Category: Viatges/ Viajes

Hanói se mueve (demasiado rápido)

Visto lo visto, cuesta creer que hace un par de décadas fuera extraño escuchar el rugido de un motor por las calles del centro histórico de Hanói. Hoy no se oye prácticamente otra cosa que el sonido atronador de las miles de motocicletas que atraviesan las 36 calles de la ciudad antigua, prácticamente las 24 horas del día. Aunque cansino, y a ratos peligroso para el forastero, dar un paseo por la zona es todo un espectáculo. Os dejo una galería intentando captar, a mi manera, el dinamismo exagerado que he percibido:

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Nota para el viajero
*Aunque en riesgo de convertirse en una urbe insufrible, bajo mi punto de vista, Hanói es mucho más que un lugar contaminado. Como no sé si algún día tendré oportunidad de ofrecer otras perspectivas (tengo cientos de fotos en la cartera), os recomiendo una visita a la web de Vietnamitas en Madrid. En concreto, a su post genérico sobre Hanói y al relativo a las motos en Vietnam. A mi me han sido de gran ayuda.

Hanoi. Un encontre inesperat

A la nostra arribada a Hanoi, fa un parell de nits, vàrem tindre un creuament de mirades molt especial. Fou a un restaurant tradicional del centre. El fet de vindre a Àsia en un viatge de cinc setmanes ens permet buscar llocs per menjar millors que els que trien la majoria de viatgers de llarg recorregut, amb pressupost ajustat, si bé el mateix motiu no ens fa possible escollir un restaurant de gama alta de seguit, tal i com fan els turistes més acomodats que viatgen per uns dies. Sense fer ascos, ni Mariola ni jo -especialment en el meu cas- som grans aficionats a la gastronomia asiàtica, pel que en aquesta primera ruta, diguem-ne, estem fent una aproximació a la veritat. Això suposa que, una vegada arribats a una ciutat tan peculiar com Hanoi, necessitem els 20 minuts de rigor, per a passar una revisió ocular prèvia als locals que més ens criden l’atenció per a menjar -ajudats per descomptat per la nostra guia-. Ens interessen, generalment per aquest ordre, condicions higièniques -ens anem flexibilitzant-, preu ajustat i menú. L’altre dia, la nit de debut a Vietnam, estàvem necessitats d’alguna cosa realment bona, pel que no ens vàrem conformar amb el primer xiringuito recomanat per la Lonely. Teníem gana i vàrem buscar restaurant a consciència. Després de dos quarts de passejar carrers amunt i avall, finalment ens vàrem decidir per Pineapple, un petit i acollidor restaurant, net i amb una carta variada a preus convenients. Un Top Choice, una elecció günstig que en dirien a Munic. El bueno, bonito, barato de tota la vida. El que jo ara contaré sembla una exageració, una casualitat infinita, però és una història verídica, fou la nostra sort. Allà estàvem nosaltres sopant, meravellosament per cert, els nostres plats de pollastre, pato i arròs. Gaudint d’una cervesa Tiger envoltats per clientela occidental. El local, petit, estava sol·licitat, i les dos cambreres s’afanyaven a servir somrients les comandes des de la cuina, travessant l’estret passadís que la separava del menjador en una forma constructiva molt característica al centre històric de Hanoi. Al carrer, com no, el soroll era fortíssim, amb tot de motos, taxis, bicis i joves locals gaudint de la nit de dissabte. Molta polseguera, escenari gris. És a dir, tot allò que un imagina quan pensa en una metròpoli asiàtica. No hi havia finestres, ni portes, sinó que estàvem en contacte directe amb el carrer, pel que Mariola veia directament el que ocorria a l’exterior. De sobte, la vaig veure somriure sense motiu aparent, bocabadada. “Què fort!”, va exclamar. I es va alçar de la cadira com per a tractar de seguir amb els ulls al personatge tan especial que acabava de veure. No va fer falta, aquest es dirigia cap a nosaltres. Finalment, fins i tot va entrar a sopar al mateix local. No vaig arribar a temps de poder fotografiar-lo, ni de demanar-cap autògraf. Llàstima. Només el vaig veure fugaçment creuar l’habitació, entre les cames dels nostres veïns de taula. Arrimat a la paret, per a no cridar massa l’atenció, directe a la cuina. Era gran i es desplaçava tranquil, sense pressa. Jugava a casa. Mai havia vist un ratot tan elegant.

