Category: Viatges/ Viajes

Sigue creciendo el turismo español en Múnich… pero retrocede el internacional

Turismo de Múnich acaba de publicar las cifras de turistas y pernoctaciones registradas (en alojamientos turísticos oficiales) en la ciudad durante 2016. A simple vista, hay dos datos reveladores: uno para los que nos dedicamos al turismo en la ciudad, en general; otro para los que lo hacemos enfocados al mercado en español, en particular.

Turismo internacional

De entrada, el año pasado la Oficina de Turismo registró 7 042 487 turistas en Múnich. Esto supone un crecimiento del 1,3% respecto al año anterior (2015), y un récord histórico, pues es la primera vez que se sobrepasa la barrera de los siete millones de turistas.

Dicho así, la música suena muy bien, aunque estos números son engañosos, y es necesario rascar un poco más en los datos presentados para comprender la situación real. De los más de siete millones, 3,9 millones fueron visitantes alemanes y 3,1 millones fueron internacionales. Es precisamente una subida en turismo doméstico, que realiza estancias más cortas, donde Múnich ha conseguido sus mejores resultados (crece un 4,4% respecto al año anterior). En cambio, el turismo internacional ha descendido de forma razonable durante los últimos 12 meses, en concreto un 2,4%.

Por esta razón, las cifras de pernoctaciones en hotelería no son positivas, sino que lucen en rojo respecto a 2015. Han caído ligeramente, un 0,1%, pero han caído. Y a pesar de la cascada de aperturas de nuevos hoteles (que abaratan o moderan precios) y el desembarco de aerolíneas de bajo coste en el aeropuerto (en los últimos dos años: Norwegian, Transavia, Volotea…). En total, el año pasado tuvieron lugar 14 041 090 pernoctaciones en establecimientos muniqueses.

Asimismo, hay otros indicadores que deberían de, como mínimo, ser tenidos en cuenta: Oktoberfest, por ejemplo, encadenó en su última edición una serie de tres años con descenso de visitantes, registrando su peor cifra desde, atención, 2001. Unos 5,6 millones de visitantes pasaron a beber cerveza por el festival, que son muchos muchísimos, y muchos muchísimos menos que los 6,9 millones que participaron en Oktoberfest en 2011. Ni un atisbo de autocrítica desde Ayuntamiento y organización, por cierto. Parece que el negocio no se resiente (principalmente repercutiendo los descensos de público con subidas descomunales en el precio de la cerveza sobre el que sigue fiel al festival; personalmente, no me parece una buena estrategia a largo plazo).

Finalmente, las cifras de turistas en Múnich empeoran si las comparamos con la tendencia seguida por Berlín, capital política y, a día de hoy, capital turística indiscutible de Alemania. En 2016 y según cifras oficiales, allí recibieron 12,7 millones de visitantes y registraron 31 millones de pernoctaciones en hotelería. Ahí es nada (nos doblan).

A modo de resumen, tampoco nos volvamos locos, pues el debate de cantidad o calidad existe, y tiene mucha lógica. Que les pregunten a los vecinos de según que barrios de Barcelona (32 millones de visitantes en 2016), a los venecianos (22 millones anuales), a los vecinos de Praga… y de tantas otras ciudades saturadas, literalmente devoradas por el mismo sector que les da de comer. Cautela.

Turismo en español

Lo que no se termina de comprender es la poca atención que, bajo mi punto de vista, siguen prestando al mercado hispano, desde la esfera pública y, especialmente (e incomprensiblemente), desde la privada, en el sector turístico muniqués. Vayamos con un par de cifras.

Acabamos de comprobar que el turismo internacional y las pernoctaciones decaen en Múnich ciudad. Pues bien, si nos centramos en el mercado hispano, la realidad es totalmente diferente.

España

Las llegadas de turistas españoles a Múnich siguen creciendo a buen ritmo. En 2016, lo hicieron un 3%. Vinieron 131 632 españoles, o al menos esos son los que se registraron por parte de Turismo. Y pernoctaron 277 869 veces, un 1,6% más que en 2015. Son el 4,1% del turismo total de la ciudad, y (como en 2015), el octavo mercado, tras Estados Unidos (378 000 turistas), Reino Unido (248 000), Italia (240 000), Suiza (233 000), Austria (213 000), estados árabes del Golfo Pérsico (200 000) y China (141 000).

