Hoi an. Unes imatges i més

Són les dotze de la nit passades i ací estic jo, estirat damunt del llit a un hotel a Saigón. Mort de son i fregit, a tocar dels 30 graus com estem, i gràcies. Amb esta calor, impossible concentrar-me com per a contar res interessant sobre els dos darrers dies de viatge, de visita a Hoi an. Així les coses, el millor serà que adjunte unes imatges comentades:

Patrimoni de la Humanitat
Hoi an és una ciutat costanera de 120.000 habitants al centre de Vietnam. Des del segle XV que és un destacat port del sud-est d’Àsia, transitat per europeus, xinesos o japonesos. El seu centre històric es conserva en molt bones condicions, el que li ha valgut la declaració de Patrimoni Històric de la Humanitat. És un plaer recórrer els seus carrerons i visitar alguns dels seus antics tallers, sales de reunions de les congregacions xineses, viles de comerciants o museus. Per a facilitar la visita disposen d’un tiquet combinat que permet entrar a cinc punts d’interés -a escollir- per uns quatre euros. No tot és perfecte, a vegades hi ha la sensació al passejar que tot allò tan bonic que es veu és una postura, com si tot estigues amanit per al turisme.

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Casa al centre de Hoi an, Patrimoni de la Humanitat

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Detall al pati d’una casa antiga de Hoi an

Pont japonés
Entre els elements d’interés de Hoi an, destaca l’anomenat Pont japonés de la ciutat. Aquest petit pont cubert és originari del segle XVI i uneix dos antics barris separats per un canal. Incorpora un petit temple budista.

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Pont japonés de Hoi an

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Sastreria a Hoi an

300 sastres
Des de fa uns anys, Hoi an s’han especialitzat en la confecció de trajes i vestits a mida, així com sabates. S’estima que hi ha més de 300 sastres a la ciutat, que et fan una peça de roba personalitzada, a un preu a convenir, en només unes hores. Sincerament, molt curiós, però es nota que este tema se’ls en ha anat de mare, pel que més val rumiar-s’ho bé abans de fer-se res. Això sí, té el seu morbo.
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Camps als afores

Platja i camps d’arròs
És molt senzill moure’s en bicicleta per Hoi an, el que paga la pena per a visitar les viles de la rodalia -especialment Thanh ha, especialitzada en treballs ceràmics-, per a acostar-se a la platja o passejar pels camps d’arròs. La platja està a uns quatre quilòmetres, res, i és allargada i tranquila, tot i que no és cap paradís. Els camps, un espectacle per a la vista.

Anècdota: esquitxats al restaurant
Pel que fa als restaurants, Mariola diu que estem gafats en este viatge. “Dóna el mateix que triem el millor restaurant, igual ens entra una rata a sopar que el veí ens bossa als peus”. No és cap conya. Això és el que ens va passar anit al Cargo Club, un restaurant de categoria al que vam anar en busca de peix i marisc. Ens van tractar de cine -especialment després de l’incident-, el menjar estava boníssim i no va resultar car -25 euros en total, plat de marisc i peix a la graella, verdures a la planxa, lasanya de verdures, begudes, cafès i tiramisú-. De fet, més enllà de l’anècdota diria que Hoi an ha estat un dels llocs on millor hem menjat en el que portem de viatge.

Nota per al viatger
*Nosaltres vàrem estar dos nits a Hoi an, temps més que suficient per a veure el centre i els voltants, també per a gaudir de la gastronomia local i per a fer-se un vestit a mida. Hi ha l’opció de fer excursions pels voltants, algunes interessants, si es disposa de més temps. Com Luang Prabang, em va semblar un lloc apetitós on és fàcil sentir-se còmode. En el nostre cas vam arribar en bus des de Hué -quatre hores-, per a marxar en avió a través de l’aeroport de Danang -a 25 km-.

