Category: Viatges/ Viajes

Hallstatt: la postal

Si no és el poble més pintoresc d’Àustria, poc li falta. Aquelles persones ho sabien, ho creien que ho sabien, més bé, i per això feia mesos que havien preparat a consciència aquella visita. Uns dies abans, en un desplaçament avançat, personalment vaig tindre la sort de comprovar que, de pintures, en mereix bona cosa, Hallstatt. Hi ha moltes més coses a fer, però el poder de la imatge instantània, la fugacitat, s’imposa a totes les altres virtuts del poble i les seues muntanyes de la sal, en els temps que corren. I al final, el dia D. Dia de tempesta, de fred, de vent, de malestar… que els va impedir a aquelles bones persones de complir el seu principal objectiu: prendre una fotografia com aquesta. Ja l’havien vist abans, mil i una vegades, al google, pel que, al cap i a la fi, hom va romandre pràcticament indiferent, aquell matí sota la pluja.

Hallstatt, al peu del llac

Hallstatt, al peu del llac

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#rutaBayern: Rothenburg en silencio

Rothenburg en silencio (I)

Rothenburg en silencio (I)

Afuera había mucho ruido. Alboroto forastero. Sonido ensordecedor. Yo era ruido, por lo que no podía evitar sentirme molesto en medio de aquel escenario en forma de plaza empedrada. Solamente los tres puestecillos en el centro de la plaza, en sábado de mercado, conseguían equilibrar algo la situación. En una de estas tiendas, los espárragos blancos, gigantescos, todavía mojados en manos de la vendedora, una mujerona rubia, oriunda y oronda ella, de manos duras y rostro castigado por la vida en el campo, eran seguramente el mejor espectáculo que uno podía admirar. El resto, además, era muy complicado de desentrañar. Por eso, decidí salir pitando de aquella empedrada. Abrí la puerta del edificio más bonito de todos los que vi, el ayuntamiento, precioso palacio renacentista que durante siglos ha sido testigo en primera persona del encumbramiento y posterior caída a los infiernos del lugar. Al otro lado de la puerta, de pronto, dejaron de chirriarme los oídos. Qué descanso. Incluso el sentimiento de culpabilidad, que un rato antes me había estado embargando los pensamientos, quedó anestesiado casi por completo. Por fin, pude observar con serenidad, a través de las vidrieras, aquellos bellos edificios de la calle que, teniendo ante mis ojos, no había conseguido captar hasta el momento. Observar a través de los cristales, en silencio, me hizo sentir como si hubiese sido engullido por una gigantesca botella de vidrio, algo atrapado, pero extrañamente liberado de interferencias. A salvo. Lo primero que hice fue subir por la preciosa escalera en forma de caracol, de piedra noble y vieja, que apareció ante mi. Cuatro o cinco pisos más arriba, el ascenso terminó abruptamente con la irrupción de una puerta con un letrero que decía: “A la torre”. Portón adentro, una enorme sala diáfana revelaba algunos de los secretos del palacio centenario, caso de las enormes vigas de madera sobre las que se sostenía todo. En uno de los costados de la habitación, una puertecilla invitaba a seguir trepando más allá del techo de la casa, en busca de la torre. Y qué manera de trepar. Para cuando me dí cuenta, no había marcha atrás. Los escalones se hicieron más y más estrechos, y la corona de aquella vieja atalaya de cincuenta metros parecía no llegar nunca. De subida, alguna pequeña apertura en la pared seguía regalándome la posibilidad de disfrutar del pueblo, un rato más, libre de interferencias. Por fin, aquella escalinata angosta desembocó en una minúscula salita en la que, no obstante, había lugar para colocar a una recaudadora. Algo de ruido, comprensible y lógico ruido. “Son dos euros”, dijo ella. Tras pasar por caja, los diez peldaños finales, como si del acceso a la escotilla de un submarino se tratara, me escupieron por fin sobre el cielo de Rothenburg. Una vez arriba, superado el cuello de la botella, obtuve como regalo una perspectiva diferente, omnisciente, de un pueblo a doscientos autobuses de asiáticos pegado. Allí no se escuchaba ruido alguno, ni siquiera las emisiones de la docena de vigilantes de la torre que tenía por compañeros, cámara réflex en mano, entorpecieron el espectáculo insonoro. Tejadillos a dos aguas, casonas de madera entrelazada, palacios de piedra, campanarios, torres, ríos, prados verdes y amarillos, primavera… Y silencio, pues allí arriba, por fortuna, todo seguía siendo placentero silencio.

