Por qué me cuesta tanto conectar con Praga

A poco más de 300 kilómetros de una de las ciudades más bonitas de la vieja Europa, no hay semana en la que venga un turista en circuito y me diga: “Oye, ¿Y tú has estado en Praga?”. Entonces yo le digo que sí y me suelta, con total probabilidad, un discurso de varios minutos de duración sobre lo fantástica que es la capital de Bohemia. “Yo es que soy más de Budapest”, me da por responder. Entonces, por lo general, matamos la conversación.

El puente, el río y el castillo

El puente, el río y el castillo

Pero uno no es de piedra, así que de tanto escuchar la canción al final me fui al concierto. La semana pasada hicimos nuestra segunda escapada a Praga y a mi regreso, por mucho que me parezca una ciudad como la copa de un pino, sigo con problemas severos de conexión.

Así es que si alguno le apetece oír música celestial, lo mejor es que se mire este capítulo de Españoles por el mundo, que se lea este afinado artículo del bloguero Fran Soler ilustrado con apetitosas fotografías o que se pase por el blog de estos dos españoles afincados en la ciudad (si tenéis alguna otra sugerencia de texto en la red sobre Praga, por favor compartidla). El resto, que no se queje luego si me pongo en plan cebolleta.

¿Qué por qué no consigo acoplarme a Praga?

Antes que nada, pongamos las cosas en claro: que no conecte no significa que no sea capaz de apreciar que se trata de un auténtico tesoro, con su fantástico patrimonio histórico que va de la Edad Media al siglo XX arrastrando por el camino castillos, iglesias, palacios que igual son renacentistas, barrocos o incluso modernistas. Mucha tela. O con su magnífica ubicación y su castillo despampanante a lo alto. Y sus tranvías, ay de sus tranvías. Me quedo con los viejos y ruidosos; los nuevos le restan empaque. Y sus cafés y restaurantes: con estilo, buen llantar y, por qué no reconocerlo, con sus precios que desatan la sonrisa maliciosa de cualquier visitante llegado del oeste. Esto está cambiando, por cierto (que menuda nos clavaron el otro día en un despiste). Llamadme morboso, pero a mi me chifla además su cara menos guiri, allá por donde los barrios de ensanche, donde merece la pena pasear, perderse, comer…

Dicho esto, paso directamente a sincerarme: me cuesta y mucho, por ejemplo, plantarme delante del reloj astronómico y que me aborden trescientos paraguas, cada uno de un color, en busca de un trozo de pastel. Me hace sentir como una especie de euro con patas.

Y, sin embargo, no llueve

Y, sin embargo, no llueve

Peor, en cualquier caso, es cuando te pones en fila para salir de la zona en busca del puente de Carlos. Porque el siguiente destino seguramente sea ese. Falta un señor gritando, no abandonen la fila! No sé si estoy gafado, pero en las dos visitas a Praga (hay que reconocer, coincidentes picos de temporada alta) he tenido la sensación de participar en una carrera popular. La carrera de los calcetines blancos y las chanclas.

Y a ver quien es el guapo que entre tal marabunta de sandalias encuentra un restaurante. Sí, sí, un lugar para comer. Tengo ojos, ya sé que precisamente en el centro histórico y en el barrio del castillo seguramente haya más bares que casas. Ese es el problema, todos con sus cartas escritas en letras gigantescas y muchos de ellos incluso con fotografía de los platos. Yo buscaba otra cosa… Es verdad que saliendo del meollo a un barrio más tranquilo, incluso al antiguo barrio judío, y con la ayuda de, por ejemplo, Tripadvisor, se puede tener éxito.

Lo mismito de los bares sirve a la hora de buscar un café, una librería o una ferretería. En el centro histórico de Praga será misión imposible. A las iglesias y palacios solamente las acompañan restaurantes, tiendas de souvenirs, agencias de turismo o, con suerte, artistas callejeros.

Situaciones todas lógicas si tenemos en cuenta que Praga, una metrópolis relativamente pequeña, está entre las diez ciudades más turísticas de Europa con 4,4 millones de visitantes al año. Los datos no son míos, ni del paragüero (según éste, Praga era “la tercera ciudad más visitada del mundo”), lo dice Master Card en su último informe sobre las urbes más visitadas del planeta. Imagino que igualmente tendencioso pero a tener en cuenta.

Desahogado, confieso que en realidad lo mío con Praga es más bien una rabieta, un mucho ruido y pocas nueces. En el fondo sospecho que nos llevaríamos muy bien si pasásemos una temporada juntos, aunque sacar oro de allí en una escapada de fin de semana me resulte muy complicado. Igual a la tercera (para entonces intentaré probar con temporada baja) va la vencida.

Como apéndice, unas fotos que no aparecen en el catálogo de publicidad:

praga_reloj2

Estar plantado como un muñeco frente al reloj astronómico y que te canten el Hare Krishna. No tiene precio

praga_furgo

Ésta es la furgo que yo quiero

praga_muro_lennon

Praga también tiene su muro (el de John Lennon)

praga_villa_mueller

La Villa Müller: ar-qui-tec-tu-ra (con el sello de Adolf Loos)

praga_fred_ginger

Fred y Ginger. Más arquitectura (de Frank Gehry), menos secreta

*Nota para el viajero
Si os interesa la arquitectura no dejéis de visitar la Villa Müller ni el Dancing Building, aunque sea por fuera.

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