Hué o la posibilidad recorrer una ciudad imperial a tu aire

Pensaba que no llegaría el día pero finalmente puedo afirmar que hemos visitado una ciudad vietnamita con toda la tranquilidad del mundo, para nada colapsada, ni mucho menos de turistas. Llegamos a Hué casi por casualidad, empujados a última hora por las reseñas favorables de las guías y por algunos comentarios de blogueros -los siempre fiables Vietnamitas en Madrid o el Pachinko-. Ahora, cuando salimos en autobús camino de la vecina Hoi an, puedo asegurar que ha merecido la pena esta parada. Ha sido solamente día y medio, el tiempo justo para quedarse maravillado con las pagodas y las tumbas reales a orillas del río del Perfume, así como con la fantástica ciudadela. Una fortificación dentro de otra, moldeada a lo largo del siglo XIX por los emperadores de la dinastía Nguyen, que trasladaron la capital vietnamita hasta Hué -aquí permaneció hasta 1945-. En nuestro caso, reconozco que hemos tenido además suerte en la visita: nos ha acompañado un tiempo buenísimo y hemos tropezado con un hotel familiar y confortable a precio irrisorio -hablamos de 12 euros con desayuno en la habitación superior-. En el mismo hotel alquilamos un par de bicis con las que salimos de la ciudad en busca de las famosas tumbas imperiales, unos impresionantes complejos funerarios que combinan bosque, jardines, lagos, templos, patios y esculturas en honor a los Nguyen allí soterrados. Solamente visitamos el interior de un par de estos cementerios, que nos dejaron anonadados tanto por su espectacularidad como por el hecho de que los recorrimos prácticamente en solitario. El segundo de ellos, la tumba de Minh Mang, es seguramente el más agradable de visitar -al menos así fue en nuestro caso-, ya que está suficientemente alejado de la ciudad -unos 10 km- como para que la visita sea en calma absoluta. Por sí fuera poco, el trayecto en bici fue, aunque algo cansado, una experiencia totalmente recomendable, entre campos de arroz, bosques y caminos salpicados de casas en los que los lugareños hacen su vida tranquilamente. Más allá de las tumbas, Hué dispone de algunas pagodas bien conservadas, un buen enclave a orillas del río o una zona de ocio relativamente animada. Pero por encima de todo, su centro histórico amurallado. En el interior de este cuadrante que nos recordó al de Chiang Mai, encontramos una segunda fortificación: el recinto imperial. Este complejo nobiliario, residencia y palacio de gobierno de una dinastía, nos ha ocupado toda la mañana de hoy. Por mi parte, son los cuatro euros mejor invertidos en la visita de un monumento durante este viaje. A pesar de que fue destruido durante la Guerra, los trabajos de restauración de este lugar Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO -lo es la ciudad en si- están empezando a dar sus frutos. Geniales los patios, el teatro real, el recuperado templo de To Mieu, las villas, las arcadas y elementos de ornamentación, y solamente lastimosas las ruinas de una parte. Una vez más, estupenda la sensación de visitar un tesoro a tus anchas -hoy había algo más de turistas, quizás unos pocos cientos a primera hora de la mañana esparcidos por un recinto de varios kilómetros cuadrados-. Nada que añadir, como veis, hemos quedado encantados.

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Recinto imperial en Hué

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Recinto imperial en Hué

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Tumba de Minh Mang

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Tumba de Minh Mang

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Detalle en la tumba de Minh Mang

Finalmente, un video caserillo y con una resolución regular, sobre el paseo en bici. En realidad, fue mucho más plácido, pero las imágenes son del centro de Hué. Aunque no es el caos de Hanoi, sigue siendo Vietnam…

En bicicleta por Hué from Jordi Orts on Vimeo.

Nota para el viajero
*Las tumbas reales aparecen en todas las guías, lo que no cuentan es que no están demasiado señalizadas, por lo que las más alejadas de la ciudad no resultan fáciles de encontrar al viajero que se acerca por su cuenta. En este caso, es posible hacerlo en moto o bici de alquiler. Para nosotros fue toda una experiencia, con un trayecto total de 30 km, durante todo el día y visitando dos pagodas y el interior de dos tumbas. Pagamos dos dólares por cada bici y un par de dólares más, en total, a los lugareños que se suelen inventar aparcamientos a las puertas de cada monumento. Es un timo, pero no conviene jugársela. Si no apetecen riesgos ni actividad física, se pueden visitar con un guía o acompañados por un motorista local. También en barco por el río, aunque luego hay que caminar bastante, o bien por carretera pagando un tour en autobús con un guía. En cualquier caso, lo peor es que cada tumba tiene una entrada separada, con precios que van de los 2 a los 4 euros en cada caso. Como indican los libros, todos los complejos son únicos pero repiten el mismo patrón, por lo que no es imprescindible visitarlos todos para formarse una idea global. Algunos están cerrados por obras de rehabilitación.

