Category: Breves encuentros
De clientela (complicada)
Al pare
Amb sis o set anys, potser menys, ja tenia per costum treure el cap per darrere del mostrador del pare. Te’n recordes? No n’hi havia dissabte ni diumenge que faltara a la botiga, on fins i tot tenia el meu propi punt de venda. Venia de puntetes, això sí, si volia que em veieren, encara que fóra només eixe monyo astorat, per allà darrere. Eren els temps de Tonín el d’Otos i les botelles, encara, de vidre. Ara una botella de Casera, ara un paquet de papes, ara una llauna de berberetxos. “Dos-centes seixanta pessetes”. I com que em pareixia molt car, feia com tots a casa: “Dos-centes cinquanta i arreglats”. “Serà possible, el mocós!”, segur que pensaria més d’un client. Sort que vaig arribar trenta anys abans, hui no haguera pogut gaudir d’un programa Erasmus com aquest… o bé ens haguérem vist en les notícies –a col·lació d’un reportatge d’explotació infantil o veges tu a saber–. El cas és que ho recorde amb molt de carinyo, com un episodi d’aprenentatge que, ves per on, m’he està sent de gran utilitat ara que torne a ser inesperadament darrere d’un aparador. És una vitrina diferent, ho sé, sense vidres, sense fums, segurament més senzilla, sense registradora ni venta al detall, però al cap i a la fi un espai amb el públic per davant i un producte que s’ha de vendre per dins i per fora. El públic, i què difícil és el públic. Sempre n’hi ha clientela i clientela, i totes són bones al cap i a la fi. “Si vinguera el rei a comprar seria un client més i prou; no l’atendríem ni millor ni pitjor”, me’n recorde que em responíeu sempre a casa, i jo sorprès sabent que precisament no n’éreu, de republicans. Ara bé, em digueres el que em digueres, tu i tots a casa sabíem i sabem que n’hi ha clientes que ens han fet, ens fan i ens faran suar allò que no està escrit. Jo també en tinc d’aquestes, papa. De fet, totes estes coses m’han vingut al cap precisament esta setmana, quan ha vingut a comprar(-me) una senyora d’aquelles de “no em poses Antonio eixe pollastre de la taula calenta que està sec, que jo el preferisc de la màquina”. Ens ha fotut… I papa, quan havies tret la barra abrasint de la màquina i el pollastre de la barra, tot cremant-te les mans, aleshores et deia: “Ai Antonio, eixe no el vull que està cru, crec que millor torne en mitja horeta”. Tu, i tots, respiràvem tranquils en veure eixe cardat de cap de setmana eixir per fi per la porta, però no era altra cosa que anestèsia. Una hora més tard tornava aquella dóna ben pentinada, a les dos en punt, i la sentíem protestar des de la porta, amb la tenda plena de gom a gom: “Ai Antonio, i ara que tinc que tornar a fer cua? En la pressa que tinc jo, que tinc a la família en taula, asfambrats”. I tu, que eres un tros de pa i un bacorot com tots els camonines, ja estaves colant-la mentre el teu fill major, un altre figa, li posava una ensaladilla russa de bades passant per damunt de tota una gentada. Ara sí que sí, pensàvem tots, i alenàvem. Però no, al sendemà que tornava aquella, amb el morro ben arrufat, i més que donar-te les gràcies des de la porta et llençava un “a vore si la setmana que no s’enganyem que ens va tocar dinar ben tard, Antonio”. Que era com dir-te, amb tota la simpatia que podia eixa persona: “Antoniet, qui t’has pensat que eres, que si me la fas no te la perdone i si me la encertes más me merezco yo; que jo lo que vull és compar-te un duro i pagar-te quatre pessetes; que vens del mas del poble i jo vinc de Santa Rosa, amb caseta en el Baradello inclosa”. I què feies tu? Empassar-te la saliva, somriure, i seguir remant, en busca de clientes com esta i, si poguera ser, d’una altra parròquia. I a tots i a totes les tractaves com si haguera entrat el rei per la porta, encara que sabies que no sempre era veritat. I venent en cua, amb Guillermina, i de tant en tant algú vos donava les gràcies i obria el seu cor, i nosaltres bé que ho hem apreciat, i algú, contats però sorollosos, que rebufava dia sí i dia també i que fins i tot no haguera dubtat en prendre’t el fetge si li’l hagueres oferit, però barat. Tot això ho sé jo, i per això intente mantindre la calma, perquè ho vaig veure des de darrere del mostrador quan només tenia sis anys.
En el restaurante
Últimamente paso mucho tiempo, demasiado, saboreando la gastronomía bávara, que si nadie la ha bautizado así debería hacerlo y renombrarla como cocina de sota, caballo y rey. O lo que es lo mismo, dieta de kartoffeln, brot, schwein, bier. Allí sentado a la mesa de unos desconocidos, a veces de puta madre y otras veces de madre puta, veo pasar a las camareras hasta siete veces por semana. Hay quien me dirá machista con esto de pensar en camarera, pues igual, pero el caso es que el estereotipo se me desconchaba como se lo aplique a un señor balcánico disfrazado de servidor de cervezas alpino. Se ríen demasiado falsamente pero demasiado al fin y al cabo. Las camareras, ellas, van y vienen y las hay que gruñen más que otras pero todas gruñen aunque sepan disimularlo. Un argentino me aseveró el otro jueves que no hay 100% que valga, que las gordas nunca gruñen porque son gordas y por tanto felices. “Y vos, ¿viste alguna vez a un gordo que no sonría?”, me dijo precisamente el gordito contento. Es una pena, pero refunfuñando no se ganan ni un céntimo de propina, por mucho que lo crean un derecho adquirido tan pronto el cliente cruza la puerta de la calle. “Dennos la oportunidad de equivocarnos; y dejen de regañarnos por ello”, le pediría yo a más de una como cliente. “O les pagaremos con la nada”. Peor es llegar a la cervecería del pueblo a las tres de la tarde y que te digan que a estas horas nos dan ensalada y por el culo. Bueno lo último es lo único que se callan, pero nos lo transmiten con la mirada. O lo de quedarse sin cenar a menos que se reserve una mesa incluso en la capital. Eso sí que no. Por ridiculez, diría que la mayor jamás vivida en este sentido sucedió hace un par de meses: tras intentar sin éxito reservar una mesa para dos en, ojo al dato, una hamburguesería muniquesa, nos invitaron a intentarlo no el día siguiente sino cinco días más tarde. Parece ser que tenían todos los pedazos de carne vendidos a media semana vista. Y cómo cojones quieren que me decida a comer hamburguesa en lunes con mi cerebro a miércoles. ¿Y si el lunes me apetece cenar sopa? “Pues se jode”, me diría el camarero (aquí es perfectamente aplicable el estereotipo masculino: universitario que dejó a medias la carrera, tatuado, gorra girada de lado, barbita perfectamente recortada, camiseta de baloncesto dos tallas más grandes… servidor profesional de hamburguesas para hipsters). “Pues que os den a todos muy por el saco”, he dicho. Son muchas sonrisitas, demasiadas petardas y petardos, tanto postureo, miles de salchichas, restaurantes que cierran en domingos (así yo también quiero ser restaurador), tantas propinas inmerecidas, ese apretar de dientes, el hablar para dentro, tirarnos la carta sobre la mesa, el limpiar el mantel barriendo con la mano en el cambio de turno… que al final a uno le entran ganas de llorar. O de comerse una fideuà.
