar a través de los cristales, en silencio, me hizo sentir como si hubiese sido engullido por una gigantesca botella de vidrio, algo atrapado, pero extrañamente liberado de interferencias. A salvo. Lo primero que hice fue subir por la preciosa escalera en forma de caracol, de piedra noble y vieja, que apareció ante mi. Cuatro o cinco pisos más arriba, el ascenso terminó abruptamente con la irrupción de una puerta con un letrero que decía: “A la torre”. Portón adentro, una enorme sala diáfana revelaba algunos de los secretos del palacio centenario, caso de las enormes vigas de madera sobre las que se sostenía todo. En uno de los costados de la habitación, una puertecilla invitaba a seguir trepando más allá del techo de la casa, en busca de la torre. Y qué manera de trepar. Para cuando me dí cuenta, no había marcha atrás. Los escalones se hicieron más y más estrechos, y la corona de aquella vieja atalaya de cincuenta metros parecía no llegar nunca. De subida, alguna pequeña apertura en la pared seguía regalándome la posibilidad de disfrutar del pueblo, un rato más, libre de interferencias. Por fin, aquella escalinata angosta desembocó en una minúscula salita en la que, no obstante, había lugar para colocar a una recaudadora. Algo de ruido, comprensible y lógico ruido. “Son dos euros”, dijo ella. Tras pasar por caja, los diez peldaños finales, como si del acceso a la escotilla de un submarino se tratara, me escupieron por fin sobre el cielo de Rothenburg. Una vez arriba, superado el cuello de la botella, obtuve como regalo una perspectiva diferente, omnisciente, de un pueblo a doscientos autobuses de asiáticos pegado. Allí no se escuchaba ruido alguno, ni siquiera las emisiones de la docena de vigilantes de la torre que tenía por compañeros, cámara réflex en mano, entorpecieron el espectáculo insonoro. Tejadillos a dos aguas, casonas de madera entrelazada, palacios de piedra, campanarios, torres, ríos, prados verdes y amarillos, primavera… Y silencio, pues allí arriba, por fortuna, todo seguía siendo placentero silencio.

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El senyor corrector

Hui he conegut un senyor corrector. Un senyor gran, que no vell, perquè un no és vell mentre no vulga ser-ho i el corrector, tinc la sensació, encara no ho ha decidit. El corrector vesteix com un senyor, perquè és un senyor. Jaqueta, camisa, corbata, abric, barret. Unes ulleres l’ajuden a arribar allà on la seua pròpia vista no aplega. Com si no? M’he quedat amb ganes de preguntar-li coses i escoltar-lo, però la distància del primer dia ens ho ha impedit. N’hi haurà més, de dies. De moment, però, l’he observat corregir. I quin plaer. Full imprès, tinta, bolígraf i paciència. Sense pantalla, qui necessita una pantalla. El corrector, no, segur. I ens corregeix a la resta, als de l’ordinador i el teclat. Nosaltres no sabem escriure, nosaltres només sabem colpejar un tros de plàstic farcit de xips, de nom teclat. I cercar per internet durant tota la jornada en busca de coneixement i material per a seguir teclejant, que no escrivint. El corrector sí que sap escriure, i fer creus en vermell, si toca. Corregir. No necessita prémer la tecla supr. No la coneix, em pense. No li fa falta. La saviesa no li la atorga el corrector automàtic del processador de textos, ni la Viquipèdia, ni tan sols ha de consultar els diccionaris, i menys encara en versió online. El corrector, el de veritat, no usa la Times ni l’Helvetica, el corrector utilitza tinta, paper i un bolígraf. Coneixement, ortografia, cal·ligrafia. Quina enveja, el corrector.