Una noche en el tren

Mi madre siempre me ha recordado aquello de que quien da lo que tiene no está obligado a más. Por eso acato sin torcer el gesto haber pasado las últimas horas de este viaje, la noche en la que celebro mi aniversario, en un compartimento minúsculo y mugriento de un tren vietnamita. Un ferrocarril antiguo que penetra los arrozales encharcados desde el norte en dirección a Saigón. Nuestra parada, la próxima, es la antigua ciudad imperial de Hué. Allí, en la zona desmilitarizada durante la Guerra de Vietnam, la frontera entre el sur controlado por los americanos y el norte comunista, pasaremos los próximos días. Volvamos al tren. Son las siete de la mañana y recién nos despertamos, después de nueve horas de mal dormir estirados sobre la cama imposible de un cuarto de segunda clase, los denominados Hard sleeper. No encontramos pasajes para los algo mejor Soft sleeper, lo que nos hubiese garantizado cierta tranquilidad. De hecho, al llegar anoche a nuestros asientos cama, en la parte baja del departamento, descubrimos que habían sido ya ocupados por una familia de vietnamitas, muy simpáticos, aunque cargados con mil fardos y bolsas de comida. Ahora mismo vengo de hacerles la visita y allí estaban ellos sonrientes y agradecidos, comiendo pipas y cacahuetes entre sopa de pollo y sopa de pollo. Cierto, vengo de hacerles la visita. Aunque me hubiera encantado mezclarme con la gente local durante toda la noche, el descanso y un mínimo de higiene son sagrados a día de hoy, por lo que finalmente aceptamos encantados el ofrecimiento de nuestros vecinos, una pareja de ingleses que viajaban sin compañía y que nos han invitado a ocupar dos literas libres en su habitación. Fue un sí sin dudas, por lo que el viaje ha sido finalmente más liviano de lo previsto. Eso sí, a pesar de haber disfrutado de una experiencia auténtica, no deja de ser un acto de masoquismo pagar más de 25 euros por persona por una litera en este ferrocarril. En el dragón inquieto que es hoy Vietnam, completar el mismo recorrido en avión nos hubiese salido por el mismo precio, o incluso menos. Esto último, la posibilidad de volar entre Hanói y el centro del país por 20 euros, lo descubrimos con los pasajes ya comprados. Es por eso que os cuento la historia, sin torcer el gesto (demasiado).

Nota para el viajero
*En nuestro caso compramos los tickets en la misma estación de trenes un par de días antes. Ya no había plazas disponibles para el tren nocturno en camas con colchón, las Soft sleepers. En los otros compartimentos, los nuestros, hay seis literas. Algunos vagones son relativamente nuevos, pero otros, como el que nos tocó a nosotros, son bastante antiguos. La higiene no es especial, si bien se puede soportar. Como comentaba, es pagar por la experiencia de viajar en tren en Vietnam. Compañías aéreas de low cost como Jetstar ofrecen trayectos internos a precios incluso más bajos.

Bahia de Halong. Un imprescindible, malgrat tot

Lucas tenia raó: malgrat tot -el turisme de masses-, la Bahia de Halong és un imprescindible en qualsevol viatge mitjanament complet a Vietnam. En el nostre cas, hem passat dos dies sense veure el sol, navegant entre les boires en una mar bruta i saturada de creuers; amb una temperatura més bé baixa i el confort mínim. I amb tot, ha merescut la pena. I és que un paisatge com el que hom troba ací no és assimilable a res que un puga imaginar. En fotos (i sense quasi llum):

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Nota per al viatger
*Hi ha centenars de creuers de dos dies, una nit, per la Bahia de Halong. Tot i que també es poden contractar a Halong, mereix la pena fer-ho des de l’hotel a Hanoi. Et recullen al mateix hotel en microbus, per a un trajecte de 4 hores per carrtera. En arribar a la bahia et porten al bot per a començar amb eel dinar. La majoria de creuers fan el mateix recorregut, que inclou visita a una cova i accés a un mirador, potser el segon dia. També activitats com un curs de cuina o kayak. A banda de l’allotjament, les menjades estan incloses a excepció de les begudes. En el nostre cas, vam optar per un creuer de gama intermèdia, que ens va costar 220 dòlars als dos -descompte obligatori inclòs-. El vaixell no era massa gran, ni nou, però el menjar era acceptable i l’habitació molt bona. El llit era nou, disposàvem de climatització i un aseo privat. Net. Amb tot, hi ha creuers per 50 i 60 dòlars. En aquest cas i mirant des de fora els vaixells, diria que val la pena pagar un poc més si hi ha l’oportunitat. A l’altra banda, hi ha ofertes molt més cares, però es nota al servei. Ja de tornada, coincidim amb dos britànics al tren nocturn cap a Hué, que han fet la mateixa excursió. Ens comenten que han anat a una zona sense quasi vaixells ni turistes i que s’han pogut banyar amb una aigua ben neta. Els extranya que els parle de brutícia i diuen que el menjar a seu bot ha estat excel·lent. Éren només sis viatgers a bord. Han pagat 220 dòlars per persona. Finalment pel que fa a l’oratge, gener és mala època per a visitar Halong. El cel acostuma a estar cobert i la temperatura varia ente 15 i 20 graus. Però aquesta no és una elecció possible, per a la majoria de viatgers.

