Category: Breves encuentros
Karl en la Hofbräuhaus
A Karl Schloss le dura un litro de cerveza lo que dura un telediario en este país, menos que nada. A él, que se sienta siempre en la misma mesa e incluso ha conseguido que coloquen allí un cartel en su nombre, se la sirven en jarra de porcelana. Karl se cree un tipo con suerte. A sus 80, es un cliente de los de toda la vida, de esos que entran en la cervecería celebérrima con la llave entre las manos. La exhibe orgulloso, como privilegiado que es, y se adentra en el despacho de los señores bávaros, su hábitat. Con su llavecilla, abre la reja, saca la jarra, la lava y se la entrega al camarero, también de toda la vida. No le hace falta pedir, el serbio ya sabe cómo llenarle el Krug. Entre brindis y brindis, dependiendo del humor, Karl deja a veces que los turistas le acompañen a la mesa. Algunos se toman fotos con el viejo, cual trofeo. Sin aburrir, éste les chapurrea a cambio sus batallitas de cuando cazaba con el Rey de España, vaya par de golfos. Esnifa tabaco y no se separa de sus gafas de sol, ni de noche. Hace poco decidió abandonar temporalmente su Lederhose, pero nadie le roba su chaleco y, menos todavía, su sombrero. Mi amigo Christopher dice que el gorro del señor Karl es un pelín kitsch, o sea hortera, pero se lo disculpa porque es mayor. Aquí eso cuenta. Peor es lo de algunos chavales, que se pirran por unos pelos de jabalí, a estas alturas de partido. No nos desviemos del tema: el bávaro, el auténtico, no se levanta de la mesa hasta que no calla la música. Eso es, nunca vuelve a casa hasta la medianoche. Por el camino, varias cruces en el posavasos, a la vez que sus mejillas se sonrojan cada vez más y más. Quizá dos, tres o incluso cuatro equis marcadas sobre el cartón, todas en forma de litro. Así lo manda la tradición, su tradición, la de los viernes por la noche.
¿Qué hacen 35.000 cardiólogos en un congreso? Yo te lo contaré…
El pasado viernes me encontré con un cardiólogo venezolano y su familia en mi tour de Salzburgo. Éramos un minúsculo grupo de cinco personas y el hombre me advirtió a nuestro regreso a Múnich: “Prepárense porqué este fin de semana llegamos 35.000 cardiólogos de todo al mundo al congreso europeo”. Aquello, que me pareció exagerado, se tradujo en un tour de 12 personas a Neuschwanstein el sábado. Normalito, pero con seis cardiólogos. De repente, el domingo brotó de la nada un tour privado para dos viajeros de Argentina. Cardiólogos, señor y señora. Y luego vendría la excursión al castillo de Neuschwanstein de lunes, y la marabunta. Es decir, 37 cardiólogos o cardiólogos consortes venidos a los Alpes desde todos los rincones del mundo (que en mi universo laboral significa Argentina, Brasil, Chile, Colombia, España, México, Perú, Uruguay, Venezuela…). 37 son los que subieron ese día al tren conmigo, porque martes repetiríamos la operación con 49… cardiólogos. Os cuento esto a jueves, un día después del cierre del dichoso congreso europeo de cardiología. Y una jornada más tarde de un tour de la ciudad con 20 doctores cardiólogos y un segundo tour especializado en el Tercer Reich –sí, señores, haciendo doblete- con 23 personas, la inmensa mayoría de ellos profesionales de ese oficio que no voy a volver a repetir a no ser que me duela el corazón. Esa es la verdad, sufrid@s cónyuges de profesionales liberales: cuando sus respectivas parejas les anuncien que emprenden viaje para participar en un congreso internacional, les estarán diciendo en realidad que se van a pasar una fantástica semana de vacaciones. Al menos eso es lo que me pareció a mi, después de quedarme seco tras los cuatro días más duros de trabajo que recuerdo desde que llegué a esta ciudad. Eso sí, en ningún momento me preocupé por el ritmo cardíaco.
