Reencuentro

Hace 74 años, un día como hoy, gris y lluvioso de primavera, cayó abatido el soldado Adrian. Agente especial de la British Army, cumplía una misión aparentemente sencilla. En tiempos de guerra, no hay misión sencilla, pero no se trataba, ni de lejos, de su trabajo más complicado. Trasladar a cuatro agentes checos infiltrados a territorio seguro, desde la tremendamente hostil Baviera. Caída la noche, Adrian conducía junto a sus camaradas por las carreteras sinuosas de la Selva Bávara, camino de la frontera con Bohemia. Hacía un par de horas que habían logrado escapar de la presión de Múnich, Capital del Movimiento y avispero nazi. Lo celebraban sin parar, cantando y fumando un cigarrillo tras otro, todavía muy nerviosos. Sin embargo, cuando todo parecía más sencillo, se desbocó la tragedia. En un pequeño control rutinario, montado por meros granjeros aunque fieles seguidores todos ellos del ideario dictado por Adolf Hitler, fueron descubiertos. Los checos, pobres desgraciados, fueron fusilados allí mismo. Todavía hoy no se sabe en qué cuneta descansan sus restos, para desespero de sus familias. El soldado Adrian Smith, por el contrario, en realidad un experimentado mando intermedio británico, fue trasladado inmediatamente a Múnich. Su suerte, lamentablemente, no fue mejor. Interrogado hasta la extenuación, humillado, torturado, los nazis le arrebataron finalmente la vida mediante un disparo a bocajarro, probablemente en la cabeza. Han pasado tres cuartos de siglo, pero pensar en aquellas horas del soldado Adrian me horroriza. Lo peor, no aprendemos. Nos seguimos matando, y seguimos matando, en pleno siglo XXI, con la mayor de las crueldades posibles. De momento, los hombres blancos lo vemos por televisión cual película documental producida por Steven Spielberg. Terrible. La historia de Adrian Smith no termina aquí. Los permisos para regresar a casa, con su mujer, habían sido frecuentes durante toda la contienda. A mediados de 1942, consiguieron lo tan largamente esperado: Monica, su esposa, por fin se había quedado embarazada. La pequeña Lucy, de hecho, había nacido solo seis semanas antes de la muerte de su padre. Solo se vieron en una ocasión, y ella nunca le pudo reconocer, aunque nunca haya podido olvidarle. Tampoco en estos momentos, mientras reza una oración por él y deja un ramo de flores sobre su tumba, en el paradójicamente pacífico cementerio de guerra de Dürnbach. Aquí, en Dürnbach, a tocar del lago Tegern, no muy lejos de los Alpes, rodeado de granjas y vacas que pacen a sus anchas, descansa Adrian Smith, y otros tres mil soldados de la Commonwealth caídos en combate durante la Segunda Guerra Mundial. Las flores no es lo único que ha traído hoy consigo Lucy. En la urna que porta delicadamente sobre sus manos aguarda las cenizas de su mamá, Monica, que este viernes, setenta y cuatro años después, se reencuentra por fin con su tan querido Adrian. Descansen en paz.

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