Category: Viatges/ Viajes

Trentino – Tirol del Sur en ocho imágenes

Una primavera como la de este año desanima a cualquiera, así es que este fin de semana decidimos poner tierra de por medio, literalmente, y escaparnos al otro lado de los Alpes. Con solo tres días y pocas ganas de quemar gasolina, nos plantamos en la región de Trentino-Tirol del Sur ­–en italiano conocida como Trentino-Alto Adige; en alemán como Trentino-Südtirol–. La mitad del tiempo la pasamos en la provincia de Trento, italófona; la otra mitad en la de Bolzano; de mayoría germanófona. Es curioso observar las diferencias culturales tan significativas que encontramos en tan poco terreno. En cualquier caso, para nosotros fue un enorme placer descubrir una mezcla desconocida y curiosa entre pasta y brezels; prosciutto y speck; maso y bauernhof… es decir, entre lo italiano y lo germano. Por si fuera poco, el cauce del río Adigio no es solamente el lugar donde se encuentran Italia y el Tirol, allí mismo asoman los Alpes Dolomitas, generando unos paisajes increíbles de escarpados valles con sus campos de viña, frutales y praderas. Por encima, cimas rocosas teñidas de blanco. Os resumo en ocho imágenes nuestras sensaciones y nuestro camino entre Bolzano y Trento.

Bolzano: tienda de ropa con 'trachten' típicos del Tirol en el escaparate

Bolzano: tienda de ropa con ‘trachten’ típicos del Tirol en el escaparate

Bolzano: Panadería típica (y 'Brezen') en el mercado

Bolzano: Panadería típica (y ‘Brezen’) en el mercado

Bolzano: comercio en la calle

Bolzano: comercio en la calle

Tirol del Sur: viñedos y campos de manzanas

Tirol del Sur: viñedos y campos de manzanas

Trentino: viñedos

Trentino: viñedos

Trento: comercio

Trento: comercio

Trento: comercio

Trento: comercio

Trento: escaparate de tienda de ropa

Trento: escaparate de tienda de ropa

“Baviera es fantástica para que los niños disfruten del viaje a su ritmo”

Hace algún tiempo que contacté con Fátima Casaseca (Madrid, 1981) o, como muchos expatriados la conocemos por aquí, Una mamá española en Alemania. Preparaba, y aún sigo en ello –ya queda menos–, mi pequeña versión impresa de Muniqueando, por lo que pensé que comentar en el libro a través de ella la posibilidad de pasar un día en familia en Baviera sería interesante para los lectores. ¿Qué mejor que una madre de tres hijos –que además es española, joven, formada…– acostumbrada a la vida en la Baviera rural que tanto atrae al viajero?

Entonces llegó, el libro, pero no el mío sino el suyo –yo soy mucho más lento–, y tengo que decir que, como muchos, me quedé boquiabierto. Por si fuera poco –su blog es muy interesante de por si, con lo cual auguro que el libro no le andará a la zaga–, venía avalado por un pez gordo como es la editorial Planeta.

De eso, según me comenta la misma Fátima, ha pasado ya un mes, aunque parece que lo mejor está por venir, pues sus aventuras en mierdapueblo están arrasando en las estanterías.

Portada del libro de Fátima Casaseca 'Una mamá española en Alemania' . /ED. PLANETA

Portada del libro de Fátima Casaseca ‘Una mamá española en Alemania’ . /ED. PLANETA

El caso es que en un primer momento estuve tentado de desistir a la hora de pedirle a Fátima que me echara esa mano participando con una entrevista para la guía, más que nada pensando en que su agenda ahora estará más apretada que nunca. Tres hijos y un libro –que se vende– no son fáciles de llevar.

Al final, me decidí a escribirle y volví a sorprenderme con ella –no me extraña que a esta chica le vaya bien­–. La respuesta fue inmediata y la predisposición a colaborar conmigo pese a que no nos conocemos personalmente también. Por mucho menos he visto yo a más de uno subírsele los humos a la cabeza.