Hanói se mueve (demasiado rápido)

Visto lo visto, cuesta creer que hace un par de décadas fuera extraño escuchar el rugido de un motor por las calles del centro histórico de Hanói. Hoy no se oye prácticamente otra cosa que el sonido atronador de las miles de motocicletas que atraviesan las 36 calles de la ciudad antigua, prácticamente las 24 horas del día. Aunque cansino, y a ratos peligroso para el forastero, dar un paseo por la zona es todo un espectáculo. Os dejo una galería intentando captar, a mi manera, el dinamismo exagerado que he percibido:

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Nota para el viajero
*Aunque en riesgo de convertirse en una urbe insufrible, bajo mi punto de vista, Hanói es mucho más que un lugar contaminado. Como no sé si algún día tendré oportunidad de ofrecer otras perspectivas (tengo cientos de fotos en la cartera), os recomiendo una visita a la web de Vietnamitas en Madrid. En concreto, a su post genérico sobre Hanói y al relativo a las motos en Vietnam. A mi me han sido de gran ayuda.

Hanoi. Un encontre inesperat

A la nostra arribada a Hanoi, fa un parell de nits, vàrem tindre un creuament de mirades molt especial. Fou a un restaurant tradicional del centre. El fet de vindre a Àsia en un viatge de cinc setmanes ens permet buscar llocs per menjar millors que els que trien la majoria de viatgers de llarg recorregut, amb pressupost ajustat, si bé el mateix motiu no ens fa possible escollir un restaurant de gama alta de seguit, tal i com fan els turistes més acomodats que viatgen per uns dies. Sense fer ascos, ni Mariola ni jo -especialment en el meu cas- som grans aficionats a la gastronomia asiàtica, pel que en aquesta primera ruta, diguem-ne, estem fent una aproximació a la veritat. Això suposa que, una vegada arribats a una ciutat tan peculiar com Hanoi, necessitem els 20 minuts de rigor, per a passar una revisió ocular prèvia als locals que més ens criden l’atenció per a menjar -ajudats per descomptat per la nostra guia-. Ens interessen, generalment per aquest ordre, condicions higièniques -ens anem flexibilitzant-, preu ajustat i menú. L’altre dia, la nit de debut a Vietnam, estàvem necessitats d’alguna cosa realment bona, pel que no ens vàrem conformar amb el primer xiringuito recomanat per la Lonely. Teníem gana i vàrem buscar restaurant a consciència. Després de dos quarts de passejar carrers amunt i avall, finalment ens vàrem decidir per Pineapple, un petit i acollidor restaurant, net i amb una carta variada a preus convenients. Un Top Choice, una elecció günstig que en dirien a Munic. El bueno, bonito, barato de tota la vida. El que jo ara contaré sembla una exageració, una casualitat infinita, però és una història verídica, fou la nostra sort. Allà estàvem nosaltres sopant, meravellosament per cert, els nostres plats de pollastre, pato i arròs. Gaudint d’una cervesa Tiger envoltats per clientela occidental. El local, petit, estava sol·licitat, i les dos cambreres s’afanyaven a servir somrients les comandes des de la cuina, travessant l’estret passadís que la separava del menjador en una forma constructiva molt característica al centre històric de Hanoi. Al carrer, com no, el soroll era fortíssim, amb tot de motos, taxis, bicis i joves locals gaudint de la nit de dissabte. Molta polseguera, escenari gris. És a dir, tot allò que un imagina quan pensa en una metròpoli asiàtica. No hi havia finestres, ni portes, sinó que estàvem en contacte directe amb el carrer, pel que Mariola veia directament el que ocorria a l’exterior. De sobte, la vaig veure somriure sense motiu aparent, bocabadada. “Què fort!”, va exclamar. I es va alçar de la cadira com per a tractar de seguir amb els ulls al personatge tan especial que acabava de veure. No va fer falta, aquest es dirigia cap a nosaltres. Finalment, fins i tot va entrar a sopar al mateix local. No vaig arribar a temps de poder fotografiar-lo, ni de demanar-cap autògraf. Llàstima. Només el vaig veure fugaçment creuar l’habitació, entre les cames dels nostres veïns de taula. Arrimat a la paret, per a no cridar massa l’atenció, directe a la cuina. Era gran i es desplaçava tranquil, sense pressa. Jugava a casa. Mai havia vist un ratot tan elegant.