Tres apuntes inconexos:

  1. Sí, llegan más turistas españoles a Múnich que turistas franceses (107 000) o rusos (109 000).
  2. Todo esto, en un contexto en el que las llegadas de emigrantes españoles a Alemania se han, como poco y a la espera de datos exactos, enfriado.
  3. El mercado en español, por mucho que estas mentes germanas no terminan de entender, no es España.

América

Vayamos entonces con el mercado hispanoamericano, aquí las cifras son apasionantes. Lamentablemente, ni la Oficina de Turismo parece haber comprendido el fenómeno. Así que no hay cifras por países, sino globales de la región. De momento, solamente sabemos que llegaron unos 15 000 centroamericanos (México?) el año pasado. Son un 16,6% más que un ejercicio antes. Sobre Sudamérica, sin Brasil, los registros hablan de 29 000 turistas. Son un 17,9% más que en 2015. Ahí lo dejo (crecimientos de dos dígitos en un contexto de retroceso del sector a nivel local; aquí hay mucho margen para seguir creciendo).

Así pues, si sumamos los diferentes países que componen el mercado en español, nos acercamos a los 180 000 turistas, muy cerca de lo que supone el mercado chino o árabe. Vale que, seguramente, los hispanos gastamos bastante menos que los árabes, que los chinos o los rusos, pero seguimos esperando las muestras de respeto y la atención que, se puede observar, se presta a todos estos mercados. Es decir, que igual si nos acarician el lomo acabamos consumiendo un poco más (y aquí perdonadme, españoles, pero hablo de América).

Léase, a modo de resumen final: letreros comerciales en chino, árabe o ruso empiezan a ser visibles en algunos escaparates del centro de Múnich, no así en español. Por no hablar del sector hostelero, a años luz de lo que se espera de ellos. Menús en restaurantes traducidos al francés, por ejemplo, a patadas. Al español, siga buscando. Tampoco se libra la hotelería. Quitando algunas excepciones honrosas (hoteles españoles, como los Eurostars o los NH), rara es la recepción de hotel en la que se presta atención en español de forma regular. No estoy diciendo que en todos los restaurantes de la ciudad deba haber carta en español, ni que en todos los hoteles atiendan en nuestro idioma, pero un simple acercamiento al mercado sería más que positivo. Especialmente en un destino que quiere convertirse en referencia internacional a nivel comercial, estilo de vida u ocio urbano para viajeros con nivel cultural y poder adquisitivo medio-alto. Si la idea es que el turista venga a Múnich a algo más que ver el palacio de Neuschwanstein y ponerse morado de cervezas, empecemos por ponerles las cosas fáciles. Que digo yo.

