Category: Viatges/ Viajes

Phuket. Tres dies i una moto

Açò no s’acaba, encara, però canvia radicalment. Després de deixar enrere la polseguera de Cambodja, els dos últims dies els hem destinat a explorar les platges de Phuket de la millor manera que se’ns ha ocorregut. Açò és, damunt d’una moto botant de cala en cala per a tractar d’exprimir el sol radical de febrer al sud de Tailàndia i la seua mar d’aigües blau turquesa. Diria que ho hem aconseguit, potser una mica massa, si tenim en compte la cremor que ens recorre la pell -als dos- des del mateix moment en que ha marxat el sol aquest dilluns. Sobre la moto, afortunadament ens vàrem guiar pels nostres instints i no per la nostra guia de viatges, que desaconsellava conduir per les carreteres de Phuket. Més enllà d’alguns detalls menors, com ara que a Tailàndia es condueix per l’esquerra -al revés- o que ens han llogat la scooter sense demanar-nos ni tan sols el permís de conduir -sort que ens van dur dos cascs, a petició-, diria que conduir per Phuket és menys perillós del que pot semblar a primera vista. Igual d’insegur si de cas que a qualsevol illa petita de la Mediterrània, tipus Korfú o Eivissa. Les carreteres van carregades de trànsit però són relativament amples amb vorals on refugiar-se a l’hora de ser avançat per un autobús. Pel que fa a les benzineres, no n’hi ha massa, però a canvi hi ha proveïdors casolans de combustible en quasi totes les revoltes. I és que són moltes les famílies que venen botelles de benzina, Súper del 91, a la porta de sa casa. Això sí, motos n’hi ha per damunt del cap, pel que no convè relaxar-se massa en cap moment, des que s’encén el motor a la porta de l’hotel fins que s’apaga voramar. Més enllà del transport, ens hem trobat precisament el que esperàvem: una illa plena de resorts, amb platges de tota classe que per ara tampoc van massificades. Un espai suficientment gran i divers com per a oferir joies com les cales del sud o les platges de Surin o Kamala, al temps que llocs com el centre de Patong, una espècie de Rincón de Loix en la seua pitjor versió. En fi, com que nosaltres som més familiars, vos deixe dos fotos de platja en format pau i tranquilitat, que també l’hem trobada. Demà, seguim avant i marxem a Ko Lanta.

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Transporte en Camboya. De autobuses, agencias de viajes y precios

He titulado este post Transporte en Camboya, aunque el título podría hacer mención perfectamente a Laos o Vietnam. Simplemente pretendo con este texto compartir mi experiencia personal, que obviamente es insuficiente para un juicio de valor completo, pero es totalmente verídica. Podría comentar el estado de las carreteras, los maravillosos paisajes, las sonrisas gratuitas, aunque voy a ser totalmente pragmático y a centrarme exclusivamente en los precios del transporte público por carretera. A base de escuchar historias y leer consejos en las guías de viajes, poco a poco vas endureciendo la piel en una carrera de fondo como es un viaje por libre en el sudeste asiático. Los primeros días, contratas los trayectos en transporte público sin especial preocupación por los precios, pues todo por lo general te parece correcto y, por qué no reconocerlo, barato. Con el tiempo, vas descubriendo nuevas alternativas, los célebres autobuses abiertos que se contratan a última hora en los cafés para mochileros. Vas jugando con los precios y, quizás tras una mala experiencia, te acomodas. Entonces decides delegar en tu hotel o Guest House la reserva de los tickets de autobús y, finalmente, -ese fue nuestro caso-, descubres que no te puedes fiar de nadie y te cabreas. Finalmente, te vuelves selectivo, y desconfiado -a veces demasiado y tampoco es bueno-. En fin, voy a tratar se algo más visual, o este post pensado como ayuda a viajeros será tan críptico como la mayoría de los que arrojo en el cuaderno.

1. Para empezar, es muy raro encontrar un agencia de viajes que refleje el precio de un servicio en su escaparate o en la publicidad de la empresa. Ya lo has leído en otros blogs y es verdad, pregunta precios en varias empresas, compara y, cuando lo tengas muy claro, contrata. Es engorroso, pero si no quieres que te tomen en el pelo, tómate tu tiempo.