Luang Prabang. Imantados

Cuentan que la fuerza que ha tomado el turismo en Luang Prabang es tal que no pasa un mes sin que abran sus puertas un par de hoteles y casas de huéspedes. No lo pongo en duda, si tenemos en cuenta que unos tres millones de turistas extranjeros visitaron Laos en 2012 y la antigua capital real es uno de sus principales atractivos -si no el que más-. No obstante, y mientras no cambien las cosas, Luang Prabang se presenta ante el viajero como una ciudad a la vez vibrante y relajada, genuina, en la que todo arranca antes de que llegue el sol con el desfile de los monjes -ceremonia de las limosnas-, para acabar precipitadamente al rozar la medianoche. Tras el cierre del mercado nocturno, hacia las 11, la ciudad enmudece por completo y el viajero, al menos los más tranquilos como nosotros, encuentra con facilidad el descanso deseado. Esa fue nuestra breve experiencia en lo que sin duda a estas alturas de viaje se ha convertido en la sorpresa más grata. Porque cuando uno lee sobre un destino al que se acerca, imagina, y a su llegada sus sensaciones pueden corresponderse, o no, con sus sueños. En nuestro caso, Luang Prabang nos enganchó hasta el punto que nos hubiésemos quedado allí disfrutando una semana, relajados a orillas del Mekong. Sus callejuelas salpicadas de jardines tropicales, su arquitectura colonial, los restaurantes y bistros franceses, los jóvenes monjes callejeando a todas horas escondidos bajos sus paraguas, sus templos, las sonrisas, el mercado nocturno o el río, todos ellos nos resultaron escenarios encantadores que parecían emerger de otro tiempo. No olvidaremos el trato recibido, ni mucho menos la fantástica comida del restaurante L’Elephant, el primer capricho verdadero de este tour. Hubiésemos querido tomar una bicicleta para pasear por la ciudad o tener el tiempo para adentrarnos en la jungla en busca del Laos más profundo, o de lo que queda de él. El camino nos trajo, en cambio, a la capital del país, la también colonial y bastante más ajetreada Vientián. Desde aquí, esperando embarcar en nuestro avión a Hanói, escribo este post. Con suerte, en el siguiente destino tendremos la oportunidad de poner el freno de mano y disfrutar de cuatro días sosegados.

Unas fotos:
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Nota para el viajero
*Es importante tener en cuenta que el buen clima de la temporada seca -de noviembre a marzo- es un factor determinante a la hora de disfrutar plenamente de Luang Prabang, con sus innumerables terrazas. A nosotros nos acompañó el sol y, quizás, un pelín demasiado de calor. Hay cientos de opciones de alojamiento, de todos los precios, con un estándar de calidad bastante superior al que encuentra en Laos y el norte de Tailandia. Cada día inundan la ciudad cientos de viajeros, sin que por ello se haya desdibujado a día de hoy la esencia de esta pequeña ciudad de 70.000 habitantes. Es fácil suponer que la declaración de Patrimonio de la Humanidad ha contribuido a una conservación y protección importantes. Quizás también es cosa de las dificultades de acceso, pues existen tres únicas vías y no son especialmente sencillas. La primera son los botes que bajan el Mekong desde el norte de Tailandia, para lo que se necesitan entre siete y 30 horas -la alternativque nosotros usamos-; la segunda es por carretera desde Vientián, la cual requiere no menos paciencia, ya que son unas doce horas de viaje por la selva por la única carretera disponible, siempre tortuosa y a ratos directamente peligrosa; la tercera y más confortable es también la más cara, puesto que se trata de la alternativa aérea, mediante el aeropuerto internacional de Luang Prabang. Ofrece vuelos a Hanói, Vientián o Bangkok.

Laos. Tres conceptos: VIP, wifi, eco

Tan solo llevamos unos días en Laos y no conocemos prácticamente nada de cómo es este país y su gente. No obstante, después de ser abordado en la calle unas 20 veces por minuto, observo de la importancia de algunas palabras, que la gente de esta antigua colonia francesa parece haber interiorizado para conquistar el corazón del gran hombre blanco. Éstos son los tres vocablos que más me llaman la atención:

VIP. No hay autobús o servicio de transporte público que se precie, que no tenga una versión Very Important Person. Si hablamos de un tuk-tuk o una moto, más vale obviar este añadido si no queremos desperdiciar nuestros ahorros. Ahora bien, de cara a contratar un trayecto largo en autobús es una garantía de confort. Por unos euros, un servicio VIP te permite disponer de más espacio para estirar las piernas en el bus o, a veces, llegar más rápido a tu destino.