Lo mejor hubiese sido poder entrevistarla en persona, pero mierdapueblo no me coge de paso y es verdad que vamos todos cortos de tiempo, así es que me conformo con los avances de la tecnología. En la entrevista, un extracto de la cual se convertirá en el texto para el libro –el mío, que jaleo–, hablamos sobre la vida en familia en Alemania y de cómo disfrutar del tiempo libre en familia en Baviera –la idea es orientar a los viajeros que vienen con niños–. Ya que estábamos teníamos que haber comentado algo sobre el libro, el suyo, pero no lo hicimos. Mea culpa. A cambio os paso unos enlaces para que conozcáis un poco más su blog y su libro –a través de estas otras entrevistas y participaciones en, nada más y nada menos, rtve.es, Hoy por hoy de la Cadena SER, ELPAÍS.com, Onda Cero…; podríamos estar hasta mañana– y transcribo íntegra nuestra humilde conversación sobre vivir Baviera con niños:

Fátima. /CEDIDA

Fátima. /CEDIDA

¿Dirías que es más fácil o más complicado que en España, ser madre en Baviera?
Personalmente creo que es mucho más fácil ser madre aquí, por muchos motivos. En Alemania y especialmente en Baviera, lo que se fomenta es que la madre no trabaje y se quede al cuidado de su familia, por lo que las ayudas y bonificaciones estatales se orientan en este sentido. Incluso el sistema fiscal, con su división por clases, beneficia a las familias en las que sólo uno de los padres trabaja a jornada completa y el otro se queda a cargo del resto. Lo difícil, por ejemplo, es ser algo además de madre. La falta de guarderías tanto públicas como privadas, sus horarios y los horarios de los colegios, hacen casi imposible tener un trabajo que merezca la pena, tanto a nivel personal como económico, así que muchísimas mujeres acaban optando por quedarse en casa y concentrarse en la familia.

Tampoco se estila la ayuda doméstica, ni siquiera para limpiar la casa. Esto a mí me parece un poco exagerado, pero es verdad que esta mentalidad de autoresponsabilidad extrema, hace que aquí las madres estén un poco más relajadas, incluso sean más dejadas. Parece una tontería, pero viniendo de una cultura como la española, en la que las apariencias son importantísimas, que aquí no importe que los niños vayan conjuntados o lleven la ropa planchada, y que sea normal que se revuelquen por el barro, te hace dejar de preocuparte por el qué diran y te deja un poco más de espacio para disfrutar. La sensación que tengo es que, a pesar de las dificultades para mantener un buen trabajo o para ascender profesionalmente, aquí la maternidad se vive más tranquila.

La rutina laboral y las obligaciones, ¿dejan suficiente tiempo libre para disfrutar en familia?
Sí, totalmente. Aquí son muy puntillosos con los horarios de trabajo y, ni está bien visto, ni suele ser normal echar horas en la oficina, a no ser que haya algo urgente, claro. La gente se va a casa a su hora, aunque aquí el sentido del tiempo libre no es el mismo que en España. Como he comentado antes, la autoresponsabilidad alemana hace que, cuando terminan su trabajo remunerado, se dediquen en cuerpo y alma a su otro trabajo: la casa y la familia. Para ellos es sagrado.

¿Cómo definirías tu día en familia ideal en Baviera?
Como tengo niños pequeños, lo más práctico suele ser salir al aire libre. Pasear, montar en trineo, ir a bañarnos a algún lago, excursiones… Y, de vez en cuando, alguna ciudad pequeña y tranquila. Los alemanes tienen un curioso sentido de las distancias y hacerse una hora de coche para pasar el día en la montaña o ir a comer a un restaurante en particular, es bastante frecuente. Mi día ideal es salir por la mañana temprano con el coche, dar un buen paseo, comer fuera y volver agotados.

¿Qué actividades soléis hacer juntos en vuestro tiempo de ocio?
En invierno solemos hacer excursiones en trineo y en verano nos gusta ir a pasar el día a algún lago. También pasear o ir a alguna exposición, o incluso dedicarnos a arreglar el jardín o cortar leña. Aquí las actividades se mantienen muy low cost, y poco estresantes para los más pequeños.

¿Qué lugares son vuestros favoritos en este sentido?
Personalmente me encanta toda la zona de Allgäu, que es en la que vivimos. Nos encanta ir a las diferentes jornadas que se organizan en Wolfegg, un próspero pueblecito con una granja histórica. Su mercado de navidad es espectacular, y también organizan mercados temáticos de burros, cabras, hierbas… El sitio es precioso y reúnen un gran número de artesanos, que aquí en Baviera siguen siendo profesiones cuidadas y respetadas.

También nos encanta ir a Lindau, a la orilla del lago Constanza. Es una ciudad pequeña, con un centro histórico precioso para pasear y un puerto estupendo, con unas vistas espectaculares.

Ulm también es preciosa, con un barrio de pescadores (Fischer Viertel) encantador. Además tienen un museo específico para niños, con exposiciones estupendas y muy interesantes, el Edwin Scharff Museum.

