Kuala Lumpur (2). De la actualidad malasia

Coincidiendo con nuestra visita a la capital de Malasia han sucedido algunos episodios noticiosos cuanto menos curiosos. Unos pocos, creo, me han ayudado a comprender la realidad de este sorprendente país. Otros, sin reflejar lo que allí normalmente sucede, no dejan de ser interesantes. Mientras aterrizábamos en Kuala Lumpur, hace ahora algo menos de una semana, conocíamos la noticia del encarcelamiento del antiguo viceprimer ministro del país, de nombre Anwar Ibrahim. Este personaje, convertido en un político incómodo desde su deserción del partido hegemónico malayo hace algún tiempo, ya ha sido enjuiciado y castigado por el poder en varias ocasiones en los últimos años. Cierta o no, no me hubiese sorprendido una acusación por corrupción, por evasión de impuestos, por deslealtad a los intereses nacionales, en plan ucranio. No pude evitar la sorpresa, en cualquier caso, al leer en la prensa la condena por sodomía. ¿Sodomía? La palabra en sí me suena tan antigua… Sodomizara o no a su ayudante el señor Ibrahim, lo cierto es que la moral del Estado malasio a veces sorprende casi tanto como una declaración de monseñor Rouco Varela, jubilado esté en gloria. Hablando de relevos y de política —o de religión, que al caso es lo mismo—, mientras nosotros disfrutábamos de las mayores comodidades en KL también han dejado de suceder cosas. Por ejemplo, no se han celebrado elecciones municipales. Vaya no noticia, dirá aquel. Pues sí hay noticia, es tan sencillo como que no se celebran comicios municipales para elegir a los gobernantes de la ciudad desde las revueltas de los años 70 del siglo pasado. Por el contrario, al alcalde de la capital lo elige el gobierno central usando el democrático método del dedómetro. Tela. Tampoco es hecho noticioso, todo lo contrario, cuánto me ha sorprendido observar las pantallas de tv en las estaciones de metro, las de las noticias, con sus fundidos a negro permanentes. No noticias, no información en tiempo real sobre los próximos servicios de transporte, tan pocas señales en generales… ¿Información, para qué? Parece que les preocupa mucho más la moral, obsérvense sino algunos carteles informativos, esta vez sí, en las mismas estaciones de tren. Mis preferidos: el de prohibido mantener comportamientos indecentes, entiéndase por ello un clásico morreo, cochinillo o no; el de vagón reservado solamente para mujeres. Cambiando radicalmente de bloque informativo, qué lástima no haber coincidido con un hecho noticioso lúdico, pues lo que sí me ha cautivado y mucho es la mezcla de culturas que representa Malasia y su metrópolis. Un 50 % (la propaganda nacional se encarga de subrayar que el siguiente colectivo representa en realidad el 51% de la población) malayos: aborígenes, musulmanes, peninsulares o de Borneo; un 30 y mucho por ciento % chinos: nietos de mercaderes, hijos de malasios; casi un 10 % hindús, y cuanto color que aporta este grupo; y un resto de expatriados, de mayor y menor fortuna, en busca de una vida mejor en un país en ebullición bañado por el petróleo. Para acabar, dado que este post está vinculado a la actualidad malasia, que menos que comentar la noticia que acapara titulares incluso en Europa: en 2008 nos cogió la elección de Obama en Nueva York, por poco nos encontramos con las protestas en masa en Tailandia y, recién aterrizados en KL el pasado viernes, empezaron a predicar los periódicos sobre la misteriosa desaparición de un avión de Malaysia Airlines en pleno vuelo. Nada se sabe todavía hoy, a ciencia cierta, del caso. Algo que no me parece extraño viendo la digamos incipiente cultura informativa del país.