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#rutaBayern: les fonts de l’Isar

No és l’Elba, no és el Danubi, però és el nostre, el riu sempre és vida, i amb el temps he anat estimant-lo més i més. L’altre dia, potser una mica d’hora si tenim en compte que mig matí el vàrem passar xafant neu de primavera, vàrem acudir en busca de les fonts de l’Isar, al Tirol.

Exactament no vàrem arribar a les fonts, poc va faltar, i ens varem endinsar a canvi, com ens fou possible, en la curiosa i poc concorreguda gola de Gleirsch. Una excursió d’una dotzena de quilòmetres, anada i tornada –llàstima que no siga una ruta circular–, més bé senzilla per començar la temporada de senderisme als Alps i la zona prealpina.

Gleirschklamm

Gleirschklamm

Ruta sencera. Nosaltres vàrem fer la variant primera. /WEB

Ruta sencera. Nosaltres vàrem fer la variant primera. /WEB

La passejada, potser una mica sobrevalorada si atenem a les ressenyes que en fan els aficionats locals i que la situen com una cosa única –al final, de goles amb caigudes d’aigua, n’hi ha bona cosa per ací–, comença i acaba al poble austríac de Scharnitz, als peus del Karwendel. Es fa sempre a la vora de l’Isar, aigua pura i fresca, acabada de nàixer de la muntanya, sense massa desnivell acumulat i caminant sempre en pla o amb una pendent mínima. Es camina per la vall, de fet, arrencant al poble per sota dels 1.000 metres i amb un cota màxima per davall dels 1.200.

Els camins estan suficientment assenyalats fins que s’arriba al Gleirschklamm, la gola, un comença un tram d’un parell de quilòmetres que està marcat amb color negre, difícil. No diria que es un camí complicat, tot i que és cert que es passa per camins molt estrets en un barranc, potser no és la millor opció per a excursionistes poc acostumats o amb vertigen. Res greu, però.

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Gleirschklamm

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Cert que, segons quan, hi ha una mica de caiguda

En el nostre cas, la abundant neu que encara quedava a les parts d’ombria, just acabat l’hivern, ens va impedir completar els últims metres del matí, però no gaudir-ne.

Per cert, com que la tranquil·litat és absoluta a esta ruta, també ho és pel que fa a cabanyes en les que trobar cervesa fresca o alguna cosa per menjar. Millor portar els entrepans, doncs.

Les postres, això sí, les vàrem fer a Mittenwald, de camí de tornada i ja a Baviera. Seguts a una terrassa al carrer principal, amb unes magnífiques vistes del Karwendel en primer pla.

Els pics noroccidentals del Karwendel, des de Mittenwald

Els pics noroccidentals del Karwendel, des de Mittenwald

*Nota per al viatger
Hi ha descripcions detallades de la ruta a diferents webs, en alemany. És el cas d’aquestes resenyes a Bertour Online.

#rutaBayern: un rato azul en Murnau

Ahí adentro hay cosas bonitas...

Ahí adentro hay cosas bonitas…

El otro día pusimos pie en Murnau am Staffelsee. Es uno de esos sitios a los que tienes pendiente acercarte, al lado mismo de casa, pero, sin saber por qué, nunca acabas de concretar esa visita. Delito. Y peor todavía, si no lo había cruzado anteriormente con el autobús cien veces, camino del innombrable lugar de cuyo nombre no me quiero acordar, no lo había cruzado ninguna. Pues sí: mañana fría de domingo, aunque debería de decir mañana fresca de domingo, ¿quién dijo frío ahora que ya no queda nieve? En Murnau, a finales de marzo, la nieve se ve a lo lejos, como si fuera de mentira, en la montaña, pero es muy probable que el terruño apunte al verde, desde el gris. O al azul. Porque Murnau, niebla pura, preludio del pico del tren, colinas, tierra húmeda y pantanosa, es un pedazo del país azul. ¿Azul? Sí, azul Wassily Kandinsky, azul Gabriele Münter, azul Alexej von Jawlensky, azul Franz Marc. Y de ahí el propósito de la visita: El Jinete Azul. No es la galería de la Lenbachhaus en Múnich, pero el museo en el castillo de Murnau nos regaló un rato fabuloso de Expresionismo. Y no solo eso: nos empaquetó la historia del pueblo para regalo, un claro nifunifa a priori, hasta el punto que salimos de allí con ganas de comprarnos una casa en Murnau. Pero no una cualquiera, una en la calle del mercado. O mejor, una de las que inventó de su puño y letra Gabriel von Seidl. Quien pudiera… Lo peor de la visita, o no, las fotos no están permitidas dentro del museo municipal de Murnau. Así es que si alguno quería saber cómo eso todo ese mundo por dentro, pues que se vaya a verlo con sus propios ojos.