Otra cosa que hemos hecho varias veces es ir a Nesselwang. Allí puedes subir en teleférico (o andando) y desde arriba las vistas de los Alpes son espectaculares. Al bajar tienen una cosa genial para lo más pequeños: Rodelbahn. Es como un tobogán gigante, cavado en la tierra y que empieza a mitad de montaña. Te dejan una especie de plataforma con ruedas, con un freno, y bajas ahí dentro, más rápido o más despacio según los gustos.

Siempre pensando en clave familiar y en los niños, ¿ciudad o naturaleza?
Yo creo que hay que combinar las dos cosas. En Múnich hay cosas interesantísimas que, aunque no sean siempre específicas para los más pequeños, pienso que conviene enseñarles desde el principio. La naturaleza lo que te da es muchísima tranquilidad: no hay coches ni calles que cruzar, los niños se pueden desfogar…

¿Cuáles son vuestros lugares preferidos en Múnich?
El zoo nos encanta, es un plan estupendo para niños cuando vives en la ciudad. En Múnich también conocemos el museo de los bomberos, el Kinder-und Jugendmuseum, una buena alternativa al parque en el frío invierno o en una tarde de lluvia. O bien el jardín botánico.

¿Qué recomendarías al viajero que llega a Baviera en familia?
Que se relajen y disfruten. En general, una cosa que he aprendido de los alemanes, es a adaptarme a los ritmos de los niños en los viajes, sobre todo cuando son pequeños. Baviera es fantástica para esto porque ofrece muchísimas alternativas, tanto al aire libre como en espacios cerrados, para que los niños disfruten del viaje, a su ritmo y sin pegarse palizas de turismo que, para qué nos vamos a engañar, les suelen interesar poco y aburrir bastante. La ventaja de Baviera es, sobre todo, que se trata mayormente de cuidades relativamente pequeñas, fusionadas con mucha naturaleza.

Reobertura de la Lenbachhaus

Després de mesos de seguir l’evolució de les obres de la Lenbachhaus, aquest dimecres han reobert per fi el museu. Encara m’he d’acostumar a la cobertura daurada del nou edifici, que ha estat dissenyat per l’estudi de Norman Foster -és a dir, per una legió de becaris-. Supose que saber que l’ampliació ha costat 60 milions d’euros no ajuda massa a fer-se a l’obra, a poc a poc. De moment he pres unes imatges per a un escriure un post detallat a Muniqueando i segurament esta vesprada aprofitarem que l’entrada és lliure per a veure els quadres de Kandinsky i el grup expressionista Der Blauer Reiter a Munic. Sobre això mateix, entrar al museu seguirà sent de bades fins el proper 12 de maig.

Vista de la Lenbachhaus, este dimecres

Vista de la Lenbachhaus, este dimecres

Edifici original de la Lenbachhaus, restaurat

Edifici original de la Lenbachhaus, restaurat

7 días consecutivos (del guía)

Algunas veces tengo la suerte de poder encadenar siete y hasta ocho días consecutivos de tours y excursiones de día completo. Esto, claro está, es fantástico para la economía familiar. Por otro lado, tengo constatado que puede desgastar mi salud hasta límites insospechables. Solo si resumo mi última cadena de visitas podréis entender cómo me despierto en días como hoy:

Primer día. Incorporación progresiva
Es lunes y me levanto todavía con dolor de la última excursión del fin de semana. Fue una salida de las que te dejan mella en las piernas pero la cabeza fresca y el ánimo por las nubes. Es decir, con Mariola. Pero eso fue domingo. Hoy es lunes, toca escribir y ya por la tarde acompañar a un pequeño grupo y heterogéneo en un tour especializado sobre el Tercer Reich. Hay suerte, gente encantadora, todo pasa rápido. A casa, a cenar y a dormir, que mañana será más duro.

Segundo día. Dos porteños muy porteños o mucha caña
¿Dije duro? Me quedé corto. Somos cuatro –dos de ellos porteños o bonaerenses–, en una excursión privada en tren. Pero que excursión.

