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‘Urlaubfahrer’, chusma e incautos

(Guiller, fes el favor de llegir-te el text sencer; este és el de la furgona)

Ahí vamos, a la pelea (literal)

Ahí vamos, a la pelea (literal)

Ayer cerramos un círculo que abrimos hace exactamente diez meses. Para ser sinceros, el asunto empezó como terminó, aunque para entonces no fuéramos conscientes de ello. El señor Kubal, un turco asentado en Alemania desde décadas y cuya cara parecía señalar un camino lleno de buenas intenciones, nos vendió su coche vacacional. “Ich bin ein Urlaubfahrer”, nos dijo el día de la venta. ¿Un Urlaubfahrer? Un conductor de vacaciones, que, en este país donde el auto es seguramente tras la familia y la vivienda el bien más preciado, nos señala a un señor, preferentemente de clase baja, que ha comprado un coche para ir de vacaciones a su país y tras las mismas lo quiere vender. A Turquía fue la familia Kubal con su flamante Volkswagen Multivan T5, ocho años de viejo y casi 200.000 kilómetros a sus espaldas. 15.000 euros pagaron por la máquina; unos 12.000 sacaron con la venta a dos españolitos con dinero fresco. Nunca nos sentimos engañados por el señor Kubal, por mucho que a las primeras de cambios descubriéramos que se equivocó al decirnos que el auto tenía la pegatina verde, una suerte de confirmación para conducir por las grandes ciudades alemanas, la cual es otorgada tras la instalación de un filtro para reducir las emisiones de gases contaminantes en los vehículos de motor diesel. Primeros 1.000 euros imprevistos. No quisiera desviarme tan pronto, en todo caso, de los Kubal. El cabeza de familia era un hombre risueño, con un denso bigote, mediana estatura y tez rosada. Unos 50 años, aunque aparentase ser mucho mayor. Tanto él como su mujer, de verdad, parecían buena gente, ella tristemente confinada en su pisito del único barrio obrero de la prosperísima Ingolstadt. “Cualquier día nos vamos a Turquía”, parecía indicar su mirada, más bien melancólica. Tenían dos hijos. El mayor se encargó de preparar el contrato de compra-venta del coche. Su padre daba la sensación de no saber escribir. De cuna, era un chaval risueño, más bien menudo y aparentemente educado. Pero las apariencias engañan: lo encontramos de casualidad, pues el negocio lo cerramos justo un día antes de que entrara en un reformatorio por una temporada. “Cosas de chavales”, dijo el padre, aunque la madre añadió que se libró de la prisión solamente por ser menor de edad. Al hijo menor no lo llegamos a ver, únicamente olimos sus babas secas en el asiento trasero de la furgoneta. Era un chico con parálisis cerebral y movilidad reducida, que pasaba más tiempo en el hospital que en casa. Seguramente fue el motivo de la compra, unos meses antes, del coche. No sé con qué dinero lo habían comprado, ni me importa, pero recuerdo la confesión de herr Kubal: me dijo que en Alemania era posible llevar una vida digna a pesar de no contar con trabajo, como era su caso desde hacía varios años. Una familia marginal a la que guardo cierto cariño pese a que hicieron un negocio redondo con dos incautos como nosotros. Redondo y avanzamos en círculo. Para Navidad el coche superó su prueba más difícil sin rechistar, ya que con él recorrimos sin problemas (técnicos) los casi 4.000 kilómetros de distancia que separan Múnich de Alcoi, ida y vuelta. Pronto, en todo caso, empecé a escuchar ruidos al volante donde antes no los había y, peor, temprano llegaron los avisos. El primero, el oficial de la VW en la misma computadora de la Multivan que nos exigió una revisión del coche por los 220.000 km. Para entonces, ya por marzo, nos dimos cuenta de que el libro del automóvil no tenía registro de las inspecciones practicadas durante los años previos. Pero qué tontos que somos! Cómo no lo preguntamos en su día! Cómo no comprobamos que no teníamos placa verde! Cómo no controlamos que faltaba la rueda de recambio! Cómo… En fin, vayamos con los asuntos urgentes y dejemos de lado los importantes: una puesta a punto a ciegas en el taller oficial nos hubiese costado 2.000 euros más. Salvamos este escollo como lo habían venido haciendo nuestros predecesores, imagino: con un cambio de aceite, filtros y una miradita en un taller multimarca. Otros 500 euros y seguimos avanzando. Visto con perspectiva, podemos parecer dos paletos, pero lo cierto es que metidos en el ajo todo se ve de diferente manera. Aún así, todo tiene un límite y en un vehículo con casi diez años y una kilometrada a las espaldas el límite siempre está al acecho. El nuestro, en concreto, llegó algún día soleado del mes de mayo. Fue la mañana en que descubrimos que al coche tampoco le funcionaba el aire acondicionado. Pague otros 1.500 si desea avanzar a la siguiente casilla. Como dicen en Alcoi, “hasta aquí llegó la nieve”. Nos plantamos. Puede parecer que aquel día nos habíamos acercado por fin a la meta pero lo cierto es que cruzarla ha sido lo más complicado de todo el asunto. ¿Quién dijo que sería fácil? Por un lado, lo más sencillo, increíblemente, ha sido conseguir financiación para sustituir el viejo coche por uno, casi idéntico, pero