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Diario de Oktoberfest (IV): curiosidades y consejos varios

Después de 15 días casi extenuantes, para Múnich y para cualquier ciudad que se preste a algo tan gordo, hoy termina Oktoberfest. En un rato, me voy a despedirlo, pero antes quería comentar algunas anécdotas que he ido descifrando sobre la marcha:

Beber, beber, beber. Hace unos días ya comenté que la Oktober conmemora la boda real entre Luis I y Teresa de Sajonia, así como que recibe a más de seis millones de personas en un par de semanas. Mi segunda edición del festival me permite constatar –y advertir a los románticos- que es una fiesta para beber, beber y beber. Olvidémonos de bailes tradicionales, de saborear la mejor gastronomía típica de Baviera, etc. Bailar se puede bailar, nadie nos mirará mal; comer se puede comer, y además únicamente bávaro; pero la cerveza es el elemento sobre el que gira todo, sin edulcorantes.

La feria. Si tuviera que ponerle un complemento a la birra, además de los Trachten, ese serían las atracciones de feria. Un viajero español me dijo el otro día, de paseo por el Wiesn: “Mira, si disparan con la escopeta. Como en la feria de mi pueblo hace 30 años”. Es verdad, los participantes de la Fiesta de la cerveza van a la feria, prueban puntería, hacen pruebas de fuerza, les compran piruletas a sus seres queridos, suben a la noria o al tren de la bruja y otras cosas por el estilo. Mi viajero añadió: “Ahora en cualquier punta de España tenemos un parque temático con pistolas láser para disparar y montañas rusas que les dan mil patadas”. Efectivamente, quizá podríamos decir en este apartado que los bávaros y las bávaras se conforman con poco. Así nos luce el pelo a nosotros, los de la escopeta láser, y así les luce a ellos.

Trachten. Cuando llegué a Múnich, me prometí que nunca me compraría un Lederhose. Me equivocaba, ha pasado un curso y ya he estrenado el mío. La inmensa mayoría de los habitantes de esta ciudad que nos pasamos por Theresienwiese lo hacemos luciendo un Dirndl o un Lederhose –bueno, algunos, lucir no lucimos-. Me comentan, fuentes tan fidedignas como mi adorable ex vecina, que esto no siempre fue así. Antaño, los Trachten los llevaba la gente de pueblo y por supuesto ninguna chicha de bien osaba lucir uno que dejase al aire sus rodillas. Hoy las cosas son muy diferentes, tenemos Dirndl de falda larga, corta y extremadamente corta, o Ledehose para hombres, para mujeres, para mujeres que se sienten hombres, de colores, etc. ¿Qué será lo próximo? Que se lo pregunten a la industria de la moda, que ha puesto sus ojos sobre este mercado.

Corazones de jengibre, pinzas o fotografías. El negocio del souvenir aquí es, como no, gigantesco. Los corazones de jengibre están por todas partes. Todavía hoy son comestibles aunque me atrevería a decir que cada día son menos apetitosos. El mensaje que llevan incrustado es variable y coquetea con lo cursi en plan: te quiero, mi pequeña princesa o mi corazón.

Lo de las pinzas es otra historia, nos las venden en las carpas grabadas con nuestro nombre, y aunque a menudo acaban adornando algún escote, deberían servir para diferenciar nuestra cerveza del resto. Sí, son pinzas de madera de las de toda la vida, las de tender.

Y lo de las fotos, como en cualquier otra gran fiesta: primero nos fotografían sin preguntar, luego quieren que encima compremos las imágenes.

Demasiada gente, demasiado caro. También lo dije el otro día, prohibido ir a Oktoberfest pasadas las 11 de la mañana de un día festivo o de fin de semana. El resultado lo reitero: no se puede entrar a la carpa porqué está cerrada. Overbooking, saturación, llamadlo como queráis. Entre semana, la cosa cambia un poco, pero me da la sensación que cada año la evolución es a peor. Alternativas que se me ocurren a bote pronto para poder coger una mesa en Oktoberfest: ir por las mañanas en días laborables, preferiblemente de lunes a jueves; si vamos en fin de semana, plantarnos allí incluso antes de la hora de apertura (9 de la mañana); y la mejor, meterse en Internet casi un año antes del próximo Oktoberfest y reservar una mesa donde nos apetezca.