–Hola buenos días me llamo Jordi…
–¿Shordi?
– Sí, me llamo Jordi y…
–Catalán, supongo…
–No valenciano, aunque el catalán es mi leng…
–¿Valenciano? ¿pero de dónde?
–De una ciudad muy pequeña –todo dicho muy rápido o será imposible acabar la frase–… y voy a ser vuestro guía durante el día de hoy.
–Mirá vos! Fantástico. Nosotros somos de Buenos Aires y hemos venido a Múnich por trabajo. La verdad es que esta es una ciudad maravillosa; pero yo no la visité casi porque ando siempre ocupado. Cuando termino a la noche estoy muerto. Es lo que tienen estos viajes, la plata es la plata, la guita, vos me entendés. Y en el tiempo libre hay que andar a conocer. Hoy estamos aquí y mañana nos vamos a Roma… –habría que cortar en algún momento pero por suerte, o no, ahí está la mujer.
–¿Por cierto Shordi vos no sabés de una peluquería donde una pueda ir a la tarde?
–Señora, a la tarde regresamos casi a las ocho y estará prácticamente todo el comercio cerrado.
–Mira, acá mismo hay una, ¿vos no podés preguntar ahora?
–Señora, que nos vamos de tour y nuestro tren sale en unos minutos y hay que ir a la Estación de Trenes.
–Shordi tiene razón cariño, dale. Hay que andar a buscar el colectivo. Se hace tarde.
–¿Y mañana?
–Mañana es 1 de mayo señora, Día del Trabajo y festivo en toda Europa. Estará todo cerrado.
–¡Y yo con estos pelos! ¡Y enferma! Y nos vamos a Roma!
–Sí mi amor pero dale.
–Si os parece vamos yendo. Como os decía mi nombre…

Esto, esto de aquí arriba, son menos de dos minutos, es una pizca de la pizca, eso no es nada. Y si no me creéis, preguntadle a un chileno de la calle a ver qué os cuenta.

Añadidle diez horas a la conversación interrupta: la batería se agota. Uno llega a casa sin saliva, desfondado por lo hablado, por lo andado, por lo escuchado, por lo sufrido… Por suerte, Mariola es fantástica y es capaz de reconstituirme antes de que caiga molido en el sofá. Mañana será otro día.

Tercer día. Más madera
Todavía medio renqueante, no estoy dispuesto a desaprovechar medio festivo con Mariola. Hace un día estupendo, sol de mayo y una temperatura envidiable. Como para comer en biergarten. Termino el pollo asado a toda prisa para llegar a tiempo de mi tour vespertino. Es otra visita abierta con un grupo mediano, variado, que se ha apuntado a la salida de tarde para andar tras las huellas del Tercer Reich en Múnich. Gente correcta en visita corta en la que no es preciso intimar. Diría que me recupero.

Cuarto día. Llueve sobre Múnich
Estaba claro, como el agua. El agua tenía que venir más pronto que tarde y ya la tenemos aquí. Por sorpresa, rompiendo pronóstico y en cantidad abundante. Y precisamente hoy, que tenía contratado un tour privado en bicicleta. Llego al hotel pedaleando, casi empapado, y con la intención de anular la visita en bici. O de cambiarla por una a pie, bajo el paraguas. Pese a todo, hoy es un día de suerte. La fortuna este cuarto día significa que me he topado con un grupo fantástico, fácil. Los acompaño en un agradable paseo de cuatro horas por la ciudad de Múnich que pasa volando. Incluso ha dejado de llover. Más aún, mañana repetimos en un grupo mixto al castillo de Neuschwanstein con esta familia y otra que está al caer.

Quinto día. Placentera excursión al castillo
Es un buen día. Por delante una excursión con un grupo de quince personas que resulta ser de lo mejor que he recibido en bastante tiempo. Buena gente, de la que ayuda a que todo salga perfecto. Y así es, con alguna incidencia menor como que el castillo de Neuschwanstein está a rebosar; que los hago caminar y atajar por un sendero empinadísimo a pesar de que tenían el transporte hasta el castillo pagado; que el puente de María está literalmente colapsado por una marabunta de chinos; que nos sorprende y nos empapa una tormenta terrible –granizo incluido– en la cola para entrar al palacio; que no nos queda casi tiempo para comer; que tenemos que hacer transbordo en el tren de regreso… Pero no es ironía, todo son incidentes menores, porqué así los percibe mi gente, la que hoy viene conmigo. Al final llego a casa una vez más derrotado, pero hoy con una sonrisa. Mañana más.

Sexto día. Siete niñas; aflora el cansancio
Aunque el día de ayer pareció redondo, subyace cierto cansancio lógico después de varios días de recibir a grupos relativamente numerosos, variopintos, y de pasar con ellos la mayor parte del día. Hoy aguarda la tercera visita al palacio de Neuschwanstein en una semana, con sus seis o siete kilómetros de caminata asociados, y sus idénticas explicaciones. Queda lo mejor por desvelar: regresamos al tren regional, en pleno pico de temporada por el puente y con un grupo de doce personas en el que siete son niñas de entre dos y nueve años. Son una gracia, todas primas, pero una gracia insaciable que bebe constantemente energía desde el minuto cero. No es plan de dar pelos y señales pero añado dos datos: recuerdo perfectamente sus nombres y dudo que los olvide en mucho tiempo; a pesar de cargarlo la noche anterior, mi iPad llega a casa con un 2% de batería. Como yo.