Kuala Lumpur (1): lugares

Panorámica de la ciudad con las torres gemelas

Panorámica de la ciudad con las torres gemelas

Imagino que la mala prensa que le precedía debe haber influido de alguna forma, paradójicamente para bien, el caso es que tras nuestro breve paso de cuatro días por Kuala Lumpur, KL o kei el para los amigos, las impresiones no han sido malas. Miles de coches por todas las partes calentando asfalto, vale; avenidas de cinco y seis carriles impenetrables al peatón, cierto; calor insoportable y ajetreo de mil demonios… y también una ciudad joven, abierta y bastante más vibrante de lo preconcebido. Para postre, con una más que decente red de transporte público, papeleras en cada esquina, parques y arboledas, llamativa arquitectura colonial (aunque algo escasa) y un buen surtido de edificios contemporáneos interesantes. Paraíso para las compras, eso ya se sabía, y lugar nada desdeñable para los gourmets y los noctámbulos. Precios para todos los públicos. Sin ser fanáticos de la comida ni el estilo de vida asiáticos, tampoco adictos a la tecnología o las compras, salimos de KL bastante satisfechos. Estos son algunos lugares tal y como los he percibido estos días:

Las Torres. Mientras no venga un arquitecto estrella, y caigan más petrodólares encima de la mesa, las Torres Petronas son el edificio. Directamente las Torres. Más allá de la propaganda local de si se trata de las gemelas más altas del mundo, hay que reconocer que exhiben músculo desde la otra punta mismo de KL. Hacen silueta urbana, sobresalen… y son preciosas. De lejos y de cerca. De día y de noche. Ahí están, con su puente suspendido en el aire y su enorme centro comercial en la base. Quizás la mejor forma de contemplarlas desde las alturas sea alojarse en un hotel cinco estrellas de los alrededores o, más barato, subiendo a la Menara KL.

Las Torres, impresionantes también de noche

Las Torres, impresionantes también de noche

Barrio colonial. Patear las calles de Kuala Lumpur te deja claro en todo momento que estás ante una ciudad prácticamente neonata con menos de dos siglos de historia, que ha ido de menos, casi nada, a más en muy poco tiempo. Un rebentón que ha dejado por el camino un reguero de modernidad y rascacielos. Que no se les acabe la fiesta. Dicho eso, hay que reconocer que ofrece a modo de regalo una docena de edificios, algunos de ellos históricos, sorprendentemente magnéticos. La infrautilizada estación de trenes, la mezquita nacional, las antiguas dependencias de gobierno y la gigantesca plaza de la Merdeka en general, con su viejo campo de criquet, así como el antiguo mercado son producto todos de la fusión entre la arquitectura colonial del siglo XIX, versión Imperio Británico, y la cultura islámica malaya, a medio camino de la China e India. Sencillamente Malasia. Mi lugar preferido en el barrio colonial (el nombre me parece algo exagerado; son ejemplos sueltos de un pasado colonial desperdigados por una caótica trama urbana) es el edificio del antiguo mercado central, tan simple y tan llamativo, con su contorno, sus cenefas, sus ornamentos y ese color azul pastel de la fachada que pide a gritos ser fotografiado bajo el sol abrasador. Lo peor, el contenido actual del lugar: mercado ñoño de artesanía totalmente impostado.

Puerta principal del antiguo merado central

Puerta principal del antiguo merado central

Jalan Alor. Sin los mercados nocturnos ni nada que se le asemeje (mucho) a Khao San Road, lo más parecido a un paraíso vespertino para mochileros que ofrece KL es Jalan Alor. Nada de falsificaciones, chamera o música tecno, las luces de neón y los acomodadores de Jalan Alor se dedican a vender brochetas de gamba a la parrilla, jugo de caña de azúcar, arroz con pollo, fideos y otras delicias de la gastronomía china o malaya. Las críticas especializadas hablan maravillas del lugar, pero tres semanas chupando recetas picantes y comiendo en la calle en vajilla de plástico, sumado al aspecto marginal del lugar hacen que no me encuentre en condiciones de recomendarlo a futuros viajeros. Bueno sí, a los amantes de la fotografía, a los curiosos y a los gastrónomos más bizarros.

Puesto de jugo de caña de azúcar en KL

Puesto de jugo de caña de azúcar en KL

Centros comerciales. La palabra shopping mall es a Kuala Lumpur lo que los bares de tapas a Madrid o las ruinas milenarias a Roma, algo casi sagrado, lo más de lo más. Eso viene en todos los catálogos de publicidad y en las guías de viaje, afortunadamente a modo de advertencia para aquellos que no adoramos precisamente el turismo de compras. A pesar de todo, mucho ojo, los centros comerciales de tropocientas plantas ofreciendo de todo (desde imitaciones a precio de saldo en los desangelados pisos altos de los más antiguos, a moda alternativa, electrónica o lujo), con sus tentadoras ofertas y descuentos, son altamente adictivos para el más pintado. Droga pura, veneno para la tarjeta de crédito.

