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Jugando con fuego

Más de un lustro en Múnich hace que vea las cosas de otra manera. Ha dejado de parecerme el paraíso, la del puesto 4 en la lista Mercer (que, por cierto, ahí sigue en el ranking de 2016)… ahora es simplemente mi ciudad, una urbe enferma de polución como todas, cada vez más sucia, a día que pasa más estresada, que ha pasado de cara a carísima, y que además está llena de alemanes malcarados (eso ya lo veía el primer día) que me ponen de los nervios (eso sí que es nuevo), porque cuando gruñen entiendo lo que dicen. A todo esto, escribo esto mientras leo en el periódico dos noticias del día que ya no son noticia: un aviso para que nos preparemos para una gran obra que va a colapsar durante cinco años una de las principales estaciones de metro; un segundo aviso, este de urgencia, porque un incendio ha obligado a cerrar el stammstrecke en el S-Bahn. El caso es que el desastre del transporte público de Múnich (léase metro y tren de cercanías) merece un capítulo a parte, y yo además me he propuesto postear hoy de unas pruebas empíricas mías de resultado bastante más feliz. Esto va también de tópicos y de lo mal y lo bien que se vive aquí, pero en concreto del tema seguridad, y en modo vivencias en carnes propias. Relato en formato #cientocuarentacaracteres, titulado Jugando con fuego: miércoles por la noche, vuelvo a casa con la bici, a la carrera, tarde, con ganas de ver a Mariola y Aitana (no hagáis caso del orden de prioridades, es un ejemplo); aparco en la puerta y tiro corriendo para arriba, besos, cenamos, la tele y a sobar en el sofá (rutina); jueves por la mañana, nos levantamos, desayunamos y me pongo a leer el periódico en el…; mierda, ¿y el iPad?…; ¡mierda, mierda, mierda! me lo dejé anoche en la mochila, enganchado en el portacestas de la bici (sí, me lo dejé en la puta calle); tiro para abajo de un salto, en pijama, pelazo, legañas, casi descalzo…; ufffff, aquí está, sano y salvo, todo: la bici (candada), la mochila, el iPad…; subo para arriba, acabo desayuno, me lavo, tiro en bici con Aitana a la guarde; desengancho el carro de la bici, la dejo en clase, me vuelvo a casa (ya sin el carro); cuatro de la tarde, regreso a por Aitana al cole, la recojo, busco el carro de la bici (aparcado en la calle)…; ¡mierda, mierda, mierda! esta mañana he dejado el carro de la bici, (cuesta un pastizal) sin candado, todo el día, en la calle; por cierto, el carro de la bici, sin candado, sigue en el mismo lugar donde lo dejé esta mañana; ya van dos; en fin, engancho el carro a la bici, tiramos para casa, llegamos…; ahora sí que sí, saco el carro y lo guardo en el garaje bien candado, que lo que no han mangado los vecinos del barrio me lo van a mangar los vecinos del edificio (propietarios, setentones, con cuatro veces más pasta que nosotros… muy necesitados, vamos)…; una tarde más en la oficina: jugamos, merendamos, cenamos, vemos la tele, sobamos en el sofá…; por fin es viernes, y volvemos a la rutina: desayunamos, saco el carro de la bici a la calle, busco la bici, engancho el carro…; ¡mierda, mierda, mierda! ayer por la tarde olvidé cerrar con candado, esta vez ¡¡¡la bici!!! (y en la calle); nada, que ahí está la bici (que olvidé candar anoche), como el carro (que olvide candar ayer por la mañana), como el iPad (que olvidé en la calle la noche de miércoles)… Fin del relato empírico, que además es un cuento de empirismo verídico, de despiste total. Felizmente acontecido en Múnich. Por cierto, para acabar de teñir esto de melodrama, tengo que deciros que no nos vengamos arriba. Hace unas semanas, el empirismo de un colega residente en el mismo barrio que yo me hace constatar que no siempre es igual: igual te dejas la bici debidamente cerrada con candado en la puerta de casa, y a la mañana siguiente resulta que te la han mangado. Que también pasa.