2. No te fíes de la primera agencia de viajes que encuentres. Ni de la segunda. Por mucho que te atienda una señora de lo más entrañable. En Siem reap, por ejemplo, nos ofrecieron el viaje a Bangkok por nueve, diez y hasta quince dólares, en tres sitios diferentes. Optamos por lo intermedio, la agencia de los diez dólares. Al llegar la segunda vez al mismo lugar, la mañana siguiente, el precio era de doce dólares. Les comentamos que unas horas antes nos habían intentado vender lo mismo por menos dinero y se disculparon por el malentendido. Precio final, diez dólares.

3. No delegues en tu hotel estas cosas. Nosotros, en un día de esos de pereza, llegamos a pagar 16 dólares por el trayecto entre Saigón y Phnom Penh. Contratamos en el hotel porque nos pareció un lugar serio y de confianza y los precios venían en el flyer. Nuestra idea era coger un servicio VIP, un bus de esos en los que viajas semi tumbado, y como tal reservamos pasajes -el prospecto traía el precio y fotos-. Tras la recogida en el hotel y al llegar a la estación, descubrimos que el bus era el más viejo de todos y que existía un folleto idéntico al nuestro para contratar lo mismo por diez dólares. Casi la mitad.

4. Creo que ha quedado bastante claro, pero pagar más no siempre significa viajar mejor. Tampoco lo contrario, si quieres algo bueno lo tendrás que pagar. Antes de dar el paso, vuelve a leer el punto número 1.

Eso sí, una vez subido al autobús, tras la inevitable pregunta interior del tipo “¿y éste de al lado, cuánto habrá pagado?”, nada que reprocharle en líneas generales el servicio de transporte público en Camboya. Lo que tienen te lo ofrecen, pagues lo que pagues.

Phnom Penh. Banderes a mig pal

Norodom Sihanouk va obtindre tot el poder a Cambodja el 1953, quan el seu país va esdevindre independent després de dècades sota control francés. Als anys 70 va marxar per primera vegada per a tornar com un heroi i haver de fugir per segona volta, després del règim terrorífic imposat pels Jemers rojos al 1975. Amb més vides que un gat, el rei va recuperar la corona oficialment en 1993, any de la refundació del Regne de Cambodja. Fa una dècada va abdicar per a cedir-li el lloc al seu fill, Norodom Sihamoni. Va morir ara fa uns mesos a Pekín. De tot això, ahir no en sabia res, ha estat una lliçó obligada a les últimes hores en trobar-nos una ciutat de Phnom Penh completament paralitzada en memòria de Sihanouk. I és que, malgrat que l’antic rei ja fa un temps que va morir, fou incinerat a la capital abans d’ahir, pel que s’ha decretat una setmana de dol. Per això mateix que, com tots els visitants que passen estos dies per la capital, ens hem trobat amb el centre històric completament cercat per la Policia i tancat al trànsit rodat, el Palau reial clausurat i convertit en un punt de peregrinatge. També la majoria de temples budistes de la ciutat, en silenci. Banderes a mig pal a Phnom Penh, que hem vist, o deixat de veure, d’una forma inesperada.