nuevo. Por esa razón, no voy a dedicarle un segundo más a este arista que merece capítulo aparte en una road movie de factura circular. Que vuelva el rock and roll, entonces. Todo había de acabar tal cual había empezado: con un anuncio en internet vendiendo un coche de segunda mano. Aparentemente sencillo, dada la popularidad de este tipo de automóviles en Alemania. Orgullosos de las mejoras practicadas a la Multivan como estábamos, en los primeros días obviamos varias suculentas ofertas, así como los kilómetros y el tiempo transcurridos desde nuestra adquisición (que jugaban en nuestra contra). Oportunidades perdidas. Para cuando nos dimos cuenta de que nuestro precio estaba muy lejos del precio de mercado, estábamos dentro de una espiral fatal. Esto es: decenas de Urlabfahrer llamando insistentemente al teléfono y practicando idénticos rituales de regateo más propios del zoco de Estambul que de las acomodadas latitudes bávaras. Confieso: hartos y agotados en una carrera de fondo en la que teníamos mucho que perder y poco que ganar, al final escogimos a uno de nuestros postores entre una amalgama de compradores telefónicos, una casta de emigrados a Alemania provenientes de los mejores rincones de Albania, Kosovo, Turquía o Rumanía. Reíros, cabrones, a mi no me hace ni puta gracia. Y veréis la razón. Croata nos dijo que era el comprador elegido, no sin antes regatearnos de un plumazo otros 1.500 euros. Croata de Colonia que resultó ser el más chungo de los kosovares de Renania del Norte. A las nueve de la mañana se presentó en la puerta de casa el sujeto, de cuyo nombre no me quiero ni acordar. Y empezó la fiesta. (La voy a traducir al español y teatralizar un pelo; o eso o reviento.) “Oh, hermano! estoy muy decepcionado contigo! hemos conducido toda la noche mi hermano y yo, 700 kilómetros sin dormir, para comprar tu coche y cuando llegamos aquí lo que nos habías prometido por teléfono no se corresponde con lo que nos ofreces”. Mal empezamos. Por cierto, sin dormir no sé, pero sin comer imposible y sin ducharse, seguro. Joder que personaje! Lo infiltran en la caravana de gitanos de Snatch, cerdos y diamantes y cuela como guardaespaldas de Brad Pitt fácilmente. No le hubiese hecho falta ni atrezzo al colega. Sobre las falsas promesas: nada de nada, cabronazo. Tenían todos los detalles en el anuncio y así lo hablamos por teléfono, lo que no tenían era todo el dinero prometido. Estábamos jodidos, como Tommy. La negociación no fue fácil, intentaron con todas sus fuerzas tomarnos un poco más el pelo, pero no les fue posible. La posición final, apoyado en Mariola, estaba clara: lo tomáis o lo dejáis. Y, ellos no lo sabían, pero el teléfono de la Policía estaba sobre la mesa, pues el asunto no parecía fácil de cerrar sin trato. Algo debieron intuir, y el coche les interesaba, así que nos pusimos manos a la obra con una prueba de conducción en la que no nos multaron de milagro, por encima del límite de velocidad como se condujo por la circunvalación. Paseo en el que el colega y yo intimamos hasta tal punto (soy tonto, pero a preguntas no me gana ni Cristo) que se confesó: “Alemania, qué gran país, aquí se puede vivir sin trabajar. Amigo, yo tengo cinco hijos y quiero ir a mi país con ellos, por eso quiero el coche. Lo voy a comprar con el Kindergeld y con las ayudas públicas que recibe mi familia. Somos muy pobres y estamos todos en el paro”. Me da rabia escribir esto, detesto escribir esto, pero lamentablemente esta es la parte menos teatralizada del texto. Cabrones viviendo a costa de trapicheos, de trampas, aquí y allí, ahora y luego, pero al fin y al cabo viviendo “como reyes” en Alemania pues en su país eso sería impensable. Y lo saben. Y lo aprovechan. Y alimentan con ello el odio de tipos despreciables de piel blanca y mente imperial. Me enervo, pero hemos de seguir, pues no aún no hay trato. Por cierto, antes de cerrar este paréntesis: los dos kosovares se presentaron en casa en un BMW deportivo del copón, cuyo lateral derecho, eso sí, parecía el acordeón de Mari Carmen de la ostia que tenía en la carrocería. Volvemos al relato principal. Siendo sinceros, todos sabemos que una llamada a la Policía no hubiese puesto fin amistoso a la situación, por lo que, sin bajarme los pantalones del todo, tensé la cuerda hasta el punto en que cerramos un trato, con apretón de manos incluido, solamente 200 euros por debajo de lo pactado inicialmente, después, eso sí, de varios descuentos telefónicos. Suficiente para calmar los ánimos de todas las partes, los de los matones y los nuestros. En aquel momento, ya sentados en la parte trasera del habitáculo, cual grupo de mafiosos, comprendí que unos meses antes habíamos abierto un estúpido círculo que nos arrastró a un final del que salimos ilesos milagrosamente. Hoy, un día después, el dinero reposa en el banco y supongo que aquella familia kosovar se encuentra en alguna carretera camino de los Balcanes. Círculo cerrado. Esperemos, pues llevo toda la noche soñando con aquel gitanillo de mi pueblo que te sacaba la navaja en el paseo de Cervantes y te decía: “Dame veinte duros o te vas acordar de mi; que sé donde vives”.

