Category: Relats/ Relatos

“Hemos ampliado nuestra misión sin descuidar actividades anteriores”

Me avisan de importantes novedades en el Cervantes de Múnich: por un lado han recuperado la figura del director; por otro van a empezar a ofrecer cursos de alemán para hispanohablantes. Así es que no lo dudo, les pido una entrevista, me la dan y la vuelco en el Quadern:

Ferran, en las escaleras del Instituto

Ferran, en las escaleras del Instituto

Aunque desde dentro no se perciba exactamente así, algo se mueve en el Instituto Cervantes de Múnich. Tras unos meses de gestión teledirigida en tiempos de recortes, el centro recupera la figura del director a la par que intenta transitar por nuevas sendas, hasta ahora desconocidas para el organismo. Inaugurado en el año 1956 y auspiciado por la infanta Pilar de Baviera, el Cervantes muniqués, por entonces Instituto Español de Cultura de Múnich –hasta 1994–, atesora medio siglo de interacción con la sociedad bávara. “La misión era abrir la cultura española al pueblo alemán, despertar el interés por nuestra cultura allí donde no lo había”. El que habla es un viejo conocido de la casa, Ferran Ferrando (Albocásser , 1960), antiguo director de la entidad entre 2002 y 2007 que ha recuperado este puesto tras su paso por la sede de Estocolmo y un lustro como responsable de la Escuela de Lenguas de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Hijo de emigrantes españoles, Ferrando llegó a Alemania con cinco años y cursó sus estudios en las universidades de Göttingen y Montpellier, obteniendo el doctorado en Filología por la Universidad de Bremen. Jovial, accesible, casi diría desenfadado, nos sentamos a charlar un rato en su despacho, y empezamos por comentar el cambio de rumbo que, da la sensación, ha empezado a tomar el Cervantes de Múnich, por ejemplo en cuanto a su relación con la comunidad española aquí residente. “Es cierto que la programación ha estado dirigida principalmente al público alemán, pero los residentes españoles siempre han encontrado actividades atractivas en el centro, como visitas de escritores famosos o ciclos de cine”, comenta al respecto. A juicio de Ferrando, el Cervantes ha jugado un papel importante en la aproximación entre Alemania y España, el que tocaba, durante décadas. “La cultura es la primera puerta que se abre entre dos pueblos que quieren estrechar relaciones. Luego vienen los negocios”, explica. Regresando a la vinculación con las comunidades españolas e iberoamericanas presentes desde hace años en Múnich, pero no especialmente en el Cervantes, Ferran Ferrando ofrece su propia visión: “Siempre hemos colaborado y hemos dado difusión a sus actividades, pero para ser parte del tejido cultural de la ciudad hay que cooperar con instituciones como Muffathalle, Gasteig y el Museo del Cine, y hay que orientar la programación hacia la sensibilidad de una ciudadanía, que en Múnich es muy culta y abierta al mundo.” Hace referencia a la Amerika Haus, al Institut Français, pero también a entidades puramente germanas como la Literaturhaus, pues la programación del Cervantes pone especial énfasis en la literatura. El director recuerda como en los años 90, cuando ya formaba parte del centro como gestor cultural, se les llamó la atención desde el área municipal de Cultura, al percibir que no cobraran por la entrada a sus actividades. “Y empezamos a hacerlo, para convertirnos en un actor más de la escena local”. Los tiempos han cambiado: mientras la comunidad alemana prosigue con su acercamiento al universo hispano, lo cierto es que hordas de españoles vuelven a invadir la República Federal en un movimiento similar al que aconteciera en los años 60 del siglo pasado. En el caso de Múnich, el censo arroja cifras demoledoras: hace solo unos años apenas había 3.500, mientras que en la actualidad somos unos 7.300, los españoles empadronados según cifras oficiales de la Administración local (31/12/2013). Muchos de ellos son ingenieros, informáticos, investigadores u otros técnicos, menos emigrantes (a esta ciudad) están vinculados al mundo de las letras o la cultura, la inmensa mayoría son profesionales universitarios llegados en los últimos cinco años en busca de una oportunidad laboral que en España no existe. A estos precisamente se dirige la última propuesta del Instituto Cervantes, pues en un movimiento inédito van a empezar a impartir clases de alemán, sí de alemán, a partir de enero de 2015. Atrás quedan los discursos oficiales en los que se aseguraba que la entidad estaba aquí para acercar el español a los teutones, lo que ha mantenido a los españoles más o menos alejados de la casa. Ferran Ferrando no niega el nuevo rol, aunque le incomode la idea de que esto supone un cambio radical. Una “ampliación de nuestra misión sin descuidar nuestras actividades anteriores”, matiza. “La situación ha cambiado. Ha llegado una generación nueva de españoles y percibimos que han cambiado las necesidades”. Y agrega que no solamente pretenden reclamar la atención de los estudiantes de alemán, sino que también buscan el contacto con la comunidad de artistas hispanos aquí afincada, así como de otros grupos profesionales organizados y a tener en cuenta en Baviera como la comunidad científica. De momento han empezado por acoger este otoño el congreso de la CERFA, la Sociedad de Científicos Españoles en la República Federal Alemana, y han iniciado la cooperación con el organismo Kompetenzteam Kultur- und Kreativwirtschaft, que ayuda a jóvenes creadores a encontrar su espacio. Regresando a los cursos de alemán, Ferran Ferrando reconoce la preexistencia de una “amplia oferta” de formación en Múnich, si bien destaca que “no existe una oferta curricular global dirigida específicamente a la comunidad hispanohablante. “Lo que proponemos son cursos adaptados al ritmo y a las particularidades de los hispanohablantes al momento de aprender el alemán.”. Un paso adelante pues, en el Instituto Cervantes de Múnich, esa histórica institución que lleva una vida tratando de introducir las culturas hispánicas en el corazón de Baviera y que, por primera vez, parece haber descubierto que no basta con ser centro de excelencia en la enseñanza de nuestras lenguas, ni bastión cultural en tierras extranjeras, sino que existen otras posibilidades a explorar en el siglo XXI. Mucho más que el palacete de la rojigualda.