Las guías hablan del chinatown, museos, las cuevas de Batu, refugio hindú, y muchos otros lugares, pero a mi modo de ver una excelente manera para cerrar el círculo de KL sería una piscina estilo infinity ubicada sobre la azotea de un hotel o edificio de apartamentos en el centro de la ciudad. Las hay a montones y el viajero las puede disfrutar a precios razonables. Sería un buen escenario para cerrar cuatro días en la capital malasia, teniendo en cuenta que el nichtclubbing no se encuentra entre nuestras aficiones. La cruda realidad cae a plomo sobre mis pies, así es que me conformo con preparar el cierre de este cuaderno de viajes en el mismo aeropuerto.

Cameron Highlands: l’hora del té

Un bon viatge normalment vol un dia de la motocicleta. Hui ha estat eixe dia. Gràcies a la vella, sorollosa, desastrosa i ingovernable Honda de quatre marxes que hem llogat per unes hores que hem pogut finalment encontrar allò que havíem vingut a buscar. Profitosa inversió de huit euros, benzina inclosa, doncs. I allò que hem trobat rep el nom de Boh Sungai Palas Tea Estate, una immensa plantació de té ubicada entre colines. Superades les mars de plàstic i l’enrenou de la carretera que porta cap a Brinchang i Tanah Rata, un estret camí asfaltat en direcció a la muntanya de Brinchang (2.030 m) ens ha conduït directes a la finca. Una espècie de món de fantasia, irreal, on el verd no és només un color, és tota una gama. I una forma de vida. Verd herba, verd fulla, verd palma, verd fosc, verd quasi negre, verd ringit, i verd i verd i verd… Mai no havíem vist una cosa semblant, potser un panorama tanmateix magnètic, però totalment oposat, a les plantacions d’arròs del centre de Vietnam. Potser. La nostra arribada ha coincidit amb la recollida matinal: desenes de recol·lectors pentinat els camps ondulats decidits a regalar-li al món suculentes infusions i molt més, decidits a aconseguir un sou que els sustente a ells i a les seues famílies. Imagine que les maquinàries han arribat a la plantació, les apariències i algun que altre tractor mecànic no apuntaven en la direcció contrària, però el cert és que nosaltres hem trobat als hindús al camp ganivet en mà podant els arbustos. I sac a l’esquena. En efecte, treballadors hindús. Com quasi tot allà: el temple, l’escola, la cantina… Encara ara i després de vuitanta anys d’història són immensa majoria als camps de té malaisios front als musulmans, en aquest cas quasi dos-centes famílies vingudes algun dia de l’Índia, del Nepal, de Bangladesh, de Kuala Lumpur —per una trentena de famílies musulmanes—. Un punt exòtic per al que, tot i les preguntes, no he trobat la resposta concreta. La passejada pels camins totalment aixuts de l’heretat, una cosa gens normal a les fresques i humides Cameron Highlands i que ja preocupa als seus habitants, ha durat pràcticament dues hores. Temps suficient com per a acabar farts d’insectes i voler fugir a presses i correres del sol de migdia que començava a perseguir-nos. Per sort, nosaltres hem corregut més que la insolació, tot i haver acabat aixeregats i mig desorientats a la cafeteria de la Boh, un espai preciós d’arquitectura contemporània suspés sobre les valls de matolls. El millor? Hem arribat just a temps: era l’hora del té.

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Del cel a la terra. En busca de les Cameron Highlands