Paseando solamente

Contaba ayer el periódico que, no hace mucho, Juan Manuel Serrat interrumpió uno de sus conciertos para interpelar a uno de sus oyentes, en primera fila. ¿Cómo va la grabación?, le preguntó. El hombre llevaba casi una hora brazos en alto grabando con su teléfono móvil todas y cada una de las canciones del maestro. Se perdió la Fiesta, pobre. Es verdad, últimamente se habla de estas cosas a menudo, pero no es para menos. A la mente me viene la foto publicada en prensa de la vieja mirando no sé qué desfile, la única libre de aparatos tecnológicos en la imagen, la única con una sonrisa. Hemos dejado de saborear, ya solo parece importarnos contarlo, fotografiarlo, compartirlo…. Todo, todo, todo. Yo, inspirado por Serrat, he estado saliendo a pasear, en mis ratos libres, con las manos en los bolsillos. A pasear por Barcelona, por cierto, de paso como estoy estos días. El trabajo me ha traído al Eixample derecho, casualmente a un pequeño hotel enfrente mismo de la sede de Convergència Democràtica de Catalunya. Menudo susto al salir ayer del hotel y encontrarme con media docena de unidades móviles y un puñado de periodistas y reporteros de televisión. Ya se han enterado de que he venido, me gustó pensar en el primer instante; rápidamente vi que era yo quien había acudido enfrente mismo de la casa de Convergència, en el día del registro policial a su sede y la detención de su tesorero. Pero a Barcelona yo no vengo para miserias. Me hubiera gustado tener a mano mi walkman, el de los tiempos de la carrera; entonces adoraba bajar los sábados a la ciudad, desde mi refugio en Bellaterra, solo, y pasearme de arriba abajo la Diagonal entera o, mejor todavía, el passeig de Gràcia. He dicho solo, mentira, quería decir con Radiohead. Todavía se me pone la piel de gallina cada vez que escucho aquel disco. Ayer solo faltó la música. La cuadrícula del ensanche sigue siendo tan imponente como antes, por mucho que ahora resulte imposible pasear por según qué calles, esquivando turistas. Los edificios siguen siendo los que son y el caliu, casi intacto. Quienes tampoco se han movido de la calle son los manteros, al menos mientras llega y no la policía. Son unos artistas, siempre alerta, con sus bolsos de imitación impolutamente presentados sobre sábanas blancas, que se pliegan en cuestión de segundos a la mínima que suena el rugir de la motovespa de la Guardia Urbana. Los admiro. A la Rambla, ya no acudo. Me irrita. Ayer me perdí un rato por el Raval, eso sí me gusta. Está más fino, hay que decirlo, pero los yonquis siguen colocados como siempre en plena Rambla del barrio, a plena luz del día; es lo único que les queda. Paseando por el Chino, cual Vázquez Montalbán, siempre se aprende. Ayer, escrito en tiza sobre un muro de ladrillo cocido, pude leer: “Ser pobre en Barcelona cuesta dinero”. Cuánta razón y cuánta sabiduría en tan pocas palabras. No es Twitter, es la vida misma. 

Les caigudes d’aigua de Krimml

Tot i que el concepte cascada potser hi queda una mica gros, el cas és que les caigudes d’aigua de Krimml són les més grans d’Àustria i un dels paratges naturals més estimulants de la regió de Salzburg.

Krimml

Krimml

Encara dins del parc nacional Hohe Tauern, reben aigua de desglaç a través del Krimmler Ache, un afluent del Danubi que separa els Alps de Zillertal i els Venecians. A baix, Krimml, un xicotet poble de 800 habitants al mig de la vall.

Com que es aigua de desgel, el cabdal és especialment intens en primavera, quan cauen uns 20 000 metres cúbics d’aigua a l’hora, mentre que en febrer la mitjana és de només 500. En total, las cascades de Krimml fan una alçada d’uns 400 metres, tot i que estan dividides en tres estadis: una caiguda, a dalt de tot, de 145 metres; una intermèdia de 100, i una tercera de 140 metres de llargària.

L’accés al paratge natural està regulat, amb un preu de 3€ per als adults i 1€, que són 8,8€ per als majors i 4,4€ per als menuts si es vol visitar el centre d’interpretació amb jocs d’aigua que han construït a la vora.

Completar el camí fins la cascada superior requereix una passejada de 90 minuts des de la part baixa, també és possible accedir-hi amb alguna de les furgonetes que fan el trajecte per un camí de muntanya.

Un aspecte fonamental: és una visita de temporada, ja que a l’hivern i part de la tardor i la primavera romanen inaccessibles per la neu. Oficialment, els horaris d’obertura van d’abril a finals d’octubre.

*Nota per al viatger
Tots els detalls sobre accessos, horaris, preus… es poden consultar al web de Krimml.