Anuncis

El ‘Verboten’ i els caps quadrats

Guillermina: verboten, llegit ferboten i traduït, prohibit. A dies, i no són pocs, tinc la sensació que els alemanys són massa afeccionats a l’acte de prohibir. Almenys pel que respecta al comportament de les persones. No són tan liberals, no. O no sempre. O no em toquen a mi. Mira, ja no ho sé. I si creuem els conceptes verboten, deutsch i flexibilität, mel de catem. Perquè si els agrada prohibir, més encara tallar el bacallar, el d’ells i el dels altres. I que no s’enganyen mai. Potser per això que alemany hauria de ser sinònim d’inflexible, que no de flexible. Sempre tenen raó i si la tenen, o s’ho creuen, no te la emportaràs a casa, no. Si nosaltres, sud, som goma pura, ahir deia blanc i hui dic negre; esta gent, nord, són ferro pur. Material que no s’ascla de cap de manera, però no el doblegaràs tampoc. Ja pots pegar-t’hi cabotades. En fi, que hui he tingut mal dia i no vull abusar. Molt més divertit fou ahir, i t’ho conte sense fugir un mil·límetre de la història del verboten, els de ferro i companyia. Mare, que són mesos i mesos de visitar el refugi d’Adolf Hitler als Alps. No saps ben bé com d’impressionant és creuar aquell túnel i cent metres més a dins, de la roca, arribar a una sala d’espera imponent per a pujar al cim de la muntanya en un ascensor de bronze. De 1938, que no és ahir. En aquesta habitació excavada fa temps que hi ha un senyal, gràfic, que indica mitjançant el dibuix d’una màquina fotogràfica a la que es sobreposa una ix en roig, com no, prohibició de fotografiar. I què fan els turistes? Fer fotos allà on està prohibit. I què fa el senyor alemany que custodia l’habitacle: bonegar-los a crits i dir-los, burros!, que fotografiar no està permés que ho diu el senyal. És la seua faena, i segur que li agrada. Potser ni s’ho ha plantejat. Pobre infeliç. Però la fa, la tasca, i bé. Sense preguntes; sense excepcions. El cas és que fa una setmana han posat un segon senyal, nou, en este cas no amb imatge sinó amb un text en anglès i en alemany. Saps què diu en alemany? Fotografieren verboten (prohibit fotografiar). Sorpresa, oi? I què diu en anglès? Esta sí que és bona: please don’t use a flash (per favor, no utilitzeu el flaix). És a dir: que permet de prendre fotos o almenys no en diu res. S’obri la veda. Ja pots imaginar-te com esta el custodi, que fa dos setmanes que no dorm l’home. No sap on pondre, ara remugant, ara no. Què si li parles en alemany, la foto està censurada; que si li parles en anglès, permesa; que si la fas amb flaix, et mossega; que si no entens ni l’anglès ni l’alemany, entra en xoc. Qualsevol dia peta. I jo rient, per no plorar, mirant-m’ho tot plegat: que esta gent amb tan intel·ligents que semblen des de fora, no són més que una colla de faves, capaços d’actuar amb una disciplina infinita si ho diu un paperet o d’entrar en col·lapse davant la incidència més imbècil. Així els va: la butxaca plena, l’esperit a dies, el cap quadrat i una pila de coses, verboten.

