Un sábado cualquiera en Múnich

Sales a la calle un sábado, normal y corriente. Si puede ser, aprovechas el sol y te das un paseo en bicicleta. Lo más fácil es encontrarte al doblar la esquina con una placeta repleta de mesas y bancos de madera, y a cientos de personas brindando por la buena vida, en formato Gemütlichkeit. Si te descuidas, hasta el McDonald’s participa del evento. Te metes en el centro de a ciudad y te atropella un avalancha de gente, la mayoría turistas y entre ellos una marabunta de despedidas de solteros y solteras. No faltan ni los Dirndl ni los Lederhosen. A éstos últimos los he llegado a ver hasta en un concierto de música rock, tirando al ska. Así son los radicales en Baviera. Pero no acaba la cosa ahí, un sábado en Múnich da para más. También para la visita al mercado, o al mercadillo. Los Flohmärkte son deporte nacional y el lugar donde se compran las gangas auténticas. Algunas asquerosillas, lo reconozco; otras cojonudas, no miento. Hace unos sábados Mariola se mercó un par de jarras de cerveza de porcelana, cosa fina. Baratas, por supuesto, tras el regate. Y antiguas. Algún día caerá un bicicleta, a poder ser una Hercules. Si el sol calienta, un día de fin de semana da además para chapuzón en el río, fantástico. El agua, congelada. Y limpia. El chapuzón puede ser en el Isar; en el Eisbach, en pleno Jardín Inglés; o, con mucha suerte, en un lago alpino. Al final del día, las piernas no acompañan y el pedaleo, de vuelta a casa, se ralentiza. Solo si quedan fuerzas, toca cena. En bareto, restaurante o cervecería. Será por cervecerías.

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