El tema de los precios, irritante. Si nos atendemos a la hemeroteca, el precio de la cerveza ha crecido un 40% en el último lustro. Este 2012 hemos pagado el litro entre 9 y 9,5 euros, lo que se transforma en 10 tras la pertinente propina. Si esto sigue así, mi consejo será: pasaros por Oktoberfest un rato, tomaros una y salir pitando en busca de un lugar en el que se pueda beber y comer a un precio decente. Para que visualicéis: jarra de cerveza de 1l + medio pollo en una carpa del Oktober, 20 euros; lo mismo en cualquier cervecería de Múnich, bien pagado, 15 euros.

¿Por qué las camareras tienen prisa? Esta es una pregunta que seguro os habéis hecho, los que habéis estado dentro de una carpa en un día concurrido. Las camareras y camareros que trabajan en Oktoberfest son revendedores. Esto significa que cuando encargamos nuestras bebidas van a una barra de servicio, pagan por adelantado la bebida que van a servir, cargan en la barra y nos la sirven a nosotros. Trabajan por cuenta propia como comisionistas y su negocio reside en la comisión que tienen por venta de cerveza o comida y la propina. Por eso las podemos encontrar obsesionadas con que vayamos bebiendo, ya que les va el sueldo – a más cervezas vendidas, más ingresos-. Y de ahí también la importancia de la propina, que se terminarán cobrando por las buenas o por las malas.

Diario de Oktoberfest (I): “O’zapft is!”

“El barril está abierto!”, grita el Alcalde, otra vez. Me recuerda a mi Rita, en plan “Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà”. Solo luego de la frasecilla hecha del burgomaestre, a mediodía, la cerveza empieza a correr a chorros en el Oktoberfest. Seis millones de bebedores y bebedoras, que se chupan, usando jerga local, sus más de siete millones de litros de cerveza. Que se lo digan a las camareras, que los cargan, los descargan, los cobran y se ganan las propinas. A nueve y medio el litro que circulan, este año el redondeo les acorta precisamente eso, la propina – quien paga más de diez euros por un trago, por largo que sea!-. De éstas y de los setenta céntimos que se ganan por maß vendido viven algunas servidoras todo el año, por lo que no debe de ser grave.

Aunque esto no ha hecho más que empezar, se presiente lo agotador que puede llegar a ser. Lo confirman las mantas térmicas tapando a unos pocos desalmados y las camillas de urgencias correteando por el Wiesn a última hora del primer día. Yo cuento cinco atendidos, coqueteando con el coma etílico, en media hora. Siempre hay quien afronta esta historia sobrado de sed y falto de frente.

De vuelta a la fiesta. Es domingo, segundo día, y la mañana se presenta soleada aunque más bien tibia. Mariola, de Dirndl vino y rosa, preciosa. Y fresca, en el sentido matinal de la palabra, que no se malinterprete un escote de nada. Día de desfile en Theresienwiese y hora de entrar a fondo. En las carpas y en la malta. Aún no son las nueve y nos aguarda la cola en la puerta de la Winzerer Fähndl. Por ejemplo. La elección corre a cuenta de nuestros anfitriones, algunos más que eso. Los amigos de Perlach.

Una jornada festiva y muchos litros por delante. Se van bebiendo con alegría, con y sin música. A cada rato más apretados. Aprietan los bebedores y las vendedoras. Éstas últimas son como los alicatadores, los que hubo un día en mi pueblo, que trabajan a destajo. Por eso no se encantan. O le dan vidilla o no cobran.

Otras dolencias tienen, o mejor dicho tendrán, los que se plantan encima de la mesa reclamando la atención de los otros 10.000 del bar. Quieren unos segundos de gloria; a cambio ofrecen un trago hasta el final. Un hidalgo de los de toda la vida, pero de 1.000 mililitros. Suena a velocidad, a competición. Peligro, por tanto.

Peligro tiene el payaso que se ha echado a la garganta seis jarras en unas pocas horas, un par de ellas precisamente de hidalgo. Palmas ahora, esperemos que no haga falta reanimarlo en un rato. Pero Wiesn es mucho más y no es justo que yo, que me lo bebo, lo abra en canal. Hay quien bebe con gracia.

Nosotros, los nuestros, somos lentos pero seguros. Sin sobresaltos. Nos hemos plantado en mediodía y no nos hemos enterado. Pero lo dice el reloj. Es hora de codillo, de pollo asado, un plato de pasta bávara o de lo que sea, que no va a ser bueno, bonito, barato. Llenar para seguir absorbiendo. O no. Para el debut, más que suficiente. O sea, que toca retirada antes de empezar el tercer litro.