La miseria y la porquería se cruzan las miradas en presencia de la indiferencia
El callejón de Linz aparecía concurrido a media tarde. Una legión de señoras en la cincuentena, cabellos rubios, medias melenas, algunos abrigos de piel, correteaba de escaparate en escaparate mientras anochecía a toda prisa. Junto a una de estas glamorosas vidrieras yacía, sentado en el suelo, el tullido. Nadie sabe donde vive en realidad aquel desaseado hombrecillo, al que para mayor desdicha le falta una pierna, lo cierto es que es un habitual de esta zona de Salzburgo frecuentada por la gente acaudalada tan común en la ciudad de la sal. Allí, en su esquina que no es ninguna y lo son todas, acostumbra a pedir limosna, algo tan triste ayer como hoy por mucho que a la mayoría nos deje impasibles. Aquella tarde, en cambio, alguien reparó en su presencia en la calzada adoquinada. Ella, regordeta, enfermiza, con una fina pelambrera tan gris como cochina, ojos pequeños, mirada perdida, caminaba renqueante por el adyacente callejón de San Sebastián. Desde el interior de una pomposa tienda de vestidos tradicionales, dos dependientas advirtieron finalmente su abultada presencia a través del ventanal y parecieron quedar hipnotizadas, a la vez que horrorizadas, ante los andares de una criatura tan fea. Durante unos segundos, como yo mismo, siguieron impasibles el trayecto de la fémina con la única ayuda de sus miradas, sin moverse un milímetro de su confortable escenario. Cruzado el callejón, la rechoncha criatura asomó al fin por la calle principal, justo por la esquina escogida ese día por el pobre tullido, como si le fuese buscando. Para entonces sucedió lo inevitable y ambos cruzaron finalmente miradas: por un lado y sorprendido, él, un hombre desgraciado, pobre a rabiar, golpeado seguramente por alguna enfermedad y marginado hasta lo más bajo de la calle por esta cruel sociedad que empuja escaleras abajo a todo aquel que desentona; por otro ella, vieja, andrajosa, asquerosa incluso para el ser humano más sufrido. En verdad, ni un hombre tan acostumbrado a las penas como él pudo soportarla, por lo que en un acto tan reflejo como escasamente planificado aquella diezmada persona decidió pasar a la acción: agarró su vieja gorra cargada de pequeñas monedas y decidió golpearla con todas sus fuerzas a la altura de la cabeza. Zas!, se oyó fuertemente unos metros más allá al impactar finalmente el sombrero contra el suelo. Aquel instante lo tengo archivado en mi memoria, una imagen congelada en la que un sonido agudo metálico dio paso a un rosario de pequeñas y variadas monedas volando por los aires, la limosna de la gorra, que tras la imagen congelada volvió a resonar al impactar contra el suelo, finalmente desparramada por la calle para más desgracia del hombre desgraciado. No pude ver el desenlace de la escena, para entonces en realidad andaba demasiado lejos sumido en mi cómodo egoísmo como tantos otros. Pero no puedo dejar de imaginarlo en mi mente: el amargor de aquella persona, totalmente justificado, seguramente debió de dar al traste con el paseo urbano de aquella gigantesca rata que no encontró en la impoluta calle de Linz mejor rincón al que arrimarse. Perdón.
Oye, ¿y tú de qué trabajas?
Este pequeño diálogo es una breve historia de ciencia ficción que le dedico a mi amigo Iñaki. Él sabrá en qué medida se trata esto de un texto fruto de mi imaginación o, por el contrario, si estamos ante un relato cotidiano para personas como nosotros dos. Amigo Iñaki, solo te digo una cosa: si una sola clienta se atreve a preguntarme sobre si eso que he escrito es cierto, o si se inspira en su propia experiencia, negaré la mayor y le diré, moviendo la cabeza de lado a lado, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Ahí va eso:
Nueve de la mañana en Múnich. Un día cualquiera. Eso sí, hace frío y está/estará/ha estado nublado. En la Estación Central de Trenes a punto de partir en dirección a Núremberg. Un guía de viajes acompañando a su grupo.
GUÍA. Buenos días…
CLIENTA. Buenos días…
No han pasado ni cinco minutos desde que ambos personajes se conocen, todavía en las inmediaciones de la Estación de Trenes. La clienta pasa al interrogatorio de turno:
CLIENTA. ¿Y tú qué haces en Alemania? … ¿pero vives aquí? … ¿y cuánto tiempo llevas viviendo en Múnich?… ¿y te gusta vivir en Alemania? … ¿y la Merkel qué dice de los españoles?
Un par de horas o tres después. Estamos en plena visita a Núremberg y el guía lleva muchos minutos soportando preguntas cuyas respuestas la clienta parece olvidar a los pocos segundos.
GUÍA (pensamientos sueltos mientras toma aire). ¿Y si me ha tocado viajar con Dory, el pez de la amnesia anterógrada? ¿Se estará quedando conmigo? ¿Me estará grabando con una cámara oculta? Imposible, si fuera una reportera borde a lo Marta Márquez estaría jamona. O sería china, como Usun Yoon. Ni lo uno ni lo otro. Qué mujer más rara…
A todo esto el guía sigue hablando. La clienta interrumpe el discurso automatizado del guía, otra vez.
CLIENTA. Entonces, ¿esta es la casa taller de Alberto Durero?
GUÍA. Sí, como le acabo de explicar. Me ha dicho que conocía su figura, verdad; en ese caso seguro que recuerda su famoso retrato, el que se puede ver en El Prado. Ya sabe, tiene muchos, pero hay uno en Madrid.
CLIENTA. Ah sí, ese, lo he visto. Por cierto, una pregunta más, ¿y Alberto Durero todavía vive aquí?