De Saigón a Phnom Penh en autobús. El trayecto

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No se cómo me lo arreglo, pero lo cierto es que cuanto peor pinta la cosa, más termino disfrutando. Hoy hemos vuelto a tener una sesión de siete horas de autobús, entre Saigón y Phnom Penh, que la verdad han sido toda una experiencia. Hemos empezado peor que mal, al comprobar que los siete euros pagados de más por nuestros billetes no han servido ni mucho menos para mejorar el confort de nuestro trayecto, sino que han sido en concepto de una comisión más que razonable para el hotel en el que nos alojábamos. Por así decirlo, nuestro autobús de hoy destilaba pureza por los cuatro costados, si bien nosotros lo que queríamos en principio era más bien un servicio VIP. A solo un par de días del Año Nuevo Lunar -conocido a menudo como Año Nuevo Chino-, nos hemos encontrado además un bus lleno de camboyanos regresando a casa por Navidad, desde Vietnam. Ya antes de salir de la ciudad de Ho Chi Minh, se ha formado una cola importante junto a la puerta del aseo del coche, justo enfrente de nuestros asientos. Es fácil imaginarlo, la atmósfera, a pesar del aire acondicionado a toda paleta, pronto se ha tornado en algo no demasiado agradable de respirar. A la vez, los culebrones cantados en jemer se sucedían uno tras otro en la pantalla del televisor de que disponíamos, con la voz por las nubes y las exclamaciones y risas continuas de parte de la tripulación. El resto, los seis extranjeros mezclados entre la tropa, tratábamos como podíamos de aislarnos y conciliar el sueño, en un intento inútil de concebir una siesta del borrego. Dormir para olvidar. O para acortar la espera. Dos horas después de la partida, aproximadamente, nos hemos detenido en la frontera entre Vietnam y Camboya. Supongo que no será siempre así, pero esta tarde el paso fronterizo estaba desierto, por los menos en cuanto a turistas se refiere. Como era de esperar, a los vietnamitas se la ha traído al pairo que nos piráramos de su país, pero en la ventanilla para acceder al Reino de Camboya nos han tenido un rato. Siete funcionarios en un cuartucho de dos menos cuadrados, ventilado con aire insuficiente, si tenemos en cuenta los 30 grados a la sombra que se respiran estos días por la zona. Uno de ellos nos ha cogido el pasaporte y nos ha sellado las visas, previo pago de los 21 dólares de rigor. ¿Dólares? Sí, a partir de aquel mismo instante hemos dejado de funcionar en moneda local para vernos obligados a pagar en la moneda del tío Sam. Según compruebo a estas horas desde la capital, esto nos puede acarrear nefastas consecuencias en lo económico, pues impera la ley del redondeo. El primer ejemplo, nada más poner un pie en suelo camboyano: al comprarle una botella de agua a la señora del bar nos ha pedido un dólar, que es como vender una barra de pan en España, hoy en día, por cuatro o cinco euros. O eso, o pagarle 1.000 rieles, una moneda que no se consigue ni en los cajeros automáticos. Teniendo en cuenta que el dólar americano se cambia a unos 4.000 rieles, le he preguntado a la vendedora por el precio de dos botellas de agua. La respuesta no tiene desperdicio: un dólar, en total. Estoy convencido de que ese mismo hubiese sido el precio a pagar de hasta un máximo de cuatro botellas, pero teniendo en cuenta que no las necesitábamos, es lo que hemos decidido pagar por un par de ellas. Más allá de la frontera y los casposos casinos de Bavet, lo mejor del viaje ha llegado a la vez que caía el sol, antes de las seis de la tarde. Poco a poco, los arrozales y el bullicio de Vietnam han ido dejando paso a una tierra amarilla y yerma, como azotada por el sol y la falta de lluvias, ya al final de la estación seca. A lo largo de la carretera, han ido apareciendo las típicas casas en altura, en ocasiones techadas con hojas y cerradas con chapas metálicas. Junto a ellas, todo tipo de animales, niños de todas las edades jugando descalzos y algunos señores recostados sobre sus hamacas, entre despreocupados y desocupados. Fuera como fuera, era una imagen auténtica, lamentablemente de pobreza exagerada que dudo pueda dejar indiferente a nadie. La carretera, tan recta como polvorienta, parecía un peregrinaje de motociclistas y camiones a los que el autobús iba esquivando a golpe de claxon. Momento cumbre ha sido cuando hemos alcanzado una vez más el río Mekong, ya al anochecer, para cruzarlo en un barco sin bajar siquiera de nuestro vehículo. En realidad, unos pocos hemos terminado por apearnos, por motivos totalmente diferentes. En mi caso, por tomar las últimas fotografías del día, entre monjes y vendedoras de comida; algunos otros precisamente para comprar provisiones, tan pintorescas éstas como los snacks de escarabajo, saltamontes o polluelos, todos ellos marinados y refritos. Satisfechos todos, al otro lado del río nos esperaba Neak Luong con sus calles por asfaltar y su concurrido mercado limpio de influencias extranjeras. Aguardaban unos 50 kilómetros hasta nuestro destino final, la ciudad de Phnom Penh, que hemos alcanzado pasadas las siete de la tarde, una hora antes de lo previsto.