Salimos a la calle. El sol deslumbra, el pantaloncillo de Baviera pesa más de la cuenta y los calcetines, de lana, pican por primera vez. Molestan incluso los tirantes. Hora de desbeber, que diría la cursi de mi antigua profesora. Ya tardaba en incluir el comentario en la crónica. ¿Acaso alguien dudaba de lo que se mea en la fiesta de la cerveza?

Cae la tarde. No lo parece, pero hace frío, por eso hace tiempo que descartaron octubre. Der Herbst en Múnich no es la tardor en la plaza de toros de Valencia. Tenemos suerte de que nos abrigue la masa del domingo. No somos de feria, ni de corazones en la solapa. Tampoco de rosas o de alhajas, menos si van a precio de oro. Ale pues, dirección al metro, volvemos a casa.

Tras la ducha, sensaciones extrañas en torno al Oktoberfest, en mi primer día. Este lunes sería incapaz de repetir, a riesgo de morir de empacho. En lo etílico y en lo metafísico. En cambio, me apresuro a revisar frente al ordenador las instantáneas tomadas hace un rato en las entrañas de la catedral de lo kitsch, a la vez que me sorprendo tarareando algunos de sus hits, léase Fiesta mexicana o Viva Colonia. Imposible de descifrar lo que me sucede doctor, si bien imagino que lo que me atrae como un imán es lo mismo que me repele. En plan Benidorm. Un oxímoron, que diría el sabio. Cosas raras, que diría una madre. Imposible, que diría el listo. Pero cierto, añado. ¿A santo de qué sino me ha comprado un Lederhose?

Karl en la Hofbräuhaus

A Karl Schloss le dura un litro de cerveza lo que dura un telediario en este país, menos que nada. A él, que se sienta siempre en la misma mesa e incluso ha conseguido que coloquen allí un cartel en su nombre, se la sirven en jarra de porcelana. Karl se cree un tipo con suerte. A sus 80, es un cliente de los de toda la vida, de esos que entran en la cervecería celebérrima con la llave entre las manos. La exhibe orgulloso, como privilegiado que es, y se adentra en el despacho de los señores bávaros, su hábitat. Con su llavecilla, abre la reja, saca la jarra, la lava y se la entrega al camarero, también de toda la vida. No le hace falta pedir, el serbio ya sabe cómo llenarle el Krug. Entre brindis y brindis, dependiendo del humor, Karl deja a veces que los turistas le acompañen a la mesa. Algunos se toman fotos con el viejo, cual trofeo. Sin aburrir, éste les chapurrea a cambio sus batallitas de cuando cazaba con el Rey de España, vaya par de golfos. Esnifa tabaco y no se separa de sus gafas de sol, ni de noche. Hace poco decidió abandonar temporalmente su Lederhose, pero nadie le roba su chaleco y, menos todavía, su sombrero. Mi amigo Christopher dice que el gorro del señor Karl es un pelín kitsch, o sea hortera, pero se lo disculpa porque es mayor. Aquí eso cuenta. Peor es lo de algunos chavales, que se pirran por unos pelos de jabalí, a estas alturas de partido. No nos desviemos del tema: el bávaro, el auténtico, no se levanta de la mesa hasta que no calla la música. Eso es, nunca vuelve a casa hasta la medianoche. Por el camino, varias cruces en el posavasos, a la vez que sus mejillas se sonrojan cada vez más y más. Quizá dos, tres o incluso cuatro equis marcadas sobre el cartón, todas en forma de litro. Así lo manda la tradición, su tradición, la de los viernes por la noche.

