Category: Vivir en Múnich

De la tardor a l’hivern en una setmana

Imatges de la tardor a Munic i la primera nevada de la temporada, 27 d’octubre de 2012

Ja se sap, el temps a Munic és variable i on el termòmetre marca quinze o vint graus un dia, a l’altre pot assenyalar-ne deu, cinc o cap. Així ha sigut esta setmana, que començava prenent unes imatges de tardor amb mànigues de camisa i he acabat fotografiant la neu, gelat com un poll en ple octubre.

 

Per cert, la primera nevada de la tardor passada va arribar a Munic quasi un mes més tard, a finals de novembre.

De bicicletes i d’amos

Anit no vaig poder evitar tirar-li una foto a una bicicleta que tenim aparcada a la porta de casa des de fa quatre dies. Ni l’han tocada. Ara bé, no la vaig fotografiar perquè em destorbe, tot i que està al mig del carrer. La vaig immortalitzar perquè porta quatre dies i quatre nits aparcada al mateix lloc, i no està tancada en clau! Repetisc: no està encadenada i no l’han robada. Que voleu que vos diga, igual sóc un poquet de poble (i això com nadar, és una habilitat que no s’oblida mai), però jo a estes coses no m’acabe d’acostumar, en una ciutat de milió i mig d’habitants. Ací teniu la prova.

(Com que no sé contar històries a mitges, tinc que dir que el que no surt a la imatge és el cartell que va penjar un veí fa uns dies, a la mateixa porta de la finca, en el qual es queixa cabrejat perquè recentment li han furtat precisament la seua bicicleta aparcada en el mateix carrer. Si es que van provocando…)

Entrevista

Sí, mama, encara no he fet res de bo en Alemanya i ja em fan entrevistes. Encara que siga per a dir bobaes i romanços, que saps que tinc corda. Et passe l’enllaç per si vols redescobrir la meua història (rellegint un sempre troba coses noves, fins i tot dins de casa): Experiencia de un periodista en Munich, Alemania. (Grande, Cristina Rico)

Diario de Oktoberfest (IV): curiosidades y consejos varios

Después de 15 días casi extenuantes, para Múnich y para cualquier ciudad que se preste a algo tan gordo, hoy termina Oktoberfest. En un rato, me voy a despedirlo, pero antes quería comentar algunas anécdotas que he ido descifrando sobre la marcha:

Beber, beber, beber. Hace unos días ya comenté que la Oktober conmemora la boda real entre Luis I y Teresa de Sajonia, así como que recibe a más de seis millones de personas en un par de semanas. Mi segunda edición del festival me permite constatar –y advertir a los románticos- que es una fiesta para beber, beber y beber. Olvidémonos de bailes tradicionales, de saborear la mejor gastronomía típica de Baviera, etc. Bailar se puede bailar, nadie nos mirará mal; comer se puede comer, y además únicamente bávaro; pero la cerveza es el elemento sobre el que gira todo, sin edulcorantes.

La feria. Si tuviera que ponerle un complemento a la birra, además de los Trachten, ese serían las atracciones de feria. Un viajero español me dijo el otro día, de paseo por el Wiesn: “Mira, si disparan con la escopeta. Como en la feria de mi pueblo hace 30 años”. Es verdad, los participantes de la Fiesta de la cerveza van a la feria, prueban puntería, hacen pruebas de fuerza, les compran piruletas a sus seres queridos, suben a la noria o al tren de la bruja y otras cosas por el estilo. Mi viajero añadió: “Ahora en cualquier punta de España tenemos un parque temático con pistolas láser para disparar y montañas rusas que les dan mil patadas”. Efectivamente, quizá podríamos decir en este apartado que los bávaros y las bávaras se conforman con poco. Así nos luce el pelo a nosotros, los de la escopeta láser, y así les luce a ellos.

Trachten. Cuando llegué a Múnich, me prometí que nunca me compraría un Lederhose. Me equivocaba, ha pasado un curso y ya he estrenado el mío. La inmensa mayoría de los habitantes de esta ciudad que nos pasamos por Theresienwiese lo hacemos luciendo un Dirndl o un Lederhose –bueno, algunos, lucir no lucimos-. Me comentan, fuentes tan fidedignas como mi adorable ex vecina, que esto no siempre fue así. Antaño, los Trachten los llevaba la gente de pueblo y por supuesto ninguna chicha de bien osaba lucir uno que dejase al aire sus rodillas. Hoy las cosas son muy diferentes, tenemos Dirndl de falda larga, corta y extremadamente corta, o Ledehose para hombres, para mujeres, para mujeres que se sienten hombres, de colores, etc. ¿Qué será lo próximo? Que se lo pregunten a la industria de la moda, que ha puesto sus ojos sobre este mercado.

Corazones de jengibre, pinzas o fotografías. El negocio del souvenir aquí es, como no, gigantesco. Los corazones de jengibre están por todas partes. Todavía hoy son comestibles aunque me atrevería a decir que cada día son menos apetitosos. El mensaje que llevan incrustado es variable y coquetea con lo cursi en plan: te quiero, mi pequeña princesa o mi corazón.

Lo de las pinzas es otra historia, nos las venden en las carpas grabadas con nuestro nombre, y aunque a menudo acaban adornando algún escote, deberían servir para diferenciar nuestra cerveza del resto. Sí, son pinzas de madera de las de toda la vida, las de tender.

Y lo de las fotos, como en cualquier otra gran fiesta: primero nos fotografían sin preguntar, luego quieren que encima compremos las imágenes.