Séptimo día. El remate final
Doy gracias y lloro todo al mismo tiempo porque hoy me espera un último tour privado, de día completo, con dos personas de la edad de mis padres, por encima de los setenta años. Doy gracias porque auguro una excursión placentera, sin sobresaltos, sin prisas… Lloro porque un grupo privado de dos personas a estas alturas exige una conversación de diez horas de duración, sin pausa. Al final del día se cumplen mis pronósticos, ha sido un viaje plácido de trabajo interrumpido. Por suerte, la familia era educada, distinguida, elegante, conversadora, con un nivel cultural muy por encima de la media. De no ser así, no sé si lo hubiera podido resistir. Pero encadenar siete días de trabajo no puede terminar sin sabor amargo, así es que todo parece diluirse a última hora con un follón que ahora no viene a cuento pero que a mi me deja literalmente agotado.

Así me he despertado hoy, lunes 6 de mayo y después de todo. Solo. Sin voz, sin fuerza en las piernas. No sé qué hubiese sido de mi si esta sucesión de excursiones hubiese seguido un día más. Mientras escribo descubro incluso que he contraído un interesante catarro. Y recuerdos fugaces e historias de personas a las que conocí recorren sin parar mi cabeza: pienso en si al colectivo se le agarra o se le coge o ninguna de las dos cosas; en Tavernes de la Valldigna, que es un pueblo muy pequeño; en cómo es posible tener nueve nietos y que sean todo niñas; en Cayetana, que no existe; en Almansa y en su castillo; en aquellos que, como yo, viven lejos de su casa; en viajes de amigas, divertidos; en taxistas; en los enemigos de Chavez después de muerto… Es una resaca terrible, una traca. Como si me hubiera bebido una botella de café licor de mi pueblo, con cola. Por suerte, no hay mal que dure cien años. Mañana seguramente habré olvidado, o asimilado, muchos de los recuerdos que imprimieron en mi memoria la cadena de desconocidos. Entonces estaré listo para volver a la carretera.

Andechs: cultura, natura i cervesa (de la bona)

Diumenge passat vam tindre l’oportunitat finalment d’escapar-nos al monestir d’Andechs, una excursió que teníem pendent des que vam vindre a viure a Munic. Aquesta abadia rococó situada en un promontori sobre el llac Ammer és preciosa als ulls de qualsevol, creient o no creient, ara bé, jo tinc que confessar que el que a mi més m’atreia era tastar la seua cervesa artesanal. Fantàstica. I a la taverna hi havia un ambient saníssim i genuïnament bavarés. El que no m’esperava era l’excursió entre el bosc per a pujar a Andechs des del poble de Herrsching, on ens va deixar el tren. Ho he detallat tot a Muniqueando.

Pujada a Andechs

Pujada a Andechs

Diari de la Festa des de la cuina: l’esquadra de negres

Cinc hores de son i dotze a la cuina. Són les set de la vesprada i és hora d’anar a la filà. On? A la cuina. Però abans he pogut acompanyar a l’esquadra de negres del Capità moro de 2013, la Filà Benimerins. En realitat no seria del tot mentira si afirmara que si estic ací és per eixa filera de dotze personetes, crescudes, guiades per una música impresionant, aclamades per un públic digne d’admirar, vestides de guerrers. Dos fotos, una del capità i l’altra de l’esquadra de Tonet. Dic, de negres.

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Diari de la Festa des de la cuina: intro