A Rauris

rauris_flors

La vall és relativament estreta, entre muntanyes enfrontades com està, pel que cada dia al poble de Rauris ix el sol uns minuts més tard del que seria desitjable. Des de primera hora, el soroll més gran que un pot arribar a sentir és el de les màquines que treballen al camp. Poca nosa, fa. Estos dies, els ramaders i llauradors s’afanyen a tallar i emmagatzemar tota l’herba que poden, abans no arribe el fred. Si de cas, més soroll i desagradable és el de la carretera principal que creua la conca, només una. Els cotxes, la majoria de gent local, la recorren amunt i avall, no per plaer. Són només uns centenars. Al cor del poble, les cases velles són antigues, de veritat. Moltes conserven els pòrtics originals des de fa cents d’anys. Unes poques cases, al carrer principal, de fet, són medievals. Ara a l’estiu, alçar la vista i contemplar les balconades és tot un espectacle. Sembla un jardí botànic. No hi ha finestra ni balcó que no presumisca de col·lecció de flors. Geranis que pengen i altres plantes emparentades que formen una paleta de colors preciosa en altura. Roig, groc, lila, verd… Les balconades són de fusta, i també els sostres dels edificis, i molts altres elements de cadascun dels que hi ha al poblet de Rauris i dels altres assentaments veïns. Al bell mig, l’església. No té ceba, sinó una agulla enorme que sobreïx enmig de la vall, com partint-la en dos. És una imatge vera de la regió alpina de Pinzgau. Més encara, si toquen les campanes a missa i els paisans pugen, o baixen, en processó per escoltar el sermó del cura. Hi ha bona parròquia. Galtes colorades, barrets de feltre, jaques de llana, figures enormes. Molt de beato. Un respecte, però. Als afores del poble, en els pocs solars que deixen en pau les muntanyes, seuen les vaques còmodes més afortunades. Les altres, es conformen en jaure com poden a les praderes cosides a les parets verticals de la vall. Elles no van a missa, i tant les fa si plou o fa sol. De tant en tant, el prat deixa espai al bosc. O a la inversa. I entre els arbres s’obren pas algunes roques, i l’aigua, caiguda del cel. Cau aigua perquè no cau neu, de moment. L’estiu. Per cert, oxímoron: el córrer de l’aigua al bosc és soroll de silenci. Els camins que transiten per les muntanyes, i els de les vàries valls més xicotetes que tallen l’interior de la mare, van farcits, estos dies, de muntanyenques i muntanyencs. A casa en diem pixapins. Nosaltres, que som de Munic i a Munic a més som foresters, segur som pixapins per als habitants de Rauris. Ens veuen circular i molts segueixen amb la mirada la matrícula del cotxe, camí dels aparcaments abans de començar a caminar. Per cap de lloc no trobem viatgers despistats, ni autobusos de xinesos, ni d’americans o d’espanyols… Només un grapat d’alemanys, austríacs i uns quants italians que, per ara, envaeixen amb respecte suficient la intimitat de la vall. És estreta, però la depressió de Rauris ens deixa entreveure, gairebé en tot moment, algun que altre cim emblanquinat, ja per damunt dels 3000 metres. Fins i tot a estes hores, que encara s’espera l’arribada de la tardor, aquestos pics més alts conserven cinc cèntims de neu, a ombria. Sembla una al·legoria d’aquesta terra amagada, de la seua supervivència o, més bé, resistència. Que els dure.

La carretera alpina del Grossglockner

El Grossglockner y el Pasterze, tal y cómo los conocimos nosotros

El Grossglockner y el Pasterze, tal y cómo los conocimos nosotros

En 1856, con 26 años, el emperador austriaco Francisco José tuvo el antojo de conocer en persona el glaciar de Pasterze, entonces y hoy el más grande de su país, a los pies del Grossglockner, a su vez la montaña más alta de Austria con sus 3.798 metros de altitud sobre el nivel del mar. A nosotros, se nos ocurrió la misma idea, el fin de semana pasado. Llegamos algo tarde, lo sé. Pero hay cosas que no dependen de uno mismo. Es lo que hay.

Datei:Pasterze Grossglockner.jpg

El Pasterze, en 1935. / SALZBURGWIKI

Además, arribamos al final del verano, y no de un verano cualquiera, del más caluroso que se recuerda, aquí y allí. Hoy, a 31 de agosto, ya son 29 las mañanas de este verano en que la estación meteorológica del aeropuerto de Salzburgo, referencia en la zona, ha superado los 30 grados centígrados. Salz-bur-go, que no Busot. Tela.

Así las cosas, avistar el lugar –en concreto, desde la plataforma situada a 2369 m– fue una cosa maravillosa, aunque no pude evitar sentir envidia, al pensar en el paisaje, seguro que más glacial y refrescante, que debió contemplar Francisco José en aquel septiembre del 56.

Más de diez metros de largo, dicen, decrece cada año el Pasterze, que a día de hoy tiene una longitud aproximada de ocho kilómetros. Habrá que volver, quizás en un par de veranos o tres. Antes de que sea demasiado tarde.