No és cap borma

No és cap borma

Trueque germano

Son las cinco de la tarde y octubre parece agosto cuando agosto pareció octubre. Aunque somos cuatro gatos para entrar, esperamos pacientemente nuestra llamada para visitar un palacete de Luis II en Baviera. Hace sol, aunque esta mañana ha diluviado. Entre los guías turísticos del lugar, los que nos aguardan, advino a una a la que ya tengo fichada: se trata de la oronda italiana de lengua viperina. Un éxito asegurado. “Ciao bello! ¿cómo estás?”, me recita. Le digo que bien pero no consigo pasar de ahí. Corta tajante: “Menudo día, es llover y llenarse esto de alemanes. Si llueve, toca cultura. Y parece que para ellos esto es cultura. No conocen Italia! Son tan simples! Tan previsibles! No los soporto. Menos mal que en media hora me voy a casa a poner los pies en alto. Ah, yo lo tengo claro, en adelante hago como ellos: el zeit es geld y yo a las seis en punto salgo corriendo de aquí. Ni un segundo más!”. Nos quedamos todos boquiabiertos, y no por lo bien que habla español, que también, por como mueve la lengua esa mujer. Qué gran diva, una primadonna. La tarde avanza, el palacio se visita, la anécdota queda atrás y antes de llegar a casa todavía tenemos tiempo de parar un par de veces. En estas, aparcamos la furgoneta en la zona azul de algún pueblo alpino camino de Múnich, y seguimos marcha. Salgo del coche y me dirijo a la máquina de tickets para pagar los tres euros mínimos a que me obliga. No alcanzo, pues antes de insertar la primera moneda en el aparato un señor me intercepta a gritos desde la otra punta del parking. “Halten Sie! Halten Sie!”, dice. Al principio tengo la sensación de que me pide que me aleje de la máquina porque está maldita, luego veo que lo que quiere es hablar conmigo antes del pago y al final descubro que porta un ticket de aparcamiento en la mano. Sí señor! Para que luego nos quejemos de los alemanes, que caballero tan nett, que se ha molestado en recorrer veinte metros para regalarme su ticket de la zona azul antes de irse a su casa. Oye, que tres euros son tres euros! Que majo, de verdad… Medio acalorado nos aborda por fin. Para entonces ya hemos radiografiado su vida: parece un bávaro de clase media-alta, acomodado; con una berlina alemana que bien soñarían la mayoría de los españolitos; bien acompañado de una señora elegante, o al menos todo lo que un germano del sur puede llegar a ser; es risueño, parece contento, como si su misión en esta vida de prejubilado que lleva fuera ayudar al prójimo y una de sus aficiones regalar tickets de parking para que otros puedan ahorrar unos eurillos. La escena es en alemán, pero la traduzco para comprensión general: “¿Hola qué tal está usted?”, me dice. “Yo bien, ¿Y usted?”, le respondo. “Pues ya me voy a casa y he visto que usted tiene que pagar el aparcamiento. Yo he pagado cuatro euros por todo el día pero si usted quiere mi billete se lo vendo por dos euros”, me remata. Literalmente. Cuesta recuperarse con diligencia ante semejante broma, pero no queda otra: “Por supuesto que se lo compro, deme”. “Gran idea, se acaba de ahorrar usted un euro y yo dos”. Esto último es de mi cosecha, qué menos que imaginar tal jugada. Antes de cerrar la escena del truque uno de los viajeros de la excursión practica la sana reflexión colectiva en voz alta. “Ahora entiendo lo de la italiana de antes, con eso de que para los alemanes el zeit (tiempo) es geld (dinero). De hecho, parece que para ellos todo tiene un coste”. Otra viajera aporta un nuevo dato al análisis: “Muy cutre“. Amén.

Palomeadores

paloma

Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua que palomear es andar a la caza de palomas. O dedicarse un buen rato a cuidarlas. A mi la expresión palomeador me trae al pensamiento un tipo más bien palomo, en busca de palomos varios. O al novio de Paloma, al que se la palomea. No me toques las palomas que me conozco. Pues va a ser que no. El otro día conocí a unos palomeadores y no van por ahí precisamente los tiros. ¿Tiros? Cazadores de todo menos de palomas. Pobres animales. Lo dicho, los palomeadores que yo conozco son por lo general tipos agraciados que salen a la calle, que se montan en un avión o se suben en un tren,  preferiblemente en preferente, sin saber exactamente dónde, cuándo ni cómo se caga la paloma. ¿A qué sabe la mierda de pájaro? Al palomeador plim, el sabor, cuando se ha palomeado la historia. ¿Que qué? Hablo de lo de tomarse la foto y subirla a Instagram. Y adjuntar la nota mental: “palomeado”. Hay de ellos, palomeros, que si se comen un plato de salchichas bávaras con mostaza dulce no lo saborean sino que lo anotan en su agenda y al llegar a casa, muy muy lejos, lo comparten con su red de contactos a la hora del té. “Palomeado”. A algunos, si visitan un monumento lo que les interesa primordialmente es marcarse un selfie de dos pares de narices y subirlo a la nube enseguidita. Qué grandes tienen algunos las narices… en los autoretratos, proclamo. ¿Una visita interior? Chorradas. Por mucho que le pregunten a su guía: ¿Oye, y esto? ¿Y lo cuálo? ¿Entonces el rey estaba loco o era un palomo cojo? Uno les responde de oficio a sabiendas de que el discurso caerá pronto en saco roto. Entonces vuelven a la carga. Que para eso pagamos releñe. Preguntar es lo importante.  Y de regreso a la propia morada poder proclamar, a lo palomeador: “Me lo dijo mi guía”. Sigamos: “que qué más nos queda por hacer. Cojamos la agenda y chequeemos”. El teléfono inteligente indica que hay que ir aquí, allí y al más allá. Vamos pues, el oráculo ha hablado.  Y al final del camino, cuando la billetera arde en llamas y la agenda aparece llena de palomas, uno le pregunta al palomeador. “Oigan, ¿les ha gustado la visita?”. Y éste contesta, cómo no, tal cual marcan los cánones: “Ha sido preciosa. Eso sí, no sería necesario repetirla, ya lo palomeamos todo”. Pueden irse a casa tranquilos pues, con los deberes hechos,  y empezar a preparar su próxima aventura y su correspondiente listado de tareas pendientes para poder disfrutarla entonces con la conciencia tranquila.