Wifi. Ya estaba advertido, de hecho algunos amigos habéis venido comentando este tema en el blog, ahora simplemente incido. Hoy es Luang Prabang, ayer fue un poblado perdido enmedio del río, mañana será la capital Vientián… no hay bar, restaurante, hotel o Guest House de mala muerte que no ofrezca gratuitamente la posibilidad de conectar a internet a través de una wifi. La velocidad no es siempre la óptima pero lo que importa es el concepto, que diría Manquiña. Siempre gratis, a veces incluso sin proteger -cada vez menos frecuente-.

Eco. La más bonita, aunque actualmente es la menos fiable de las tres etiquetas. Alguién les debe haber explicado a estas pertsonas que a los europeos les preocupa mucho una cosa que se llama medioambiente. Desde el día que eso debió de suceder, cada vez son más los producos y servicios que se ofrecen al viajero con esa marca. Aquí se venden tours eco, ecoresorts, eco transportes o eco menús, por citar algunos ejemplos. Que nadie se espante si luego el guía del tour ecológico acaba tirando botellas de plásico en la jungla, en medio de un trekking. Y que a nadie se le ocurra pensar en una reprimenda, no sería justo, pues nosotros con nuestras carreras universitarias y nuestras grandes conciencias no somos, para nada, diferentes. Eso sí, por lo general pagar un sobrecoste por un producto responsable en Laos, no suele ser garantía de nada.

Poco más, después de día y medio relajados en Luang Prabang, entre monjes y buena onda, es la hora de seguir con la ruta hacia Vientián. Otro día si eso me pongo con otros conceptos vitales para el laosiano, de cara a engatusar al turista, del tipo waterfall, tuk-tuk, pretty lady y otras cosas ciertamente más turbias.

*Por cierto, según compruebo todos los conceptos citados y sus significados son válidos también para el norte de Tailandia.