Saigón. Regateando

Llevamos algo más de dos semanas en el sudeste asiático y parece que vamos aprendiendo a comprar. Eso es al menos lo que nos parece a nosotros, aunque estoy convencido de que si mi vendedor de esta tarde leyese estas líneas se partiría el culo de la risa. Es lo que tiene comerciar en los mercadillos en Vietnam, el regateo. O lo que es lo mismo, una forma de compra-venta a la que los blanquitos no terminamos de acostumbrarnos y según la cual el que vende nunca pierde y el que compra, con suerte, se lleva una chanca y una montaña de satisfacción por el precio pagado. Así estoy yo esta noche, con la autoestima por las nubes, después de conseguir tres gorras de calidad lamentable por el fabuloso precio de 3 euros. ¿Y para qué quiero yo tres gorras del mismo modelo, si sólo tengo una cabeza y además no me la suelo cubrir? Pues eso digo yo ahora, a toro pasado. Cosas de regateo. Más satisfecha todavía salió Mariola de lo suyo, hace tan solo unos días, después de mercarse una pedazo de mochila de The Nord Face por nueve euros. Tirando por lo bajo, son unos 70 euros menos que si la hubiese comprado en Múnich. Y encima parece que le ha salido buena. ¿Y la conciencia? Esa más bien debería de ser una pregunta para los señores de las multinacionales, ellos sabrán en que condiciones mandan a fabricar sus mochilas. Por cierto, lo hacen en Vietnam -con razón éste es el paraíso de las bolsas y ropa de montaña truchas-. Desdramatizando, que estamos de vacaciones, esta misma tarde hemos comprado además algunas otras cosas en el mercado de falsificaciones, por ponerle un apelativo cariñoso al mercado de Ben Thanh , de Saigón. Lo más curioso, un par de chanclas para la nena cuyo precio de salida era cuatro veces superior a lo que hemos terminado pagando. Menos mal. En todo caso, pagar un 25% del PVP fijado en una etiqueta nos hubiera parecido increíble hace tan solo unos días, recién aterrizados y con nuestras antagónicas mentalidades alemanas imperantes. Ahora mismo ya estamos casi acostumbrados a negociar el precio de casi todas las cosas y servicios que contratamos. Puede parecer agotador y surrealista, si bien es sumamente útil para la supervivencia aquí y, por si fuera poco, dispara la autoestima. Sino, miradnos, estamos empezando a sobrecargarnos de cosas que no nos hacen ni puñetera falta y en cambio no hago más que felicitarme por ello.

Nota para el viajero
* Una vez más os remito a Vietnamitas en Madrid, fantástica su guía de compras por Saigón

Hoi an. Unes imatges i més

Són les dotze de la nit passades i ací estic jo, estirat damunt del llit a un hotel a Saigón. Mort de son i fregit, a tocar dels 30 graus com estem, i gràcies. Amb esta calor, impossible concentrar-me com per a contar res interessant sobre els dos darrers dies de viatge, de visita a Hoi an. Així les coses, el millor serà que adjunte unes imatges comentades:

Patrimoni de la Humanitat
Hoi an és una ciutat costanera de 120.000 habitants al centre de Vietnam. Des del segle XV que és un destacat port del sud-est d’Àsia, transitat per europeus, xinesos o japonesos. El seu centre històric es conserva en molt bones condicions, el que li ha valgut la declaració de Patrimoni Històric de la Humanitat. És un plaer recórrer els seus carrerons i visitar alguns dels seus antics tallers, sales de reunions de les congregacions xineses, viles de comerciants o museus. Per a facilitar la visita disposen d’un tiquet combinat que permet entrar a cinc punts d’interés -a escollir- per uns quatre euros. No tot és perfecte, a vegades hi ha la sensació al passejar que tot allò tan bonic que es veu és una postura, com si tot estigues amanit per al turisme.

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Casa al centre de Hoi an, Patrimoni de la Humanitat

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Detall al pati d’una casa antiga de Hoi an

Pont japonés
Entre els elements d’interés de Hoi an, destaca l’anomenat Pont japonés de la ciutat. Aquest petit pont cubert és originari del segle XVI i uneix dos antics barris separats per un canal. Incorpora un petit temple budista.