A la lluna de València

Les darreres setmanes he tingut la sort d’acompanyar a gent que m’ha fet recordar perquè paga la pena fer el que faig. Mentre hi pense i no, en el primer dia mitjanament lliure en les últimes setmanes com per a poder parar-me a pensar una estona, jugue amb un vaixell de paper, regal precisament d’un dels pirates amb els que he compartit travessia. Huit anys tenia el pirata en qüestió, sense cap pegat en l’ull i amb molta màgia en les butxaques. Del pirata i la germana en particular en guarde un molt bon record, i dels pares. Ara bé, hi pense i no puc evitar de riure. Riure ara; quina nit els vaig fer passar el primer dia. Valencians com jo, de poc més els deixe a la lluna de València. Literalment. No és habitual, però amb aquesta família em vaig implicar fins i tot en la busca d’allotjament. Els preus de l’hoteleria convencional estaven pels núvols en la setmana de Sant Joan, així que els vaig recomanar d’anar a dormir a casa dels Henze. Uns altres cracs. El tracte el varen tancar a dues bandes sense mi, via airBnB, però imagine que per comoditat l’adreça de la casa la vaig transmetre jo mateix als viatgers. Encara no sé en què estava pensant, però el cas és que els vaig enviar equivocadament al número 41 d’un carreró del barri de Perlach, un diumenge a les onze de la nit com arribava aquesta gent. El nom del carrer estava correcte, faltaria, però no sé d’on vaig treure la numeració d’una casa en la que hi vaig viure quasi un any. Ni era el 41 ni tan sols existeix el número! Increïble, per sort, els Henze són gent de 10 i varen eixir al carrer en la mitjanit de diumenge en busca dels turistes extraviats. Tot sense telèfon mòbil per una errada de càlcul, en aquest cas dels valencianets. Per sort, una hora després, les quatre personetes famolenques i fartes de voltar amunt i avall en busca d’un edific fantasma varen trobar la veritat producte de la casualitat. En realitat, la veritat els va trobar a ells enmig del carrer, pràcticament a la lluna de Munic.

‘Urlaubfahrer’, chusma e incautos

(Guiller, fes el favor de llegir-te el text sencer; este és el de la furgona)

Ahí vamos, a la pelea (literal)

Ahí vamos, a la pelea (literal)