GUÍA. No señora, como recordará hace treinta segundos que le dije que esta es su casa taller, la de Alberto Durero, el que usted conoce, el pintor del Renacimiento alemán, el que vivió y trabajó aquí hasta su muerte en 1528. Hace casi 500 años.
CLIENTA. Ah sí, es verdad.
Y se queda tan pancha.
GUÍA. Si le parece vayamos hacia el castillo imperial de Núremberg. Este castillo era propiedad del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico hasta la integración de Núremberg en el Reino de Baviera, allá por 1806. Durante el Tercer Reich incluso fue remodelado por los nazis y hoy en día es un edificio público de Baviera.
CLIENTA. Ah sí, me acuerdo. Oye, solo una pregunta, ¿qué significaba lo de Reich?
GUÍA. Imperio, señora. Tercer Reich, Tercer Imperio.
CLIENTA. Ah sí, me acuerdo. ¿Y Baviera?
GUÍA. Baviera señora es el lugar en el que nos encontramos, uno de los dieciséis länder, o estados federados, que componen la República Federal Alemana. En el caso de Baviera antiguamente fue un Reino, y antes un Ducado. En alemán, por cierto, Bayern.
CLIENTA. Ah sí, es verdad. Por cierto, eso mismo, ¿qué significa Bayern?
GUÍA. Baviera, señora, como le decía en este mismo momento. (De ahí su pregunta a mi respuesta.)
Parece que la señora se queda sin preguntas. Lo cierto es que la cuesta que conduce al castillo de Núremberg es empinada y dejaría sin aliento al mismísimo Emil Zatopek. Arriba se recupera pronto:
CLIENTA. Oye, ¿y estas calles qué eran durante el tiempo de ellos? Ya sabes, cuando Hitler estaba en Núremberg. Es que a mi me interesa mucho el tema de los nazis, ya sabes.
GUÍA. Señora, estas calles hace siglos que están aquí, son el casco histórico de Núremberg, que como le decía es una ciudad que no montaron los nazis en un rato sino que ya hace bastantes años que existía. Los nazis, igual, se dieron algún paseo por estas calles. Si quiere le enseño unas fotos, pero el caso es que aquí, entre semana y esas cosas, vivían personas. Como hoy. Algunos serían nazis y otros no. Que digo yo.
CLIENTA. Ah sí, pero entonces aquí no pasó nada.
GUÍA. Personas, supongo. Algún hurto, frío en invierno y esas cosas. Como le decía antes, durante la Segunda Guerra Mundial cayeron muchas bombas. No en vano destrozaron el casco histórico de Núremberg que hoy está reconstruido.
CLIENTA. Claro. Oye qué bien lo explicas todo.
La cantinela final de la clienta hace que el guía se serene, pues parece ser que durante la última explicación, que ha repetido con datos precisos y fotos varias veces desde hace cinco horas en Múnich, se le ha notado un tanto ácido.
CLIENTA. Por cierto, ¿qué significa exactamente eso que dices de que aquí son mayormente protestantes? ¿qué protestan? ¿qué religión es esa?
GUÍA. Como le decía (en una parada anterior, mientras la clienta asentía con la cabeza) aquí desde la Reforma Protestante existe una tradición religiosa mayoritariamente protestante. Es decir, que son cristianos pero no católicos. Para más señas, luteranos, nombre que viene de Martín Lutero como impulsor de la Reforma.
CLIENTA. Ah sí. Pero entonces esta iglesia que estamos viendo es católica o no. Está llena de cristos y de santos y dices que la construyeron antes de la Reforma Protestante, ¿verdad?
GUÍA. A ver señora, por partes. La iglesia era católica en el siglo XIII pero hoy en día es protestante. Porque esta gente que viene los domingos y cantan y rezan y esas cosas, resulta que ya no es católica. Creen en Dios pero no les gusta el Papa de Roma.
El guía suda por dentro, ahora ha estado a punto de cometer una atrocidad y decirle a la clienta en todo su cardado: “Señora, el Papa se la trae al pairo”. Hubiera sido catastrófico pero finalmente ha salido indemne ante la tentación. Sigue la conversación:
CLIENTA. Cierto. ¿Entonces en Múnich las iglesias son católicas o protestantes?
GUÍA. Católicas.
CLIENTA. ¿Católicas como las nuestras o como estas?
GUÍA. Como las nuestras señora, no sufra.
CLIENTA. Ah, ya decía yo. ¿Entonces los alemanes creen en Dios?
GUÍA. Eso habría que preguntarlo puerta por puerta, pero yo le diría que sí. Y en Múnich y Baviera, bastante.
CLIENTA. Menos mal.
GUÍA. Pues eso, quédese tranquila.
Se acerca el final del tour. El guía no se lo cree, está a punto de llegar a meta, de retomar su vida, de ser una persona libre. Exclama en su interior: “Por un puñado de habichuelas!”. Estamos llegando en tren a Múnich desde Núremberg.
Hemos llegado, momento de la despedida a las puertas del ferrocarril. Lágrimas… de alegría.
CLIENTA. Oye tú, la verdad es que me ha quedado todo muy claro. Excelentes explicaciones de principio a fin.
GUÍA. Me alegra que le haya quedado todo tan claro. Ya lo he visto, que le interesa el tema.
CLIENTA. Por cierto, se me olvidó preguntarte.
GUÍA (tembloroso). Dígame.
CLIENTA. ¿Y tú, además de esto, trabajas? ¿De qué trabajas tú?
GUÍA (curiosamente sonriente). La verdad sea dicha señora, ahí me ha pillado. Yo trabajar, lo que se dice trabajar, no trabajo.
CLIENTA. Mira! Esa suerte que tienes cariño. Pues nada, a seguir así de bien. Bien querido, un abrazo y hasta la vista.
GUÍA. Eso mismo señora, de nada, el gusto es mío, un placer, que pasen buena noche, les siente bien la cena… y, me voy que tengo la bici aquí al lado, hasta nunca!