*Nota para el viajero
Echad un vistazo a la web del museo para comprobar precios y horarios. Más sobre expresionismo en el vecino Kochel am see, en el Museo Franz Marc. Y todavía más arte expresionista a cuatro pasos: el Museo Buchheim al sur de lago de Starnberg.

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#rutaBayern: Cinco razones por las que Neuschwanstein no es el mejor lugar para personas de movilidad reducida

Arranca la temporada y regreso al mítico palacio de Neuschwanstein. Después de dos meses de parón ya son tres viajes en unos días. En fin, al grano, lo que me cuece por dentro, y después de afrontar un grupo especial el otro día, es lo mal montado que lo tienen para las personas de movilidad reducida. No es falta de preparación, ¿es falta de ganas? ¿un problema de rentabilidad (de este tipo de público, que consume más tiempo y espacio en un lugar en el que no hay ni tiempo ni espacio)? Sea cómo sea, esto es lo que hay y lo que, creo, debería de saber una persona con problemas de movilidad, ligeros o severos, antes de plantearse ir al palacio de Neuschwanstein y visitarlo por dentro:

1. Acceder hasta el castillo no es sencillo. El tráfico rodado está cerrado en la zona de Hohenschwangau, donde se encuentra el palacio, desde unos 2 kilómetros antes de alcanzar el monumento. Además, el acceso es por un camino cuesta arriba. Hay que subir, por tanto, 1,5 kilómetros hasta la puerta, que son otros mil metros si se quiere visitar el mirador del puente de María, el que ofrece la vista mítica. Unos 20 minutos caminando para una persona en buena condición física.
Como alternativa, en primavera y verano hay un servicio de traslado en autobús público que cuesta 2 euros pero que no reserva entradas. Esto es: hay que hacer cola, de media hora a una hora, y luego hay que caminar igualmente unos mil metros, pues nos deja en el mirador del puente, no en la puerta de Neuschwanstein. Los buses van abarrotados.
Segunda alternativa: subir en carro, que tampoco nos deja en la puerta. Cuesta seis euros por trayecto, hay colas y, lo peor, los pobres caballos (dos por carro) cargan con hasta trece personas, dirigidos por personal local de lo más desagradable. hay que advertirlo.

2. Moverse por dentro del castillo no es más sencillo. Las personas que acrediten una discapacidad y se registren previamente pueden usar el ascensor para llegar a las salas nobles; el resto, no, aunque tengan problemas de movilidad. Por tanto, hay que subir y bajar muchas, muchas, muchas, escaleras. Cinco pisos para arriba y otros tantos para abajo. De los de antes.

3. Mucha prisa y poco espacio. Las visitas se organizan en grupos de unas 50 personas que acceden al palacio cada cinco minutos. Por tanto, cada turista recorre la decena de salas nobles con audioguía en unos 30 minutos, siempre acompañado por una marea de viajeros y flanqueado, por delante y detrás, por otros grupos. No hay libertad de movimientos, no se puede ir despacio, no queda mucho hueco para moverse por las estancias… No es cómodo, hablando claro.
Por cierto, si una persona con problemas de movilidad se retrasa en la subida al palacio por lo que sea, como cualquier otra, se queda sin entrar, pues las entradas van numeradas y con horario exacto de acceso. Si llegas tarde, te quedas fuera.

4. La naturaleza es caprichosa y el lugar no está 100% preparado para afrontarla. Por muy domesticado que esté el paraje, estamos a las puertas de los Alpes. Esto es sinónimo de nieve y hielo una parte importante del invierno y de lluvias fuertes en cualquier momento del resto del año. Si vas en enero, será difícil moverse con libertad por la mayoría de caminos, pues simplemente limpian el tramo principal hasta la puerta; si vas en verano, igual te coge una tromba de agua y te la comes. No hay casetas, ascensores, sistemas de evacuación… en el camino que va entre Hohenschwangau y el palacio de Neuschwanstein.

