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Barreras invisibles

Aunque trabajaba para una multinacional como oficinista, Renata tenía callos en las manos. Era menuda, casi frágil. Su rostro, en cambio, transmitía mucho poder. Tenía los ojos verdes y una sonrisa eterna, de las que uno no consigue zafarse. Se deslizaba por el suelo adoquinado con asombrosa facilidad. Era una de esas personas que no protestan, sino que se adaptan a la situación y actúan. A Renata le molestan los escalones gratuitos, los bordillos infranqueables, los trenes inaccesibles. No son imprescindibles, pero le coartan la libertad. Renata anda en silla de ruedas y, desde que la acompañé a Salzburgo, a mi también me molestan las barreras invisibles que nos impone la ciudad. Muchos no lo sabemos porqué no las vemos, pero ahí están. Solamente hay que abrir bien los ojos y mirar como lo hace Renata. Las observaremos y sabremos que sobran.