El petit Bruce lee i l’home del temps
Feia un sol de mil dimonis. I calent. Era ple estiu i la platja, ja per aquell temps, era plena de turistes que venien al poble des de tots els racons del planeta en busca de sol. A s’illa els hàbits començaven a canviar i amb l’arribada de l’agost eren molts els pagesos que bescanviaven el camp pel treball a peu de sorra. Qüestió de dobbés. En un d’aquells xiringuitos primerencs de sa platja llarga treballava en Gabriel, company d’escola i amic de en Miquel i en Blai, al que tot lo mon al poble coneixia com Plas. Aquest era en veritat el soroll que se sentia quan colpejava la pilota amb la seua raqueta a les partides de frontó, així com l’onomatopeia que hom escoltava quan aquest li fotia un colp de puny a qualsevol altre. Per tots era coneguda allà la seua afició a la baralla, i no la de cartes.“Algun dia faràs mal a algú o bé t’esporrejaran a tu, ja veuràs”, li deia el pare els diumenges al matí a taula. Com cada divendres després de la feina, en Miquel i en Blai van baixar al Paradís per a visitar al Biel, i fer-se un parell de cerveses a la seua salut. Aquell dia en varen caure moltes, en realitat. Mentre bevien i reien, van descobrir a la vora a un home extremadament menut, que amb dificultats alçava un metre i mig del terra. Era un noi jove, sa, de cabells durs i negres, estranger, amb tota seguretat asiàtic, massa petit en qualsevol cas per a semblar una amenaça real. Calents com tantes vegades, en Miquel i en Blai, en Plas, començaren a fer burla d’aquell homenet. “No fas ni un pam, pigmeu”, l’esperaven, sense importar-los gens ni mica la seua procedència ni res més. I començaren a humiliar-lo, a insultar-lo en veu alta, sense que el mateix Biel els cridara l’atenció. Seré, sabia que als seus amics, en veritat dos bones persones, no se’ls podia fer entrar en raó una vegada havien passat dels dos litres de cervesa per cap. Mentre la gent feia la seua, en Blai no parava d’emprenyar al menudet. Ara li baixava un pic el pantaló, ara l’esguitava amb unes gotes de cervesa del seu got, ara l’insultava en veu alta. No sense demostrar una paciència enorme durant gairebé tres quarts d’hora, i no sé sap ben bé perquè, va arribar el moment en que aquell homenet va entrar en combustió. Allò normal haguera sigut denunciar la situació al cambrer, o marxar, però no va passar res d’això. Resultà que aquella personeta desconeguda, personatge secundari i tan poca cosa a primera vista, amagava un orgull enorme i una serenitat encara més gran, de totes totes menor que la força bruta i la preparació física que ocultava a dintre del seu cosset. Donat el moment, en un tres i no res, va botar sobre el mostrador del xiringuito per a sorpresa de tothom i abans que ningú no en poguera reaccionar, va saltar sobre el Miquel per a fotre-li un colp de peu al coll que el va deixar marejat durant una bona estona. Aleshores i sense que en Plas tinguera la més mínima opció de presentar cap credencial, el va colpejar a ell també fort i sec al bell mig de la cara, al nas mateix, per a deixar-lo totalment noquejat. Amb tots dos oponents enterbolits, aquell petit Bruce Lee sortit del no res va seguir amb una exhibició d’arts marcials orientals de les que hom només pot explicar en base a les pel·lícules de kung fu que passen a la televisió de matinada. Com anècdota, val a recordar que el mateix Miquel, com va poder i amb la cara partida en una d’aquelles hòsties, va intentar contrarestar la tundra amb punyades que no arribaren en lloc, i fins i tot emprant una cadira, que, en un moment de sort, va poder estampar en l’esquena del seu contrincantet. No li va fer res, a ell; mentre el seient de fusta i palla es va desfer a miques com si l’hagueren estampat contra un vaixell dels que atracaven al port del poble. Després d’aquells cinc minuts infernals en els que tots dos amics en van rebre de tots els colors, perduda la batalla, l’homenet es va esfumar orgullós, segur de si mateix com sempre ho havia estat i convençut que la força de l’ésser humà, ni tan sols la física, no sempre es pot mesurar a primera vista. Més de 30 anys després, en Miquel encara se’n recorda a sovint d’aquell dia, potser segut a una cadira amb els amics mentre juga al dòmino al casal del poble. Quan s’acosta la tramuntana i molt abans que els seus companys se’n hagen adonat, en Miquel els adverteix: “Botobadeu, no només me’n recorde d’aquell pigmeu dels collons ara mateix, sinó que demà plourà”. I no és l’home del temps que l’adverteix abans d’hora, sinó el senyal que li va deixar per a tota la vida aquella tamborinada inesperada a l’os del nas.
Merienda con un astronauta
Cuando Richard Branson empezó a maquetar las páginas de la primera edición de Student, además de no tener ni puta idea de lo que era una revista no se podía imaginar hasta donde llegaría algún día su imperio. Lo de Reynaldo Ansarah, es parecido, pero distinto. Cuando era un crío, mojaba galletas en forma de estrella en su vaso de leche fría mientras soñaba con emular al capitán Spock. Su sueño, como el de tantos otros, estaba puesto ahí arriba, en el cielo, al más puro estilo de Howard Wolowitz. Hace un par de días merendé en un tren con Reynaldo, camino de alguna parte en un viaje por Europa de los de mochila a la espalda. Tras dos meses fuera de casa, solo, sus pantalones ya no lucen como el primer día y el barro se le acumula en la suela de las zapatillas. Maldito verano, que no llega. Una densa barba blanca le ha comido la cara, normal, después de 60 días sin pasarse la cuchilla. Me parece un tipo culto, interesante, agradable, a ratos irreverente, que habla perfecto castellano y a quien se le acumulan las historias por el camino. Le acompaña una gran cámara fotográfica, que agarra fuerte como si Baviera se pareciese en algo a su Sao Paulo lindo, y no cesa de cruzarse con viajeros a los que increpa, extrovertido como es. En esas nos encontramos. A la hora de nuestra merienda, se le suma al carácter transparente el hecho de que el tren relaja, y suelta la lengua. De ahí que sin tratar de averiguar uno termine por conocer tanto balanceándose entre raíles. Reynaldo se confiesa y revela que su perilla y sus gafas esconden un futuro cosmonauta brasileiro. En concreto y después de Marcos Pontes, metido en el ajo, el libanés será el séptimo astronauta del país. O eso cree él. Será el séptimo brasileño en subir al espacio en una nave, en 2016, pero para entonces las páginas del libro Guinnes de los Récords estarán escritas y la NASA habrá perdido todo el protagonismo a manos de señores como Branson y su Virgin Galactic. ¿Pero quién soy yo para desacreditar un sueño? Ni para ponerle un precio, aunque Sir Richard Branson sí que se lo ha puesto. Concretamente, 200.000 dólares, precio amigo, por un pasaje en la SpaceShipTwo para salir disparado a 1.400 km/hora hasta alcanzar una altura de 110 kilómetros, saludar al planeta como los dioses y terminar cayendo de nuevo al polvoriento desierto tejano. Todo ello en menos de una hora. No está mal, por el salario de toda una década para el común del licenciado español, a estas alturas. En fin. Reynaldo no parece un tipo adinerado de los que, podría ser, causan cierto rechazo, sino más bien un loco soñador. Incluso durante un buen rato hubiese pensado que tenía ante mi algo más parecido a un amistoso fanfarrón. Hasta que la lengua suelta de este ingeniero que merienda en los trenes termina deslizando el pecado original: le llamaban inversión inmobiliaria. Yo, sin tapujos, lo veo más bien como especulación. De la que jode. En València, en Múnich y en Sao Paulo. Seguimos merendando. “Es una apuesta segura, nunca se toca techo”, proclama sonriente el moreno. “Cuidado”, me entran ganas de contestarle. Pero me callo, al fin y al cabo soy un chavalín ante un yurigagarín. Últimos detalles –esto ya parece un blog confidencial del Hola para mochileros–: dos años quedan para el despegue del número 730, en cualquier caso mucho antes de que AXE envíe a una legión de imberbes flipados en busca de experiencias galácticas. Hasta dónde vamos a llegar. Para entonces Reynaldo está convencido de que volará camino de la luna “a plantar la bandera de Brasil”. Sin darnos cuenta, el vocero del ferrocarril anuncia la München Hauptbahnhof. Fin de la merienda, nuestros caminos se separan. Antes, Reynaldo, que arrastra todo el rato una botella de plástico vacía en la mano, me hace una última pregunta: ¿”Dónde puedo devolver este envase? Estos malditos alemanes me han estafado 25 centavos que pienso recuperar”. Sinceramente, en ese instante y no en otro me quedo atónito, soy yo el que ve fugazmente la luna, y comprendo por fin de que cumplir un sueño, cualquiera, no tiene precio. Aunque, no nos engañemos, se necesita mucho dinero, y ser capaz de merendar sin mirar la hora, para poder cumplir algunos.