Luang Prabang. Imantados

Cuentan que la fuerza que ha tomado el turismo en Luang Prabang es tal que no pasa un mes sin que abran sus puertas un par de hoteles y casas de huéspedes. No lo pongo en duda, si tenemos en cuenta que unos tres millones de turistas extranjeros visitaron Laos en 2012 y la antigua capital real es uno de sus principales atractivos -si no el que más-. No obstante, y mientras no cambien las cosas, Luang Prabang se presenta ante el viajero como una ciudad a la vez vibrante y relajada, genuina, en la que todo arranca antes de que llegue el sol con el desfile de los monjes -ceremonia de las limosnas-, para acabar precipitadamente al rozar la medianoche. Tras el cierre del mercado nocturno, hacia las 11, la ciudad enmudece por completo y el viajero, al menos los más tranquilos como nosotros, encuentra con facilidad el descanso deseado. Esa fue nuestra breve experiencia en lo que sin duda a estas alturas de viaje se ha convertido en la sorpresa más grata. Porque cuando uno lee sobre un destino al que se acerca, imagina, y a su llegada sus sensaciones pueden corresponderse, o no, con sus sueños. En nuestro caso, Luang Prabang nos enganchó hasta el punto que nos hubiésemos quedado allí disfrutando una semana, relajados a orillas del Mekong. Sus callejuelas salpicadas de jardines tropicales, su arquitectura colonial, los restaurantes y bistros franceses, los jóvenes monjes callejeando a todas horas escondidos bajos sus paraguas, sus templos, las sonrisas, el mercado nocturno o el río, todos ellos nos resultaron escenarios encantadores que parecían emerger de otro tiempo. No olvidaremos el trato recibido, ni mucho menos la fantástica comida del restaurante L’Elephant, el primer capricho verdadero de este tour. Hubiésemos querido tomar una bicicleta para pasear por la ciudad o tener el tiempo para adentrarnos en la jungla en busca del Laos más profundo, o de lo que queda de él. El camino nos trajo, en cambio, a la capital del país, la también colonial y bastante más ajetreada Vientián. Desde aquí, esperando embarcar en nuestro avión a Hanói, escribo este post. Con suerte, en el siguiente destino tendremos la oportunidad de poner el freno de mano y disfrutar de cuatro días sosegados.

Unas fotos:
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Nota para el viajero
*Es importante tener en cuenta que el buen clima de la temporada seca -de noviembre a marzo- es un factor determinante a la hora de disfrutar plenamente de Luang Prabang, con sus innumerables terrazas. A nosotros nos acompañó el sol y, quizás, un pelín demasiado de calor. Hay cientos de opciones de alojamiento, de todos los precios, con un estándar de calidad bastante superior al que encuentra en Laos y el norte de Tailandia. Cada día inundan la ciudad cientos de viajeros, sin que por ello se haya desdibujado a día de hoy la esencia de esta pequeña ciudad de 70.000 habitantes. Es fácil suponer que la declaración de Patrimonio de la Humanidad ha contribuido a una conservación y protección importantes. Quizás también es cosa de las dificultades de acceso, pues existen tres únicas vías y no son especialmente sencillas. La primera son los botes que bajan el Mekong desde el norte de Tailandia, para lo que se necesitan entre siete y 30 horas -la alternativque nosotros usamos-; la segunda es por carretera desde Vientián, la cual requiere no menos paciencia, ya que son unas doce horas de viaje por la selva por la única carretera disponible, siempre tortuosa y a ratos directamente peligrosa; la tercera y más confortable es también la más cara, puesto que se trata de la alternativa aérea, mediante el aeropuerto internacional de Luang Prabang. Ofrece vuelos a Hanói, Vientián o Bangkok.