Laos. Pel Mekong cap a Luang Prabang

A reveure Tailàndia, sabguaidi Laos. Dos dies i mig de camí després del darrer post, comencem ara el segon dia de viatge en vaixell pel riu Mekong, al seu pas pel nord de Laos. A diferència de Tailàndia, aquesta no és terra de homes lliures, sinó resquici de República Popular, altre temps tros d’Indoxina, el país més despoblat i el més pobre, dels quatre que anem a trepitjar en aquesta breu incursió pel sudest d’Àsia. Sí, curt i superficial, així veig en estos instants el nostre viatge d’ara després de compartir el sopar d’anit amb quatre viatgers de volta al món, motxilla a l’esquena i presupost ajustat, de veritat. Interessants històries, interessants perspectives. Amb tot el temps del mon per davant. Bé, recuperant el fil d’aquest post, escriure aquestes línies pentinat per la boira i el vent suau que bufa per sobre del riu Mekong al dematí és senzillament recomfortant. El nostre vaixell, com la immensa majoria dels que remunten i abaixen el riu en aquestes latituds, és una embarcació estreta i allargada, sense tancaments laterals però amb un sostre de xapa que ens protegeix del sol. Tot rovell i bona voluntat. Seients nous recentment col·locats, que semblem haver arribat aquí arrencats d’algun tren retirat de la circulació a Europa. De malnom, el vaixell és conegut com slow boat, pel que podeu imaginar que la velocitat no és un tema prioritari. De fet, si comentava que estem al segon dia de viatge és, lògicament, perque la d’avui és la segona ració d’un mateix plat: set hores de trajecte, mentre hi ha sol, durant dos dies fins completar la unió entre el nord de Tailàndia i la ciutat sagrada de Luang Prabang, segurament un dels tresors més interessants de la zona. En total, som unes 180 les persones que estem fent al torn aquest recorregut de dos dies pel riu, en dos aparells. Al nostre, com a l’altre, viatgem uns 70 estrangers, per només una vintena de locals. No sé com ho hauran pagat ells, a nosaltres no ens ha costat barat, si tenim en compte que hem pagat 240.000 kips per cap -uns 24 euros-, segurament més del que guanye un cap de família en una semana. Pel que fa a magnituds, en trajectes com aquest són totalment secundàries. Però per a que vos feu una idea, estem parlant d’una distància apoximada de 200 quilòmetres, recorreguts al segle XXI de la mateixa forma que un parell de segles enrere. Per acabar, aprofitaré la menció temporal per a tractar de dibuixar els pobles que ens han eixit al pas des que vàrem entrar al país, ahir al matí. El primer fou Huay Xai, porta d’entrada a Laos via Chiang Rai. Aquesta petita ciutat, abocada al riu com totes, s’ha convertit en una parada obligada per a motxillers vinguts de tot el planeta. O el que és el mateix, va farcit de cases d’hosts i restaurants al carrer, mentre el punt de control fronterer i l’oficina de canvi són una autèntica olla a pressió als matins. Tenen una oficina bancària amb caixer automàtic, símptoma inequívoc de modernitat, si bé el que realment despertà el meu interés va ser veure per primera vegada els mostradors de bolleria francesa -influència del passat colonial- al carrer, els bitllets de 100.000 kips -un euro-, així com els carrers sense asfaltar atrafegats a parts igual pel pas de camions, tuk-tuks, persones, gossos o gallines. Ja veieu, salt enrere en el temps, malgrat la contaminació extrema provocada per l’arribada desmesurada del plàstic, els turistes i les operadores telefòniques amb les seues xarxes de wifi. Pel que fa a la primera aturada, el poble de Pak Benk no té cap mèrit més enllà d’ubicar-se a la llera del riu en meitat del camí, pel que s’ha consolidat com parada obligada d’estos vaixells per a fer nit. Ofereix un carrer ple de Guests Houses, restaurants i supermercats en la seua versió més primitiva. Molta misèria, ronya, falsos somriures i uns preus unflats per a treure profit de la situació. L’últim poble que voldria comentar, és el que no hem pogut visitar: les desenes de viles apegades al riu que hem creuat pel camí. Aldees sense accés per carretera, cases de bambú, horts als bancs de sorra del riu, pesca entre les roques. Molt maco i pur, vist en ruta. Bé, són quasi les cinc de la vesprada, i per fi he acabat de redactar aquesta entrada a trompicons durant el viatge, que sembla no acabar mai. Ho farà aviat, ens acostem a Luang Prabang.

*El post l’he publicat ja a la Guest House de Luang Prabang. Al vaixell no hi havia wifi

Ací teniu un parell d’imatges del Mekong:

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Nota per al viatger
*Fer aquest mateix trajecte usant una embarcació privada amb motor ens haguera portat només una jornada i ens haguera costat uns 70 euros als dos. No la recomanen a esta època de l’any, final de l’estació seca i moment en que el riu porta menys cabdal -són moltes les puntes i grans roques les que queden a la vista incrementant el perill del viatge-. Tan important com això a l’hora de decidir-nos pel transport lent fou la contaminació excessiva del ràpid, el soroll o les poques oportunitats que et dóna de gaudir amb la calma d’un paisatge increïble.

Chiang Rai (cap a Laos). Desfets

Sé que vos havia comentat que escriuria dels trekkings a Chiang Mai, però són les 11 de la nit hora local, demà movem a les 5 del matí cap a Chiang Khong i ja són massa dies dormint quatre ratos. No hem vingut a dormir, però ja no puc més. Algun dia -potser en ruta o potser en arribar a casa- reprendré el tema, paraula. Ara bé, no serà demà. Aquest dimecres entrem a Laos pel riu Mekong i a ben segur estarem un parell de dies sense internet, fantàsticament.

Per cert, ara hi som a Chiang Rai, una parada tècnica a mitjan camí de la que malgrat tot n’hem tret profit. En parlem.

Chiang Mai (1). Mercados

Tras dos días en Chiang Mai, segunda ciudad de Tailandia, os escribo subido a un autobús camino de Chiang Rai -tres horas muertas en la carretera para recorrer unos 180 km-. Estamos relativamente frescos, todavía empezando, por lo que todo nos produce un gran impacto, así es que trataré de centrarme en un par de aspectos. El primero, los mercados; el segundo, las excursiones de día completo, vendidas con el nombre de trekking.

