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El recuerdo del señor Pepe

Tenía unos setenta y cinco años, aunque sus cabellos blancos, su piel arrugada y su espalda encorvada apuntaban en una dirección diferente. Era, en todo caso, su mirada en demasiadas ocasiones perdida, la que lo hacía parecer definitivamente mayor. El señor Pepe era un hombre alto, cuyas manos grandes de dedos infinitos ocupaban una parte central de su personalidad. Todavía no sabía por qué, pero su tendencia a apoyarlas sobre su pecho, con los dedos entrelazados, me lo hizo sospechar desde el primer momento. Su mujer, Angelita, era una señora entrañable de conversación ininterrumpida, cuyos ojos enormes y su tendencia a la sonrisa hacían más llevaderos sus discursos inconexos. Se pasaron juntos, sin separarse un segundo, toda la semana. Posiblemente así haya sido durante décadas y así lo sea hasta el final de sus días. El despiste del señor Pepe era mayúsculo. Tanto, que cada día me preguntaba dos veces dónde estábamos. Una antes de salir del hotel, y otra antes de llegar. También me preguntaba muchas otras cosas, que olvidaba al instante. Incluso obviedades, como qué habíamos visto un rato antes, qué íbamos a comer (o qué había comido) o incluso por su compañera de habitación en la próxima parada, sin lugar a dudas su esposa Angelita. Sospecho que el señor Pepe no advirtió la mezquindad de nuestro chófer, Leonardo, un castizo más chulo que un ocho, y pícaro como Lázaro. Una semana entera nos paseó fumando al volante y dando volantazos injustificados sin ton ni son, hasta el punto que en uno de ellos desparramó, en un acto de inconsciencia que no viene a cuento, gran parte de nuestras maletas en medio de una de las calles más concurridas de Múnich. De ello, estoy seguro, no les hablará el señor Pepe a sus nietos cuando regrese a su querida ciudad de Ceuta. Tampoco advirtió, el señor Pepe, la categoría, o falta de la misma, de los hoteles en los que nos alojamos, o la poca variedad de los menús que degustó, los cuales, como he contado, olvidaba a los pocos segundos de acabar con el postre. Maldición. Llegué a cuestionarme qué diablos hacían aquellos dos pobres ancianos entre nosotros, paseando sin rumbo, a pesar de mis esfuerzos, por Alemania. Una noche, de repente, todo cambió. Al salir de la cena en el pomposo comedor del hotel, el señor Pepe se detuvo un instante, y se volvió hacia mí, desnortado como siempre. “Querido Jordi, acabo de advertir que en aquella esquina hay un piano de cola. Te ruego vayas a recepción y preguntes si podría tocarlo”. “¿Cuándo?”, le pregunté. “Ahora mismo”, me respondió. Acudí a recepción, eran más de las diez de la noche, de un día entre semana, por lo que pregunté aquello por compromiso, sabedor de que la respuesta iba a ser un no alemán. Es decir, una negación innegociable. Para mi sorpresa, la encantadora recepcionista en servicio me contestó sin dudarlo con un “por supuesto, aunque solo si el caballero que quiere tocar el piano tiene los conocimientos necesarios como para no molestar a nuestros huéspedes”. Menuda papeleta, pensé. Regresé entonces donde el señor Pepe, acompañado por Angelita y un grupo de amigos. “Puede usted tocar el piano“, me arriesgué. Y salí por patas hacia mi habitación, antes de que aquella anécdota se convirtiera en un problema. O mejor dicho, en mi problema. Cuando llegué al dormitorio, fue tras lavarme los dientes y emprender mi lectura de cada noche, cuando lo comprendí todo. En un primer momento pensé que había conectado por error el hilo musical, pero pronto advertí que lo que se filtraba por las paredes era el concierto que el señor Pepe había arrancado dos pisos más abajo. Nadie en el hotel osó protestar por aquella música, celestial, interpretada por un anciano que resultó ser un profesor de piano retirado que había olvidado casi todo, menos la delicadeza con la que era capaz de interpretar aquellas y muchas otras notas. Entonces, repito, comprendí. Comprendí que el señor Pepe y, especialmente, su querida Angelita, volverían felices a casa, y les contarían a sus nietos aquel pequeño concierto que había ofrecido su abuelo en Heidelberg. Aquello no lo iban a olvidar, estoy seguro, pues es lo único que el bueno de Pepe me recordó en los últimos días de nuestro viaje juntos, hasta nuestra separación al final del mismo. Es mucho más de lo que se llevan a casa muchos de los viajeros que por aquí pasean, a menudo incapaces de memorizar ni uno solo de los sitios que visitamos, de saber si han tomado tal foto aquí o allá, perdidos como andan en busca de la enésima imagen efímera para su perfil de Facebook, o de una habitación de hotel en la que la moqueta sea de su color preferido, los caramelos sean de menta en vez de clorofila, o la alcachofa de la ducha se eleve ni mucho ni poco, sino lo justo y necesario, por encima de sus cabezas. Estos, tan lúcidos, andan tan o más perdidos que el señor Pepe, sin su concierto de piano.

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