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Sobredosis de Múnich: síntomas y tratamiento

Descripción de la patología:

Múnich: esa ciudad sin parangón donde se vive en una burbuja de plena felicidad. Léase sino este texto donde se demuestra científicamente, previo pago de este estudio por parte de las autoridades correspondientes, lo felices que son su habitantes.

Extracto del estudio

Múnich: todo muy verde, muy limpio, muy seguro, muy bonito, mucho sol tanto que rivaliza el lugar con Almería, muy gemütlich, muy lecker… Los oiros y los porsches (de Ferdinand Porsche) los hay a mansalva.

Si tras la lectura de tal parrafada, habitante artificial de la ciudad, todavía no anda muy convencido del asunto, pregunte a un habitante oriundo al azar que encuentre por la calle, preferiblemente con gafas de pasta y montado en un bicicleta sin frenos. Coool!!!

No solo le corroborará la descripción científica de Múnich arriba relatada, sino que las probabilidades de que aquél no se haya enterado de que Eva mordió la manzana son altísimas y seguramente se refiera a su pueblo natal, Mi-un-sssjen, como un klein Paradis. Así, directamente, por vía anal y sin anestesia. Dos posibilidades: o bien aquél no paga el alquiler de su casa (y no sabe lo que aquí cuestan las cosas) o bien trabaja en la be-em-be (y cobra un cojón como para que no le preocupe el asunto). Durante la conversación con el aborigen, obsérvese la posición de la nariz del susodicho, alta, durante la pronunciación del discurso deputamadresco.

Si tras la lectura de esta descripción o bien después de preguntarle al citado nativo usted sigue enojado o infeliz sin motivo aparente, las probabilidades de haber contraído sobredosis de Múnich son altísimas. Siga leyendo.

Síntomas:

Habitante temporal, asimilado, reciénllegado, lea detenidamente los siguientes síntomas de la sobredosis aguda muniquesa (coloq. Esta gente me pone de los nervios).

1. Tras una temporada larga de exposición al elemento, sufre irritación a las primeras de cambio. Ejemplos: le molesta que le repriman por cruzar un semáforo en rojo o por circular en bici en dirección contraria; le irrita que los vecinos de su comunidad le hagan el vacío en el ascensor de su casa (nunca se suben si lo hace usted); no soporta que se le cuelen en el súper usando el método del desmengat (cara de bueno). Tampoco digiere cívicamente otras acciones similares.

2. Padece alergia temporal a los siguientes elementos, dada la monotonía y repetición de sus menús, hasta el punto de provocar arcadas, resacas y dolores fuertes de barriga: gaststätte, gasthof, wirtshaus.