5. Digan lo que digan desde la administración, en líneas generales el palacio no pone facilidades a este tipo de visitantes. Algunos datos sueltos: en todo el monumento solamente se dispone de un aseo adaptado a personas de movilidad reducida, a pesar de lo difícil que puede resultar para personas en silla de ruedas, por ejemplo, cambiar de piso; el descuento en el precio de la entrada es de un solo euro, a pesar de las dificultades; si no te apuntas con antelación, presentando carnet que acredite discapacidad, no puedes usar el ascensor.

En resumen, no seré yo quien le diga a una persona en silla de ruedas, o que simplemente tenga problemas para caminar, que no vaya a Neuschwanstein, pero al menos que sepa a lo que se enfrenta. Porque, a pesar de todo, la condenada vista desde el puente puede seguir siendo un motivo suficientemente importante como para acudir.

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#rutaBayern: la pista de trineo del Wallberg

Al final, como todo, al invierno de Baviera es cogerle el hilo. Que sí, que hace frío, pero si te quedas en casa te mueres del asco. Y cosas que hacer, siempre hay.

Más barato que ir a esquiar es cogerse un trineo y dejarse caer por cualquier cuesta que tenga algo de nieve. Este año no falta, nieve. En todo caso, siempre hay pistas y pistas, para dejarse caer con un schlitten, que es como esta gente llama al trineo.

Rebuscando sitios buenos el otro día conocimos la pista de trineo, o rodelbahn, del Tegernsee. Son casi siete kilómetros de bajada, con 800 metros de desnivel desde una cota 1.600 en lo alto del Wallberg hasta casi los pies del lago.

Empezando a bajar

Empezando a bajar

No sé cómo será la cosa cuando haya poca nieve, pero la verdad es que este invierno la capa es suficientemente buena como para que la bajada sea un cachondeo, a ratos incluso algo desmadrado, si no peligroso. Media hora bajando, por cierto, algo más si se van haciendo paradas. No cogimos el casco, pero no pienso olvidarlo la próxima vez.

El trineo, por cierto, lo alquilamos en la misma estación al precio más que razonable de 5 euros para todo el día. Eso sí, como no somos muy previsores, llegamos a mediodía y los trineos, en sábado, estaban agotados, por lo que nos tocó esperar casi una hora hasta que se fueran retornando equipos.

Así es que sacamos el billete para una sola subida con el telecabina, suficiente para una sola bajada. Es posible comprar tique para dos o más subidas, aunque los descuentos no son muy fuertes. Una subida cuesta 10 €, un pase de tres vale 26.

Las vistas, desde arriba, por cierto, impresionantes.

El panorama desde arriba

El panorama desde arriba

La capilla, arriba del todo

La capilla, arriba del todo

*Nota para el viajero
Todos los detalles sobre el rodelbahn del Wallberg, en su web.

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Salzburgo: tres miradores

Estos días de mercadillos navideños he tenido la oportunidad de volver a recorrer los dos montículos que envuelven Salzburgo, con sus tres miradores. No me han descubierto nada nuevo, pero me han recordado que unos son mejor que otros (según qué busquemos).

Fortaleza de Hohensalzburg

Vista desde la fortaleza. /SALZBURG FESTUNG

Vista desde la fortaleza. /SALZBURG FESTUNG

La mayoría de viajeros que persiguen una panorámica de Salzburgo desde las alturas suben aquí. Bajo mi punto de vista, si lo que queremos es inmortalizar la ciudad de la sal en toda su dimensión, es un gran error. Subir a la fortaleza a hacer fotos desde las alturas nos excluye del campo de visión uno de los elementos más singulares de Salzburgo: el mismo castillo, pues fotografiando desde este nunca lo vamos a poder tomar.

Además, es el único de los tres miradores al que no se puede subir si no se paga. Algo más de once euros si ascendemos en el cremallera y ocho si lo hacemos a pie. Eso sí, el precio incluye la entrada a las dependencias de la fortificación medieval, que con sus casi mil años de historia bien merece un paseo.

Si lo que se pretende es visitar el fortín por dentro o disfrutar de los Alpes, al otro lado de la ciudad, entonces sí merece la pena y mucho pasar por caja.