Dos fatxes
Algunes vegades no acabe d’entendre que tenen alguns al cervell. Ahir, mentre donava un tomb per la Hofbräuhaus amb un grup de turistes argentins, un xaval que bé podria tindre la meua edat em va interrompre per a preguntar-me, com que parlava espanyol i semblava un guia, si coneixia la història d’aquell edifici. La vaig dir que sí i la següent pregunta va ser: “I no saps quina és la sala en la que Hitler va fundar el Partit Nazi?”. Sense més, el vaig remetre a ell i al seu amic al segon pis, a la sala del Festival on efectivament es considera que un jove de nom Adolf Hitler va cimentar les bases del que després seria el NSDAP, amb un discurs el 24 de febrer de 1920. Abans de marxar corrent cap a dalt, encara em va repreguntar si n’hi havia alguna placa commemorativa d’un fet tan important. Li vaig contestar que, lògicament, Alemanya no estava massa orgullosa d’allò pel que no existeixen eixe tipus de plaques rememoratives. No va haver resposta però tots dos amics van esbossar un somriure que em va despertar la sospita. No faré judicis de valor en base a la vestimenta de tots dos, jo també porte a vegades els cabells curts o el camal del pantaló tallat pel turmell, però reconec que la samarreta del Dynamo de Dresden –conegut fora del país pels seus seguidors radicals d’extrema dreta– que portava un d’ells o les sabatilles esportives marcades amb la bandera d’Espanya em van fer pensar en aquells dos. En qualsevol cas, el definitiu va ser el somriure còmplice, com carregat de cinisme. En pujar al segon pis, me’ls vaig trobar fent-se fotografies pujats a l’escenari com si foren parlamentaris oferint un discurs buid en la cerveseria. Feien soroll i parlaven a fort de les seues coses, només els va faltar rubricar el numeret amb una salutació nazi que, per sort, els haguera suposat l’expulsió d’aquella habitació. Em pregunte si aquells dos idiotes i molts altres que pensen com ells a estes hores són conscients realment del mal que va fer i fa una una manera d’entendre la vida i la mort com la que va presentar en societat Adolf Hitler en aquell escenari. I em pregunte què s’ha fet malament per a que a estes hores seguim tenint gent d’aquesta a Europa. Per sort no són molts, però són massa i tot.
¿Y tú, qué día lloraste?
Ayer estuve hablando con Raúl. De cigarros y otras cosas. Tres encuentros y medio tuvo con Fidel, mucho tiempo atrás. La primera vez no se trató sino de una aproximación. Raúl, un adolescente cuyo reloj biológico funcionaba con asombroso adelanto, había sido enviado a Louisiana por su padre a finales de 1956, con el único propósito de tratar de evitar lo inevitable: que se sumara activamente a una Revolución en ciernes que pedía a gritos el derrocamiento del tirano Batista. Como excusa casi perfecta, Raúl tomaba clases de inglés en los Estados Unidos de América y fue allí donde se convirtió en un lector empedernido, conectado a la realidad a través de su periódico favorito, el New York Times. Cada día lo releía varias veces mientras apuraba los últimos sorbos de su café aguado. No fue diferente aquel 17 de febrero del 57, que hubiese sido un día más en su vida si no hubiera aparecido en la portada del diario el joven guerrillero de poblada barba. Fidel Castro, al que se daba interesadamente por muerto, se había entrevistado con el periodista Herbert Matthews en algún punto escondido de la sierra Maestra para dejar su rúbrica en el rotativo más influyente del planeta y decirle así al mundo entero que había desembarcado en Cuba para quedarse. Raúl, me contó, no pudo evitar que el espíritu rebelde prendiera entonces un poco más en su consciencia, hasta el punto que decidió regresar a casa y pasar a la acción. De ahí al segundo encuentro con Fidel, esta vez en carne y hueso. Un mes entero esperó Raúl a lavar la camisa, después de que una tarde de verano se cruzara por azar con el guerrillero en medio de la selva tropical. “Hagan posible lo que parece imposible”, le espetó Castro antes de pasarle la mano por el hombro y reclamarle su ayuda directa para tratar de hacer realidad los sueños compartidos por tanta gente. Solamente de esa forma se explica la gran implicación de Raúl, que ingresó ilusionado en la Universidad de la Habana unos meses más tarde. Poco después y casi como una premonición, Fulgencio Batista decidiría abandonar a medias una partida de póker en la Nochevieja de 1958 para huir a toda prisa de Cuba en dirección a Santo Domingo, dejando paso libre a una Revolución que por entonces hacia dudar a muy pocos e ilusionaba a muchos más. Raúl, estudiante de derecho, mantendría todavía durante un tiempo los anhelos intactos, incluso tras el segundo encuentro con el líder, esta vez en una humilde sala de la misma Facultad de Derecho. Incauto, en esa ocasión tuvo la osadía de preguntarle a Fidel por las necesidades revolucionarias en la materia que le ocupaba: “¿Y no han pensado ustedes en dedicarse a la Agricultura?”, obtuvo por extraña respuesta. El tercer y último cruce directo entre ambos personajes tuvo lugar a mediados de 1959, en una tribuna instalada en la misma plaza de la Revolución con motivo de un multitudinario desfile conmemorativo. Increíblemente, Raúl fue requerido esa tarde por el comandante para hacer valer su conocimiento de la lengua del imperio y trabajar así espontáneamente al servicio de la patria, como intérprete para un grupo de pintorescas autoridades extranjeras. ¿Por qué no hubo mas entrevistas entre Raúl y Fidel? Mi amigo no me lo contó, aunque el devenir de su historia no pide aclaraciones. Según pude saber, Raúl no era un comunista al uso. Indudablemente progresista, él era en realidad un rojo con la cruz colgada al cuello. Es decir, una persona cuya fe era equivalente a su esperanza de vivir en un mundo más justo, cuyo pensamiento, sin embargo, estaba tan lejos