Pis. Segunda parte

Guiller, te informo detalladamente con la esperanza de que entiendas mejor aquello que te dije la última noche por teléfono. Lo del pis. El asunto es simple: B ofrece un servicio. A se interesa por el servicio. A expone algunas necesidades previamente a la contratación del servicio que ofrece B. B accede verbalmente a satisfacer esas necesidades, antes de consumar acuerdo alguno. A se pone muy contento. A acepta las condiciones de B. Pasa un mes. B redacta un contrato de prestación de servicios. A lo firma. Al firmar, A se interesa por el tema de reconocer sus necesidades específicas, las aceptadas verbalmente de forma previa, por escrito. B intenta esquivar el tema. A necesita un papel que certifique lo suyo; no caben regates. B, entonces, le da alguna pequeña y falsa esperanza a A: “igual haciendo esta u otra gestión, no sé…”. A es tan tonto que sigue interesado en B. A se pone en marcha con nuevas gestiones a varias bandas, tratando de resolver el conflicto. B, al ver que A es tan tozudo y no se rinde nunca, le dice finalmente a A que era broma (pesada), que ni reconoce sus necesidades por escrito ni lo va a hacer. Ni hoy, ni mañana. Dicho de otra forma, B le dice a A que se joda. A es una joven pareja que espera convertirse pronto en una familia de tres. B es una inmobiliaria en manos de un gigantesco grupo inversor con cientos de propiedades en la ciudad de Múnich. El servicio que ofrece B es un inmueble, o vivienda, lo del derecho universal a la vivienda y tal. Dejémonos de tonterías, B es una máquina de hacer billetes a razón de diecisiete euros por metro cuadrado –es el precio medio del alquiler a día de hoy en Múnich–, con miles de metros cuadrados en la cartera. B no tiene alma. El certificado que necesita A no es en realidad ningún certificado en el sentido oficial de la palabra, puede ser un folio sucio, incluso el típico papelote que acaba manchado con aceite tras su paso por la cocina. O el de los tachones. O un escrito a mano. Y con faltas de ortografía. Un papelón, vamos. Sin repercusiones financieras. Da igual. El gabinete de abogados de B dice: “Quizás A es en realidad un cabroncete con piel de cordero e intenta algún día en el futuro lejano dar por culo con su papel aceitoso”. Prohibido estampar la firma de B en ningún otro lugar que no sea el contrato oficial de alquiler, pues. Las cartas están sobre la mesa: en realidad, para B, A no es una joven familia tipo tratando de abrirse paso en la ciudad; A es un grano en el culo. Un furúnculo en el ano, ausländer y freiberuflich. O dicho con la elegancia de la que ahora quisiera prescindir: “Hoy os va bien chavales, ¿y mañana?… no moveremos un dedo por vosotros”. B, especialmente servicios jurídicos de B, lo tiene claro: A no interesa nada. Putos servicios jurídicos de gentes sin alma. B, por cierto, ofrece posada (falsa compasión) a A, pero sin el dichoso papel. No han entendido nada. A, sin el maldito documento firmado por este B u otro sujeto que cumpla la misma función inmobiliaria, pierde su licencia. ¿Qué papel, hombre ya? Qué sí, que me explico: el papel por escrito por el que tanto batalla A lo necesita para trabajar/vivir. Es en realidad un documento que avale ante la autoridad local del transporte que dispone de una plaza de garaje donde guardar su vehículo profesional. Que no aparca en la calle, vamos. Hoy A tiene un certificado como ese que avala que vive y aparca en un domicilio en Múnich. Qué no es tan difícil, macho. Nueva aclaración: ¿Qué licencia? A es un profesional de muchas cosas, también del transporte de pasajeros. Para poder desarrollar su trabajo como tal, A tiene una licencia muy costosa, muy jodida, que es muy complicado todo esto. ¿Y? A B se la sopla la vida de A, que no me cuente usted cuentos, como si canta por bulerías, baila flamenco, o vive debajo de un puente. Es lo que hay. A siente que B le ha meado en la cara. Sí, madre, pis, de esto va el asunto. Nos han meado y, no sé si es peor o mejor, pero lo han hecho sin anestesia; no nos dijeron en ningún momento que llovía, nos explicaron abiertamente que nos estaban meando en la cara. Y se quedaron tan panchos. Así que A regresa de nuevo, y ya van mil y una, a la casilla de salida. Y sigue buscando pis/piso, pero esta vez sin que le meen encima, a ser posible. Por cierto, para que no temas, madre, que sé que eres de naturaleza asustadiza. A es feliz, muy feliz. De hecho, A ha decidido esquivar a B y semejantes durante los próximos meses. No sé si lo conseguiremos. A todo esto, B sigue haciendo billetes, con la bragueta desabrochada.

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