Para usar el ferrocarril hay que tomar el camino que sube al Mönchberg desde Kapitelplatz. A los pocos metros aparece la estación. Los que suban caminando han de seguir por la misma vía hacia arriba hasta la puerta del bastión.

www.salzburg-burgen.at/en

Museo de Arte Contemporáneo

Vista desde el museo

Vista desde el museo

Lo de este mirador próximo al de la fortaleza, en el mismo Mönchberg, es una solución intermedia. Los más perezosos pueden alcanzarlo sin esfuerzo, previo pago de 3,4 euros por un ticket de subida y bajada en ascensor, mientras que los que gustan del esfuerzo pueden encaramarse libremente a pie.

Las vistas son fantásticas, con la ciudad histórica de Salzburgo a nuestros pies y Hohensalzburg al fondo, flanqueándola. De fondo el río Salzach y el Kapuzinerberg.

Si nos quedamos con ganas y disponemos de mucho tiempo, se puede visitar el museo local de arte contemporáneo –Museum der Moderne–, pues esta azotea es en realidad su terraza. Si tenemos solamente algo de tiempo, se puede descender caminando a través de la montaña y la antigua muralla.

Para llegar hasta el ascensor desde el centro hay que cruzar toda la Getreidegasse, calle principal del Altstadt, e ir en busca luego de la Gstättengasse. Una gran puerta en la roca nos avisa del acceso al museo y con ello al balcón panorámico. A pie, se llega por la abadía de los agustinos en el oeste o bien, más rápido, subiendo las escaleras que parten desde las casas de los festivales.

www.salzburg.info/de/anreise_verkehr/oeffentlicher_verkehr/moenchsberg_aufzug

Kapuzinerberg

Vista desde la montaña de los capuchinos

Vista desde la montaña de los capuchinos

En realidad Salzburgo estuvo dotada de dos fortificaciones, una a cada lado del río. En el extremo norte se halla la segunda de las mismas, abadía a su vez de los capuchinos.

Para alcanzarla, y las magníficas vistas que regala, hay que salir del centro, cruzar el río y seguir por la Linzer Gasse. A las primeras de cambio nos aborda un arco y una empinadísima cuesta, la que nos conduce a nuestro destino. No hay otra vía.

Una vez arriba, bajo mi punto de vista, la vista panorámica más completa de Salzburgo, con el centro histórico íntegro, tras el sinuoso Salzach y con la fortaleza y el Mönchsberg en segundo plano. Al fondo, los Alpes. Es decir, todo.

Como contra, el sol de cara nos dificulta tomar la foto desde aquí durante las horas de más luz.

www.salzburg.info/en/sights/nature_in_the_city_of_salzburg/mountains_in_the_city_of_salzburg/kapuzinerberg

Gorizia (II)

Gorizia, 1971: uns 45.000 habitants; Gorizia, ara: 35.000 habitants. Alcoi, 1981: vora 70.000 habitants; Alcoi, hui: 60.000 habitants. I gràcies. Potser per això l’altre dia per moments tenia la sensació d’estar passejant pels carrers del centre històric del meu poble.

Tot barat

Tot barat

Cartellera

Cartellera

Comerç mort

Comerç mort

Casa

Casa

Barri del castell

Barri del castell

Castell de Gorizia

Castell

Comerç viu (?)

Comerç viu (?)

Gorizia: con un pie en Italia y el otro en Eslovenia (literalmente)

Además de pasarlo fenomenal entre amigos, disfrutar del sol, el vino y soberbios condumios varios, este fin de semana hemos tenido la oportunidad de conocer otra pequeña historia de esas que te dejan un rato absorto, mudo, tratando de averiguar sin éxito el alcance real de ese vocablo llamado frontera que tan espinoso se puso en según qué barrios de Europa al término de la Segunda Guerra Mundial. Con esto del sueño acumulado, el medio catarro y la razonable resaca que me acompaña este lunes de retorno, se me ocurre solamente tratar de explicarme brevemente y dejar cuatro fotos que me han parecido muy curiosas.