3. En un grado menor, la calidad de los alimentos (o la cantidad de cerveza ingerida por sesión) en algunos biergarten puede provocar síntomas similares a los descritos en el párrafo anterior. Son geniales hasta que dejan de serlo, transcurridas tres sesiones consecutivas en una semana (a litro de cerveza por sentada).

4. Sufre sarpullidos sin explicación, le habla incorrectamente a sus congéneres sin motivo aparente.

5. Aclaramiento acelerado de la piel por ese inigualable sol bávaro (que, a diferencia del almeriense, no siempre luce).

6. En casos extremos, pueden aparecen síntomas extremos como caída de pelo, cabreo permanente o incluso episodios intermitentes de hiperventilación.

*En caso de que a usted los citados síntomas en su forma más extrema no le remitan nunca, o incluso en caso de aparición temprana, se le recomienda la reversión del proceso migratorio completo mediante la aplicación del siguiente tratamiento: pírese para siempre de aquí y no vuelva, usted es inasimilable (lo suyo no tiene arreglo).

Alivio sintomático:

Advertencia! Este medicamento es únicamente psicológico, un placebo que le recomendamos no deje de tomar en caso de aparición reiterada de alguno o la totalidad de los síntomas referidos.

Instrucciones de uso:

Lea detenidamente pues, las instrucciones de uso:

1. Consulte su calendario de días festivos.

2. Señale en rojo el primer festivo que enlace con un fin de semana. En España a esto se le llama puente.

3. Consulte la disponibilidad y precios de alojamiento en un radio de 350 km de distancia de la ciudad. No importa su presupuesto, duración del tratamiento, aplíquelo aunque sea para buscar una noche en un camping en el pueblo de al lado. No obstante, se recomienda al paciente salir de la Alta Baviera o incluso preferentemente traspasar los lindes de la Bundesrepublik Deutschland. Si no se es alemán, dejar de hablar su lengua por unas horas devuelve el tono natural a la piel y suaviza el fruncido de las cejas.

4. Salga pitando a las primeras de cambio. A su llegada a destino vaya a un supermercado no alemán, coma cosas no alemanas, ríase a carcajada suelta por la calle con total tranquilidad, vuelva a sentirse como un guiri, escuche en secreto las conversaciones de otros guiris deutsches con los que se cruce por la calle und so weiter. No tema el atracón, cuanto más cera se de más contento regresará al cabo de unas horas.

*En caso de duda, consulte con su agencia de viajes o bien con un psicólogo si lo suyo es especialmente grave.

El regreso:

A su retorno a Múnich, derrotado y cansado hasta la extenuación, usted volverá a sentirse mucho más alegre y parte decidida de esta magnífica comunidad sin que le irriten durante una buena temporada las kleinichkeiten derivadas de la vida en Bayern. Es decir: Múnich dejará de ser una secta insoportable para usted, un infierno, y se convertirá nuevamente en esa gran ciudad de la pradera y con las montañas al fondo en las que sus habitantes son felices y comen perdices.

Pus eso, de Chequia vengo.

De la lengua viva y tal

Qué sería de mi sin esos diálogos de besugos a los que tanto cariño les tengo. Aquí va el último, en ruta como siempre, esta vez a propósito de esa rica y variopinta lengua que es el castellano.

INTERLOCUTOR 1. Por ejemplo, señor Jordi, si todo el mundo (hispano) menos ustedes los españoles pronunsiamos de una determinada manera, a lo mejor los que deberían revisar el lenguaje son ustedes, ¿no cree?

SEÑOR JORDI. Hombre, me coge a pie cambiado, pero le diría que tampoco es eso…

INTERLOCUTOR 2. Toda la rasón tiene el compañero, señor Jordi. Porque, quien le dise a usted don Jordi que, en ves de pronunsiar erróneamente la se (por ce) nosotros, como usted sostiene, lo hasen ustedes.

SEÑOR JORDI. Denme pistas, que me pierdo. Aunque yo tampoco le decía que lo suyo con las ces y las eses sea un error, por mucho que les puede dificultar sin duda el aprendizaje y el perfeccionamiento de la lengua.

INTERLOCUTOR 2. A ver, es verdad que en nuestro país siempre desimos casar, tanto para casar con ese como para casar con seta. Es desir, la palabra se pronunsia igual si hablamos de una sagrada unión matrimonial o de ir de casería a matar animales…

(No puedo esperar, así es que interrumpo el discurso)

SEÑOR JORDI. Entiendo. Se refiere a que ustedes sesean, o lo que es lo mismo, convierten las ces en eses.