Laos. Tres conceptos: VIP, wifi, eco

Tan solo llevamos unos días en Laos y no conocemos prácticamente nada de cómo es este país y su gente. No obstante, después de ser abordado en la calle unas 20 veces por minuto, observo de la importancia de algunas palabras, que la gente de esta antigua colonia francesa parece haber interiorizado para conquistar el corazón del gran hombre blanco. Éstos son los tres vocablos que más me llaman la atención:

VIP. No hay autobús o servicio de transporte público que se precie, que no tenga una versión Very Important Person. Si hablamos de un tuk-tuk o una moto, más vale obviar este añadido si no queremos desperdiciar nuestros ahorros. Ahora bien, de cara a contratar un trayecto largo en autobús es una garantía de confort. Por unos euros, un servicio VIP te permite disponer de más espacio para estirar las piernas en el bus o, a veces, llegar más rápido a tu destino.

Wifi. Ya estaba advertido, de hecho algunos amigos habéis venido comentando este tema en el blog, ahora simplemente incido. Hoy es Luang Prabang, ayer fue un poblado perdido enmedio del río, mañana será la capital Vientián… no hay bar, restaurante, hotel o Guest House de mala muerte que no ofrezca gratuitamente la posibilidad de conectar a internet a través de una wifi. La velocidad no es siempre la óptima pero lo que importa es el concepto, que diría Manquiña. Siempre gratis, a veces incluso sin proteger -cada vez menos frecuente-.

Eco. La más bonita, aunque actualmente es la menos fiable de las tres etiquetas. Alguién les debe haber explicado a estas pertsonas que a los europeos les preocupa mucho una cosa que se llama medioambiente. Desde el día que eso debió de suceder, cada vez son más los producos y servicios que se ofrecen al viajero con esa marca. Aquí se venden tours eco, ecoresorts, eco transportes o eco menús, por citar algunos ejemplos. Que nadie se espante si luego el guía del tour ecológico acaba tirando botellas de plásico en la jungla, en medio de un trekking. Y que a nadie se le ocurra pensar en una reprimenda, no sería justo, pues nosotros con nuestras carreras universitarias y nuestras grandes conciencias no somos, para nada, diferentes. Eso sí, por lo general pagar un sobrecoste por un producto responsable en Laos, no suele ser garantía de nada.

Poco más, después de día y medio relajados en Luang Prabang, entre monjes y buena onda, es la hora de seguir con la ruta hacia Vientián. Otro día si eso me pongo con otros conceptos vitales para el laosiano, de cara a engatusar al turista, del tipo waterfall, tuk-tuk, pretty lady y otras cosas ciertamente más turbias.

*Por cierto, según compruebo todos los conceptos citados y sus significados son válidos también para el norte de Tailandia.