Sabeu què vol dir “Ja les tenim ahí”? Si ho sabeu, calleu, sinó, escolteu, perquè ara vos explicaré quatre coses ben contades, que he vingut a casa de la mama, a soletes, per a passar quatre dies que crec seran d’allò més divertit. Tant que pense esplaiar-me a gust al #quadern. Anem allà, amb una intro: “Ja les tenim ahí”. És una frase tan idiota, disculpeu volia dir costumista, com la Festa mateixa. Festa, paraula que al meu poble s’escriu amb majúscula i que no fa referència a cap espectacle de tauromàquia ni de cap altra cosa que puga ser entesa de la mateixa forma que és entesa pels alcoians i les alcoianes més enllà del port d’Albaida. Una traducció possible: festes de moros i cristians a Alcoi en honor a Sant Jordi, però hauria d’incloure etiquetes com declarades d’interès turístic internacional o, ja escalfant una mica més l’ambient, del tipus 22, 23 i 24 ara i sempre; les millors del món; les més grans; les úniques; aquelles en les que les dones i els homes no participen en igualtat de condicions; les que sempre són iguals; bla, bla, bla. Els que sou forasters, o siga no alcoians, segur que esteu flipant. Però a ben segur que ara compreneu que em referisca a la Festa amb una sola paraula i en majúscules. M’evita moltes explicacions. Si encara no heu entès què són les festes de moros i cristians d’Alcoi, o la Festa, vos deixe llegir un parell de cites recents per a que vegeu que no vaig de farol. Fa un parell de dies, Toni Francés, alcalde del meu poble va escriure al seu mur de facebook: “Treball, imaginació, creativitat. Tot enllestit, Alcoi mostrarà un any mes les millors festes del món. Bones festes”. Nyas, coca. Fa ja un porró d’anys Ovidi Montllor, alcoià com pocs, va dir: “Allí fan unes festes que a molts les duren un any i que altres les esperen sense pensar en el sant. Són moros i cristians, que el cafè els fa germans; sempre perden els moros i guanyen els cristians”. La va clavar, l’amic. Bé, intro festera feta. Falta introduir això del Diari de la Festa des de la cuina. Que a què he vingut jo des de Munic, un cap de setmana llarg i a soles? A beure cafè licor? A baixar per Sant Nicolauet vestit de moro al compàs de la música festera? Nein. Igual cau alguna mentireta –aquells que segueixen sense entendre res estan a temps de veure a Xavi Castillo de fent de capità moro o poden deixar un comentari al post-, però he vingut, ara ve lo bo, a fer costat a la família i la nostra empresa de càtering –si és que no em prive de res- que durant quatre dies donarà a menjar i a sopar a 500 persones totes segudes juntes en una filà, lo que podríem entendre, simplificant molt, com un local al que va molta gent amiga per a embufar-se. La majoria homes. Així doncs tenim uns dies per davant i un negoci que atendre al qui totes les mans li seran poques. I com que no me’n perd una, he pensat que seria divertit narrar la Festa al Quadern des d’allà on la seguiré, que no serà precisament primera fila. Comença el viatge a #micAlcoi13 i ho fa amb l’Himne de la Festa. Me’n vaig a la filà o faré tard. Que ja les tenim ahí -en 60 minuts-.

Els Alps des d’Olympiapark

Molts poques vesprades a l’any apareixen els Alps tan clars darrere de la ciutat de Munic. Hui era el dia, sol i temperatures suaus per a contemplar al vespre una panorama d’escàndol. Grues, la Frauenkicrhe i les muntanyes que encara conserven la neu de l’hivern. Des de l’Olympiaberg. (Necessite un teleobjectiu.)

Vista dels Alps des d'Olympiapark

Vista dels Alps des d’Olympiapark

Olympiapark al vespre

Olympiapark al vespre

Los guías y las propinas

“Tienes que enseñarte a pedir propinas”. Lo recuerdo perfectamente, fue una de las primeras frases lapidarias que recibí en mi instrucción, más bien callejera en sus inicios, como guía turístico. Ha llovido un montón, en Múnich eso no significa gran cosa, así es que me acuerdo perfectamente. Solamente de pensarlo, me pongo sonrojado, pues yo soy más bien modoso para estos asuntos. Serán cosas del falso pedigrí adquirido tras el paso por la facultad. Porque, la verdad, aunque a días los licenciados nos creamos por encima del bien y del mal, no conozco a nadie que no responda de una u otra manera a los estímulos provocados por el movimiento de una billetera. Yo, no os engaño, soy sensible –especialmente si me siento autorizado moralmente para el estímulo–, por mucho que me escandalice mientras escribo estas cosas y me esfuerce por convencerme de lo contrario. En fin, vayamos al grano, este es un artículo destinado a tipificar cinco modalidades de propina recibidas por el guía de turismo. Aprendices, tomen nota. Viajeros, les digo lo mismo.

1. Propina normal. Como su propio nombre indica, es la más corriente a uno y otro lado del charco. El pan nuestro de cada día, para todos aquellos que guiamos con la ñ. ¿Qué cómo funciona? Muy fácil, consiste simplemente en no recibir absolutamente nada al final de la visita. “Que para eso ya hemos pagado, María”, le argumenta él a ella.