Lída Baarová (i allò que penja)
Lída Baarová era la dona més guapa del seu temps. O almenys això és el que creia Joseph Goebbels, que hauria fugit gustosament al Japó amb l’actriu txeca, a fer d’ambaixador. El mateix Führer, que era uno més en el si de la família Goebbels li va posar el fre de mà al renacuajo, qui resulta que a banda d’exhibir maldat i destresa extraordinàries per a fer rodar la propaganda nazi, era nano, coixo i tenia la cua ben llarga. I fluixa. En canvi Hitler, ni semblava ari ni es follava a tot el que es movia. Parlant de música, Adrián Espí Valdés, a més de coixejar, sempre ha sigut una persona molt respectada en l’àmbit universitari, gran mestre per a les nostres mares. De jove pareixia un adonis, passejant amb els llibres baix del braç pels passadissos de la Universitat. Ara resulta que l’han denunciat precisament per portar-la solta. Ha aparegut al Diario Información, en primera pàgina i en internet. Qui també porta un temps figurant als periòdics és un vell amic, Rafael Sanus Sellés, que, ves per on, de jove era un tio caxondo que estudiava Dret per a fer-se notari. De Miguel Peralta deu ser la culpa que acabara amb el morro apretat i dins de l’olla de la dreta, primer de Secretari Autonòmic, després de tinent d’alcalde alcoià i hui en dia no sé sap ben bé de què. Mora-lletja: “El que a buen àrbol se arrima, buena sombra la cobija”. Tots descol·locats, jo també. En fi, ben-parir un Tour del Tercer Reich a la Capital del Moviment és una qüestió pràcticament impossible: quan ja tens assajat el millor somriure t’arriba la senyora catedràtica d’Història feta un pinzell, de guapa, i et desmunta la paradeta. Ai senyora professora, si jo li parlara de jornals! Amb raó em pregunten de tant en tant (els mateixos clients) que de què treballe jo a Munic? A vegades ni jo mateix ho sé. De forment, ni un gra, però i el que m’ensenye. No direu que no.
Cifras y viajes complicados de verano
Estamos en agosto y los turistas hispanos se cuentan por cientos en Múnich. Supongo que la crisis en España se nota a la hora de elegir compañía aérea, hotel o restaurante, porque lo que es seguir viniendo, siguen. Entro por la puerta de casa molido, cada noche, sin una gota de energía. De seguir así, mejor será que aprenda a cambiar el patrón por el que corto las excursiones, y pasar del modelo artesanal a la producción en serie. Supongo que antes de eso acabará la temporada alta y los tours como el del otro miércoles: diecinueve a Salzburgo, con cancelación y cambio de tren a la ida incluidos. El número nunca es lo peor, lo malo es que a cada uno lo pare su madre y su padre y a mi me toca sacarlos a pasear a todos juntos. Hablando de cifras, la señora Carmen se anotó la mejor marca hasta la fecha, en mi cuaderno de viajes. Con 81 veranos como éste, la recordaré como la anciana del acento andaluz que se pegaba a mi para poder oírme. Cinco o seis kilómetros y unas salchichitas se comió en Salzburgo la señora Carmen, sevillana, con su Yolanda. Ya se sabe, cuanto más grande es el grupo, más divertido y más jodido: señoras que salen de excursión a punto de romper aguas, solteronas de carácter variable, familias que vienen de aquí y otras que vienen de allá. La misma película de anoche, esta vez en versión casi kitsch. Vegetarianos, salchicheros, judíos –sí, los hebreos también viajan-, cerveceros, abstemios, bastante chalados, puteros –otra vez-, mayores casi viejos y jóvenes casi mayores, europeos y americanos… todos juntos en un tour sobre cerveza y gastronomía en Baviera o mejor dicho, en un cóctel molotov que podía haber terminado como el rosario de la aurora y acabó en Hofbräuhaus con unos chistes fáciles y una decena de palmaditas en la espalda. Eso para ellos, yo estuve a punto de morir al entrar por la puerta de casa, aunque al final no fue para tanto y simplemente me quedé grogui al primer contacto con el sofá. Hoy, más historias para no dormir -o para hacerlo incluso antes de llegar a la cama-.