de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas como lo estaba, en lo geográfico, su pedazo de tierra. Ese fue seguramente su gran error, pensar que la distancia entre Cuba y la URSS era mucho más grande de lo que en realidad era, o iba a serlo. Para cuando se dio cuenta de que lo suyo en la Revolución cubana no había sido sino una derrota, Estados Unidos había desembarcado en Bahía de Cochinos y su nombre apareció en una lista negra sin que ambas cosas guardaran una lógica relación. Engullido por una áspera realidad, Raúl, quien había estado en Nueva York por primera vez el 8 de noviembre de 1960 en un viaje que lo alineó con la Historia de forma fortuita –ese día resultó elegido John F. Kennedy como presidente norteamericano–, decidió que su hora de partir había llegado. Como si su destino estuviera escrito, nadie preguntó por él al colarse en aquel avión rumbo al norte. Ya en el aire, convertido prácticamente en un apátrida, Raúl lloró aquella mañana de mayo de 1961 como hacía mucho tiempo que no recordaba. No me lo aclaró, pero puede que no haya sollozado tanto en su vida como aquella vez. Ayer hablé con él de todo esto, y de cigarros. A sus setenta y pocos, aguarda ansioso el momento de fumarse uno frente al malecón, con suerte, antes del próximo verano. Cinco décadas después, por fin, pues los puros en Manhattan no saben igual de bien para un caribeño. Ya vacío, antes de despedirnos, Raúl me miró anoche a los ojos y me dijo: “Ya conoces mi verdad, pero tú, ¿qué día lloraste?”. Últimamente ando melancólico; no supe qué contestarle.
“Baviera es fantástica para que los niños disfruten del viaje a su ritmo”
Hace algún tiempo que contacté con Fátima Casaseca (Madrid, 1981) o, como muchos expatriados la conocemos por aquí, Una mamá española en Alemania. Preparaba, y aún sigo en ello –ya queda menos–, mi pequeña versión impresa de Muniqueando, por lo que pensé que comentar en el libro a través de ella la posibilidad de pasar un día en familia en Baviera sería interesante para los lectores. ¿Qué mejor que una madre de tres hijos –que además es española, joven, formada…– acostumbrada a la vida en la Baviera rural que tanto atrae al viajero?
Entonces llegó, el libro, pero no el mío sino el suyo –yo soy mucho más lento–, y tengo que decir que, como muchos, me quedé boquiabierto. Por si fuera poco –su blog es muy interesante de por si, con lo cual auguro que el libro no le andará a la zaga–, venía avalado por un pez gordo como es la editorial Planeta.
De eso, según me comenta la misma Fátima, ha pasado ya un mes, aunque parece que lo mejor está por venir, pues sus aventuras en mierdapueblo están arrasando en las estanterías.
El caso es que en un primer momento estuve tentado de desistir a la hora de pedirle a Fátima que me echara esa mano participando con una entrevista para la guía, más que nada pensando en que su agenda ahora estará más apretada que nunca. Tres hijos y un libro –que se vende– no son fáciles de llevar.
Al final, me decidí a escribirle y volví a sorprenderme con ella –no me extraña que a esta chica le vaya bien–. La respuesta fue inmediata y la predisposición a colaborar conmigo pese a que no nos conocemos personalmente también. Por mucho menos he visto yo a más de uno subírsele los humos a la cabeza.
Lo mejor hubiese sido poder entrevistarla en persona, pero mierdapueblo no me coge de paso y es verdad que vamos todos cortos de tiempo, así es que me conformo con los avances de la tecnología. En la entrevista, un extracto de la cual se convertirá en el texto para el libro –el mío, que jaleo–, hablamos sobre la vida en familia en Alemania y de cómo disfrutar del tiempo libre en familia en Baviera –la idea es orientar a los viajeros que vienen con niños–. Ya que estábamos teníamos que haber comentado algo sobre el libro, el suyo, pero no lo hicimos. Mea culpa. A cambio os paso unos enlaces para que conozcáis un poco más su blog y su libro –a través de estas otras entrevistas y participaciones en, nada más y nada menos, rtve.es, Hoy por hoy de la Cadena SER, ELPAÍS.com, Onda Cero…; podríamos estar hasta mañana– y transcribo íntegra nuestra humilde conversación sobre vivir Baviera con niños:
¿Dirías que es más fácil o más complicado que en España, ser madre en Baviera?
Personalmente creo que es mucho más fácil ser madre aquí, por muchos motivos. En Alemania y especialmente en Baviera, lo que se fomenta es que la madre no trabaje y se quede al cuidado de su familia, por lo que las ayudas y bonificaciones estatales se orientan en este sentido. Incluso el sistema fiscal, con su división por clases, beneficia a las familias en las que sólo uno de los padres trabaja a jornada completa y el otro se queda a cargo del resto. Lo difícil, por ejemplo, es ser algo además de madre. La falta de guarderías tanto públicas como privadas, sus horarios y los horarios de los colegios, hacen casi imposible tener un trabajo que merezca la pena, tanto a nivel personal como económico, así que muchísimas mujeres acaban optando por quedarse en casa y concentrarse en la familia.
Tampoco se estila la ayuda doméstica, ni siquiera para limpiar la casa. Esto a mí me parece un poco exagerado, pero es verdad que esta mentalidad de autoresponsabilidad extrema, hace que aquí las madres estén un poco más relajadas, incluso sean más dejadas. Parece una tontería, pero viniendo de una cultura como la española, en la que las apariencias son importantísimas, que aquí no importe que los niños vayan conjuntados o lleven la ropa planchada, y que sea normal que se revuelquen por el barro, te hace dejar de preocuparte por el qué diran y te deja un poco más de espacio para disfrutar. La sensación que tengo es que, a pesar de las dificultades para mantener un buen trabajo o para ascender profesionalmente, aquí la maternidad se vive más tranquila.