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Pont japonés de Hoi an

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Sastreria a Hoi an

300 sastres
Des de fa uns anys, Hoi an s’han especialitzat en la confecció de trajes i vestits a mida, així com sabates. S’estima que hi ha més de 300 sastres a la ciutat, que et fan una peça de roba personalitzada, a un preu a convenir, en només unes hores. Sincerament, molt curiós, però es nota que este tema se’ls en ha anat de mare, pel que més val rumiar-s’ho bé abans de fer-se res. Això sí, té el seu morbo.
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Camps als afores

Platja i camps d’arròs
És molt senzill moure’s en bicicleta per Hoi an, el que paga la pena per a visitar les viles de la rodalia -especialment Thanh ha, especialitzada en treballs ceràmics-, per a acostar-se a la platja o passejar pels camps d’arròs. La platja està a uns quatre quilòmetres, res, i és allargada i tranquila, tot i que no és cap paradís. Els camps, un espectacle per a la vista.

Anècdota: esquitxats al restaurant
Pel que fa als restaurants, Mariola diu que estem gafats en este viatge. “Dóna el mateix que triem el millor restaurant, igual ens entra una rata a sopar que el veí ens bossa als peus”. No és cap conya. Això és el que ens va passar anit al Cargo Club, un restaurant de categoria al que vam anar en busca de peix i marisc. Ens van tractar de cine -especialment després de l’incident-, el menjar estava boníssim i no va resultar car -25 euros en total, plat de marisc i peix a la graella, verdures a la planxa, lasanya de verdures, begudes, cafès i tiramisú-. De fet, més enllà de l’anècdota diria que Hoi an ha estat un dels llocs on millor hem menjat en el que portem de viatge.

Nota per al viatger
*Nosaltres vàrem estar dos nits a Hoi an, temps més que suficient per a veure el centre i els voltants, també per a gaudir de la gastronomia local i per a fer-se un vestit a mida. Hi ha l’opció de fer excursions pels voltants, algunes interessants, si es disposa de més temps. Com Luang Prabang, em va semblar un lloc apetitós on és fàcil sentir-se còmode. En el nostre cas vam arribar en bus des de Hué -quatre hores-, per a marxar en avió a través de l’aeroport de Danang -a 25 km-.

Hué o la posibilidad recorrer una ciudad imperial a tu aire

Pensaba que no llegaría el día pero finalmente puedo afirmar que hemos visitado una ciudad vietnamita con toda la tranquilidad del mundo, para nada colapsada, ni mucho menos de turistas. Llegamos a Hué casi por casualidad, empujados a última hora por las reseñas favorables de las guías y por algunos comentarios de blogueros -los siempre fiables Vietnamitas en Madrid o el Pachinko-. Ahora, cuando salimos en autobús camino de la vecina Hoi an, puedo asegurar que ha merecido la pena esta parada. Ha sido solamente día y medio, el tiempo justo para quedarse maravillado con las pagodas y las tumbas reales a orillas del río del Perfume, así como con la fantástica ciudadela. Una fortificación dentro de otra, moldeada a lo largo del siglo XIX por los emperadores de la dinastía Nguyen, que trasladaron la capital vietnamita hasta Hué -aquí permaneció hasta 1945-. En nuestro caso, reconozco que hemos tenido además suerte en la visita: nos ha acompañado un tiempo buenísimo y hemos tropezado con un hotel familiar y confortable a precio irrisorio -hablamos de 12 euros con desayuno en la habitación superior-. En el mismo hotel alquilamos un par de bicis con las que salimos de la ciudad en busca de las famosas tumbas imperiales, unos impresionantes complejos funerarios que combinan bosque, jardines, lagos, templos, patios y esculturas en honor a los Nguyen allí soterrados. Solamente visitamos el interior de un par de estos cementerios, que nos dejaron anonadados tanto por su espectacularidad como por el hecho de que los recorrimos prácticamente en solitario. El segundo de ellos, la tumba de Minh Mang, es seguramente el más agradable de visitar -al menos así fue en nuestro caso-, ya que está suficientemente alejado de la ciudad -unos 10 km- como para que la visita sea en calma absoluta. Por sí fuera poco, el trayecto en bici fue, aunque algo cansado, una experiencia totalmente recomendable, entre campos de arroz, bosques y caminos salpicados de casas en los que los lugareños hacen su vida tranquilamente. Más allá de las tumbas, Hué dispone de algunas pagodas bien conservadas, un buen enclave a orillas del río o una zona de ocio relativamente animada. Pero por encima de todo, su centro histórico amurallado. En el interior de este cuadrante que nos recordó al de Chiang Mai, encontramos una segunda fortificación: el recinto imperial. Este complejo nobiliario, residencia y palacio de gobierno de una dinastía, nos ha ocupado toda la mañana de hoy. Por mi parte, son los cuatro euros mejor invertidos en la visita de un monumento durante este viaje. A pesar de que fue destruido durante la Guerra, los trabajos de restauración de este lugar Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO -lo es la ciudad en si- están empezando a dar sus frutos. Geniales los patios, el teatro real, el recuperado templo de To Mieu, las villas, las arcadas y elementos de ornamentación, y solamente lastimosas las ruinas de una parte. Una vez más, estupenda la sensación de visitar un tesoro a tus anchas -hoy había algo más de turistas, quizás unos pocos cientos a primera hora de la mañana esparcidos por un recinto de varios kilómetros cuadrados-. Nada que añadir, como veis, hemos quedado encantados.