Perteneciente al Imperio Austrohúngaro hasta la Primera Guerra Mundial, la ciudad de Gorizia se incorporó por primera vez a Italia tras la contienda, así como los territorios mayoritariamente de habla eslovena de sus montañas circundantes. En liza durante la Segunda Guerra Mundial, entre partisanos yugoslavos y el bando fascista, el mismo casco urbano de Gorizia pasó a delimitar la frontera entre Italia y Yugoslavia a partir de 1947. Desde ese momento uno de sus barrios –ahora Nova Gorica–, donde se hallaba la estación de trenes septentrional, quedó enclavado en Eslovenia, mientras el resto de la ciudad se mantuvo en la República Italiana. Un paso fronterizo más o menos férreo y una estúpida valla separaron ambos lados de los lindes, restringiendo la circulación a las personas que durante siglos habían formado parte de una misma cosa. No fue hasta 2004, con la entrada de la Eslovenia independiente en la Unión Europea, casi quince años después de la caída del Muro de Berlín, que se derribó la inmensa mayoría de este murete y se permitió el libre movimiento de personas, vecinos, hermanos, viajeros… Ayer domingo, a mediodía, mientras alguna viejecita tomaba el sol del lado esloveno y un par de chavales malgastaban la insípida mañana del festivo al otro lado, nosotros nos dejamos caer por el lugar. La Piazza della Transalpina para unos, la Evropski Trg, para los otros. Por suerte, donde hoy día vas y te tomas la foto. Y nada más.

gorizia_confin

Donde Italia y Eslovenia se encuentran, en el pueblo de Gorizia

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gorizia_transalpina-lutman La plaza y la estación, tras la división. /WEB

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La plaza, cuando la valla. / Messaggero Veneto

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Fuera valla (2004). / Messaggero Veneto

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Los alcaldes de ambas Gorizias rememoraron juntos la entrada de Eslovenia en la UE. / Messaggero Veneto

gorizia_confin2

Lo que queda de valla, recuerdo

CONFINE_Italia-Iugoslavia_1950

La frontera, a lado y lado del pueblo. /WEB

Barcelona: buscando (absurdamente) el Palau

La Xampanyeria de Barcelona, no el Palau de Múnich

La Xampanyeria de Barcelona, no el Palau de Múnich

Como si no hubiera millones de bares de puta madre en los que tomarse unas cañas en Barcelona, en mi última escapada, la del otro día, me cegué con uno en concreto cual niño caprichoso y cabezota. Había que visitar el Palau, pero a la madre, son tantas las botellas de vino rosado cabezón las que han corrido por nuestras venas… Ahí, entre empujones de pepes y angelinos al frente de la angosta barra del garito del mismo nombre en la Thalkirchner Strasse . Qué de ratos! (Y de resacas!).

Con esa idea fija entre ceja y ceja, empezamos la ruta viernes por el mediodía. Cómo queríamos ir de menos a más, decidimos aparcar el Palau (en realidad, en Barcelona se llama Can Paixano, o en todo caso la Xampanyeria; lo de Palau es un invento de un barero muniqués en homenaje a la plaça del Palau) para el día siguiente.

No sé si por no entrar en shock debido a un cambio radical de usos y costumbres, la primera comilona nos la regalamos en la antigua fábrica de cervezas Moritz. En un plan algo hipster, los herederos de la vieja cervecera barcelonesa, creada en 1856 por el alsaciano Louis Moritz Trautmann, han resucitado, bajo mi punto de vista con mucha puntería, un fantástico patrimonio adormecido durante décadas. Más allá de lo bien que parece funcionar su invento como producto vinculado a la tremenda marca de nombre Barcelona, lo cierto es que se han marcado un gol con el diseño de su local en la antigua fábrica de la ronda de Sant Antoni. Pues sí: me diseñan, medianamente bien, un garito de estética contemporánea; me sirven una cerveza en una botella original, y me dan de comer decentemente… y me vuelvo loco. Especialmente, recién llegado de Alemania. Grande la hamburguesa de butifarra, proclamo.

Una 'moritz' en Moritz

Una ‘moritz’ en Moritz

Estómago lleno, corazón contento. Y una siesta. El segundo de los bares de nuestra ruta no merece comentario alguno. Así que a otra cosa mariposa. A todo esto estamos ya a sábado y los sábados además de echar polvotes hay que alimentar la panza.

