El día que el futbolista conoció las tapicerías de cuero beis

Cuando José Horacio Basualdo cruzó por primera vez el puente General Manuel Belgrano quedó maravillado por la belleza del río Paraná al atardecer. El viaje, de sol a sol, había resultado extenuante tras completar por carretera los casi mil kilómetros que separan el pequeño municipio de Campana, en el Gran Buenos Aires, de la ciudad norteña de Corrientes. Cuando llegó, un chaval, los asientos de piel sintética de su viejo Dodge se le pegaban al cuerpo allá por donde les era posible. El motor del auto, que un día había sido rojo, rugía cansado como tratando de anunciar una defunción que nunca se terminaba de firmar. De haberse llevado a cabo, aquello habría sido ruinoso para el joven futbolista recién fichado por el club con nombre de algodón. En Corrientes, Basualdo, que llegó flaco y con las manos en los bolsillos, floreció sobre la cancha a la vez que el Mandiyú lo hacía en la Primera División Argentina. Hasta Carlos Salvador Bilardo se fijó en el chico al que telefoneó para que acompañara al Pelusa en sus últimos coletazos, entre raya y raya, en Italia 1990. A punto estuvo, ya con 27 años, con más cuerpo y experiencia, de levantar la Copa del Mundo vestido de albiceleste. Muy a su pesar y al de su nación, no obstante, se tuvo que conformar con el sabor amargo de la derrota, aquella tarde noche en el Stadio Olimpico di Roma ante los alemanes. Habían sido justamente los germanos, en concreto los suabos, los que habían traído a José Horacio a Europa, unos meses antes de que comenzara el Mundial. Por aquel entonces, el balónpie no había degenerado todavía en la bestia que es hoy, pero el 4 de Mandiyú fue recibido en Stuttgart con todos los honores. Fue un tal señor Schrempp el que acompañó al bonaerense a la factoría de la Mercedes-Benz. Allí quedó maravillado el futbolista, pues aún no había olvidado por completo los acabados de plástico de su antiguo y desfasado Dodge, cuando le dieron a escoger entre una infinidad de modelos con una barbaridad de prestaciones, todos ellos bellezas teutonas de la marca de la Estrella. Los allí presentes aquella mañana gris, como tantas otras en Baden Württemberg, saben que José Horacio Basualdo, tan buen deportista y persona como nuevo adinerado, no dudó un instante en escoger el coche más grande y el más descapotable, exagerada la máquina, negra por fuera y blanca por dentro. Esto es lo que me narró el otro día, sin pestañear, un antiguo barredor de las calles de Stuttgart, que nació en un pueblecito de Burgos hace casi cien años y al que encontré por casualidad antesdeayer, mientras tomaba fotografías desde el exterior al magnífico cuartel general de la Mercedes. Casualidad, mi barrendero de nombre también Horacio, se hallaba ocupado en los menesteres de un jubilado apátrida, allí sentado, en la calle del mismo nombre, Mercedes. Él, Horacio, quien también golpeó un cuero en sus ratos libres de mozo, se atrevió a añadir: “En días como aquél, mientras yo barría calles como ésta ante escaparates como ese, comenzó todo”. No le falta razón, a don Horacio, que habla con un acento inédito entre castellano viejo y suabo: el día que el futbolista fue tentado con tapicerías de cuero claro todo empezó a cambiar.

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