¿Y tú, qué día lloraste?

Fidel Castro, en la sierra cubana en 1959. /WEB

Fidel Castro, en la sierra cubana en 1959. /WEB

Ayer estuve hablando con Raúl. De cigarros y otras cosas. Tres encuentros y medio tuvo con Fidel, mucho tiempo atrás. La primera vez no se trató sino de una aproximación. Raúl, un adolescente cuyo reloj biológico funcionaba con asombroso adelanto, había sido enviado a Louisiana por su padre a finales de 1956, con el único propósito de tratar de evitar lo inevitable: que se sumara activamente a una Revolución en ciernes que pedía a gritos el derrocamiento del tirano Batista. Como excusa casi perfecta, Raúl tomaba clases de inglés en los Estados Unidos de América y fue allí donde se convirtió en un lector empedernido, conectado a la realidad a través de su periódico favorito, el New York Times. Cada día lo releía varias veces mientras apuraba los últimos sorbos de su café aguado. No fue diferente aquel 17 de febrero del 57, que hubiese sido un día más en su vida si no hubiera aparecido en la portada del diario el joven guerrillero de poblada barba. Fidel Castro, al que se daba interesadamente por muerto, se había entrevistado con el periodista Herbert Matthews en algún punto escondido de la sierra Maestra para dejar su rúbrica en el rotativo más influyente del planeta y decirle así al mundo entero que había desembarcado en Cuba para quedarse. Raúl, me contó, no pudo evitar que el espíritu rebelde prendiera entonces un poco más en su consciencia, hasta el punto que decidió regresar a casa y pasar a la acción. De ahí al segundo encuentro con Fidel, esta vez en carne y hueso. Un mes entero esperó Raúl a lavar la camisa, después de que una tarde de verano se cruzara por azar con el guerrillero en medio de la selva tropical. “Hagan posible lo que parece imposible”, le espetó Castro antes de pasarle la mano por el hombro y reclamarle su ayuda directa para tratar de hacer realidad los sueños compartidos por tanta gente. Solamente de esa forma se explica la gran implicación de Raúl, que ingresó ilusionado en la Universidad de la Habana unos meses más tarde. Poco después y casi como una premonición, Fulgencio Batista decidiría abandonar a medias una partida de póker en la Nochevieja de 1958 para huir a toda prisa de Cuba en dirección a Santo Domingo, dejando paso libre a una Revolución que por entonces hacia dudar a muy pocos e ilusionaba a muchos más. Raúl, estudiante de derecho, mantendría todavía durante un tiempo los anhelos intactos, incluso tras el segundo encuentro con el líder, esta vez en una humilde sala de la misma Facultad de Derecho. Incauto, en esa ocasión tuvo la osadía de preguntarle a Fidel por las necesidades revolucionarias en la materia que le ocupaba: “¿Y no han pensado ustedes en dedicarse a la Agricultura?”, obtuvo por extraña respuesta. El tercer y último cruce directo entre ambos personajes tuvo lugar a mediados de 1959, en una tribuna instalada en la misma plaza de la Revolución con motivo de un multitudinario desfile conmemorativo. Increíblemente, Raúl fue requerido esa tarde por el comandante para hacer valer su conocimiento de la lengua del imperio y trabajar así espontáneamente al servicio de la patria, como intérprete para un grupo de pintorescas autoridades extranjeras. ¿Por qué no hubo mas entrevistas entre Raúl y Fidel? Mi amigo no me lo contó, aunque el devenir de su historia no pide aclaraciones. Según pude saber, Raúl no era un comunista al uso. Indudablemente progresista, él era en realidad un rojo con la cruz colgada al cuello. Es decir, una persona cuya fe era equivalente a su esperanza de vivir en un mundo más justo, cuyo pensamiento, sin embargo, estaba tan lejos de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas como lo estaba, en lo geográfico, su pedazo de tierra. Ese fue seguramente su gran error, pensar que la distancia entre Cuba y la URSS era mucho más grande de lo que en realidad era, o iba a serlo. Para cuando se dio cuenta de que lo suyo en la Revolución cubana no había sido sino una derrota, Estados Unidos había desembarcado en Bahía de Cochinos y su nombre apareció en una lista negra sin que ambas cosas guardaran una lógica relación. Engullido por una áspera realidad, Raúl, quien había estado en Nueva York por primera vez el 8 de noviembre de 1960 en un viaje que lo alineó con la Historia de forma fortuita –ese día resultó elegido John F. Kennedy como presidente norteamericano–, decidió que su hora de partir había llegado. Como si su destino estuviera escrito, nadie preguntó por él al colarse en aquel avión rumbo al norte. Ya en el aire, convertido prácticamente en un apátrida, Raúl lloró aquella mañana de mayo de 1961 como hacía mucho tiempo que no recordaba. No me lo aclaró, pero puede que no haya sollozado tanto en su vida como aquella vez. Ayer hablé con él de todo esto, y de cigarros. A sus setenta y pocos, aguarda ansioso el momento de fumarse uno frente al malecón, con suerte, antes del próximo verano. Cinco décadas después, por fin, pues los puros en Manhattan no saben igual de bien para un caribeño. Ya vacío, antes de despedirnos, Raúl me miró anoche a los ojos y me dijo: “Ya conoces mi verdad, pero tú, ¿qué día lloraste?”. Últimamente ando melancólico; no supe qué contestarle.

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