El món real ens ha rebut a l’altra banda de la mar. Terra ferma tres dies després, i amb ella brutícia, polseguera, i misèria, per moments, en la Malàsia més rural camí de les terres altes de Cameron. La portada de la nostra guia de viatges i tantes imatges evocadores ens han generat moltes expectatives en aquestes; l’experiència em diu que no sempre són bones. Siga com siga, cinc hores de minivan per carreterúpies de la selva més castigada, entre la platja i les Cameron, ens han fet posar els peus a terra d’un colp sec. Durant bona part del trajecte m’he promés recordar-lo com un viatge del cel (Perhentian) al infern. No seria del tot veritat, doncs les antiestètiques escenes dels camps d’hivernacles, oceans de plàstic; les incòmodes obres al llarg de tot el camí, símptoma de que les coses canvien ràpid per ací; o els camions carregats de fusta i la conseqüent deforestació no són l’única cosa que hem trobat i, més encara, que esperem trobar a Cameron Highlands. De moment, i ja en destí, hem invertit les hores del vespre passejant les destartalades avingudes de Tanah Rata i Brinchang, dos localitats veïnes que fan de centre neuràlgic d’aquesta comarca principalment dedicada a les plantacions de té, maduixes o flors. Té i maduixes que ja hem tastat, per cert. Sobre els paisatges, seguim a l’espera. És a dir, que no seria capaç d’introduir cap fotografia per il·lustrar el millor de Cameron Highlands, però estic segur de que les trobarem demà mateix, aquestes panoràmiques, i amb elles gaudirem si pot ser d’una altra tassa de té local. Esperant el moment impacient.

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*Nota per al viatger
Després de recòrrer la zona de dalt a baix diria que la qualitat del paisatge de la part nord de les Cameron Highlands és lamentable, mentre la zona del sud millora força. La carretera d’accés a Brinchang des de Gua Musang o Ipoh és una via secundària plena d’obres, hivernacles i brutícia, amb molt de trànsit. La d’accés i sortida en direcció sud, Kuala Lumpur, ofereix unes vistes més cuidades amb alguna plantació de té al principi. Important de cara a escollir allotjament, tot i que la qualitat del mateix és relativament baixa en la zona. Les plantacions de té, sense dubte principal atractiu de les Cameron, estan en camins més enllà de les carreteres principals.

Pulau Perhentian: verdadero paraíso perdido

Hace aproximadamente un año desembarcábamos en la idílica Ko Tao, una de tantas islas perdidas en el mar de la China meridional, morada de tortugas, reclamo de submarinistas, sueño de mochileros como tantos lugares en la fantástica y maltratada Tailandia. Recuerdo perfectamente el desembarco en el muelle, entre prisas, chanclas de imitación, empujones y grandes mochilas. Llegamos juntos tres o cuatro barcos de varias plantas, llenos todos de occidentales achicharrados al sol tras varias horas de trayecto desde la vecina mayor, Ko Samui. Al bajar de los botes, decenas de transportistas y comerciantes locales nos aguardaban como si fuésemos corderos camino del matadero. Me acuerdo que tan pronto pusimos pie en tierra firme empezaron a gritar: “Tuk-tuk!”, “best resort!”, “cheap-cheap!”, entre otros. Rutina habitual en los puertos de las islas tailandesas que, sinceramente, esperaba repetir ayer mismo a nuestra llegada a la denominada isla grande de Perhentian. Nada más lejos de la realidad, y ya son varias las sorpresas agradables que me regala Malasia. Quizás sea el haber venido al inicio de la temporada —literalmente las dos islas, habitadas por un millar de lugareños, cierran durante enero y febrero por el monzón—, pero lo cierto es que ayer embarcamos en tierra firme en una lancha junto a una decena de turistas para apearnos unos minutos más tarde —estamos a unos kilómetros de la costa— Mariola, yo y nuestras mochilas, pues ninguno de nuestros compañeros de viaje lo hizo en el mismo lugar. La sensación fue como si nos halláramos en un pueblo perdido en medio de la nada. Un momento, no es ninguna mentira afirmar que nos hallamos en una isla perdida, esta vez sí, en medio de la nada. Eso es a grandes trazos y a día de hoy —ojalá que les dure— este lugar, un conjunto de isletas en las que no hay una sola carretera ni camino asfaltado, o cuyos únicos vehículos a motor siguen siendo las pequeñas embarcaciones que igual se usan para pescar, como taxis acuáticos o como base de operaciones para los aprendices de submarinista. A nosotros nos queda lejos esa etiqueta, pero lo cierto es que hoy hemos debutado asomándonos bajo el agua, para empezar con gafas y tubo. Habrá quien ría a carcajada suelta al leer semejante tontería —la de comparar el snorkeling con el buceo—, no lo es tanto, ya que resulta que las Perhentian son uno de los mejores lugares del planeta para disfrutar de la fauna y la flora submarina sin la necesidad de sumergirse a gran profundidad. Y qué criaturas. Hasta el punto que hemos compartido baño matutino con un par de tiburones de arrecife, algunas rayas, tortugas verdes y decenas de bancos de peces de colores, escondidos de mala manera entre el coral. Un espectáculo, por lo que, a pesar de nuestra grandísima ignorancia e inexperiencia, hemos decidido que mañana repetimos curso con el amigo Sou. A él le debemos el baño junto a los escualos —si no de qué— y un montón de explicaciones que nos han permitido conocer un poquito su paradisíaco hogar. Para nosotros, desde el respeto, las Perhentian no dejan de ser un maravilloso lugar donde evadirse de la rutina y tostarse un par de días al sol. Dos islas y varios peñones repletos de calas salvajes flanqueadas por la selva en las que rara vez se coincide con alguien. Pero son mucho más y ha sido bueno que nos lo hayan hecho saber. Estamos en casa de pescadores, marineros musulmanes, gente que adora lo que tiene, un pueblo que se debate entre embriagarse a base de ese brebaje llamado turismo o plantarse en la tercera copa. De momento se les ve aguantando el tipo, para suerte del viajero, lejos de agarrarse una cogorza a la tailandesa. Los resorts, por ejemplo, se reducen todavía a una docena de grupos de cabañas junto a la playa, cuyos servicios son afortunadamente básicos pero no baratos. Esto es, lo suficiente como para ahuyentar a partes iguales a adinerados turistas en busca de lujo asiático y a mochileros sedientos de barra libre por cuatro chavos. Pero no todo son buenas noticias. Según hemos podido saber, nuestro hotel —Abdul’s Chalet— es uno de los pocos establecimientos gestionados todavía por un empresario local, pues los pudientes inversores de la capital y de más allá —China, para más señas— parecen haber descubierto el potencial del lugar, por lo que han comprado ya varios hoteles. En fin, después de 24 horas aquí me atrevo a decir que nos sentimos relajados y felices como hacía mucho tiempo hasta tal punto que ni siquiera añoramos las cervezas que no nos sirven en el bar —por tratarse de un alojamiento musulmán—, o que no nos limpien la habitación por las mañanas, ni que los mosquitos sean como cucarachas, ni siquiera que el aire acondicionado de la cabaña no funcione. Nada de ironía, simple realidad, pues el auténtico disfrute de la naturaleza pura, del sol caliente del marzo tropical, de las playas de arena blanca y agua cristalina, de la mejor de las compañías, del silencio o de un verdadero plato de pescado fresco están compensando todas las carencias. Con mucho.