Francisco José, por cierto, subió a pie desde el vecino pueblo de Heiligenblut, unos pocos kilómetros más a bajo, cosido al valle, ya en la región de Carintia. Hace muchos años que lo de subir caminando ya no es una obligación, sino una cuestión de placer. Nosotros, dado nuestro estado actual y pese a lo que siempre nos ha pedido el cuerpo, nos tuvimos que conformar en esta ocasión con llevar a cabo una aproximación motorizada. Valió la pena.

No solo disfrutamos en primer plano del Grossglockner y del glaciar, la zona actualmente conocida como Kaiser-Franz-Josefs-Höhe, sino de los 47,8 kilómetros que la carretera alpina del Grossglockner (oficialmente, Grossglockner Hochalpenstrasse) ofrece en total.

Aunque parece ser que el paso de montaña actual, a 2500 metros, ya era transitado desde antes del año de la picor, fue hacia 1920, ya en los días de los primeros vehículos a motor, cuando se proyectó una ambiciosa carretera para cruzar de un lado a otro. Se inauguró en 1935 y hoy seguramente sea una de las vías alpinas más populares.

Deliciosa carretera, con los principales picos del Hohe Tauern de fondo

Deliciosa carretera, con los principales picos del Hohe Tauern de fondo

La carretera, cuyo peaje cuesta 35 euros para los coches y 25 para las motos, arranca por el norte en el pueblecito de Bruck, a tiro de piedra de Zell am See en la región de Salzburger Land, y desemboca en el mencionado Heiligenblut, en el estado de Carintia, en un estrecho valle camino del Tirol del Este.

Se dice que más de un cuarto de millón de vehículos a motor transitan cada primavera y verano por el lugar –abre de principios de mayo a finales de octubre–. No sé si son los que más a gusto la suben, pero unos que saborean cada curva, hasta alcanzar el paso de la Hochtor a 2500 metros, son los de las motos. También los de los descapotables, muchos de ellos bronceados de nacimiento; otros, meros aficionados al motor clásico y el juego de tuercas. Qué coches tan bonitos todos… Un gran respeto, por otro lado, me merecen los ciclistas que suben y bajan, que también son muchos. Y mucha pereza, me dan, los del autobús y el señor que, cuando bajan del auto, se pone al frente con la banderita y los pone a todos en fila micrófono en mano.

Nosotros, esta vez, fuimos de los del montón: cómodos en la furgo contemplando el paisaje de locura. Hasta 30 tresmiles se divisan desde el mirador situado en el Edelweiss-Spitze.

Para cuando nos dimos cuenta, y sin parar en ninguno de los centros de interpretación y naturaleza que salpican el recorrido –todos de entrada libre–, nos habíamos comido medio día, entre foto y foto. Así que decidimos bajarnos para casa, justo cuando el sol más picaba y el tráfico empezaba a convertirse en un problema.

Una vez abajo, llenamos la barriga y dedicamos la tarde a dar un pequeño paseo por el valle contiguo, el de Rauris. Para entonces el rugido de los motores había desaparecido por completo, dejando paso a los gruñidos de unas cuantas vacas sueltas y el omnipresente chasquido de las aguas en su caída desde las cimas hasta las profundidades de los valles. Todo sin salir del parque nacional del Hohe Tauern. En Rauris, sí, tal y como lo dejó en su día Francisco José.

*Nota para el viajero
Todos los detalles de horarios y precios sobre la carretera alpina están en su web oficial: www.grossglockner.at

#rutaBayern: Neuschwanstein al límite (y más allá)