Por una melena
Ayer por la tarde el ferrocarril regional parecía conducir a cualquier parte menos a Múnich. Los vagones iban saturados, cargando con gente de humor variable desperdigada por los pasillos. Unos pocos se espatarraron sobre sus maletas, muchos permanecimos de pie, todos sudados por el calor y la carne concentrada. La olor a humanidad se hacía notar y la falta de aire acondicionado era clamorosa. Solamente las vistas sobre los lagos y las colinas salpicadas de casonas que apuntan a los Alpes en Oberbayern me hacían ver que aquello no era el Tercer Mundo. Una señora alemana por encima de los 50 años fue la protagonista de la escena más lamentable del viaje, cuando se levantó de su asiento para exigir al resto de viajeros que cerrasen la ventana. Su vestido amarillo chillón, rematado con un collar de bolas, parecía ser el único que no se arrugaba en aquel coche. No tuvo suerte, todos teníamos demasiado calor y un grupo de viajeros del Nuevo Mundo tenían en su mano la llave de aquella ventana. Tras la negativa rotunda que recibió a su exigencia, la señora alemana del vestido amarillo perdió los nervios, incluso gritó, y llegó a pedir mi intermediación como traductor. Debía estar terriblemente preocupada por su media melena cincuentona, y desesperada, para recurrir a mi. No pude ayudarla. Después de perder la educación y no encontrarla en medio de un vagón abarrotado, aquella mujer nos abandonó pronto, caliente sin pasar calor. El tren siguió oliendo a humanidad hasta llegar a la ciudad. La ventana siguió abierta y, ya de noche, hubo dos matrimonios, de australianos y americanos, que brindaron con cerveza bávara a la salud de aquella melena tan bien peinada.
Barreras invisibles
Aunque trabajaba para una multinacional como oficinista, Renata tenía callos en las manos. Era menuda, casi frágil. Su rostro, en cambio, transmitía mucho poder. Tenía los ojos verdes y una sonrisa eterna, de las que uno no consigue zafarse. Se deslizaba por el suelo adoquinado con asombrosa facilidad. Era una de esas personas que no protestan, sino que se adaptan a la situación y actúan. A Renata le molestan los escalones gratuitos, los bordillos infranqueables, los trenes inaccesibles. No son imprescindibles, pero le coartan la libertad. Renata anda en silla de ruedas y, desde que la acompañé a Salzburgo, a mi también me molestan las barreras invisibles que nos impone la ciudad. Muchos no lo sabemos porqué no las vemos, pero ahí están. Solamente hay que abrir bien los ojos y mirar como lo hace Renata. Las observaremos y sabremos que sobran.
Lo tour amb el Martino, la Lluïsa i la iaia
Amb vuit i sis anys, els dos minyons havien vingut des d’Itàlia per a passar uns dies a Mónaco di Baviera, acompanyats dels pares i la iaia. Tots cinc varen viatjar aquell divendres en el tren amb mi i amb altres turistes, en l’excursió a Salzburg en espanyol. Martino volia ser astronauta o bé conductor de ferrocarrils, però dels de veritat. És a dir, dels que porten barret i vesteixen jaqueta de color blau marí. Fet i fet, es mirava les estacions de tren amb els ulls oberts com a plats, segurament, com bon illenc, poc acostumat a veure nusos ferroviaris com el de Freilassing, ciutat de frontera de les que carreguen amb una estació dos vegades el centre del poble. Lluïsa, amb les seues sabatilles de color de rosa, tenia els cabells negres i curts com el seu germà gran i exhibia una mirada descarada, plena de curiositat per les coses noves. Tal i com em va confessar la seua iaia, era molt jove però ja tenia el cap ben dur. Li venia de família. Els pares, com els fills, eren persones extremadament educades, de les que dóna gust portar darrere, mentre que la cap de la família, cabells rossos i ulls clars amagats darrere d’unes enormes ulleres, era metgessa al poble i ocultava a més una personalitat carismàtica que em recordava a alguns dels meus avantpassats. La falta de visites guiades en italià des de Munic – a Salisburgo– fa que amb certa regularitat em tope en aquestos viatges amb famílies italianes que prefereixen escoltar-me a mi que a un guia de Chicago o Belfast. No parle italià, però sempre ens acabem entenent bé, ajudats per la predisposició favorable de totes les parts, el bon humor de la gent del sud i algun que altre somriure. Aquesta vegada i encara que parega increïble, no fou necessari. Tot va resultar molt més senzill i més natural. Si sé que el Martino voldria viure a l’espai en ser fadrí o que la Lluïsa buscava a la Heidi per la finestra -per sort, tots dos estaven criats a suficient distància d’una Play Station- és simplement perquè m’ho van contar ells. I prou. No em varen caldre interpretacions, ni tan sols la meitat de la seua imaginació. Perquè tots, els cinc sards i jo, compartíem una mateixa llengua: alguerés per a uns, valencià per a mi, català per a tots. D’això, d’italians i valencians compartint llengua i cultura n’havia llegit als llibres d’Història, sempre pensant que es tractava més d’una fantasia o un conte del passat, d’una entrada viciada a la Viquipèdia, que no d’una realitat desconeguda. Hui sé que no, i que al darrere del paper n’hi ha una veritat minoritària que no per això em deixa de semblar quasi màgica. Aviat, quan algú em torne a preguntar una altra vegada per a què serveix a estes altures portar el valencià en la motxilla li diré que la llengua de mon pare i de ma mare és, a més d’una llengua d’anar per casa, una ferramenta molt útil fins i tot quan un menys s’ho espera, ni que siga per a conèixer a un parell de nanos dels que que encara somien amb tocar la lluna.
