Merienda con un astronauta

Marcos Pontes. /WEB

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Cuando Richard Branson empezó a maquetar las páginas de la primera edición de Student, además de no tener ni puta idea de lo que era una revista no se podía imaginar hasta donde llegaría algún día su imperio. Lo de Reynaldo Ansarah, es parecido, pero distinto. Cuando era un crío, mojaba galletas en forma de estrella en su vaso de leche fría mientras soñaba con emular al capitán Spock. Su sueño, como el de tantos otros, estaba puesto ahí arriba, en el cielo, al más puro estilo de Howard Wolowitz. Hace un par de días merendé en un tren con Reynaldo, camino de alguna parte en un viaje por Europa de los de mochila a la espalda. Tras dos meses fuera de casa, solo, sus pantalones ya no lucen como el primer día y el barro se le acumula en la suela de las zapatillas. Maldito verano, que no llega. Una densa barba blanca le ha comido la cara, normal, después de 60 días sin pasarse la cuchilla. Me parece un tipo culto, interesante, agradable, a ratos irreverente, que habla perfecto castellano y a quien se le acumulan las historias por el camino. Le acompaña una gran cámara fotográfica, que agarra fuerte como si Baviera se pareciese en algo a su Sao Paulo lindo, y no cesa de cruzarse con viajeros a los que increpa, extrovertido como es. En esas nos encontramos. A la hora de nuestra merienda, se le suma al carácter transparente el hecho de que el tren relaja, y suelta la lengua. De ahí que sin tratar de averiguar uno termine por conocer tanto balanceándose entre raíles. Reynaldo se confiesa y revela que su perilla y sus gafas esconden un futuro cosmonauta brasileiro. En concreto y después de Marcos Pontes, metido en el ajo, el libanés será el séptimo astronauta del país. O eso cree él. Será el séptimo brasileño en subir al espacio en una nave, en 2016, pero para entonces las páginas del libro Guinnes de los Récords estarán escritas y la NASA habrá perdido todo el protagonismo a manos de señores como Branson y su Virgin Galactic. ¿Pero quién soy yo para desacreditar un sueño? Ni para ponerle un precio, aunque Sir Richard Branson sí que se lo ha puesto. Concretamente, 200.000 dólares, precio amigo, por un pasaje en la SpaceShipTwo para salir disparado a 1.400 km/hora hasta alcanzar una altura de 110 kilómetros, saludar al planeta como los dioses y terminar cayendo de nuevo al polvoriento desierto tejano. Todo ello en menos de una hora. No está mal, por el salario de toda una década para el común del licenciado español, a estas alturas. En fin. Reynaldo no parece un tipo adinerado de los que, podría ser, causan cierto rechazo, sino más bien un loco soñador. Incluso durante un buen rato hubiese pensado que tenía ante mi algo más parecido a un amistoso fanfarrón. Hasta que la lengua suelta de este ingeniero que merienda en los trenes termina deslizando el pecado original: le llamaban inversión inmobiliaria. Yo, sin tapujos, lo veo más bien como especulación. De la que jode. En València, en Múnich y en Sao Paulo. Seguimos merendando. “Es una apuesta segura, nunca se toca techo”, proclama sonriente el moreno. “Cuidado”, me entran ganas de contestarle. Pero me callo, al fin y al cabo soy un chavalín ante un yurigagarín. Últimos detalles –esto ya parece un blog confidencial del Hola para mochileros–: dos años quedan para el despegue del número 730, en cualquier caso mucho antes de que AXE envíe a una legión de imberbes flipados en busca de experiencias galácticas. Hasta dónde vamos a llegar. Para entonces Reynaldo está convencido de que volará camino de la luna “a plantar la bandera de Brasil”. Sin darnos cuenta, el vocero del ferrocarril anuncia la München Hauptbahnhof. Fin de la merienda, nuestros caminos se separan. Antes, Reynaldo, que arrastra todo el rato una botella de plástico vacía en la mano, me hace una última pregunta: ¿”Dónde puedo devolver este envase? Estos malditos alemanes me han estafado 25 centavos que pienso recuperar”. Sinceramente, en ese instante y no en otro me quedo atónito, soy yo el que ve fugazmente la luna, y comprendo por fin de que cumplir un sueño, cualquiera, no tiene precio. Aunque, no nos engañemos, se necesita mucho dinero, y ser capaz de merendar sin mirar la hora, para poder cumplir algunos.

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