De saunas y paletos

Hoy el cuerpo me pide anécdotas. Y como soy más bien de pueblo, no me faltan. Hace unos días, sin duda, vivimos una de las más divertidas desde que estamos en Múnich.

Pelín ansioso por pasar mis primeras vacaciones de Pascua lejos de familia y amigos, no sabía como compensar a Mariola y a mi mismo por los anhelos. Ya tenía ganas de probarlo, así es que consideré el Domingo de Pascua como el mejor momento para acercarnos a la piscina y los baños públicos Mullersches, seguramente los más célebres de la ciudad.

Por si me lee algún despistado (o algún forastero), los Mullersches Volksbad ocupan un precioso edificio modernista junto al mismo río Isar, desde donde han venido prestando servicio durante más de un siglo. Dos bonitas piscinas, así como una zona de spa con sauna finlandesa, baños romanos, de vapor… Sin duda es la arquitectura de la instalación lo que me atrajo a visitarla; para nada es por lo que os escribo ahora.

Volvemos a nuestra historia. Ya sabéis que soy casi paleto por lo que, aunque muy viajado, nunca dejo de sorprenderme. Eso fue lo que me ocurrió el otro día.

Después de rebuscar entre el armario a la caza de un par de bañadores, aprovechamos la rebaja en el precio de la entrada para las últimas tres horas y pusimos rumbo a los Mullersches – cómo somos, siempre con las ofertas-.

Todo empezó fantástico, relajante baño en agua tibia en las piscinas cubiertas, en pleno mes de abril. Empapados y arrugados como garbanzos, al final decidimos meternos en harina. Es decir, que nos fuimos para la sauna. Fue poner el primer pie en la terma cuando nos cogió por sorpresa la costumbre germana en la materia… y con ella la risa.

“Disculpe señorita, en esta sauna no se puede venir con ropa de baño. Solamente se permiten toallas”. Es lo primero que nos dijo nuestro compañero de habitación, un señor bávaro de mediana edad que nos saludó, literalmente, en bolas.

A parte de risa, no os oculto que nos entró la vergüenza, aunque por nada del mundo estábamos dispuestos a volver a casa con una mano delante y otra detrás. Así es que nos abrigamos en nuestras, por suerte enormes, toallas de baño y volvimos a entrar de nuevo en la zona desnuda, esta vez como recién llegados a este mundo.

De lo que sigue, casi mejor os digo que no recuerdo nada, que vendría a ser como deciros que intenté centrarme en lo mío y disfrutar de la tranquilidad y el relax del tradicional spa.

Así terminaría nuestra primera sesión de aproximación al mundo de la sauna en Alemania, entre risas y toallas empapadas. No nos alcanzó para entrar en la piscina de hidromasaje. Eso, a la otra, que al país hay que hacerse poco a poco.

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