Anuncios de contactos
El señor Mellado había venido desde la mismísima Buenos Aires para conocer Múnich. Parecía tener un noble corazón, y resultó ser una persona muy culta. A sus 40, llevaba casi un mes paseando por Europa su larga melena, siempre refugiado en sus oscuras gafas de sol. Era abogado y soltero, casi solterón. Viajaba solo. En su parada frente a los Alpes, me preguntó por la historia de los Wittelsbach, el devenir de la BMW y, con mucho ahínco, por el antiguo campo de concentración de Dachau. Al respecto, mostró su más hondo pesar y al finalizar nuestra visita incluso quiso desplazarse hasta el lugar, seguramente para honrar a las víctimas del Holocausto. Antes, tomamos juntos un café, allí le dije que en realidad lo mío eran las letras, el periodismo. Probablemente empujado al conocer mi auténtica profesión, el licenciado Mauro Mellado se atrevió a hacerme una última pregunta antes de despedirse para siempre. Fue indiscreta, un patinazo, casi una exhibición de desesperación, una confesión que hubiese preferido no haber escuchado nunca de una persona como la que me había parecido conocer. Me dijo: “A la vuelta de Dachau tendré unas horas libres antes de medianoche, ¿por casualidad no conocerás un lugar especial donde pueda encontrar chicas encantadoras…?”, -añadiendo ante mi posterior gesto de perplejidad,- “… ya sabes, me refiero a algún club especial, con algo bueno de verdad. Cueste lo que cueste”. Casi paralizado, solo pude darle un último consejo de guía turístico antes de nuestra despedida: “Lo siento, pero los periódicos de Baviera hace muchos años que dejaron de publicar anuncios de prostitución”. Literalmente, Mauro Mellado se dirigió a Dachau convertido en un putero, con el rabo entre las piernas. Tras la despedida, caminaba de espaldas, pero no intuí sonrojo alguno. Cosas de la doble moral. Nunca lo volví a ver, así es que no puedo contar como terminó su historia en Múnich, la de aquel hombre que buscaba a su Lola Montez, a cualquier precio.
PD. Bajo el paraguas Anuncios de contactos y relax, los periódicos más respetables de España, también los más decentes y algunos de los más cristianos, llevan años reproduciendo en sus páginas anuncios de prostitución. Son una importante fuente de ingresos y una exhibición de doble moral. En Alemania, por suerte, éste es un sector marginal que solo encuentra cobijo en cabeceras minoritarias. En periódicos de referencia, los anuncios de prostitución son algo impensable.