Es la recompensa preferida para sus guías, tras un duro día de trabajo, por parte de viajeros y turistas venidos de todos los rincones de la península ibérica. De hecho, la denominación propina ibérica es igualmente válida para este tipo de apunte bancario, nulo.

Por cierto, dispone de algunas variantes simpáticas. Entre las más singulares: la palmadita en la espalda acompañada de una felicitación por el trabajo bien hecho o la entrega de una tarjeta de visita personalizada, “para que estemos en contacto” cuando vengas por mi pueblo, “que eres un tío cojonudo”. Esta última modalidad es como tirar un penalti al póster, ya que es inevitable que al guía se le haga la boca agua, a veces indisimuladamente, al comprobar que el cliente echa mano de la cartera. Es para coger la tarjeta de visita. Uyyyyy!!!!

Por otro lado, y esto sí que jode, el modo propina normal es radicalmente diferente para los guías anglosajones: oscila entre los 20 y los 50 euros por día, de media, dada la costumbre de gratificar entre británicos, norteamericanos, australianos… La puntilla es cuando un compañero te dice “no te preocupes, es una cuestión cultural”.

2. Propina inesperada. Es la que, en contadas ocasiones, te dan unos españoles al final de una excursión. Ya lo dice su nombre, es inesperada, infrecuente, rara, difícil, reconfortante, feliz… No importa si es de cinco euros o de cincuenta, como no te la esperas te pone muy contento.

3. Propina cantada. Es la que te conceden un grupo de turistas sudamericanos al final de una excursión. Ya de buena mañana, cuando los recoges en el hotel o el punto de encuentro, la puedes ver venir. Eso sí, hay que sudarla, a base de sonrisas, consejos, apuntes en el plano de la ciudad y cosas por el estilo. Cuando los ofreces, quizás no eres consciente de que te estás fabricando una recompensa económica. Pero lo estás haciendo. Sale mejor si ese día vas de tour sin afeitar y vestido con ropa de Zara. Si es vieja, lo bordas. “Pobre español, con lo preparado que está y se ha venido a Alemania a trabajar. Menuda crisis que tienen”. Esto igual te lo dicen que se lo callan, pero lo piensan siempre.

Una variación tan rara como satisfactoria: si vas con un grupo numeroso de turistas y uno de ellos te da una propina cantada, entonces está cantado que todos –igual se escaquea algún español– se sumarán a la fiesta y terminarás haciendo una caja del copón. Viva Bolívar.

4. Propina compasiva. Es una degeneración de la cantada, dolorosa. Si te añaden la frase “yo también he sido estudiante y sé lo que se sufre” te dejan KO. “Señora que estudiar es muy bonito y se puede hacer toda la vida, sin dar pena”. Lo dicho, es infrecuente pero que te den unas monedillas en esas condiciones, más que arreglarte el día, te lo fastidia.

Por imaginar el peor escenario posible: te dan una propina compasiva un día de lluvia, el tour se ha alargado más de lo previsto y además los turistas te caían gordos. Por suerte, esto es atípico.

5. Propina gigante. Esto sí que es extraño. Sucede de uvas a peras, pero de repente un día te viene un señor a última hora que puede pertenecer al grupo de donantes inesperados, cantados o compasivos y te afloja la mosca. Cuando ves el billete de 50 euros se te caen los huevos al suelo, propinando lenguaje apropiado. La verdad, estas propinas duran menos en el bolsillo que un caramelo a la puerta de un colegio. Ese mismo día te la fundes en unas zapatillas, un par de libros o una cena romántica. Qué pena que no sean la norma.

Podría quemar páginas y páginas revelando el lado más visceral del guía turístico, pero no le quiero provocar los vómitos a nadie. Solamente puedo añadir que, por mucho que algunos guías se esfuercen por poner cara de “no sé de qué me hablas”, todos –bueno, siempre hay algún raro–  esperan con los brazos abiertos ese billete apretado entre las manos antes de la despedida. Los más recatados matizarían que “no es para tanto”, añadiendo a continuación que “a nadie la amarga un dulce”. La señora de la media melena y la chaquetita a medida, guía oficial, con su magnetófono y su grupo escolar, es posible que niegue la mayor. Ya que estamos, yo también reniego de todo lo que he confesado. ¿Acaso tengo cara de aceptar propinas?