INTERLOCUTOR 2. Ya empesamos. Porque usted lo dise. Nosotros sabemos cuando hablamos de una cosa u otra, no hay error, no tiene más. Como le desía, es una situación muy paresida a la suya con la se (por ce) y la seta. Por ejemplo, diga usted serilla.

SEÑOR JORDI. No le digo que sesear sea malo, pero es lo que hay. Por cierto: cerilla.

INTERLOCUTOR 2. Lo ve, lo ha dicho con seta! Ustedes convierten las ses (por ces) en setas (por zetas). Y no pasa nada!

SEÑOR JORDI. No quiero ser pesado, pero lo he dicho con ce, de casa.

INTERLOCUTOR 2. Imposible! entonses sonaría como querilla, con se de casa! Usted es incapás de darse cuenta, pero lo dise con seta.

SEÑOR JORDI. Le insisto. No quisiera incomodarle licenciado, pero si usted recuerda hay una norma ortográfica en español que remite a la transformación del fonema de la ce, que suena como el de la zeta cuando esta letra va seguida de las vocales e o i. De hecho, son pocas las palabras con zeta seguida de e o i, que suele transformarse en una ce. El fonema, el sonido, en todo caso, sería el mismo para un español hablando en español estándar. Para ustedes todo suena como una ese, porque sesean.

INTERLOCUTOR 2. Uy señor Jordi! usted me está enredando pero yo tengo muy claro lo que le quiero desir y creo que usted, en realidad, también.

(Aquí, tras una divertida conversación pero demasiado subida de tono para los estándares de gran parte de Iberoamérica, el señor que inició la charla, colorado como un tomate, no lo puede resistir e interviene para arreglar las cosas.)

INTERLOCUTOR 1. Lo que el señor Jordi no sabe es que nosotros en la escuela, a nuestros alumnos, siempre les explicamos bien claro cuando deben escribir con seta y cuando con ese. Y los niños de hoy en día vienen enseñados, con los móviles y las cosas modernas. Por ejemplo, yo a mis niños siempre les digo, atensión, Saragosa –llevando en este caso el seseo hasta las últimas consecuencias y de forma inconsciente– , suena tal cual pero se escribe con seta. Con dos setas! Es desir: Sa-ra-go-za.

SEÑOR JORDI. Exacto, ese es el espíritu señor X. El seseo hay que protegerlo pero nunca hay que dejar que invada el terreno de la ortografía. Por cierto, sería entonces Za-ra-go-za pero ya si eso lo comentamos otro día, porque el tren acaba de llegar a Múnich y nos bajamos en la siguiente estación.

(Descanso entonces y apostillo por dentro: “Ufff, no puedo más! Por favor que me baje de esta guaga hantes d ke m buelba loko, o jilopoyas o bete tu ha saver…”)

Te vendo mis sobras

Captura de pantall de la web. /JOINMYMEAL.COM

Captura de pantall de la web. /JOINMYMEAL.COM

Mentiría como un bellaco si dijera que dos años después estos deutsches han dejado de asombrarme. Y que conste que lo hacen para lo bueno, para lo malo y hasta para lo inclasificable. En este último saco estoy yo por meter el último descubrimiento en la red, hallado esta misma semana gracias a nuestra amiga Lola. Inventadas las webs de contactos para singles (ahí va la Münchner Singles), las de hacer solamente amigos y hasta las de poner los cuernos a tu pareja en secreto, superadas las páginas para comparar precios, las de compartir coche en tus viajes o las que permiten encargar para casa una pizza y hasta una botella de ron, el último grito en modernidad digital made in Germany se llama JoinMyMeal y se subtitula clever kochen, lecker essen. O lo que es lo mismo, apúntate a mi comida. Cocinar inteligente, comer bien. ¿Os habéis quedado igual? Entonces vamos a la molla. Lo de JoinMyMeal es una red social de recetas y comidas caseras en la que los cocinillas pueden compartir sus platos con el vecino a cambio, claro está, de unos emolumentos. Porque lo que se dice regalar aquí nadie regala nada. Habrá quien diga que lo de compartir tu ración de macarrones con el vecino del cuarto o con la rubia del edificio de enfrente es simplemente una manera simpática de hacer amigos, pero entonces lo mejor quizás sería invitarles a comer. Siempre hay quien pueda pensar, por otra parte, que lo de compartir gastos es una excelente forma de ahorrar y por qué no aplicarlo a la ensalada de pasta de los martes. Pues sí, aunque también cabría la opción de comerse los miércoles el plato de comida que nos sobre de los martes. Así es que, por mucho que le doy vueltas a la cabeza empiezo a pensar que la mejor traducción para el invento sería la siguiente: CómeteMisSobras (que te las vendo baratitas). Subtítulo: “Yo cocino unas pechugas de pollo muy lecker y muy günstig y te cobro unos eurillos a ti que eres un zángano de mucho cuidado y que te comes hasta los yogures pasados de fecha cual Arias Cañete”. Así somos nosotros los alemanes, siempre transitando esa delgada línea que separa lo smart de lo cómico, la eficiencia de la racanería, la lógica de la sinrazón, lo cool de lo cutre. Sobre qué aspecto les define mejor en este caso, os dejo elegir libremente.

