Pulau Perhentian: verdadero paraíso perdido

Hace aproximadamente un año desembarcábamos en la idílica Ko Tao, una de tantas islas perdidas en el mar de la China meridional, morada de tortugas, reclamo de submarinistas, sueño de mochileros como tantos lugares en la fantástica y maltratada Tailandia. Recuerdo perfectamente el desembarco en el muelle, entre prisas, chanclas de imitación, empujones y grandes mochilas. Llegamos juntos tres o cuatro barcos de varias plantas, llenos todos de occidentales achicharrados al sol tras varias horas de trayecto desde la vecina mayor, Ko Samui. Al bajar de los botes, decenas de transportistas y comerciantes locales nos aguardaban como si fuésemos corderos camino del matadero. Me acuerdo que tan pronto pusimos pie en tierra firme empezaron a gritar: “Tuk-tuk!”, “best resort!”, “cheap-cheap!”, entre otros. Rutina habitual en los puertos de las islas tailandesas que, sinceramente, esperaba repetir ayer mismo a nuestra llegada a la denominada isla grande de Perhentian. Nada más lejos de la realidad, y ya son varias las sorpresas agradables que me regala Malasia. Quizás sea el haber venido al inicio de la temporada —literalmente las dos islas, habitadas por un millar de lugareños, cierran durante enero y febrero por el monzón—, pero lo cierto es que ayer embarcamos en tierra firme en una lancha junto a una decena de turistas para apearnos unos minutos más tarde —estamos a unos kilómetros de la costa— Mariola, yo y nuestras mochilas, pues ninguno de nuestros compañeros de viaje lo hizo en el mismo lugar. La sensación fue como si nos halláramos en un pueblo perdido en medio de la nada. Un momento, no es ninguna mentira afirmar que nos hallamos en una isla perdida, esta vez sí, en medio de la nada. Eso es a grandes trazos y a día de hoy —ojalá que les dure— este lugar, un conjunto de isletas en las que no hay una sola carretera ni camino asfaltado, o cuyos únicos vehículos a motor siguen siendo las pequeñas embarcaciones que igual se usan para pescar, como taxis acuáticos o como base de operaciones para los aprendices de submarinista. A nosotros nos queda lejos esa etiqueta, pero lo cierto es que hoy hemos debutado asomándonos bajo el agua, para empezar con gafas y tubo. Habrá quien ría a carcajada suelta al leer semejante tontería —la de comparar el snorkeling con el buceo—, no lo es tanto, ya que resulta que las Perhentian son uno de los mejores lugares del planeta para disfrutar de la fauna y la flora submarina sin la necesidad de sumergirse a gran profundidad. Y qué criaturas. Hasta el punto que hemos compartido baño matutino con un par de tiburones de arrecife, algunas rayas, tortugas verdes y decenas de bancos de peces de colores, escondidos de mala manera entre el coral. Un espectáculo, por lo que, a pesar de nuestra grandísima ignorancia e inexperiencia, hemos decidido que mañana repetimos curso con el amigo Sou. A él le debemos el baño junto a los escualos —si no de qué— y un montón de explicaciones que nos han permitido conocer un poquito su paradisíaco hogar. Para nosotros, desde el respeto, las Perhentian no dejan de ser un maravilloso lugar donde evadirse de la rutina y tostarse un par de días al sol. Dos islas y varios peñones repletos de calas salvajes flanqueadas por la selva en las que rara vez se coincide con alguien. Pero son mucho más y ha sido bueno que nos lo hayan hecho saber. Estamos en casa de pescadores, marineros musulmanes, gente que adora lo que tiene, un pueblo que se debate entre embriagarse a base de ese brebaje llamado turismo o plantarse en la tercera copa. De momento se les ve aguantando el tipo, para suerte del viajero, lejos de agarrarse una cogorza a la tailandesa. Los resorts, por ejemplo, se reducen todavía a una docena de grupos de cabañas junto a la playa, cuyos servicios son afortunadamente básicos pero no baratos. Esto es, lo suficiente como para ahuyentar a partes iguales a adinerados turistas en busca de lujo asiático y a mochileros sedientos de barra libre por cuatro chavos. Pero no todo son buenas noticias. Según hemos podido saber, nuestro hotel —Abdul’s Chalet— es uno de los pocos establecimientos gestionados todavía por un empresario local, pues los pudientes inversores de la capital y de más allá —China, para más señas— parecen haber descubierto el potencial del lugar, por lo que han comprado ya varios hoteles. En fin, después de 24 horas aquí me atrevo a decir que nos sentimos relajados y felices como hacía mucho tiempo hasta tal punto que ni siquiera añoramos las cervezas que no nos sirven en el bar —por tratarse de un alojamiento musulmán—, o que no nos limpien la habitación por las mañanas, ni que los mosquitos sean como cucarachas, ni siquiera que el aire acondicionado de la cabaña no funcione. Nada de ironía, simple realidad, pues el auténtico disfrute de la naturaleza pura, del sol caliente del marzo tropical, de las playas de arena blanca y agua cristalina, de la mejor de las compañías, del silencio o de un verdadero plato de pescado fresco están compensando todas las carencias. Con mucho.

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