Laos. Pel Mekong cap a Luang Prabang

A reveure Tailàndia, sabguaidi Laos. Dos dies i mig de camí després del darrer post, comencem ara el segon dia de viatge en vaixell pel riu Mekong, al seu pas pel nord de Laos. A diferència de Tailàndia, aquesta no és terra de homes lliures, sinó resquici de República Popular, altre temps tros d’Indoxina, el país més despoblat i el més pobre, dels quatre que anem a trepitjar en aquesta breu incursió pel sudest d’Àsia. Sí, curt i superficial, així veig en estos instants el nostre viatge d’ara després de compartir el sopar d’anit amb quatre viatgers de volta al món, motxilla a l’esquena i presupost ajustat, de veritat. Interessants històries, interessants perspectives. Amb tot el temps del mon per davant. Bé, recuperant el fil d’aquest post, escriure aquestes línies pentinat per la boira i el vent suau que bufa per sobre del riu Mekong al dematí és senzillament recomfortant. El nostre vaixell, com la immensa majoria dels que remunten i abaixen el riu en aquestes latituds, és una embarcació estreta i allargada, sense tancaments laterals però amb un sostre de xapa que ens protegeix del sol. Tot rovell i bona voluntat. Seients nous recentment col·locats, que semblem haver arribat aquí arrencats d’algun tren retirat de la circulació a Europa. De malnom, el vaixell és conegut com slow boat, pel que podeu imaginar que la velocitat no és un tema prioritari. De fet, si comentava que estem al segon dia de viatge és, lògicament, perque la d’avui és la segona ració d’un mateix plat: set hores de trajecte, mentre hi ha sol, durant dos dies fins completar la unió entre el nord de Tailàndia i la ciutat sagrada de Luang Prabang, segurament un dels tresors més interessants de la zona. En total, som unes 180 les persones que estem fent al torn aquest recorregut de dos dies pel riu, en dos aparells. Al nostre, com a l’altre, viatgem uns 70 estrangers, per només una vintena de locals. No sé com ho hauran pagat ells, a nosaltres no ens ha costat barat, si tenim en compte que hem pagat 240.000 kips per cap -uns 24 euros-, segurament més del que guanye un cap de família en una semana. Pel que fa a magnituds, en trajectes com aquest són totalment secundàries. Però per a que vos feu una idea, estem parlant d’una distància apoximada de 200 quilòmetres, recorreguts al segle XXI de la mateixa forma que un parell de segles enrere. Per acabar, aprofitaré la menció temporal per a tractar de dibuixar els pobles que ens han eixit al pas des que vàrem entrar al país, ahir al matí. El primer fou Huay Xai, porta d’entrada a Laos via Chiang Rai. Aquesta petita ciutat, abocada al riu com totes, s’ha convertit en una parada obligada per a motxillers vinguts de tot el planeta. O el que és el mateix, va farcit de cases d’hosts i restaurants al carrer, mentre el punt de control fronterer i l’oficina de canvi són una autèntica olla a pressió als matins. Tenen una oficina bancària amb caixer automàtic, símptoma inequívoc de modernitat, si bé el que realment despertà el meu interés va ser veure per primera vegada els mostradors de bolleria francesa -influència del passat colonial- al carrer, els bitllets de 100.000 kips -un euro-, així com els carrers sense asfaltar atrafegats a parts igual pel pas de camions, tuk-tuks, persones, gossos o gallines. Ja veieu, salt enrere en el temps, malgrat la contaminació extrema provocada per l’arribada desmesurada del plàstic, els turistes i les operadores telefòniques amb les seues xarxes de wifi. Pel que fa a la primera aturada, el poble de Pak Benk no té cap mèrit més enllà d’ubicar-se a la llera del riu en meitat del camí, pel que s’ha consolidat com parada obligada d’estos vaixells per a fer nit. Ofereix un carrer ple de Guests Houses, restaurants i supermercats en la seua versió més primitiva. Molta misèria, ronya, falsos somriures i uns preus unflats per a treure profit de la situació. L’últim poble que voldria comentar, és el que no hem pogut visitar: les desenes de viles apegades al riu que hem creuat pel camí. Aldees sense accés per carretera, cases de bambú, horts als bancs de sorra del riu, pesca entre les roques. Molt maco i pur, vist en ruta. Bé, són quasi les cinc de la vesprada, i per fi he acabat de redactar aquesta entrada a trompicons durant el viatge, que sembla no acabar mai. Ho farà aviat, ens acostem a Luang Prabang.

*El post l’he publicat ja a la Guest House de Luang Prabang. Al vaixell no hi havia wifi

Ací teniu un parell d’imatges del Mekong:

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Nota per al viatger
*Fer aquest mateix trajecte usant una embarcació privada amb motor ens haguera portat només una jornada i ens haguera costat uns 70 euros als dos. No la recomanen a esta època de l’any, final de l’estació seca i moment en que el riu porta menys cabdal -són moltes les puntes i grans roques les que queden a la vista incrementant el perill del viatge-. Tan important com això a l’hora de decidir-nos pel transport lent fou la contaminació excessiva del ràpid, el soroll o les poques oportunitats que et dóna de gaudir amb la calma d’un paisatge increïble.

Chiang Rai (cap a Laos). Desfets

Sé que vos havia comentat que escriuria dels trekkings a Chiang Mai, però són les 11 de la nit hora local, demà movem a les 5 del matí cap a Chiang Khong i ja són massa dies dormint quatre ratos. No hem vingut a dormir, però ja no puc més. Algun dia -potser en ruta o potser en arribar a casa- reprendré el tema, paraula. Ara bé, no serà demà. Aquest dimecres entrem a Laos pel riu Mekong i a ben segur estarem un parell de dies sense internet, fantàsticament.

Per cert, ara hi som a Chiang Rai, una parada tècnica a mitjan camí de la que malgrat tot n’hem tret profit. En parlem.