Todos tenemos una gota que colma el vaso, un punto de saturación, el hasta aquí llegó la nieve (perdón, por el localismo). A Neuschwanstein ya hace años que le llegó el momento, pero lo de este verano no tiene nombre. El agua del vaso colmado sobresale desde hace meses y no hay quien contenga el reventón. Ya no es que los profesionales tengamos que reservar las entradas con casi un mes de antelación, si queremos garantía de éxito en nuestras intenciones; ya no es que los viajeros individuales tengan que hacer interminables colas para, muchas veces, quedarse con las ganas de acceder al monumento; ya no es que los lugareños no den abasto con los servicios de transporte público para subir al castillo; ya no es que el trato en el interior del palacio deje mucho que desear; ya no es que las visitas interiores sean relámpago; ya no es que hayan cerrado por seguridad el desfiladero de Pöllat, y así llevamos un año; ya no es, y esta si que es gorda, que el 3 de agosto vayan a cerrar el puente de María, casi diría principal atractivo del lugar, al no poder garantizar la seguridad tampoco en la plataforma; ya no es la mala gastronomía y los servicios abarratados de Hohenschwangau; ya no es, el a menudo molesto, turismo de cámara barata al cuello y chanclas con calcetines; ya no son los ríos de chinos… Es simplemente todo y nada. Es que literalmente, no cabemos. Y o alguien coge el toro por los cuernos, o las consecuencias se presentan impredecibles.

Más posts sobre viajes en Baviera en:

rutaBayern

Paleta de colors

Blaus (alguns) de Menorca

Blaus (alguns) de Menorca

Hem notat a la planta dels peus, i a la pell, el vermell intens, gairebé marró, de la sorra de ses cales verges del nord; hem sentit bufar el vent de tramuntana, acaronant els ullastres, oliva, als cims dels turons; hem vist pastar les vaques roges, les del millor formatge, passejant a última hora de la primavera mentre l’herba, ja seca, esdevenia groga; hem tastat la dolça amargor de la pomada, kas de llimona i gin xoriguer; fins i tot hem xafat la roca viva de les terres, aspres, esguitades, grises, de la costa sud; allà hem passejat, com no, per les platges de sorra blanca, que també les hi ha i són paradís de sobres conegut; ens hem banyat a la mar gelada, i pura, del temps de Sant Joan; i els pobles, els hem conegut, els d’ara i els d’ahir, verd fosc, fusta pintada a les portes de Maó, i blanc, blanc calç, i també groc, groc pedra antiga, centenària, la dels palaus de Ciutadella, segurament la ciutat vella més bella de sa petita illa. Només ens ha quedat per veure el negre, negre cavall, negre jaleo que, sense dubte, també ha de ser preciós. Per uns dies. Si hi ha un color que tardaré en oblidar, però, de Menorca, és el blau. El blau en Menorca és plural, és blaus, és únic, és turqueta, és sorra amb escuma de mar, és roca, és reflex de posidònia, és mar oberta-quasi negre, és aigua dolça d’albufera, és far, és cel, és blau carabassa a s’horabaixa… És un color i són tants, ha sigut una autèntica bogeria.

#rutaBayern: després dels dies grisos

En més de deu dies no havíem vist la llum del sol. Aigua, vent, fred, neu. Maig? Sí, maig. Primavera, en principi. I en final. Quan estes coses passen, a Baviera, i passen, el resultat és que la moral, ni que un siga de l’Alcoyano, acaba pel terra. I és quan un pensa en enviar-ho tot a pastar fang, quan arrossega els morros arran de terra i la mala llet es fa palesa en la cara, que, de la forma més increïble per inesperada, surt el sol com si no hi hagués demà. Adéu núvols, i ràpid, ni que siga per un parell de dies; hola ulleres de sol, mànigues curtes, somriures col·lectius. I gaudeix de nou del cel blau d’aquesta terra, que és com el de totes les altres però, no sabria dir per què, fa un gust diferent. Quin regust de bo. I si a la ciutat és increïble el panorama, res com coincidir amb Llorenç, en dies com aquestos, a dalt de tot, allà on la neu fresca de la primavera ho enlluerna tot mentre es desfà i no, a presses i correres. És aleshores quan recorde perquè aquesta terra em resulta tan meravellosa, malgrat tot.