Más de cuatro años viviendo en Barcelona y no ser capaz de dar con un bar decente en la Barceloneta. Y mira que era fácil. Por suerte, mi cuñado es bastante más hacha que yo en cuanto a rastrear tugurios prodigiosos. Nos aconsejó desde la diáspora y dimos en el clavo. Can Manyo, señor@s: un antro de serrín en el suelo, palillos en la boca, camareros de piropo fácil, frituras de pescado, servilletas papel… Pero qué banquete, grandes las gambas, pequeños los mejillones, fresco todo. Por cierto: ¿Quién dijo que los mejores placeres nunca salen baratos? Una cola antes de entrar a comer y una colada al salir y arreglados.

Cola en Can Manyo

Cola en Can Manyo

El tiempo se nos echa encima sin hallar el momento de ir en busca del Palau. Siempre aparecen otros templos que visitar por el camino. El siguiente en nuestra agenda fue Can Culleretes. Amagado en una callejuela insignificante del Gòtic, de esas feas y sucias que tanto adoro en Barcelona, nunca se me hubiese ocurrido sentarme allí a la mesa sin una referencia externa. En este caso llega del familiar más gastrónomo que tenemos. Una placa a la puerta nos recuerda que se trata del segundo restaurante más antiguo de España, fundado en 1786, uno de estos datos que nunca sabes si te tranquilizan o te hacen dudar aún más. De puertas adentro, todo mejora rápidamente: el restaurante está a tope y el 90% son clientes catalanes. Punto a tener en cuenta hablando de Barcelona centro. La decoración es suficientemente kitsch como para hacernos sentir cómodos, el servicio es bueno, los precios acompañan… y la comida nos deja más felices si cabe. Arrosset de cassola (versión catalana) y guisos de caza. Mudos y saciados, salimos arrastrando las piernas. Otra muesca.

No me quiero olvidar de las visitas entre horas a las barras de los mercados de Barna, qué barras, y no hablo yo de la Boquería que de seguir así va a terminar convirtiéndose en algo tan surrealista como un mercado de frutas exóticas asiáticas frecuentado por asiáticos que visitan Barcelona y que al lugar entran para beberse un zumo, comprarse una ración de jamón envasada al vacío (ready to fly) y echar dos fotos. Ellos y nadie más. O cartón-piedra. Un momento: pero si eso es exactamente en lo que se ha convertido el mercado de la Boquería. Yo me refería antes a Santa Caterina, por ejemplo.

El caso es que se nos ha pasado el tiempo volando, pesamos todos un par de quilos de más y ganas de ir al Palau ya no tenemos muchas. Pero hay que ir. Kein Thema. Me los llevo a rastras con tal de cumplir lo que creía una obligación y nos presentamos a media tarde en la mítica Xampanyeria.

Xampanyeria de BCN

Xampanyeria de BCN

¿Qué cómo fue? Los parecidos razonables son muchos, muchísimos, más de los que contaba. De entrada el bar está tan lleno como el de Múnich. Y la mitad más uno son guiris. Lo que pasa es que aquí los guiris no son los españoles, sino los alemanes. Los bocatas primos hermanos. La barra se parece pero mucho, hasta tal punto que incluso los botes de mostaza que ofrecen para acompañar los bocadillos de carne a la plancha son idénticos en ambos sitios. Las botellas, y también las copas, son las mismas. Can Paixano a gogó.

Pero, hay que decirlo, ya nada me sabe igual. Y no tiene la culpa el paixano. Es que los recuerdos gourmet placenteros son tan recientes y abundantes que donde antes veía un cava rosado cojonudo y facilón veo un vino espumoso de calidad namás que la justa, peleón, al que parece la han dado un chute de gaseosa para tratar de convertirlo en un producto más convincente. Se deja beber y punto. Incluso las colas y las dificultades para entrar el local parecen carecer de gracia a este lado de los Pirineos. Menuda decepción…

Tampoco quisiera ser tan melodramático, llevamos tres días de convites en lo que supone un festín sin precedentes. Descubro antes de chapar mi ruta gastronómica en busca del Palau algo que ya sabía pero que había olvidado tan sometido como estoy a ese proceso llamado germanización: que un paquete de sobrasada industrial parida en un polígono de Mallorca para exportar a Centroeuropa puede que sea un manjar en Múnich pero nunca lo será en Barcelona, de la misma manera que el Palau de aquí lo tengo en la lista de favoritos y al de allí no lo metería en mi relación de deseos ni a empujones. Y lo digo muy en primera persona (y a lo Robe Iniesta): desde la sabiduría que me da el fracaso. Eso sí, en unos días nos vemos, a la mínima que me entre la flojera, en el Palau.