Viaje al sudeste asiático (anexo III). Tuol Sleng y el genocidio camboyano

El paso por la antigua prisión S-21, en Phnom Penh, fue una de las visitas ocultas en el cuaderno de viajes durante nuestro reciente periplo por el sudeste asiático. No tuve cuerpo para comentarla entonces, a sabiendas de que sería un tema difícil de olvidar. Un reciente paseo por el antiguo campo de concentración de Dachau, ya en casa, me hizo recordar la importancia del asunto.

No es la primera vez que posteo aquí sobre un campo de concentración. O peor, de exterminio. Obviamente no son lo mismo. Y aunque los inserte en el Quadern como una recomendación de viaje, está claro que no son lugares para el disfrute. A pesar de todo, y siempre que sea desde el respeto y una perspectiva didáctica, estoy convencido de que conocer de primera mano un lugar como la prisión S-21 equivale a una lección magistral, incomparable, sobre ética.

Tuol Sleng Genocide Museum. Ese es el nombre completo de la antigua prisión de máxima seguridad camboyana, que no hace tanto fue un colegio por el que correteaban niños descalzos entre sus pasillos al aire libre. En 1975, todo cambió inesperadamente, de la misma forma que los vecinos de Oświęcim se vieron sorprendidos por las alambradas de la muerte en 1940.

Aunque la cifra exacta de víctimas de los Jemeres Rojos no se ha confirmado, la población de Camboya descendió en varios millones de personas –se estima que en unos dos- durante su descabellado gobierno de menos de tres años. En este sentido, Tuol Sleng es únicamente el icono, el símbolo de aquél régimen tiránico, que no es poco. Unas 20.000 personas perdieron la vida en esta cárcel ubicada en pleno centro de la capital, víctimas de una crueldad incomprensible que hace saltar las lágrimas a cualquiera.

Creo que Mariola no me vio, pero yo lloré aquella mañana, de la misma forma que lo hice esta misma semana en silencio mientras visionaba el documental sobre la liberación del campo de concentración de Dachau en la Segunda Guerra Mundial. También suspiré ese otro día, en Auschwitz, y seguramente lo haga una próxima vez, al recordar lo acontecido no hace tanto en Ruanda, en Srebrenica, Kurdistán, etcétera.

¿Y, entonces, merece la pena visitar el escenario de un genocidio si sabemos que saldremos del sitio con un mal cuerpo terrible? En mi caso, me reitero: no tengo dudas. No es lo mismo releer las páginas de un libro, incluso ilustrado, que darse un paseo entre las celdas minúsculas y oscuras de un lugar tan miserable como Tuol Sleng.

Allí, mientras reflexiona, uno oye los pajarillos romper un silencio inusual, trata de disfrutar del sol magnífico de Phnom Penh, incluso descubre un lugar a simple vista agradable donde sería posible la relajación. Pero entonces abre los ojos y aparecen a la vista los alambres de espino y un escalofrío rompe toda posibilidad de sentirse confortable. Así es: hasta el lugar más apacible puede convertirse en una fábrica de terror. Está en nuestras manos.

No me recrearé en la visita a la prisión de los Jemeres rojos, los que han oído alguna vez su historia saben que trataron de destrozar cualquier rasgo de civilización moderna en su país. Por eso, las clases medias, los funcionarios, los habitantes de Phnom Penh en general, fueron blancos seguros para los seguidores de Pol Pot. En Tuol Sleng, fueron retratados muchos de ellos, aterrorizados ante sus verdugos, indefensos, sin distinción alguna por edad o sexo. La crueldad no las hace.

Tan terribles como las imágenes de las víctimas son las celdas improvisadas de aquella prisión, las salas de interrogatorio o los restos de la tortura inflingida en el patio.

Suficiente. Dije que no me recrearía y ya lo he hecho demasiado. Aunque no lo anoté entonces, fuimos a Tuol Sleng, en Phnom Penh, y volveríamos mañana sin dudarlo. Solos. Con nuestros hijos. Con nuestros padres. Allí miramos una vez más de frente a la maldad, conocimos de lejísimos la crueldad, recordamos que somos capaces también de lo peor y por esa misma razón no conviene despistarse. Aquel lugar, aquellas fotografías que nunca deberían de haber existido, nos lo recordaron. Por si acaso, la señora que custodia la entrada nos advirtió ya antes de entrar: “Aquí está prohibido sonreír”. Faltaría.

Antigua celda de 'interrogatorios'

Antigua celda de ‘interrogatorios’

Tuol Sleng

Tuol Sleng

Celdas

Celdas

Retratos de las víctimas, por sus verdugos

Retratos de las víctimas, por sus verdugos