El Tirol, quina barbaritat

El Tirol, quina barbaritat

No em canse del Zugspitze

No em canse del Zugspitze

Més posts de viatges sobre Baviera a:

rutaBayern

Hallstatt: la postal

Si no és el poble més pintoresc d’Àustria, poc li falta. Aquelles persones ho sabien, ho creien que ho sabien, més bé, i per això feia mesos que havien preparat a consciència aquella visita. Uns dies abans, en un desplaçament avançat, personalment vaig tindre la sort de comprovar que, de pintures, en mereix bona cosa, Hallstatt. Hi ha moltes més coses a fer, però el poder de la imatge instantània, la fugacitat, s’imposa a totes les altres virtuts del poble i les seues muntanyes de la sal, en els temps que corren. I al final, el dia D. Dia de tempesta, de fred, de vent, de malestar… que els va impedir a aquelles bones persones de complir el seu principal objectiu: prendre una fotografia com aquesta. Ja l’havien vist abans, mil i una vegades, al google, pel que, al cap i a la fi, hom va romandre pràcticament indiferent, aquell matí sota la pluja.

Hallstatt, al peu del llac

Hallstatt, al peu del llac

#rutaBayern: Rothenburg en silencio

Rothenburg en silencio (I)

Rothenburg en silencio (I)

Afuera había mucho ruido. Alboroto forastero. Sonido ensordecedor. Yo era ruido, por lo que no podía evitar sentirme molesto en medio de aquel escenario en forma de plaza empedrada. Solamente los tres puestecillos en el centro de la plaza, en sábado de mercado, conseguían equilibrar algo la situación. En una de estas tiendas, los espárragos blancos, gigantescos, todavía mojados en manos de la vendedora, una mujerona rubia, oriunda y oronda ella, de manos duras y rostro castigado por la vida en el campo, eran seguramente el mejor espectáculo que uno podía admirar. El resto, además, era muy complicado de desentrañar. Por eso, decidí salir pitando de aquella empedrada. Abrí la puerta del edificio más bonito de todos los que vi, el ayuntamiento, precioso palacio renacentista que durante siglos ha sido testigo en primera persona del encumbramiento y posterior caída a los infiernos del lugar. Al otro lado de la puerta, de pronto, dejaron de chirriarme los oídos. Qué descanso. Incluso el sentimiento de culpabilidad, que un rato antes me había estado embargando los pensamientos, quedó anestesiado casi por completo. Por fin, pude observar con serenidad, a través de las vidrieras, aquellos bellos edificios de la calle que, teniendo ante mis ojos, no había conseguido captar hasta el momento. Observar a través de los cristales, en silencio, me hizo sentir como si hubiese sido engullido por una gigantesca botella de vidrio, algo atrapado, pero extrañamente liberado de interferencias. A salvo. Lo primero que hice fue subir por la preciosa escalera en forma de caracol, de piedra noble y vieja, que apareció ante mi. Cuatro o cinco pisos más arriba, el ascenso terminó abruptamente con la irrupción de una puerta con un letrero que decía: “A la torre”. Portón adentro, una enorme sala diáfana revelaba algunos de los secretos del palacio centenario, caso de las enormes vigas de madera sobre las que se sostenía todo. En uno de los costados de la habitación, una puertecilla invitaba a seguir trepando más allá del techo de la casa, en busca de la torre. Y qué manera de trepar. Para cuando me dí cuenta, no había marcha atrás. Los escalones se hicieron más y más estrechos, y la corona de aquella vieja atalaya de cincuenta metros parecía no llegar nunca. De subida, alguna pequeña apertura en la pared seguía regalándome la posibilidad de disfrutar del pueblo, un rato más, libre de interferencias. Por fin, aquella escalinata angosta desembocó en una minúscula salita en la que, no obstante, había lugar para colocar a una recaudadora. Algo de ruido, comprensible y lógico ruido. “Son dos euros”, dijo ella. Tras pasar por caja, los diez peldaños finales, como si del acceso a la escotilla de un submarino se tratara, me escupieron por fin sobre el cielo de Rothenburg. Una vez arriba, superado el cuello de la botella, obtuve como regalo una perspectiva diferente, omnisciente, de un pueblo a doscientos autobuses de asiáticos pegado. Allí no se escuchaba ruido alguno, ni siquiera las emisiones de la docena de vigilantes de la torre que tenía por compañeros, cámara réflex en mano, entorpecieron el espectáculo insonoro. Tejadillos a dos aguas, casonas de madera entrelazada, palacios de piedra, campanarios, torres, ríos, prados verdes y amarillos, primavera… Y silencio, pues allí arriba, por fortuna, todo seguía siendo placentero silencio.

Más posts sobre viajes en Baviera en:

rutaBayern