Un poco más alemán

Ayer dí un paso adelante en mi proceso de germanización. O eso creo yo. Hace un par de días que recibí mi flamante bicicleta, encargada como no podía ser de otra forma a través de internet usando un comparador de productos. Pero eso no es nada. El caso es que mi bici, atrás queda la vieja betuin que tan buen servicio ha prestado hasta la fecha –portada incluida–, es desde ahora una elegante señora velocípeda a la que no le falta detalle. Anoche mismo, de estreno bajo la tormenta, pisaba todos y cada uno de los charcos de la ciudad sin que mis pantalones se resintieran lo más mínimo, gracias a dos completos guardabarros. Y eso por decir algo, como que no me hizo falta hinchar las ruedas antes de salir de casa, si bien no hubiese sido un problema al llevar incorporada la máquina, de trekking, un bombín plegable. Ya de noche cerrada, camino de regreso a casa, estrenaba incluso las luces con dinamo, en plan Verano Azul, sin preocuparme absolutamente nada por colocar la iluminación o las pilas. Nada de rehuir a la politzai por las sombras como los piratas. Ahí es nada. Por no hablar de mi caballete, si no me lo cargo un día de estos, jamás tendré que volver a apoyar mi bicicleta en la pared. ¿Estoy alemanizándome o no? Por tener, el nuevo biciclo tiene hasta talla, la 55, que resulta me viene un pelín grande. No hay problema. Increíblemente, es una bicicleta inglesa, no podía ser todo perfecto. No soy tan germano. De hecho, seguramente al leer este post habrá un montón de españolitos que entenderán mis pensamientos como una chorrada, pues ellos disfrutan de aparatos similares con caballete, guardabarros, timbre, accesorio para cesta, luces de dinamo o bombín incorporado. No era mi caso. Yo más bien he sido toda la vida de los de llevar la bici cochinilla, con la cadena para engrasar, las ruedas medio vacías y la luz de detrás fundida por falta de batería. Será difícil olvidar los días de lluvia pedaleados en Múnich: imposible evitar ponerme perdido de camino a alguna cita importante. Eso se acabó. Me queda por explicar un detalle que sacará de dudas a todos aquellos escépticos que están dudando a estas horas de la evolución en mi proceso de alemanización. Amigos, he comprado mi bicicleta –ha sido un suculento regalo pero como si lo hubiese hecho– a final de temporada, aprovechando con ello un descuento de varios cientos de euros. Ja wohl! ¿Qué más pruebas necesitáis? Aunque sigo saliendo de casa con el tiempo justo, por mucho que no pueda evitar saltarme un par de semáforos en rojo a la semana, aunque adelante de tanto en tanto por la derecha del carril bici o hasta me suba a la acera para hacerlo, el proceso es imparable. Nunca llegaré a ser uno de ellos –espero–, eso está claro, pero parece que empiezo a disimularlo con soltura.

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