Ayer cerramos un círculo que abrimos hace exactamente diez meses. Para ser sinceros, el asunto empezó como terminó, aunque para entonces no fuéramos conscientes de ello. El señor Kubal, un turco asentado en Alemania desde décadas y cuya cara parecía señalar un camino lleno de buenas intenciones, nos vendió su coche vacacional. “Ich bin ein Urlaubfahrer”, nos dijo el día de la venta. ¿Un Urlaubfahrer? Un conductor de vacaciones, que, en este país donde el auto es seguramente tras la familia y la vivienda el bien más preciado, nos señala a un señor, preferentemente de clase baja, que ha comprado un coche para ir de vacaciones a su país y tras las mismas lo quiere vender. A Turquía fue la familia Kubal con su flamante Volkswagen Multivan T5, ocho años de viejo y casi 200.000 kilómetros a sus espaldas. 15.000 euros pagaron por la máquina; unos 12.000 sacaron con la venta a dos españolitos con dinero fresco. Nunca nos sentimos engañados por el señor Kubal, por mucho que a las primeras de cambios descubriéramos que se equivocó al decirnos que el auto tenía la pegatina verde, una suerte de confirmación para conducir por las grandes ciudades alemanas, la cual es otorgada tras la instalación de un filtro para reducir las emisiones de gases contaminantes en los vehículos de motor diesel. Primeros 1.000 euros imprevistos. No quisiera desviarme tan pronto, en todo caso, de los Kubal. El cabeza de familia era un hombre risueño, con un denso bigote, mediana estatura y tez rosada. Unos 50 años, aunque aparentase ser mucho mayor. Tanto él como su mujer, de verdad, parecían buena gente, ella tristemente confinada en su pisito del único barrio obrero de la prosperísima Ingolstadt. “Cualquier día nos vamos a Turquía”, parecía indicar su mirada, más bien melancólica. Tenían dos hijos. El mayor se encargó de preparar el contrato de compra-venta del coche. Su padre daba la sensación de no saber escribir. De cuna, era un chaval risueño, más bien menudo y aparentemente educado. Pero las apariencias engañan: lo encontramos de casualidad, pues el negocio lo cerramos justo un día antes de que entrara en un reformatorio por una temporada. “Cosas de chavales”, dijo el padre, aunque la madre añadió que se libró de la prisión solamente por ser menor de edad. Al hijo menor no lo llegamos a ver, únicamente olimos sus babas secas en el asiento trasero de la furgoneta. Era un chico con parálisis cerebral y movilidad reducida, que pasaba más tiempo en el hospital que en casa. Seguramente fue el motivo de la compra, unos meses antes, del coche. No sé con qué dinero lo habían comprado, ni me importa, pero recuerdo la confesión de herr Kubal: me dijo que en Alemania era posible llevar una vida digna a pesar de no contar con trabajo, como era su caso desde hacía varios años. Una familia marginal a la que guardo cierto cariño pese a que hicieron un negocio redondo con dos incautos como nosotros. Redondo y avanzamos en círculo. Para Navidad el coche superó su prueba más difícil sin rechistar, ya que con él recorrimos sin problemas (técnicos) los casi 4.000 kilómetros de distancia que separan Múnich de Alcoi, ida y vuelta. Pronto, en todo caso, empecé a escuchar ruidos al volante donde antes no los había y, peor, temprano llegaron los avisos. El primero, el oficial de la VW en la misma computadora de la Multivan que nos exigió una revisión del coche por los 220.000 km. Para entonces, ya por marzo, nos dimos cuenta de que el libro del automóvil no tenía registro de las inspecciones practicadas durante los años previos. Pero qué tontos que somos! Cómo no lo preguntamos en su día! Cómo no comprobamos que no teníamos placa verde! Cómo no controlamos que faltaba la rueda de recambio! Cómo… En fin, vayamos con los asuntos urgentes y dejemos de lado los importantes: una puesta a punto a ciegas en el taller oficial nos hubiese costado 2.000 euros más. Salvamos este escollo como lo habían venido haciendo nuestros predecesores, imagino: con un cambio de aceite, filtros y una miradita en un taller multimarca. Otros 500 euros y seguimos avanzando. Visto con perspectiva, podemos parecer dos paletos, pero lo cierto es que metidos en el ajo todo se ve de diferente manera. Aún así, todo tiene un límite y en un vehículo con casi diez años y una kilometrada a las espaldas el límite siempre está al acecho. El nuestro, en concreto, llegó algún día soleado del mes de mayo. Fue la mañana en que descubrimos que al coche tampoco le funcionaba el aire acondicionado. Pague otros 1.500 si desea avanzar a la siguiente casilla. Como dicen en Alcoi, “hasta aquí llegó la nieve”. Nos plantamos. Puede parecer que aquel día nos habíamos acercado por fin a la meta pero lo cierto es que cruzarla ha sido lo más complicado de todo el asunto. ¿Quién dijo que sería fácil? Por un lado, lo más sencillo, increíblemente, ha sido conseguir financiación para sustituir el viejo coche por uno, casi idéntico, pero nuevo. Por esa razón, no voy a dedicarle un segundo más a este arista que merece capítulo aparte en una road movie de