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Múnich. Por no tener no tenemos ni carteristas

Me levanto por la mañana y salgo de casa a toda prisa. Me esperan 30 minutos de bici a pijo sacao hasta la puerta del hotel. Llego justo a recoger a mis turistas pero llego. Salgo por la puerta y me voy directo al aparcamiento de bicicletas del edificio, en el patio trasero. Al llegar delante de la bici saco las llaves del bolsillo y, mierda, ¡ni puta falta que me hacen! ¿No está la bici? Nein, esto es Múnich y a estas horas eso no lo veo muy probable. Lo que sucede es que he vuelto a dejar otra noche más la bici durmiendo a su bola.  Sin pasarle el candado, vamos. No quiero pensar lo que hubiera sucedido si la aparco sin cerrarla en mi pueblo o en el del lado, pero da igual, cojo un rebote de dos pares de narices. ¡Qué desastre de ciudad! O todo lo contrario y, por tanto, ¡Jesús, qué coñazo! Te dejas la bici en oferta toda la noche y no son ni para mangártela. ¡Pero qué rebién!, debería de pensar, ¿no? Es lo que pensaría, de hecho, cualquier otro día, pero hoy estoy tocanarices y me cabreo de todos modos porque esto es un pueblo muermo en el que nunca pasa nada y estoy hartito de que nunca pase nada. Con suerte discutes un rato con una señora pedante que te abronca por cruzar un semáforo en rojo, a lo mejor te cae una multilla… und? Insuficiente. ¡Frustrante! Por no tener no tenemos ni barrio chungo, hace meses que no huelo a porro al caminar por la calle y ni me acuerdo de qué cara tiene un perroflauta. Estoy harto de encorbatados, de hipsters y de tiquismiquis… De hecho, empiezo a pensar que todos ellos me están fagocitando. Eso sí, voy pensando toda esta movida sobre la marcha, sin dejar de pedalear un segundo que llego justito. Entro en meta según lo previsto y recojo a mis sudamericanos en la recepción. “Buenos días”. “Buenos días”. “Antes de empezar necesitamos un favor”, me dice la señora. “Lo que sea”, faltaría. “Queremos ir a la oficina de objetos perdidos, nos han avisado por mail de que han encontrado nuestras pertenencias, las dejamos olvidadas en un lugar público hace un par de días y parece que han aparecido”. La mujer me da el discursito pero no sé fía ni un pelo de que sus cosas hayan vuelto. “Esto es Múnich, todo es posible”, le digo, así es que nos vamos directitos al Fundbüro. Es mi primera vez, me encuentro una oficina algo menuda pero aséptica, llena de funcionarios de corrección absoluta como no podía ser de otra forma. En las paredes del pasillo central hay media docena de paneles de los que cuelgan cientos de juegos de llaves, todas etiquetadas. Unos cuantos muniqueses les echan un vistazo en busca de sus pertenencias, alguno parece más bien un cazatesoros. No dan turno, pero te asignan dependiente según estricto orden de llegada. Después de media hora haciendo tiempo por fin nos toca, nos recibe una señora con su peinado impecable, su alemán impecable, su mesa y sus cosas más impecables todavía. “¿Qué desean?”, nos pregunta a lo que tengo que responder yo mismo, pues nadie más habla alemán en la sala, ni aunque fuera mal. Entiende rápidamente que si estoy aquí es para traducir, aunque la cosa no va exactamente conmigo. Así es que paso a ser la referencia de la reunión, que se convierte en un partido de tenis. ¿A que me pasan cosas? Hay quien ve a la Virgen y estamos quienes alucinamos de otro palo. En fin, después de un rato de preguntas pertinentes y obligatorias viene la cuestión clave: “Gafas de sol, monedero, pasaporte, carnet de conducir, ¿cuánto dinero dice usted que tenía en la cartera?”. Antes de escuchar la respuesta nos quedamos todos pasmados –no es que han encontrado la mochila, ¡es que ha aparecido con la pasta dentro!–, pero la contestación de la afectada es lo que de verdad me deja boquiabierto. “Novecientos euros, doscientos dólares, unos cien francos suizos y una cantidad que no recuerdo en moneda local de mi país”. ¡Joder! Ahora sí que necesitaría una cervecita fría… estoy sudando en pleno mes de febrero. Traduzco flipando, para qué nos vamos a engañar.  Y ahí va la respuesta final de la funcionaria: “En efecto, tiene usted razón, vamos a proceder entonces a la devolución”. ¡Sí señor! ahora sí que sí Múnich me acabas de dejar con los huevos colgando. Proceden al retorno del cash, lo que supone, hay que decirlo, otros cuarenta minutos de trámites burocráticos. No podía ser todo perfecto. Hablando de desperfectos, en el camino de la devolución se quedan desperdigados ciento sesenta euros, en forma de tasas y finderlohn. De esto último, que es también pero que muy flipante, prometo dar cuenta (y muy ácida) otro día. Ahora me voy de tour, que para eso había venido yo hoy aquí.

*Nota final
Ahora vendrá fulanito y me contará que conoce a alguien a quien le robaron una vez en el metro en Múnich, ya, y yo conozco a una prima de un amigo de mi amiga que una vez dejó la bici sin candado en la puerta del súper y se la fanaron. También sé de una pareja que vive en Madrid y tienen dos gatos y una perra. Por la noche suben las dos bicis, que también tienen de eso, a la terraza del comedor porque no encuentran cerradura en este mundo que garantice que, si las aparcan en la calle, habrá un mañana. Esto es hoy así, y ni los muniqueses son mejor que los madrileños ni viceversa. Pero si el asunto no cambia, y espero que así sea, todo esto me seguirá pareciendo cojonudamente bueno. Una suerte para los que aquí habitamos.