La rutina laboral y las obligaciones, ¿dejan suficiente tiempo libre para disfrutar en familia?
Sí, totalmente. Aquí son muy puntillosos con los horarios de trabajo y, ni está bien visto, ni suele ser normal echar horas en la oficina, a no ser que haya algo urgente, claro. La gente se va a casa a su hora, aunque aquí el sentido del tiempo libre no es el mismo que en España. Como he comentado antes, la autoresponsabilidad alemana hace que, cuando terminan su trabajo remunerado, se dediquen en cuerpo y alma a su otro trabajo: la casa y la familia. Para ellos es sagrado.
¿Cómo definirías tu día en familia ideal en Baviera?
Como tengo niños pequeños, lo más práctico suele ser salir al aire libre. Pasear, montar en trineo, ir a bañarnos a algún lago, excursiones… Y, de vez en cuando, alguna ciudad pequeña y tranquila. Los alemanes tienen un curioso sentido de las distancias y hacerse una hora de coche para pasar el día en la montaña o ir a comer a un restaurante en particular, es bastante frecuente. Mi día ideal es salir por la mañana temprano con el coche, dar un buen paseo, comer fuera y volver agotados.
¿Qué actividades soléis hacer juntos en vuestro tiempo de ocio?
En invierno solemos hacer excursiones en trineo y en verano nos gusta ir a pasar el día a algún lago. También pasear o ir a alguna exposición, o incluso dedicarnos a arreglar el jardín o cortar leña. Aquí las actividades se mantienen muy low cost, y poco estresantes para los más pequeños.
¿Qué lugares son vuestros favoritos en este sentido?
Personalmente me encanta toda la zona de Allgäu, que es en la que vivimos. Nos encanta ir a las diferentes jornadas que se organizan en Wolfegg, un próspero pueblecito con una granja histórica. Su mercado de navidad es espectacular, y también organizan mercados temáticos de burros, cabras, hierbas… El sitio es precioso y reúnen un gran número de artesanos, que aquí en Baviera siguen siendo profesiones cuidadas y respetadas.
También nos encanta ir a Lindau, a la orilla del lago Constanza. Es una ciudad pequeña, con un centro histórico precioso para pasear y un puerto estupendo, con unas vistas espectaculares.
Ulm también es preciosa, con un barrio de pescadores (Fischer Viertel) encantador. Además tienen un museo específico para niños, con exposiciones estupendas y muy interesantes, el Edwin Scharff Museum.
Otra cosa que hemos hecho varias veces es ir a Nesselwang. Allí puedes subir en teleférico (o andando) y desde arriba las vistas de los Alpes son espectaculares. Al bajar tienen una cosa genial para lo más pequeños: Rodelbahn. Es como un tobogán gigante, cavado en la tierra y que empieza a mitad de montaña. Te dejan una especie de plataforma con ruedas, con un freno, y bajas ahí dentro, más rápido o más despacio según los gustos.
Siempre pensando en clave familiar y en los niños, ¿ciudad o naturaleza?
Yo creo que hay que combinar las dos cosas. En Múnich hay cosas interesantísimas que, aunque no sean siempre específicas para los más pequeños, pienso que conviene enseñarles desde el principio. La naturaleza lo que te da es muchísima tranquilidad: no hay coches ni calles que cruzar, los niños se pueden desfogar…
¿Cuáles son vuestros lugares preferidos en Múnich?
El zoo nos encanta, es un plan estupendo para niños cuando vives en la ciudad. En Múnich también conocemos el museo de los bomberos, el Kinder-und Jugendmuseum, una buena alternativa al parque en el frío invierno o en una tarde de lluvia. O bien el jardín botánico.
¿Qué recomendarías al viajero que llega a Baviera en familia?
Que se relajen y disfruten. En general, una cosa que he aprendido de los alemanes, es a adaptarme a los ritmos de los niños en los viajes, sobre todo cuando son pequeños. Baviera es fantástica para esto porque ofrece muchísimas alternativas, tanto al aire libre como en espacios cerrados, para que los niños disfruten del viaje, a su ritmo y sin pegarse palizas de turismo que, para qué nos vamos a engañar, les suelen interesar poco y aburrir bastante. La ventaja de Baviera es, sobre todo, que se trata mayormente de cuidades relativamente pequeñas, fusionadas con mucha naturaleza.
7 días consecutivos (del guía)
Algunas veces tengo la suerte de poder encadenar siete y hasta ocho días consecutivos de tours y excursiones de día completo. Esto, claro está, es fantástico para la economía familiar. Por otro lado, tengo constatado que puede desgastar mi salud hasta límites insospechables. Solo si resumo mi última cadena de visitas podréis entender cómo me despierto en días como hoy:
Primer día. Incorporación progresiva
Es lunes y me levanto todavía con dolor de la última excursión del fin de semana. Fue una salida de las que te dejan mella en las piernas pero la cabeza fresca y el ánimo por las nubes. Es decir, con Mariola. Pero eso fue domingo. Hoy es lunes, toca escribir y ya por la tarde acompañar a un pequeño grupo y heterogéneo en un tour especializado sobre el Tercer Reich. Hay suerte, gente encantadora, todo pasa rápido. A casa, a cenar y a dormir, que mañana será más duro.
Segundo día. Dos porteños muy porteños o mucha caña
¿Dije duro? Me quedé corto. Somos cuatro –dos de ellos porteños o bonaerenses–, en una excursión privada en tren. Pero que excursión.
–Hola buenos días me llamo Jordi…
–¿Shordi?
– Sí, me llamo Jordi y…
–Catalán, supongo…
–No valenciano, aunque el catalán es mi leng…
–¿Valenciano? ¿pero de dónde?
–De una ciudad muy pequeña –todo dicho muy rápido o será imposible acabar la frase–… y voy a ser vuestro guía durante el día de hoy.
–Mirá vos! Fantástico. Nosotros somos de Buenos Aires y hemos venido a Múnich por trabajo. La verdad es que esta es una ciudad maravillosa; pero yo no la visité casi porque ando siempre ocupado. Cuando termino a la noche estoy muerto. Es lo que tienen estos viajes, la plata es la plata, la guita, vos me entendés. Y en el tiempo libre hay que andar a conocer. Hoy estamos aquí y mañana nos vamos a Roma… –habría que cortar en algún momento pero por suerte, o no, ahí está la mujer.