factura circular. Que vuelva el rock and roll, entonces. Todo había de acabar tal cual había empezado: con un anuncio en internet vendiendo un coche de segunda mano. Aparentemente sencillo, dada la popularidad de este tipo de automóviles en Alemania. Orgullosos de las mejoras practicadas a la Multivan como estábamos, en los primeros días obviamos varias suculentas ofertas, así como los kilómetros y el tiempo transcurridos desde nuestra adquisición (que jugaban en nuestra contra). Oportunidades perdidas. Para cuando nos dimos cuenta de que nuestro precio estaba muy lejos del precio de mercado, estábamos dentro de una espiral fatal. Esto es: decenas de Urlabfahrer llamando insistentemente al teléfono y practicando idénticos rituales de regateo más propios del zoco de Estambul que de las acomodadas latitudes bávaras. Confieso: hartos y agotados en una carrera de fondo en la que teníamos mucho que perder y poco que ganar, al final escogimos a uno de nuestros postores entre una amalgama de compradores telefónicos, una casta de emigrados a Alemania provenientes de los mejores rincones de Albania, Kosovo, Turquía o Rumanía. Reíros, cabrones, a mi no me hace ni puta gracia. Y veréis la razón. Croata nos dijo que era el comprador elegido, no sin antes regatearnos de un plumazo otros 1.500 euros. Croata de Colonia que resultó ser el más chungo de los kosovares de Renania del Norte. A las nueve de la mañana se presentó en la puerta de casa el sujeto, de cuyo nombre no me quiero ni acordar. Y empezó la fiesta. (La voy a traducir al español y teatralizar un pelo; o eso o reviento.) “Oh, hermano! estoy muy decepcionado contigo! hemos conducido toda la noche mi hermano y yo, 700 kilómetros sin dormir, para comprar tu coche y cuando llegamos aquí lo que nos habías prometido por teléfono no se corresponde con lo que nos ofreces”. Mal empezamos. Por cierto, sin dormir no sé, pero sin comer imposible y sin ducharse, seguro. Joder que personaje! Lo infiltran en la caravana de gitanos de Snatch, cerdos y diamantes y cuela como guardaespaldas de Brad Pitt fácilmente. No le hubiese hecho falta ni atrezzo al colega. Sobre las falsas promesas: nada de nada, cabronazo. Tenían todos los detalles en el anuncio y así lo hablamos por teléfono, lo que no tenían era todo el dinero prometido. Estábamos jodidos, como Tommy. La negociación no fue fácil, intentaron con todas sus fuerzas tomarnos un poco más el pelo, pero no les fue posible. La posición final, apoyado en Mariola, estaba clara: lo tomáis o lo dejáis. Y, ellos no lo sabían, pero el teléfono de la Policía estaba sobre la mesa, pues el asunto no parecía fácil de cerrar sin trato. Algo debieron intuir, y el coche les interesaba, así que nos pusimos manos a la obra con una prueba de conducción en la que no nos multaron de milagro, por encima del límite de velocidad como se condujo por la circunvalación. Paseo en el que el colega y yo intimamos hasta tal punto (soy tonto, pero a preguntas no me gana ni Cristo) que se confesó: “Alemania, qué gran país, aquí se puede vivir sin trabajar. Amigo, yo tengo cinco hijos y quiero ir a mi país con ellos, por eso quiero el coche. Lo voy a comprar con el Kindergeld y con las ayudas públicas que recibe mi familia. Somos muy pobres y estamos todos en el paro”. Me da rabia escribir esto, detesto escribir esto, pero lamentablemente esta es la parte menos teatralizada del texto. Cabrones viviendo a costa de trapicheos, de trampas, aquí y allí, ahora y luego, pero al fin y al cabo viviendo “como reyes” en Alemania pues en su país eso sería impensable. Y lo saben. Y lo aprovechan. Y alimentan con ello el odio de tipos despreciables de piel blanca y mente imperial. Me enervo, pero hemos de seguir, pues no aún no hay trato. Por cierto, antes de cerrar este paréntesis: los dos kosovares se presentaron en casa en un BMW deportivo del copón, cuyo lateral derecho, eso sí, parecía el acordeón de Mari Carmen de la ostia que tenía en la carrocería. Volvemos al relato principal. Siendo sinceros, todos sabemos que una llamada a la Policía no hubiese puesto fin amistoso a la situación, por lo que, sin bajarme los pantalones del todo, tensé la cuerda hasta el punto en que cerramos un trato, con apretón de manos incluido, solamente 200 euros por debajo de lo pactado inicialmente, después, eso sí, de varios descuentos telefónicos. Suficiente para calmar los ánimos de todas las partes, los de los matones y los nuestros. En aquel momento, ya sentados en la parte trasera del habitáculo, cual grupo de mafiosos, comprendí que unos meses antes habíamos abierto un estúpido círculo que nos arrastró a un final del que salimos ilesos milagrosamente. Hoy, un día después, el dinero reposa en el banco y supongo que aquella familia kosovar se encuentra en alguna carretera camino de los Balcanes. Círculo cerrado. Esperemos, pues llevo toda la noche soñando con aquel gitanillo de mi pueblo que te sacaba la navaja en el paseo de Cervantes y te decía: “Dame veinte duros o te vas acordar de mi; que sé donde vives”.