Més sobre la bomba

Diuen que entre un 5 i un 10% de les bombes que es deixaven caure sobre les ciutats a la Segona Guerra Mundial no explotaven, generalment en fallar el detonador. Segons s’estima, a Munic, van caure més de tres milions de bombes i projectils que van desfer la pràctica totalitat del centre de la ciutat. Jo no sóc massa bo fent números, però el càlcul és senzill: és gairebé segur que desenes de milers d’explosius de la gran guerra romanen ocultes al subsol de la ciutat. Per això mateix és habitual, com a Berlín, que de tant en tant hom trobe una gran bomba en perill d’explotar, quan es posa a rebuscar a la terra pel motiu que siga. Això és simplement el que va succeir la setmana passada, quan els obrers de la luxosa promoció de Monaco al barri de Schwabing van trobar entre els ciments del seu nou edifici, una bomba de 250 quilos. La resta de la història és ben coneguda, ja que allò no va haver forma de desactivar-ho, només a través d’una explosió més o menys controlada. Fa un parell de dies vaig passar per aquell solar amb la bicicleta, ni que fora per saciar la curiositat del periodista i tirar dos fotos. Com jo, desenes de persones mirant-se l’obra hui aturada i la petjada de la detonació, tots nosaltres fent de jubilats i comentant la jugada a l’altra banda dels andamis. Podeu imaginar: d’entrada palla cremada -sembla que això, pensat per a reduir l’impacte de l’explosió, va suposar un petit incendi posterior-, negror, impactes de metralla sobre les parets mitgeres que envolten el solar i vidres trencats, molts vidres trencats. Als aparadors comercials de pràcticament tot el carrer de Feilitzsch, que fins i tot han provocat el tancament provisional d’algun local. Per sort, aquest paisatge lunar en que s’ha convertit un tros de carrer a Munic és hui molt més paregut al plató de rodatge d’una pel·lícula que a la realitat que aquesta ciutat va viure no fa tant.

Sprengung der Fliegerbombe / Schwabing, München / 28.8.2012 from Simon Aschenbrenner on Vimeo.

Diario de mudanza (V): de segunda mano

El calendario se ha comido un mes enterito desde que nos mudamos y parece que empezamos a digerirlo. Aunque la mudanza daría para un libro de los gordos, voy cerrando el serial. Antes, confirmar que el modo ahorro se ha quedado conectado en nuestras vidas pese al cambio de aires y a que, según parece, la economía familiar empieza a dejar atrás los números rojos. Y es que una cosa es que hayamos abandonado las lechugas de oferta o las conservas paupérrimas de marca blanco nuclear y otra muy distinta es pagar un céntimo de más, gratuitamente. Supongo que nos estamos alemanizando, quizá siempre fuimos un poco de esta pasta, pero el caso es que la guinda del pastel que es nuestro pequeño Wohnung la estamos intentando colocar a través del mercado online de segunda mano. Vía Quoka y antes de aterrizar aquí se sacaría ya Mariola de la chistera un colchón de viscoelástica, lo más de lo más, por 190 euros. Más de lo mismo para la compra del microondas, hace unos días, a 25 chapas. El primero se lo compramos a un mariquita que abandonaba Múnich a toda prisa, muy a su pesar. Pero no tingues manies mare, el amigo nos vendió un colchón, más que impecable, espectacular. 900 euros nos hubiera costado la pieza, de pagar con la Master Card en una colchonería. El segundo, nos lo mercamos en el barrio mismo y al recogerlo a domicilio solamente le faltaban los plásticos al aparato, para estrenarlo. Vendido flamante después de la censura en la oficina a las ondas electromagnéticas, imagino que por parte de algún jefe con sobredosis de sesiones de yoga. En esas estamos Guiller, esperando algún mercadillo interesante para intentar el remate final a nuestro flamante apartamento, semi nuevo.

De la bici al Mini Cooper

A la immensa majoria de ciutats del món, algú que s’acostara a la porta d’un cotxe nou amb una targeta a la mà -i començara a fregar-la pel vidre- faria dubtar de les seues intencions. Per lladre o per boig. A Munic, arrimar-se a la lluna davantera d’un Mini Cooper, carnet de conduir per davant, és una altra història. Voldria no fer propaganda de bades a ningú. I m’agradaria deixar-vos amb la imatge que em passe la vida muniqueando al ritme d’un manillar, ja ploga, m’espere un recorregut impossible o vaja curt de temps. De fer-ho, en realitat, estaria enganyant-vos. Ja fa mesos que pensem en participar d’alguna iniciativa de Car Sharing, per a les urgències, i al final hem caigut en les xarxes de la que segurament siga la més pija de totes. Com, sinó, ja van un parell de dies al volant d’un Mini per a tornar a casa? La cucada és diu Drive Now (interessats en la propaganda, cliqueu enllaç extern) i a mi em funciona més o menys així:

1.     tornant a casa amb la bicicleta ha començat a ploure a mansalva
2.     aparque la bici al carrer, la tanque amb el segur, i connecte el telèfon a internet
3.     a través d’una aplicació al mòbil localitze mitja dotzena de cotxes disponibles, aparcats a menys de cinc minuts a peu
4.     trie un cotxe d’aquestos i m’acoste
5.     una vegada allà, sense cap clau, passe per davant de la lluna davantera del vehicle el meu carnet de conduir, al que prèviament li han posat un xip
6.     el cotxe, que només pot ser un Mini o un BMW, s’obri, entre i m’espera un ordinador que em saluda i em pregunta si tot està en perfectes condicions
7.     tot està en ordre, encenc el motor i me’n vaig a casa
8.     després de creuar la ciutat, per fi arribe sec i descansat malgrat la tromba d’aigua, 15 minuts després
9.     aparque -bé- on se vol, sense importar si és zona blava o no, i m’acomiade de l’aparell, al que potser no torne a veure mai
10.  la broma hui m’ha costat 4,35 euros, preu final. Pel mateix trajecte en transport públic pague 2,5 euros, que són 5 si vaig acompanyat com acostuma a ser el meu cas al vespre

Més enllà d’instruccions d’ús. Donar-te d’alta costa 29 euros pel xip que et col·loquen al permís de conduir, però no hi ha quota de manteniment. Per eixe preu, zero, et dóna sense problemes per a anar coneixent totes les demés alternatives que ofereix esta ciutat per a utilitzar serveis de Car Sharing: Mu, de Peugeot, que et permet llogar un esportiu, un cotxe elèctric, una moto o una bici amb motor; Zebra Mobil, per als amants de l’Audi A3 i els que volen tastar l’Audi A1; Flinkster, la xarxa de Deutsche Bahn vigent a tot Alemanya; Stattauto, tot un clàssic del gènere… Amb estes condicions, qui necessita tindre un cotxe en propietat per a moure’s per esta ciutat?

*Bonus o uns vídeos per a dir el mateix que jo amb més estil:

1. Vídeo de com s’obre un Mini Cooper de Drive Now amb el carnet de conduir, de la mà de la Drag Queen alemanya Dana Regyonal

2. Vídeo de com s’obri un cotxe sense clau, en una modalitat que actualment no s’usa a Munic i que fins no fa massa era l’única que jo coneixia

¿Qué hacen 35.000 cardiólogos en un congreso? Yo te lo contaré…

El pasado viernes me encontré con un cardiólogo venezolano y su familia en mi tour de Salzburgo. Éramos un minúsculo grupo de cinco personas y el hombre me advirtió a nuestro regreso a Múnich: “Prepárense porqué este fin de semana llegamos 35.000 cardiólogos de todo al mundo al congreso europeo”. Aquello, que me pareció exagerado, se tradujo en un tour de 12 personas a Neuschwanstein el sábado. Normalito, pero con seis cardiólogos. De repente, el domingo brotó de la nada un tour privado para dos viajeros de Argentina. Cardiólogos, señor y señora. Y luego vendría la excursión al castillo de Neuschwanstein de lunes, y la marabunta. Es decir, 37 cardiólogos o cardiólogos consortes venidos a los Alpes desde todos los rincones del mundo (que en mi universo laboral significa Argentina, Brasil, Chile, Colombia, España, México, Perú, Uruguay, Venezuela…). 37 son los que subieron ese día al tren conmigo, porque martes repetiríamos la operación con 49… cardiólogos. Os cuento esto a jueves, un día después del cierre del dichoso congreso europeo de cardiología. Y una jornada más tarde de un tour de la ciudad con 20 doctores cardiólogos y un segundo tour especializado en el Tercer Reich –sí, señores, haciendo doblete- con 23 personas, la inmensa mayoría de ellos profesionales de ese oficio que no voy a volver a repetir a no ser que me duela el corazón. Esa es la verdad, sufrid@s cónyuges de profesionales liberales: cuando sus respectivas parejas les anuncien que emprenden viaje para participar en un congreso internacional, les estarán diciendo en realidad que se van a pasar una fantástica semana de vacaciones. Al menos eso es lo que me pareció a mi, después de quedarme seco tras los cuatro días más duros de trabajo que recuerdo desde que llegué a esta ciudad. Eso sí, en ningún momento me preocupé por el ritmo cardíaco.