El viaje, la billetera y la pelota
Cuando llegué a la puerta del gran hotel, Joäo, hijo de Sócrates, y su esposa, Larissa, me esperaban en la glorieta postrados sobre la carrocería del gran auto alemán que habían alquilado. Casi habían venido a Múnich desde Sao Paulo expresamente para ver la final de la Champions League, el 19 de mayo, y la primera cosa que quisieron hacer a su llegada fue conocer el estadio de fútbol. Por eso me habían mandado llamar, y esa es la razón por la que me pidieron que nos apresuráramos a visitar el magnífico Allianz Arena. Como Cicerón, acepté encantado y les conduje directamente al escenario de la final. A nuestra llegada acudió a saludarnos la fina lluvia de los días húmedos y también un señor de mediana edad, cabellos grises, largos bigotes y piel áspera, como lijada por los inviernos de Baviera. Al bajar la ventanilla, Helmut se dirigió a nosotros con su voz seca y cortante y nos advirtió de que ya nadie, desde aquel 12 de mayo, podía visitar el estadio hasta la celebración del partido. Joäo, que de pequeño aprendió a jugar en la calle descalzo y cuyo afortunado hijo calza hoy las mismas botas que Messi, se sintió desconsolado. Aunque espetó a Helmut, pronto observó que la firmeza germana lo abraza absolutamente todo en esta tierra, por lo que comprendió que la visita era imposible. Al ver que el contratiempo no borró su sonrisa bondadosa, pregunté al hijo de Sócrates por el motivo de su alegría, dado que no podría conocer el estadio y no podría ver la gran final en vivo, al no tener una de las 70.000 localidades, ya agotadas. En ese preciso instante, Joäo me reveló el as que escondía en la manga: “No hay problema, iremos a la reventa”. Indulgente de mi, acompañé a la pareja al lugar oscuro donde se venden las entradas cuando no quedan. Allí me explicaron que éstas nunca se agotan, puesto que siempre las reproducen, si bien su precio nunca deja de subir hasta el infinito. Los visitantes brasileños parecieron no tener problema por esta situación y, tras sacar a relucir una enorme billetera, Joäo pagó ante mis ojos unos 3.000 euros por dos asientos para acudir en primera persona a la gran cita. “Un día es un día”, se justificó, argumentándome que se había limitado a adquirir los tickets más económicos disponibles. Siguió hablándome durante unos minutos, aunque yo desconecté por completó de aquella conversación. Creo que en aquel instante dejé incluso de amar el deporte rey, aquel que practicó el mismo Sócrates con tanta belleza, como Pelé, Di Stéfano, Cruyff o Beckenbauer. Incluso Maradona, antes de caer en desgracia. Todos ellos iconos de un universo, compartido por mi, que levanta pasiones en el planeta entero. Desde aquella mañana no consigo quitarme de la cabeza la imagen de la billetera. El próximo sábado, Joäo y Larissa comerán pipas sentados en sus confortables asientos de cuero azul, observando la alopecia de Robben, la robustez de Drogba o las manos blandas de Neuer. Yo los miraré a todos ellos por la televisión, y, aunque mi camiseta lucirá un escudo del Bayern de Múnich, nada conseguirá suprimir el regusto amargo. Y no será por la cerveza, sino por aquella billetera de piel, que esconde tras de si el barro sucio en el que todavía juegan al fútbol muchos niños, y el hambre, y la injusticia, y la guerra… y todo aquello que casi nadie en este mundo verá en la noche del 19 de mayo, encandilados todos por la pelota.
El verdadero lujo
El otro día soñé que me convertía en François Toulour y me dedicaba exclusivamente a tomar el sol, beber Martini con mi chica guapa y vivir a lo grande robando a los que más tienen. Me sentí tan tentado de convertir el sueño en realidad, que me alquilé un Mercedes negro, me volví a vestir con mi mejor camisa y puse rumbo al lago de Como, de visita. Al llegar a casa de François, me recibió bárbaro. Incluso tomamos un aperitivo en su terraza los tres juntos, George Clooney, él y yo. La visita quedó un poco corta, pero fueron muy amables. Me invitaron como no podía ser de otra forma y disfrutamos por unas horas del sol de Italia, aunque al alba llegaron las malas noticias: me explicaron que no tenía opciones de cumplir mis expectativas. “Lo de ladrón de guante blanco, igual que lo del bon vivant, no se aprende”, me dijeron dos de los grandes como son Danny y el Zorro Nocturno. O sea, que se es o no se es. No voy a esconderos mi desencanto. Decidí volver a casa, devolver el Mercedes prestado y ponerme mi pijama. Por suerte, Mariola había preparado una gran cena de viernes por la noche y juntos bebimos una botella de vino tinto y brindamos por volver al lago algún día, los dos, aunque fuera para darnos un chapuzón. A lo mejor en lo de ladrón ando flojo, pero no en lo de disfrutar de las cosas buenas. Eso me lo enseñó mi abuelo Vicent tan pronto tuve uso de razón, y dudo que lo olvide nunca. Además, fue él, o su hija, quien me mostró que el lujo no es una etiqueta para ricos, sino que simplemente es aquello que “tú y unos pocos más tenéis al alcance de la mano”. Bingo. Hoy en día muchos conducen un Mercedes y viven en enormes mansiones a los pies del lago, pero nadie disfruta como Mariola y yo de los fines de semana con un 40, para llevar a casa. Ese es uno de nuestros grandes lujos, afortunadamente, el que me esperó aquella noche al subir las escaleras después de una intensa jornada.