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El mercat nocturn de Kota Kinabalu

Qui conega el popular mercat nocturn de Chinag Mai sap que allà un passa una estona torbat, entre artesania tailandesa, falsificacions vàries, sucs de fruita o parades de massatges als peus. Al no menys reconegut mercat nocturn de Luang Prabang, a Laos, els productes d’artesania són un xic diferents i les samarretes-souvenirs no són de cervesa Tiger sinó de Lao. Similars són els mercadets a la nit a Cambodja, Vietnam o altres racons del sud-est asiàtic. Com que no li he fet massa cas a la guia de viatges, i atesa l’experièncua prèvia, és el que esperava trobar-me aquest vespre quan hem fet cap al mercat de Kota Kinabalu. Però això ha estat tan gran l’impacte. Cap paradeta de les previstes, i un mercat d’aliments genuí i atapeït com regal a la vista (no tant a l’olfacte). Així, més o menys: vora mar, el sol cau i arriba la foscor. Olor a sal, i sang d’animals mort. També a espècies i a fruita, tot barrejat. A suor. Peixos i mariscs de tota classe, de mil colors, diferentes famílies i grandàries. Gambes, calamars, tonyines, espècies desconegudes… Gens de gel, poca higiene (la possible). Sensacions fantàstiques, encontrades. Colps de ganivet sobre la fusta, talladors de peix com més allà també n’hi ha, menys, de carn. Carn de pollastre, una llàstima que no siga tan fresca. Patida més bé, després de massa hores sense fred ni cap altra cura. Carn morta caminant cap a la putrefacció, si cap comprador no posa remei aviat. Diumenge a la nit, mercat ple de xiquets. Garantia de soroll i d’alegria. Al fons, parades de fruita tropical. Quin goig. I més a lluny encara, fum. Sí, fum i olor, ara, a torrat. És el mercat filipí, una cosa pareguda a l’àrea de restauració. Allà on un menja el peix fresc de la casa passat per la graella. Hem estat temptats de seure-hi i gaudir-ne però la fumaguera i la covardia ens han disuadit. Un altre dia farem mercat, potser.