El señor del bigote

Últimamente me prodigo por aquí menos que nada. No es por falta de ganas. No tengo tiempo y eso que esto no ha hecho más empezar. A esto se le llama verano y al final el verano es sinónimo de vacaciones. Y si ellos están de vacaciones, yo trabajo. En la calle, me refiero, pues la verdad es que me cuesta demasiado, desastre, estar sin trabajar. Y si trabajo guiando, lógico, no escribo y parece que no estoy. Pero lo paso bien, y también mal. A veces me gustaría tener memoria de elefante –¿alguien sabe de dónde ha salido esta tontería de la memoria del elefante?– para no olvidar las risas y los lloros que me echo trabajando. Escribirlo aquí sería una buena manera de no olvidar, o de superar, según el caso, pero no siempre las manos me alcanzar a teclear cuando regreso molido. Otras noches me frena la vergüenza; me siento observado. Ayer reí. Recogí a un grupo de argentinos de lo mejor, una pareja de novios en luna de miel –¿alguién sabe de dónde narices viene lo de la luna de miel?–. De hecho, llevo unas semanas recogiendo argentinos. Y eso es garantía de animación y filosofía. En fin, los de ahora son unos porteños entrañables, más de buena onda que de filosofía, a los que estoy teniendo la suerte de acompañar durante toda la semana. Noté el primer día en la primera recogida en hotel que él me miró en el primer instante de arriba abajo, medio raro. Dejé de notarlo al poco por lo que no le di más importancia. Ayer, ya con la confianza me reconocía el asunto. Muy bueno: resulta que después de habernos cruzado decenas de correos electrónicos durante meses él había terminado por ponerme una cara y unos ojos y no eran precisamente los míos. De ahí la sorpresa al encontrarse al falso Jordi. ¿Qué cara? Pues la de un señor bávaro con su cerveza en la mano, su bigote, su chaleco, su sombrero, su lederhose… Alguno dirá, ¿y a santo de qué? Pues sí, amigos, mucha lógica tenía el pobre de mi bostero. Y sí queréis averiguarlo, solamente tenéis que hacer clic en este enlace. Os remitirá a la portada de Bayern a medida (para más señas mi empresa y la prestataria de servicios a nuestra joven matrimonio). Por cierto, es la segunda vez que me pasa: lo de que me confunden con el del bigote, simple reclamo publicitario (le pedimos permiso para tomarle la foto en su día). Habrá que ir pensando en renovar la portada de la web.

De la lengua viva y tal

Qué sería de mi sin esos diálogos de besugos a los que tanto cariño les tengo. Aquí va el último, en ruta como siempre, esta vez a propósito de esa rica y variopinta lengua que es el castellano.

INTERLOCUTOR 1. Por ejemplo, señor Jordi, si todo el mundo (hispano) menos ustedes los españoles pronunsiamos de una determinada manera, a lo mejor los que deberían revisar el lenguaje son ustedes, ¿no cree?

SEÑOR JORDI. Hombre, me coge a pie cambiado, pero le diría que tampoco es eso…

INTERLOCUTOR 2. Toda la rasón tiene el compañero, señor Jordi. Porque, quien le dise a usted don Jordi que, en ves de pronunsiar erróneamente la se (por ce) nosotros, como usted sostiene, lo hasen ustedes.

SEÑOR JORDI. Denme pistas, que me pierdo. Aunque yo tampoco le decía que lo suyo con las ces y las eses sea un error, por mucho que les puede dificultar sin duda el aprendizaje y el perfeccionamiento de la lengua.

INTERLOCUTOR 2. A ver, es verdad que en nuestro país siempre desimos casar, tanto para casar con ese como para casar con seta. Es desir, la palabra se pronunsia igual si hablamos de una sagrada unión matrimonial o de ir de casería a matar animales…

(No puedo esperar, así es que interrumpo el discurso)

SEÑOR JORDI. Entiendo. Se refiere a que ustedes sesean, o lo que es lo mismo, convierten las ces en eses.

INTERLOCUTOR 2. Ya empesamos. Porque usted lo dise. Nosotros sabemos cuando hablamos de una cosa u otra, no hay error, no tiene más. Como le desía, es una situación muy paresida a la suya con la se (por ce) y la seta. Por ejemplo, diga usted serilla.

SEÑOR JORDI. No le digo que sesear sea malo, pero es lo que hay. Por cierto: cerilla.

INTERLOCUTOR 2. Lo ve, lo ha dicho con seta! Ustedes convierten las ses (por ces) en setas (por zetas). Y no pasa nada!

SEÑOR JORDI. No quiero ser pesado, pero lo he dicho con ce, de casa.

INTERLOCUTOR 2. Imposible! entonses sonaría como querilla, con se de casa! Usted es incapás de darse cuenta, pero lo dise con seta.

SEÑOR JORDI. Le insisto. No quisiera incomodarle licenciado, pero si usted recuerda hay una norma ortográfica en español que remite a la transformación del fonema de la ce, que suena como el de la zeta cuando esta letra va seguida de las vocales e o i. De hecho, son pocas las palabras con zeta seguida de e o i, que suele transformarse en una ce. El fonema, el sonido, en todo caso, sería el mismo para un español hablando en español estándar. Para ustedes todo suena como una ese, porque sesean.

INTERLOCUTOR 2. Uy señor Jordi! usted me está enredando pero yo tengo muy claro lo que le quiero desir y creo que usted, en realidad, también.

