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Diario de Oktoberfest (XI): ojos que no ven corazón que no siente

Oktoberfest 2015: esto ya va

Oktoberfest 2015: esto ya va

La 182ª edición del Oktoberfest está en marcha. Y ya son cinco (las mías, claro está). Quedan pocas imágenes del festival que puedan sorprenderme a estas alturas, todo lo contrario que a la legión de asiáticos que correteaba ayer por la mañana por el Wiesn, disfrazados tod@s. Como la chica de la foto con su trofeo. Yo, fue sonar el petardo de las doce, abrirse los grifos de la birra y salir corriendo del lugar. No alcancé a ver el primer carrito de la cruz roja al rescate del primer coma etílico. Esta vez nuevo récord: 80 minutos desde la apertura del festival. En cualquier caso, la foto de este año va a ser muy difícil de tomar. Está en la estación central de trenes, donde van a coincidir los miles de oktoberfestivaleros y los casi 10 000 refugiados sirios e iraquíes que están desembarcando desde Austria al día. No sé si por el bien de unos o de otros, o por un tema de tapar vergüenzas, pero la estación está blindada: cerrada al tráfico rodado, los refugiados a buen recaudo (están en una zona aislada a la que se impide al paso), policía en cada esquina… Refugiados y borrachos, pues, raramente se cruzarán por la estación. Y mientras tanto, a cuatro calles, ya sin dolor ni remordimiento, corre la cerveza a mares. Para bien y para mal.

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Diario de Oktoberfest (V): desfile de trajes

La carpa de Hofbräuhaus

La carpa de Hofbräuhaus

Mientras un señor con bigote cosía a martillazos el primer barril de cerveza, decenas de miles de personas esperaban impacientes a ponerse morados de cerveza y nosotros, sábado a mediodía, andábamos despistados por el centro histórico de la pequeña Ingolstadt. Ya de noche, eso sí, todavía tuvimos tiempo y fuerzas para darnos un primer paseo por el Wiesn. Lo del O’zapft is! ya está contado y de la incursión nocturna mejor ni hablar: pasear entre empujones, vómitos o equipos de reanimación cardiovascular no me parece nada glamoroso. El caso es que vengo bizarro y como tal el cuerpo me pide una crónica a la altura. Y sin tocarla. La gaita, digo –estoy con antibióticos–. A la faena: primer domingo de Oktoberfest que casi diría cobra más sentido que el primer sábado, el de la sed. Literalmente, domingo de desfile de trajes típicos. O de Trachten- und Schützenzug, que ya se sabe. Por suerte, este año, un sol de mil demonios después de una semana de perros y 9.000 personas desfilando a toda paleta por las calles del centro histórico de Múnich. Una señora en los cincuenta, cardado de rigor, con la que comparto escalón desde el que tomar fotografías –así soy yo, siempre a lo grande– rompe el hielo: “Dicen que es el desfile de este tipo más multitudinario de Europa”. No voy a ser yo el que le quite la ilusión a la münchnerin, pero su másdelomás a mi a ratos me parece un pelín aburrido y de tanto en tanto más bien ridículo. Igual pasa una banda de música con su montón de trofeos de caza que viene una carroza de la Audi, intentando vender su último modelo de vehículo eléctrico con unas tías jamonas vestidas de bávaras. Dentro del coche, claro. Alle zusammen.

Banda de música en el desfile

Banda de música en el desfile

Un Audi histórico, Audi al fin y al cabo, en el desfile de Oktoberfest

Un Audi histórico, Audi al fin y al cabo, en el desfile de Oktoberfest

Mientras pasan tomo fotos y más fotos, sin mucho éxito, y en estas oigo aplausos de fondo y algún que otro silbido. Me fijo y veo venir al señor Alcalde con su señora, montados en carroza. El chavalín de mi vera le grita: “Das letztes mal, Ude”. Y se ríe. Nos ha salido de la CSU, el jodío. En fin, Ude se ríe también como buen vendedor que es y hace como que no se acuerda de la ostia que le dieron el otro día.

Ude en la Max-Joseph-Platz

Ude en la Max-Joseph-Platz

Sigo a lo mío y me acabo retirando al Wiesn, próxima parada. A todo esto me cruzo por el camino con un puñado de asiáticos, a lo mejor chinos o a lo mejor japoneses, disfrazados de bávaros. Me da la risa a mi también. Aunque bien visto, hasta yo voy disfrazado de bávaro. Y un turco disfrazado de bávaro también podría ser motivo para partirse la caja. Que sí, que en lo que llevamos de semana me han preguntado cuatro o cinco veces que si vengo aus der Türkei. Hace un par de días hasta me hablaron en turco, me figuro. Hoy vengo afeitado y disfrazado, así es que no hay lugar a dudas.

¿Que hacen unos asiáticos vestidos de bávaros? ¿Y yo?

¿Que hacen unos asiáticos vestidos de bávaros? ¿Y yo?

Vamos tirando pa la carpa que es mediodía y se me espera. El desfile de los trachten, por cierto, se acaba y las carpas del Oktober se están empezando a llenar hasta la bandera. Me da la sensación en todo caso que este año ha venido menos gente, pues en ningún momento del día han llegado a cerrar puertas por superar el aforo. Nosotros, por si las moscas, habíamos venido a la casa de Paulaner con la mesa reservada. Nos vamos germanizando, ya lo he dicho aquí un par de veces. Con el día pasado, tropocientos anprosits de cerveza sin alcohol –estoy pero que muy en horas bajas– es hora de recoger trastos que mañana se trabaja. De camino, pasamos por el pasillo central de nuestra Winzerer Fähndl. Qué jaleo! Calvetes que parecen italianos empujan por todas las partes; algunos tocan el culete de las chavalas que les pasan por delante sin que estas se inmuten lo más mínimo; los camareros se ganan la vida como pueden; un señor que se cree Chris Martin toca la guitarra ahí arriba para suerte de 8.000 personas que le bailan las gracias pedo total; una chiquita vende sombreros de fieltro; alguno se está vomitando encima; la seguridad, que me cae muy gorda, no da para más… y nosotros, satisfechos después de quemarnos los cuartos en un abrir y cerrar de ojos, nos vamos a casa. No está mal para empezar.

Camarero

Camarero

Cervezas

Cervezas