Un poco más alemán

Ayer dí un paso adelante en mi proceso de germanización. O eso creo yo. Hace un par de días que recibí mi flamante bicicleta, encargada como no podía ser de otra forma a través de internet usando un comparador de productos. Pero eso no es nada. El caso es que mi bici, atrás queda la vieja betuin que tan buen servicio ha prestado hasta la fecha –portada incluida–, es desde ahora una elegante señora velocípeda a la que no le falta detalle. Anoche mismo, de estreno bajo la tormenta, pisaba todos y cada uno de los charcos de la ciudad sin que mis pantalones se resintieran lo más mínimo, gracias a dos completos guardabarros. Y eso por decir algo, como que no me hizo falta hinchar las ruedas antes de salir de casa, si bien no hubiese sido un problema al llevar incorporada la máquina, de trekking, un bombín plegable. Ya de noche cerrada, camino de regreso a casa, estrenaba incluso las luces con dinamo, en plan Verano Azul, sin preocuparme absolutamente nada por colocar la iluminación o las pilas. Nada de rehuir a la politzai por las sombras como los piratas. Ahí es nada. Por no hablar de mi caballete, si no me lo cargo un día de estos, jamás tendré que volver a apoyar mi bicicleta en la pared. ¿Estoy alemanizándome o no? Por tener, el nuevo biciclo tiene hasta talla, la 55, que resulta me viene un pelín grande. No hay problema. Increíblemente, es una bicicleta inglesa, no podía ser todo perfecto. No soy tan germano. De hecho, seguramente al leer este post habrá un montón de españolitos que entenderán mis pensamientos como una chorrada, pues ellos disfrutan de aparatos similares con caballete, guardabarros, timbre, accesorio para cesta, luces de dinamo o bombín incorporado. No era mi caso. Yo más bien he sido toda la vida de los de llevar la bici cochinilla, con la cadena para engrasar, las ruedas medio vacías y la luz de detrás fundida por falta de batería. Será difícil olvidar los días de lluvia pedaleados en Múnich: imposible evitar ponerme perdido de camino a alguna cita importante. Eso se acabó. Me queda por explicar un detalle que sacará de dudas a todos aquellos escépticos que están dudando a estas horas de la evolución en mi proceso de alemanización. Amigos, he comprado mi bicicleta –ha sido un suculento regalo pero como si lo hubiese hecho– a final de temporada, aprovechando con ello un descuento de varios cientos de euros. Ja wohl! ¿Qué más pruebas necesitáis? Aunque sigo saliendo de casa con el tiempo justo, por mucho que no pueda evitar saltarme un par de semáforos en rojo a la semana, aunque adelante de tanto en tanto por la derecha del carril bici o hasta me suba a la acera para hacerlo, el proceso es imparable. Nunca llegaré a ser uno de ellos –espero–, eso está claro, pero parece que empiezo a disimularlo con soltura.

