Los paisajes de Charles Brooke

Cuando James Brooke se adentró en el río Sarawak a su paso por Borneo en 1838 llego, sin saberlo, para quedarse. Para entonces Kuching debió ser poco más que una longhouse habitada por un grupo de aborígenes insurrectos, hartos por algún lógico motivo del sultán de Brunei. Lo imagino maravillado por aquel paisaje de manglares, llegando desde el mar de China meridional y penetrando en la selva entre terrenos fangosos repletos de cocodrilos y reptiles de toda condición. No hay duda de que, el futuro rajá blanco, detuvo su barco cerca de la península de Santubong, para admirar sus cimas sobre el océano, o quizás cerca de Bako, donde a buen seguro hubiese quedado maravillado con la presencia de un buen puñado de monos narigudos. Y la jungla, con sus kilómetros y kilómetros de vegetación impenetrable, desconocida a los ojos de un ser acomodado como era y es el europeo. Sonidos, más bien ruido, sudores, humedad y tormenta, hasta miedo, veneno puro y mucho más, laboratorio farmacéutico. Ya lo siento, pero nosotros hemos llegado demasiado tarde, casi dos cientos años después que sir Brooke. A estas horas Kuching ha dejado de ser una idílica y remota aldea para convertirse en una industriosa ciudad que se debate entre seguir creciendo y preservar aquello que la hace especial. 600.000 habitantes tiene la cuarta ciudad de la federación malaya, mucha gente joven entre los que se cuentan tribus urbanas tan dispares y alocadas para latitudes ecuatoriales como los mods, los rockeros o los geeks. Los conocimos, a alguno de ellos, en sus conciertos nocturnos improvisados, no siempre a la altura, en pleno paseo fluvial. Bullicio nocturno a un lado, Kuching no ofrece al viajero, o no lo hizo para con nosotros, mucho más que un cuartel general desde donde partir hacia la naturaleza más pura. A veces incluso enfada, y pido perdón por ello, pero no acabo de comprender como es posible que en ciudades como ésta, tantas, afloren carísimos palacios a escasos metros de asentamientos primitivos, chabolísticos, en los que todavía se aguarda la llegada del agua potable o los servicios más básicos. Como siempre, estos paupérrimos barrios ofrecen, en cambio, las mejores sonrisas. Por suerte, hay vida, y todavía
mucha, más allá de la capital de Sarawak. Tanta que a uno le faltan días para recorrer todos los pedazos de selva que se conservan casi intactos. Increíble el parque nacional de Bako, donde permanecen los monos, los reptiles, las playas vírgenes y los manglares campando a sus anchas para suerte del viajero. Otro día quizás narre nuestro encuentro con los monos narigudos, o quizás lo invente soñando con el señor Brooke, pero no será esta noche, a riesgo de perder uno de los trenes más importantes de este viaje (es la una de la mañana, hora local; a la seis nos recogen para nuestra siguiente y apasionante etapa de dos días en la montaña).

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