(Aquí, tras una divertida conversación pero demasiado subida de tono para los estándares de gran parte de Iberoamérica, el señor que inició la charla, colorado como un tomate, no lo puede resistir e interviene para arreglar las cosas.)

INTERLOCUTOR 1. Lo que el señor Jordi no sabe es que nosotros en la escuela, a nuestros alumnos, siempre les explicamos bien claro cuando deben escribir con seta y cuando con ese. Y los niños de hoy en día vienen enseñados, con los móviles y las cosas modernas. Por ejemplo, yo a mis niños siempre les digo, atensión, Saragosa –llevando en este caso el seseo hasta las últimas consecuencias y de forma inconsciente– , suena tal cual pero se escribe con seta. Con dos setas! Es desir: Sa-ra-go-za.

SEÑOR JORDI. Exacto, ese es el espíritu señor X. El seseo hay que protegerlo pero nunca hay que dejar que invada el terreno de la ortografía. Por cierto, sería entonces Za-ra-go-za pero ya si eso lo comentamos otro día, porque el tren acaba de llegar a Múnich y nos bajamos en la siguiente estación.

(Descanso entonces y apostillo por dentro: “Ufff, no puedo más! Por favor que me baje de esta guaga hantes d ke m buelba loko, o jilopoyas o bete tu ha saver…”)

Oda al souvenir

 

El pato del rey Luis II, ¿era necesario?

El pato del rey Luis II, ¿era necesario?

(Soy un poeta tan efímero como penoso; si no lo escribía reventaba)

Qué de puta madre eres souvenir,
llavero, postal o imán para nevera,
casi diría que sin ti el turista no puede vivir;
lo de puta madre es un decir, una manera,
pues con ganas eres, cabrón, hortera.

Misterioso, extraño, éxito el tuyo,
como pocos productos inservible,
ante el que yo incluso soy un capullo;
en efecto, para mi es indescriptible,
la tontería que te convierte en imprescindible.

Hoy mismo he estado en el castillo,
con un grupo de Costa Rica,
al que has pasado el cepillo;
han parado en cada tiendecica
y en todas han comprado una cosica.

Menuda parida, me ha dicho el chófer,
después de veros comprar tanta tontería;
es increíble a nuestro parecer,
para qué narices queréis esa armería,
pues con tanta parida no tendréis lugar en la estantería.

Y nada más, más que negocio,
de lo cutre, lo cañí y lo innecesario,
ante el que hemos malgastado medio día de ocio:
ahora compro un cisne ahora un dinosaurio;
aún se ríen en China, fabricantes, de mi calvario.

(Ojalá caiga este texto en manos de mi apreciado grupo de Costa Rica, pues, aunque os pueda parecer extraño, os lo he escrito con todo el cariño del mundo.)

‘Schwarzwas’?

Seré breve. No hay tiempo que perder. El próximo ten sale en unos minutos. Regreso temporal al tren. Prefiero el volante. Ayer la excursión fue a Salzburgo. Día de primavera, temperaturas agradables, gente de la que se deja acompañar. Un poco de Radius. Con la suerte de cara. Con algunos matices. Soy monotema, pero empiezo a estar cansado de toda esta mierda. Por si no lo había dicho antes: la Policía germana es racista, clasista… como tantas. Freilassing es un nombre de frontera que tengo grabado a fuego en la memoria. Es el pueblo donde la frontera ya no existe, entre Austria y Alemania. Sobre el papel. Es mentira. Es decir, en realidad, sí que hay frontera. Una línea invisible, patrullada por unos señores disfrazados de pueblo llano que deambulan por los pasillos de los ferrocarriles de cercanías que cruzan de lado a lado. Ayer me tocó el que juega a hacerse el simpático. Pasean todo el tren en silencio, como quien busca asiento, sonríen a las señoras bávaras de cardado inequívoco, gente de bien, hasta que llegan a mi. Policía. Control rutinario. Documentación, por favor. Son las palabras mágicas. Me las sé de memoria. Ayer me volvió a tocar. Estoy harto de que seáis tan racistas, amigos. No tengo nada que temer, lo cual no alivia el hastío. Tras comprobar entre ristias el documento de identidad siguen la marcha. Hasta que encuentran al siguiente barbudo, latino o persona de color. Nunca se sabe si somos de fiar o no. El excelente viaje de ayer no lo oscureció el de la placa oculta. Segundos incómodos en una jornada plácida. Ni tampoco el gilipollas de turno en la ciudad de la sal. “Este chico está guiando en negro”. La respuesta me salió del alma: “En schwarzwas?”. Se tragó las palabras. Me cogió con la autorización ministerial para guiar en Salzburgo, flamante, en la mano. “Que tengan un buen día”, fue lo último que nos dijo. Y se marchó con el rabo entre las piernas.