–¿Por cierto Shordi vos no sabés de una peluquería donde una pueda ir a la tarde?
–Señora, a la tarde regresamos casi a las ocho y estará prácticamente todo el comercio cerrado.
–Mira, acá mismo hay una, ¿vos no podés preguntar ahora?
–Señora, que nos vamos de tour y nuestro tren sale en unos minutos y hay que ir a la Estación de Trenes.
–Shordi tiene razón cariño, dale. Hay que andar a buscar el colectivo. Se hace tarde.
–¿Y mañana?
–Mañana es 1 de mayo señora, Día del Trabajo y festivo en toda Europa. Estará todo cerrado.
–¡Y yo con estos pelos! ¡Y enferma! Y nos vamos a Roma!
–Sí mi amor pero dale.
–Si os parece vamos yendo. Como os decía mi nombre…
Esto, esto de aquí arriba, son menos de dos minutos, es una pizca de la pizca, eso no es nada. Y si no me creéis, preguntadle a un chileno de la calle a ver qué os cuenta.
Añadidle diez horas a la conversación interrupta: la batería se agota. Uno llega a casa sin saliva, desfondado por lo hablado, por lo andado, por lo escuchado, por lo sufrido… Por suerte, Mariola es fantástica y es capaz de reconstituirme antes de que caiga molido en el sofá. Mañana será otro día.
Tercer día. Más madera
Todavía medio renqueante, no estoy dispuesto a desaprovechar medio festivo con Mariola. Hace un día estupendo, sol de mayo y una temperatura envidiable. Como para comer en biergarten. Termino el pollo asado a toda prisa para llegar a tiempo de mi tour vespertino. Es otra visita abierta con un grupo mediano, variado, que se ha apuntado a la salida de tarde para andar tras las huellas del Tercer Reich en Múnich. Gente correcta en visita corta en la que no es preciso intimar. Diría que me recupero.
Cuarto día. Llueve sobre Múnich
Estaba claro, como el agua. El agua tenía que venir más pronto que tarde y ya la tenemos aquí. Por sorpresa, rompiendo pronóstico y en cantidad abundante. Y precisamente hoy, que tenía contratado un tour privado en bicicleta. Llego al hotel pedaleando, casi empapado, y con la intención de anular la visita en bici. O de cambiarla por una a pie, bajo el paraguas. Pese a todo, hoy es un día de suerte. La fortuna este cuarto día significa que me he topado con un grupo fantástico, fácil. Los acompaño en un agradable paseo de cuatro horas por la ciudad de Múnich que pasa volando. Incluso ha dejado de llover. Más aún, mañana repetimos en un grupo mixto al castillo de Neuschwanstein con esta familia y otra que está al caer.
Quinto día. Placentera excursión al castillo
Es un buen día. Por delante una excursión con un grupo de quince personas que resulta ser de lo mejor que he recibido en bastante tiempo. Buena gente, de la que ayuda a que todo salga perfecto. Y así es, con alguna incidencia menor como que el castillo de Neuschwanstein está a rebosar; que los hago caminar y atajar por un sendero empinadísimo a pesar de que tenían el transporte hasta el castillo pagado; que el puente de María está literalmente colapsado por una marabunta de chinos; que nos sorprende y nos empapa una tormenta terrible –granizo incluido– en la cola para entrar al palacio; que no nos queda casi tiempo para comer; que tenemos que hacer transbordo en el tren de regreso… Pero no es ironía, todo son incidentes menores, porqué así los percibe mi gente, la que hoy viene conmigo. Al final llego a casa una vez más derrotado, pero hoy con una sonrisa. Mañana más.
Sexto día. Siete niñas; aflora el cansancio
Aunque el día de ayer pareció redondo, subyace cierto cansancio lógico después de varios días de recibir a grupos relativamente numerosos, variopintos, y de pasar con ellos la mayor parte del día. Hoy aguarda la tercera visita al palacio de Neuschwanstein en una semana, con sus seis o siete kilómetros de caminata asociados, y sus idénticas explicaciones. Queda lo mejor por desvelar: regresamos al tren regional, en pleno pico de temporada por el puente y con un grupo de doce personas en el que siete son niñas de entre dos y nueve años. Son una gracia, todas primas, pero una gracia insaciable que bebe constantemente energía desde el minuto cero. No es plan de dar pelos y señales pero añado dos datos: recuerdo perfectamente sus nombres y dudo que los olvide en mucho tiempo; a pesar de cargarlo la noche anterior, mi iPad llega a casa con un 2% de batería. Como yo.
Séptimo día. El remate final
Doy gracias y lloro todo al mismo tiempo porque hoy me espera un último tour privado, de día completo, con dos personas de la edad de mis padres, por encima de los setenta años. Doy gracias porque auguro una excursión placentera, sin sobresaltos, sin prisas… Lloro porque un grupo privado de dos personas a estas alturas exige una conversación de diez horas de duración, sin pausa. Al final del día se cumplen mis pronósticos, ha sido un viaje plácido de trabajo interrumpido. Por suerte, la familia era educada, distinguida, elegante, conversadora, con un nivel cultural muy por encima de la media. De no ser así, no sé si lo hubiera podido resistir. Pero encadenar siete días de trabajo no puede terminar sin sabor amargo, así es que todo parece diluirse a última hora con un follón que ahora no viene a cuento pero que a mi me deja literalmente agotado.
Así me he despertado hoy, lunes 6 de mayo y después de todo. Solo. Sin voz, sin fuerza en las piernas. No sé qué hubiese sido de mi si esta sucesión de excursiones hubiese seguido un día más. Mientras escribo descubro incluso que he contraído un interesante catarro. Y recuerdos fugaces e historias de personas a las que conocí recorren sin parar mi cabeza: pienso en si al colectivo se le agarra o se le coge o ninguna de las dos cosas; en Tavernes de la Valldigna, que es un pueblo muy pequeño; en cómo es posible tener nueve nietos y que sean todo niñas; en Cayetana, que no existe; en Almansa y en su castillo; en aquellos que, como yo, viven lejos de su casa; en viajes de amigas, divertidos; en taxistas; en los enemigos de Chavez después de muerto… Es una resaca terrible, una traca. Como si me hubiera bebido una botella de café licor de mi pueblo, con cola. Por suerte, no hay mal que dure cien años. Mañana seguramente habré olvidado, o asimilado, muchos de los recuerdos que imprimieron en mi memoria la cadena de desconocidos. Entonces estaré listo para volver a la carretera.