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Tendinitis (dolors), fisioterapeutes (solucions) i muntanyes (satisfaccions)

Mencionar aquesta història ara fa uns dies haguera sigut totalment innecessari, directament imprudent. Ara, que tot ha anat rodat i que només ens podem queixar d’un dolor terrible a tots i cadascun dels músculs del cos, és el moment. Tot va començar fa uns mesos, en conèixer l’existència d’una muntanya que alçava més de quatre mil metres sobre el nivell del mar a l’illa de Borneo. El mont Kinabalu, terra sagrada, el pic més alt de tota la regió i, per si fóra poc, relativament senzill d’escalar fins i tot per a muntanyers sense massa experiència. Tot de cara doncs, com per a tancar una reserva de guia i permís per a pujar-hi enmig del nostre viatge. Possibles amenaçes: el mal d’altura, les habituals tormentes tropicals que dificulten l’ascens i, en principi, poca cosa més. I dic a priori ja que la llei de Murphy es va deixar veure fa poc més d’una setmana, dos dies abans de començar el viatge. Ho va fer en forma de tendinitis al tendó d’Aquiles (el meu), dolorosa i no diagnosticada fins el quart dia de ruta. Sí, mare, després de molt de patir caminant, amb el peu inflat com una botifarra i totalment desesperat, vaig acabar per sucumbir i visitar d’urgència una clínica de fisioteràpia en Singapur, costara el que costara. Molt barata, per cert, ha eixit finalment la broma, en tots els sentits i més encara si tenim en compte que, de veritat, escric aquestes línies a mitjanit després de completar feliçment el trekking de vint quilòmetres, anada i tornada, per a tocar el cel en forma de pic de 4.095 metres. Aquesta és de fet la notícia, que ho hem aconseguit, i a hores d’ara una sensació de satisfacció ens acompanya junt amb moltes altres, de tal forma que segurament hui dormirem de bé com no ho hem fet en els últims mesos. Aviat espere recobrar energies com per a donar detalls, o potser inventar alguna cosa al voltant del mític Kinabalu, però de moment adorne el quadren de viatge amb dos imatges. La primera, i sense que servisca de prepcedent, nostra, a dalt del tot en arribar la passada matinada. La segona, allò que han vist els nostres ulls des d’allà amunt amb les primeres llums del dia.

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Los paisajes de Charles Brooke

Cuando James Brooke se adentró en el río Sarawak a su paso por Borneo en 1838 llego, sin saberlo, para quedarse. Para entonces Kuching debió ser poco más que una longhouse habitada por un grupo de aborígenes insurrectos, hartos por algún lógico motivo del sultán de Brunei. Lo imagino maravillado por aquel paisaje de manglares, llegando desde el mar de China meridional y penetrando en la selva entre terrenos fangosos repletos de cocodrilos y reptiles de toda condición. No hay duda de que, el futuro rajá blanco, detuvo su barco cerca de la península de Santubong, para admirar sus cimas sobre el océano, o quizás cerca de Bako, donde a buen seguro hubiese quedado maravillado con la presencia de un buen puñado de monos narigudos. Y la jungla, con sus kilómetros y kilómetros de vegetación impenetrable, desconocida a los ojos de un ser acomodado como era y es el europeo. Sonidos, más bien ruido, sudores, humedad y tormenta, hasta miedo, veneno puro y mucho más, laboratorio farmacéutico. Ya lo siento, pero nosotros hemos llegado demasiado tarde, casi dos cientos años después que sir Brooke. A estas horas Kuching ha dejado de ser una idílica y remota aldea para convertirse en una industriosa ciudad que se debate entre seguir creciendo y preservar aquello que la hace especial. 600.000 habitantes tiene la cuarta ciudad de la federación malaya, mucha gente joven entre los que se cuentan tribus urbanas tan dispares y alocadas para latitudes ecuatoriales como los mods, los rockeros o los geeks. Los conocimos, a alguno de ellos, en sus conciertos nocturnos improvisados, no siempre a la altura, en pleno paseo fluvial. Bullicio nocturno a un lado, Kuching no ofrece al viajero, o no lo hizo para con nosotros, mucho más que un cuartel general desde donde partir hacia la naturaleza más pura. A veces incluso enfada, y pido perdón por ello, pero no acabo de comprender como es posible que en ciudades como ésta, tantas, afloren carísimos palacios a escasos metros de asentamientos primitivos, chabolísticos, en los que todavía se aguarda la llegada del agua potable o los servicios más básicos. Como siempre, estos paupérrimos barrios ofrecen, en cambio, las mejores sonrisas. Por suerte, hay vida, y todavía
mucha, más allá de la capital de Sarawak. Tanta que a uno le faltan días para recorrer todos los pedazos de selva que se conservan casi intactos. Increíble el parque nacional de Bako, donde permanecen los monos, los reptiles, las playas vírgenes y los manglares campando a sus anchas para suerte del viajero. Otro día quizás narre nuestro encuentro con los monos narigudos, o quizás lo invente soñando con el señor Brooke, pero no será esta noche, a riesgo de perder uno de los trenes más importantes de este viaje (es la una de la mañana, hora local; a la seis nos recogen para nuestra siguiente y apasionante etapa de dos días en la montaña).