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Recinto imperial en Hué

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Recinto imperial en Hué

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Tumba de Minh Mang

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Tumba de Minh Mang

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Detalle en la tumba de Minh Mang

Finalmente, un video caserillo y con una resolución regular, sobre el paseo en bici. En realidad, fue mucho más plácido, pero las imágenes son del centro de Hué. Aunque no es el caos de Hanoi, sigue siendo Vietnam…

En bicicleta por Hué from Jordi Orts on Vimeo.

Nota para el viajero
*Las tumbas reales aparecen en todas las guías, lo que no cuentan es que no están demasiado señalizadas, por lo que las más alejadas de la ciudad no resultan fáciles de encontrar al viajero que se acerca por su cuenta. En este caso, es posible hacerlo en moto o bici de alquiler. Para nosotros fue toda una experiencia, con un trayecto total de 30 km, durante todo el día y visitando dos pagodas y el interior de dos tumbas. Pagamos dos dólares por cada bici y un par de dólares más, en total, a los lugareños que se suelen inventar aparcamientos a las puertas de cada monumento. Es un timo, pero no conviene jugársela. Si no apetecen riesgos ni actividad física, se pueden visitar con un guía o acompañados por un motorista local. También en barco por el río, aunque luego hay que caminar bastante, o bien por carretera pagando un tour en autobús con un guía. En cualquier caso, lo peor es que cada tumba tiene una entrada separada, con precios que van de los 2 a los 4 euros en cada caso. Como indican los libros, todos los complejos son únicos pero repiten el mismo patrón, por lo que no es imprescindible visitarlos todos para formarse una idea global. Algunos están cerrados por obras de rehabilitación.

