Año Nuevo: dos deseos y un apunte

Entre los propósitos de Nuevo Año tenía en mente arrancar 2018 con un breve post en el Quadern. Cada vez me cuesta más encontrar un hueco para dejar aquí cuatro notas, no es ningún secreto. Maldito trabajo; bendita Aitana. Faltaba el tema. Prometo que no inventaré nada. Nunca invento nada (de lo que aquí escribo, ojo). Veamos. O estoy gafado, o soy un afortunado, o juego con fuego… o de todo hay un poco. El caso es que  empiezo a pensar que debería de cambiarle el nombre a este blog, ya tardo. Anoche llegamos a Múnich después de doce días combinando a saco abrazos y besos a seres queridos, largas siestas, turrones, gambas y gintonics. Una bomba, aunque ese no es el tema ahora. Aquí, en casa (son seis años en Múnich; esto es nuestra casa) hemos empezado el año con las pilas cargadas y, diría, con buen pie. De momento, solo he salido a la calle una sola vez y, a mediodía, escribo estas líneas todavía sin quitarme el pijama, ni las legañas. Pero ha merecido la pena pisar la calle esta mañana. Nada de nieve ni una mañana bucólica, un día aciago de viento asqueroso, escaso de frío. He bajado a algo tan poco agradable como tirar al contenedor la montaña de envases acumulados en casa. De regreso, como no, he pasado por delante de las bicis. Ya sabéis que el tema bicicletas me puede. He fijado la vista en las nuestras, la de Mariola y la mía. Los que me conocéis, o los que habéis leído alguna vez mis pensamientos en voz alta en este blog ya podéis imaginar lo que viene a continuación… No vais mal encaminados. Que sí, que he vuelto a olvidar cerrar la bicicleta con candado. Y ahí estaba, como siempre, aparcada en el mismo lugar donde la dejé hace dos semanas. Dos semanas! Puedo decir, de hecho, que esta vez he batido mi propio récord. Casi medio mes en plena calle, sin candado, una bici chula, “en oferta”, al mejor postor, y nada, que no me la roban. Así las cosas, he subido a casa feliz como una perdiz. Eso sí, no sin antes cerrarla con llave, que hay mucho mangui suelto. Antes de terminar la historia, aprovecho para pedirle al 2018 dos deseos: el primero, que Múnich siga así de bien, o mejor, si fuera posible. El segundo, que mi disco duro se acuerde de tanto en tanto de avisarme que al aparcar la bici en la calle, a la puerta de casa, no estaría de más cerrarla con candado. Ya de paso os dejo un comentario final: “tú, el del fondo, no pienso decirte donde vivo, ni en que esquina aparco mi bicicleta. Goloso, que eres un goloso”.

 

 

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