Demasiada gente, demasiado caro. También lo dije el otro día, prohibido ir a Oktoberfest pasadas las 11 de la mañana de un día festivo o de fin de semana. El resultado lo reitero: no se puede entrar a la carpa porqué está cerrada. Overbooking, saturación, llamadlo como queráis. Entre semana, la cosa cambia un poco, pero me da la sensación que cada año la evolución es a peor. Alternativas que se me ocurren a bote pronto para poder coger una mesa en Oktoberfest: ir por las mañanas en días laborables, preferiblemente de lunes a jueves; si vamos en fin de semana, plantarnos allí incluso antes de la hora de apertura (9 de la mañana); y la mejor, meterse en Internet casi un año antes del próximo Oktoberfest y reservar una mesa donde nos apetezca.

El tema de los precios, irritante. Si nos atendemos a la hemeroteca, el precio de la cerveza ha crecido un 40% en el último lustro. Este 2012 hemos pagado el litro entre 9 y 9,5 euros, lo que se transforma en 10 tras la pertinente propina. Si esto sigue así, mi consejo será: pasaros por Oktoberfest un rato, tomaros una y salir pitando en busca de un lugar en el que se pueda beber y comer a un precio decente. Para que visualicéis: jarra de cerveza de 1l + medio pollo en una carpa del Oktober, 20 euros; lo mismo en cualquier cervecería de Múnich, bien pagado, 15 euros.

¿Por qué las camareras tienen prisa? Esta es una pregunta que seguro os habéis hecho, los que habéis estado dentro de una carpa en un día concurrido. Las camareras y camareros que trabajan en Oktoberfest son revendedores. Esto significa que cuando encargamos nuestras bebidas van a una barra de servicio, pagan por adelantado la bebida que van a servir, cargan en la barra y nos la sirven a nosotros. Trabajan por cuenta propia como comisionistas y su negocio reside en la comisión que tienen por venta de cerveza o comida y la propina. Por eso las podemos encontrar obsesionadas con que vayamos bebiendo, ya que les va el sueldo – a más cervezas vendidas, más ingresos-. Y de ahí también la importancia de la propina, que se terminarán cobrando por las buenas o por las malas.

Fos a gris


L’estiu, que tant es va resistir a arribar, que tanta vida li ha donat a Munic, ha desaparegut a una velocitat de vertigen. Just entrem en octubre, però ja ni me’n recorde dels dies de sol i platja, al Jardí Anglés. Fins i tot els bolets, que dubte s’hagen deixat veure a estes altures de tardor per la Serra de Mariola, s’esgoten ací lentament a les parades del mercat, símptoma de que més prompte que tard arribarà el fred. El de veritat, perquè de moment ja en tenim, de fred. I mentre ve el temps de la llana i no, sembla que la ciutat es fon lentament a gris. La naturalesa s’empenya en robar-nos cada dia més i més sol, més i més llum. Al temps que ho fa, quasi en un abús, a sovint es recrea en vesprades fosques, deslluïdes per núvols i boires de totes les classes que s’ajeuen sobre la planícia. Esta setmana, entre tromba i tromba d’aigua, he rodat amb la bici, per treball i per vici. I he vist amb els meus ulls com es despullen tots i cadascun dels arbres de tots i cadascun dels parcs de Munic. Mentre ho fan i no, deixen a l’aire els seients buits dels jardins de cervesa que no fa tant arrebossaven de gent, protegida a una ombra que ja no existeix d’un sol que ja no escalfa. Els únics habitants dels parcs, estos dies, són els corredors i les corredores que preparen la marató de la ciutat, i els ànecs, cignes i companyia, desficiosos entre la gespa com si planejaren una fugida abans que tot empitjore. Ben mirat, potser és un paisatge trist, cert, però és un paisatge magnífic.


Karl en la Hofbräuhaus

A Karl Schloss le dura un litro de cerveza lo que dura un telediario en este país, menos que nada. A él, que se sienta siempre en la misma mesa e incluso ha conseguido que coloquen allí un cartel en su nombre, se la sirven en jarra de porcelana. Karl se cree un tipo con suerte. A sus 80, es un cliente de los de toda la vida, de esos que entran en la cervecería celebérrima con la llave entre las manos. La exhibe orgulloso, como privilegiado que es, y se adentra en el despacho de los señores bávaros, su hábitat. Con su llavecilla, abre la reja, saca la jarra, la lava y se la entrega al camarero, también de toda la vida. No le hace falta pedir, el serbio ya sabe cómo llenarle el Krug. Entre brindis y brindis, dependiendo del humor, Karl deja a veces que los turistas le acompañen a la mesa. Algunos se toman fotos con el viejo, cual trofeo. Sin aburrir, éste les chapurrea a cambio sus batallitas de cuando cazaba con el Rey de España, vaya par de golfos. Esnifa tabaco y no se separa de sus gafas de sol, ni de noche. Hace poco decidió abandonar temporalmente su Lederhose, pero nadie le roba su chaleco y, menos todavía, su sombrero. Mi amigo Christopher dice que el gorro del señor Karl es un pelín kitsch, o sea hortera, pero se lo disculpa porque es mayor. Aquí eso cuenta. Peor es lo de algunos chavales, que se pirran por unos pelos de jabalí, a estas alturas de partido. No nos desviemos del tema: el bávaro, el auténtico, no se levanta de la mesa hasta que no calla la música. Eso es, nunca vuelve a casa hasta la medianoche. Por el camino, varias cruces en el posavasos, a la vez que sus mejillas se sonrojan cada vez más y más. Quizá dos, tres o incluso cuatro equis marcadas sobre el cartón, todas en forma de litro. Así lo manda la tradición, su tradición, la de los viernes por la noche.