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Singapur: cinc raons per a passar la nit a un hotel càpsula (i cinc per a no recomanar-ho)

Cinc milions de persones on fa un parell de dècades en vivien dos —no es pot dir però que hi haja un problema d’espai—, molt de negoci, innegable prosperitat i, probablement, un mercat immobiliari un pèl sobrevalorat. Resultat: comprar un apartament de 100 metres quadrats al centre de Singapur pot costar uns deu milions de dòlars singapuresos —al canvi d’ara, uns set milions d’euros—, accedir-ne a un de llogat entre 3.000 i 10.000 al mes, mentre que una nit d’hotel rarament baixa de 150. Així les coses i, haig de reconèixer, pecant una mica d’esnobs, la primera de les dues nits a la ciutat l’hem passada a un hotel càpsula —n’havia sentit parlar tant—. L’escollit fou The Pod – Boutique Capsule Hotel, una espècie de temple per als bojos del disseny i les bones formes, tot i que en petites dosis / amb la butxaca a mitges. Després de passar-ho, aquest és el veredicte, o cinc raons per les que paga la pena pernoctar a un hotel càpsula (i cinc més per les que no ho recomanaria):
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1. S’ha de provar tot en esta vida o el plaer de la primera vegada (el qual, per cert, és totalment innecessari en aquest cas si no és per qüestions monetàries).

2. La sensació de dormir en una cosa similar a un nínxol. S’ha de reconèixer que el nostre cau tenia les dimensions d’un llit de matrimoni i com 90 centímetres d’alt. (Això mateix: la sensació de dormir en un nínxol, gens recomanable per claustrofòbics. Al principi potser dóna gustet, però més enllà d’unes hores cansa. A més, la manca d’espai privat, per exemple, dificulta activitats imprescindibles per al viatger com la tradicional escampada de roba que hom fa a les habitacions d’hotel o instants d’intimitat obligada com el de canviar-se. Un quiqui? impossible.)

3. La manca de llum natural permet dormir sense fi, a no ser que et destorbe qualsevol soroll. (Exacte, la mancança de llum solar al compartiment fa que no hi ha qui s’alce del llit.)

4. Es compensa la falta de dutxes i serveis bàsics a l’habitació amb serveis compartits de qualitat. Al Pod, per exemple, tot està pensat i dissenyat amb cura. I net. (Com que les dutxes o l’aseo són compartits per una pila de gent, hi ha cues per fer-los servir a primera i última hora del dia).

5. Tot està molt més ben estudiat i atès que a un hostel normal i corrent. (Sense deixar de ser un alberg, pel fet de ser-ho per a postmoderns costa força més.)

Així les coses, qualificaria l’experiment com tota una festa que no tenim prevista repetir mentre no siga estrictament necessari. La segona nit, per cert, l’hem passat a un hotel de disseny acurat, i quatre estrelles ben justificades, per només 20 euros extra. Habitacions diminutes que permeten abaixar el preu de les més bàsiques sense renunciar per això al comfort. Una paradoxa, el nom: Big Hotel. Més gran i molt millor que una pastilla.