Inauguración

He venido reseñándolo durante varios días y sí, este fin de semana hemos tenido la oportunidad de acudir a la inauguración de la nueva Lenbachhaus. En realidad, solamente me apetece comentar ahora una imagen, la de abajo. Los alemanes son como son, con sus cosas buenas, regulares, malas y pésimas. Como todos. Con esto de la inauguración tengo que reconocerles, en todo caso, un detalle: lo importante de la reapertura del museo, en el que los contribuyentes se han dejado una pasta –como viene siendo habitual–, no fueron los discursos de los políticos ni siquiera la presencia del arquitecto encargado de la obra, Norman Foster. El enfoque ha sido totalmente diferente, básicamente con cuatro días de entrada libre en el que gordos, flacos, guapas, feas, ricos, pobres, alemanes, extranjeras, altas, bajos… hemos podido conocer las instalaciones y los cuadros de Wassily Kandinsky y Der Blaue Reiter gratis. Esto es, los protagonistas han sido la cultura y las personas. En la fotografía una señora con la piel endurecida por la miseria, moviéndose de sala en sala del museo con su vieja silla de ruedas empujada a duras penas por unas piernas hinchadas. En sus bolsas de todo menos la compra. Calle pura y dura. Dentro de la Lenbachhaus, por un rato, ella fue una más. Sé que no es gran cosa, pero lo contrario hubiese sido peor. Pienso en cómo funcionan (funcionaban) estas cosas en España y el detalle se agiganta hasta convertirse casi en algo extraordinario.

senyora_lenbachhaus

Los guías y las propinas

“Tienes que enseñarte a pedir propinas”. Lo recuerdo perfectamente, fue una de las primeras frases lapidarias que recibí en mi instrucción, más bien callejera en sus inicios, como guía turístico. Ha llovido un montón, en Múnich eso no significa gran cosa, así es que me acuerdo perfectamente. Solamente de pensarlo, me pongo sonrojado, pues yo soy más bien modoso para estos asuntos. Serán cosas del falso pedigrí adquirido tras el paso por la facultad. Porque, la verdad, aunque a días los licenciados nos creamos por encima del bien y del mal, no conozco a nadie que no responda de una u otra manera a los estímulos provocados por el movimiento de una billetera. Yo, no os engaño, soy sensible –especialmente si me siento autorizado moralmente para el estímulo–, por mucho que me escandalice mientras escribo estas cosas y me esfuerce por convencerme de lo contrario. En fin, vayamos al grano, este es un artículo destinado a tipificar cinco modalidades de propina recibidas por el guía de turismo. Aprendices, tomen nota. Viajeros, les digo lo mismo.

1. Propina normal. Como su propio nombre indica, es la más corriente a uno y otro lado del charco. El pan nuestro de cada día, para todos aquellos que guiamos con la ñ. ¿Qué cómo funciona? Muy fácil, consiste simplemente en no recibir absolutamente nada al final de la visita. “Que para eso ya hemos pagado, María”, le argumenta él a ella.

Es la recompensa preferida para sus guías, tras un duro día de trabajo, por parte de viajeros y turistas venidos de todos los rincones de la península ibérica. De hecho, la denominación propina ibérica es igualmente válida para este tipo de apunte bancario, nulo.

Por cierto, dispone de algunas variantes simpáticas. Entre las más singulares: la palmadita en la espalda acompañada de una felicitación por el trabajo bien hecho o la entrega de una tarjeta de visita personalizada, “para que estemos en contacto” cuando vengas por mi pueblo, “que eres un tío cojonudo”. Esta última modalidad es como tirar un penalti al póster, ya que es inevitable que al guía se le haga la boca agua, a veces indisimuladamente, al comprobar que el cliente echa mano de la cartera. Es para coger la tarjeta de visita. Uyyyyy!!!!

Por otro lado, y esto sí que jode, el modo propina normal es radicalmente diferente para los guías anglosajones: oscila entre los 20 y los 50 euros por día, de media, dada la costumbre de gratificar entre británicos, norteamericanos, australianos… La puntilla es cuando un compañero te dice “no te preocupes, es una cuestión cultural”.

2. Propina inesperada. Es la que, en contadas ocasiones, te dan unos españoles al final de una excursión. Ya lo dice su nombre, es inesperada, infrecuente, rara, difícil, reconfortante, feliz… No importa si es de cinco euros o de cincuenta, como no te la esperas te pone muy contento.

3. Propina cantada. Es la que te conceden un grupo de turistas sudamericanos al final de una excursión. Ya de buena mañana, cuando los recoges en el hotel o el punto de encuentro, la puedes ver venir. Eso sí, hay que sudarla, a base de sonrisas, consejos, apuntes en el plano de la ciudad y cosas por el estilo. Cuando los ofreces, quizás no eres consciente de que te estás fabricando una recompensa económica. Pero lo estás haciendo. Sale mejor si ese día vas de tour sin afeitar y vestido con ropa de Zara. Si es vieja, lo bordas. “Pobre español, con lo preparado que está y se ha venido a Alemania a trabajar. Menuda crisis que tienen”. Esto igual te lo dicen que se lo callan, pero lo piensan siempre.