Una noche en el tren

Mi madre siempre me ha recordado aquello de que quien da lo que tiene no está obligado a más. Por eso acato sin torcer el gesto haber pasado las últimas horas de este viaje, la noche en la que celebro mi aniversario, en un compartimento minúsculo y mugriento de un tren vietnamita. Un ferrocarril antiguo que penetra los arrozales encharcados desde el norte en dirección a Saigón. Nuestra parada, la próxima, es la antigua ciudad imperial de Hué. Allí, en la zona desmilitarizada durante la Guerra de Vietnam, la frontera entre el sur controlado por los americanos y el norte comunista, pasaremos los próximos días. Volvamos al tren. Son las siete de la mañana y recién nos despertamos, después de nueve horas de mal dormir estirados sobre la cama imposible de un cuarto de segunda clase, los denominados Hard sleeper. No encontramos pasajes para los algo mejor Soft sleeper, lo que nos hubiese garantizado cierta tranquilidad. De hecho, al llegar anoche a nuestros asientos cama, en la parte baja del departamento, descubrimos que habían sido ya ocupados por una familia de vietnamitas, muy simpáticos, aunque cargados con mil fardos y bolsas de comida. Ahora mismo vengo de hacerles la visita y allí estaban ellos sonrientes y agradecidos, comiendo pipas y cacahuetes entre sopa de pollo y sopa de pollo. Cierto, vengo de hacerles la visita. Aunque me hubiera encantado mezclarme con la gente local durante toda la noche, el descanso y un mínimo de higiene son sagrados a día de hoy, por lo que finalmente aceptamos encantados el ofrecimiento de nuestros vecinos, una pareja de ingleses que viajaban sin compañía y que nos han invitado a ocupar dos literas libres en su habitación. Fue un sí sin dudas, por lo que el viaje ha sido finalmente más liviano de lo previsto. Eso sí, a pesar de haber disfrutado de una experiencia auténtica, no deja de ser un acto de masoquismo pagar más de 25 euros por persona por una litera en este ferrocarril. En el dragón inquieto que es hoy Vietnam, completar el mismo recorrido en avión nos hubiese salido por el mismo precio, o incluso menos. Esto último, la posibilidad de volar entre Hanói y el centro del país por 20 euros, lo descubrimos con los pasajes ya comprados. Es por eso que os cuento la historia, sin torcer el gesto (demasiado).

Nota para el viajero
*En nuestro caso compramos los tickets en la misma estación de trenes un par de días antes. Ya no había plazas disponibles para el tren nocturno en camas con colchón, las Soft sleepers. En los otros compartimentos, los nuestros, hay seis literas. Algunos vagones son relativamente nuevos, pero otros, como el que nos tocó a nosotros, son bastante antiguos. La higiene no es especial, si bien se puede soportar. Como comentaba, es pagar por la experiencia de viajar en tren en Vietnam. Compañías aéreas de low cost como Jetstar ofrecen trayectos internos a precios incluso más bajos.

Bahia de Halong. Un imprescindible, malgrat tot

Lucas tenia raó: malgrat tot -el turisme de masses-, la Bahia de Halong és un imprescindible en qualsevol viatge mitjanament complet a Vietnam. En el nostre cas, hem passat dos dies sense veure el sol, navegant entre les boires en una mar bruta i saturada de creuers; amb una temperatura més bé baixa i el confort mínim. I amb tot, ha merescut la pena. I és que un paisatge com el que hom troba ací no és assimilable a res que un puga imaginar. En fotos (i sense quasi llum):

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Nota per al viatger
*Hi ha centenars de creuers de dos dies, una nit, per la Bahia de Halong. Tot i que també es poden contractar a Halong, mereix la pena fer-ho des de l’hotel a Hanoi. Et recullen al mateix hotel en microbus, per a un trajecte de 4 hores per carrtera. En arribar a la bahia et porten al bot per a començar amb eel dinar. La majoria de creuers fan el mateix recorregut, que inclou visita a una cova i accés a un mirador, potser el segon dia. També activitats com un curs de cuina o kayak. A banda de l’allotjament, les menjades estan incloses a excepció de les begudes. En el nostre cas, vam optar per un creuer de gama intermèdia, que ens va costar 220 dòlars als dos -descompte obligatori inclòs-. El vaixell no era massa gran, ni nou, però el menjar era acceptable i l’habitació molt bona. El llit era nou, disposàvem de climatització i un aseo privat. Net. Amb tot, hi ha creuers per 50 i 60 dòlars. En aquest cas i mirant des de fora els vaixells, diria que val la pena pagar un poc més si hi ha l’oportunitat. A l’altra banda, hi ha ofertes molt més cares, però es nota al servei. Ja de tornada, coincidim amb dos britànics al tren nocturn cap a Hué, que han fet la mateixa excursió. Ens comenten que han anat a una zona sense quasi vaixells ni turistes i que s’han pogut banyar amb una aigua ben neta. Els extranya que els parle de brutícia i diuen que el menjar a seu bot ha estat excel·lent. Éren només sis viatgers a bord. Han pagat 220 dòlars per persona. Finalment pel que fa a l’oratge, gener és mala època per a visitar Halong. El cel acostuma a estar cobert i la temperatura varia ente 15 i 20 graus. Però aquesta no és una elecció possible, per a la majoria de viatgers.