La bomba

Vora 70 anys després del final de la Segona Guerra Mundial, una colla d’obrers trobava este dimarts al matí una bomba americana de 250 quilos. No la van encontrar als afores de la ciutat, ni entre les antigues runes del parc olímpic, l’entropessada fou ni més ni menys que en ple barri de Schwabing, a un pas de la casa d’algun amic, a la vora de l’Englischer Garten… És a dir, al centre de la ciutat. 2.500 persones desallotjades, segurament un dels carrers més emblemàtics de Munic completament tallat i algunes entrades al metro tancades. El detonador estava actiu. Portada dels diaris alemanys més importants, també del Süddeutsche Zeitung. A mi la història em va pillar amb 50 turistes als Alps, però no el desenllaç. Passades les deu de la nit, la ciutat escoltaria un gran soroll acompanyat d’una flamarada més gran encara. La bomba havia sigut explotada. Només la llum del dia esclarirà les conseqüències.

Cifras y viajes complicados de verano

Estamos en agosto y los turistas hispanos se cuentan por cientos en Múnich. Supongo que la crisis en España se nota a la hora de elegir compañía aérea, hotel o restaurante, porque lo que es seguir viniendo, siguen. Entro por la puerta de casa molido, cada noche, sin una gota de energía. De seguir así, mejor será que aprenda a cambiar el patrón por el que corto las excursiones, y pasar del modelo artesanal a la producción en serie. Supongo que antes de eso acabará la temporada alta y los tours como el del otro miércoles: diecinueve a Salzburgo, con cancelación y cambio de tren a la ida incluidos. El número nunca es lo peor, lo malo es que a cada uno lo pare su madre y su padre y a mi me toca sacarlos a pasear a todos juntos. Hablando de cifras, la señora Carmen se anotó la mejor marca hasta la fecha, en mi cuaderno de viajes. Con 81 veranos como éste, la recordaré como la anciana del acento andaluz que se pegaba a mi para poder oírme. Cinco o seis kilómetros y unas salchichitas se comió en Salzburgo la señora Carmen, sevillana, con su Yolanda. Ya se sabe, cuanto más grande es el grupo, más divertido y más jodido: señoras que salen de excursión a punto de romper aguas, solteronas de carácter variable, familias que vienen de aquí y otras que vienen de allá. La misma película de anoche, esta vez en versión casi kitsch. Vegetarianos, salchicheros, judíos –sí, los hebreos también viajan-, cerveceros, abstemios, bastante chalados, puteros –otra vez-, mayores casi viejos y jóvenes casi mayores, europeos y americanos… todos juntos en un tour sobre cerveza y gastronomía en Baviera o mejor dicho, en un cóctel molotov que podía haber terminado como el rosario de la aurora y acabó en Hofbräuhaus con unos chistes fáciles y una decena de palmaditas en la espalda. Eso para ellos, yo estuve a punto de morir al entrar por la puerta de casa, aunque al final no fue para tanto y simplemente me quedé grogui al primer contacto con el sofá. Hoy, más historias para no dormir -o para hacerlo incluso antes de llegar a la cama-.

Diario de mudanza (III): sin conexión

(Venderlo, lo venden muy bien)

Si tuviera la oportunidad de eliminar de un plumazo una de las cosas pésimas que trae consigo una mudanza, quizá pediría el comodín de la conexión a Internet. Soportar pelmas germanos es muy duro, montar muebles de Ikea requiere un esfuerzo sobrehumano, pero lidiar con operadoras telefónicas… es sencillamente demasiado. Pacientes clientes de Telefónica de España, France Telekom o Vodaphone de la Conchinchina, respirad tranquilos por un instante, el servicio en el rico país de la Merkel también es caca de la vaca. Sino, a qué creéis que se debe este silencio casi sepulcral en el que me encuentro sumido desde hace ya un par de semanas. Quince días es prácticamente lo que tardó en llegar a casa la mal denominada Alice Quickstart –en la melódica lengua de Shakespeare, literalmente acceso rápido-. Aunque eso no es nada, si lo comparamos con la decepción que supone abrir el paquetito con el pinganillo y que tarde otros dos días en empezar a funcionar, mientras lo activa y no una señora que nos responde al otro lado del teléfono con voz de camionero.  En fin, no creáis que la alegría termina ahí, en menos de una semana nos hemos fulminado de un plumazo toda la potencia del paupérrimo Alice, así que lo de Quickstart es casi, casi, una burla, una forma de tenernos entretenidos –y cobrarnos- mientras llega y no la conexión a Internet de verdad a nuestro nuevo hogar. Con permiso de O2, os lo cuento.