Una variación tan rara como satisfactoria: si vas con un grupo numeroso de turistas y uno de ellos te da una propina cantada, entonces está cantado que todos –igual se escaquea algún español– se sumarán a la fiesta y terminarás haciendo una caja del copón. Viva Bolívar.

4. Propina compasiva. Es una degeneración de la cantada, dolorosa. Si te añaden la frase “yo también he sido estudiante y sé lo que se sufre” te dejan KO. “Señora que estudiar es muy bonito y se puede hacer toda la vida, sin dar pena”. Lo dicho, es infrecuente pero que te den unas monedillas en esas condiciones, más que arreglarte el día, te lo fastidia.

Por imaginar el peor escenario posible: te dan una propina compasiva un día de lluvia, el tour se ha alargado más de lo previsto y además los turistas te caían gordos. Por suerte, esto es atípico.

5. Propina gigante. Esto sí que es extraño. Sucede de uvas a peras, pero de repente un día te viene un señor a última hora que puede pertenecer al grupo de donantes inesperados, cantados o compasivos y te afloja la mosca. Cuando ves el billete de 50 euros se te caen los huevos al suelo, propinando lenguaje apropiado. La verdad, estas propinas duran menos en el bolsillo que un caramelo a la puerta de un colegio. Ese mismo día te la fundes en unas zapatillas, un par de libros o una cena romántica. Qué pena que no sean la norma.

Podría quemar páginas y páginas revelando el lado más visceral del guía turístico, pero no le quiero provocar los vómitos a nadie. Solamente puedo añadir que, por mucho que algunos guías se esfuercen por poner cara de “no sé de qué me hablas”, todos –bueno, siempre hay algún raro–  esperan con los brazos abiertos ese billete apretado entre las manos antes de la despedida. Los más recatados matizarían que “no es para tanto”, añadiendo a continuación que “a nadie la amarga un dulce”. La señora de la media melena y la chaquetita a medida, guía oficial, con su magnetófono y su grupo escolar, es posible que niegue la mayor. Ya que estamos, yo también reniego de todo lo que he confesado. ¿Acaso tengo cara de aceptar propinas?

Los especuladores contra el Muro de Berlín

No hace falta vivir en Berlín para saber que esta fantástica capital que tenemos hace bastante tiempo que ha entrado en una vorágine de especulación inmobiliaria que, pasando por encima de la crisis, pinta peor que mal. En fin, el tema de los precios se está poniendo feo en toda Alemania, aunque lo que hoy me ha tocado la moral haya sido leer en la prensa que a una parte de la East Side Gallery le podrían quedar las horas contadas. Para los que no habéis estado en Berlín o para los que tenéis la memoria floja: pedazo de monumento y de historia viva, más bien agonizante a la vista de los acontecimientos, de la Europa del siglo XX. 1,3 kilómetros de grafitis que simplemente serían algo bonito si no fuera porque están estampados sobre la piel de hormigón misma que partió la ciudad de Berlín durante casi 30 ominosos años. Tan ruines como la avaricia inmobiliaria, que no entiende de historias ni de sentimientos. Si no, de que se les iba a ocurrir a los de siempre ahora lo de tirar una parte de este Muro de Berlín que nunca debió ser construido y que hoy, convertido en museo viviente al aire libre, debería de ser un intocable. Y por un pedazo de habichuelas, pellizco suculento en forma de 36 apartamentos de lujo que no es más que pan para hoy y hambre para mañana. Directamente, ojala este lunes escuche en el Tagesschau que los de la inmobiliaria se han quedado con las ganas de hincarle el diente el muro -gracias como siempre al activismo de unos cuantos-. Para eso, y no para lo otro, me vine yo a este país.

Grafiti en la East Side Gallery de Berlín

Grafiti en la East Side Gallery de Berlín

Un trozo de la East Side Gallery en Berlín

Un trozo de la East Side Gallery en Berlín

Entrevista

Sí, mama, encara no he fet res de bo en Alemanya i ja em fan entrevistes. Encara que siga per a dir bobaes i romanços, que saps que tinc corda. Et passe l’enllaç per si vols redescobrir la meua història (rellegint un sempre troba coses noves, fins i tot dins de casa): Experiencia de un periodista en Munich, Alemania. (Grande, Cristina Rico)