Mercados. Mercado nocturno de los domingos
Mariola, generalmente más avispada que yo, sabía lo que se llevaba entre las manos. De ella fue la idea de llegar a Chiang Mai en domingo, en busca del famoso mercado nocturno que se celebra ese día. Habrá quien lo encuentre demasiado turístico, pero sin duda sigue mereciendo la pena. Cientos de puestos callejeros en el corazón de la ciudad, que se convierte en un auténtico hormiguero hasta casi la medianoche -a estas alturas de año oscurece súbitamente sobre las seis-. Algunos son de comida, pero muchos más se dedican a comerciar con artesanía, ropa, recuerdos o arte. También abren algunos templos de la zona, mientras que no son pocos los lugareños que aprovechan la situación para montar algún tipo de show callejero. A sabiendas de que nos queda mucho camino, como para cargar aún más las mochilas, no pudimos evitar hacer algunas compras: unos pantalones bombachos para Mariola, unas chanclas, un par de cuadernos de notas artesanales y unas bolsitas de tela. Diría, tirando por lo alto, que invertimos unos 10 euros, en total, antes de retirarnos a nuestra Guest House con el fin de fiesta.

Mercado de la puerta de Chiang Mai
Previamente a la visita del mercadillo nocturno, todavía a mediodía, tuvimos la oportunidad de ver uno de los mercados de alimentación de la ciudad, el del centro histórico. Sé que lo de ayer solamente fue una primera toma de contacto, que no es nada para lo que queda por venir, pero no por ello quedé menos impresionado. Era mi primera vez en Asia, la primera vez que veía y olía algo parecido, más allá de los reportajes de la tele, y eso es mucho para el paladar acomodado de un europeo medio. Podría hablar de lo de los bichitos fritos -de gambas a insectos pasando por saltamontes y otras cosas por el estilo- o de las sopas, de la peste que suelta el arroz hervido cuando lo conservan embolsado, pero esas cosas únicamente despertaron mi curiosidad. Lo que difícilmente olvidaré son otras sensaciones. El olor, camino de la putrefacción, de la sección de carne cruda, es un buen ejemplo. Mariola dice que allí no había nada putrefacto, que era cosa de la sangre seca, de la ausencia total de neveras, o bien de las mismas vísceras y órganos vitales de los animales a la venta. Cierto. Junto a estas paradas, se agolpaban los restaurantes improvisados, así como tiendas que nada tenían que ver con la venta de la carne, algunas de ellas de piezas de tela. Impactante también el color de las frutas y verduras o los señores -por lo general descalzos- acostados en las mismas bancadas en las que venden sus productos, al final ya de su jornada de trabajo. En fin, ya lo veis, podría consumir todo este trayecto en bus, con sus tres horas, describiendo sensaciones difíciles de explicar, por no tener referencias en nuestro imaginario colectivo. Tampoco es plan de angustiar innecesariamente a nadie. Para no inducir a error, simplemente añadiré que, en realidad, quedamos fascinados.

Para acabar dos apuntes: en primer lugar, solo tuvimos dos pinceladas de los mercados de Chiang Mai, ya que hay un mercado de abastos en cada barrio. El principal está en la zona este, fuera del recinto amurallado del centro y junto al río. No muy lejos anda un bazar nocturno, menor que el mercadillo de domingo, que abre todas las noches. En segundo lugar, en nuestro caso llegar domingo fue un acierto pero no nos hubiese venido mal tener una reserva previa para el alojamiento, ya que no fue tan sencillo encontrar Guest House. Muchas de ellas, las mejor valoradas en internet, ya estaban completas.

Ah, ¿lo del trekking? Está noche os pongo un post desde el hostel. En este momento estamos a punto de apearnos en nuestro destino.

Ahí van unas fotos relacionadas, las que me deja cargar el iPad:

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Bangkok. Primeras impresiones

A pesar de que sabía a lo que venía, de la preparación mental y esas cosas; de haber leído mil y un blogs de viajes y visto tropocientos reportajes de TV sobre Tailandia, la realidad siempre termina por imponerse, sin entender de manuales de consulta. Así, la sensación a nuestro aterrizaje en Bangkok ha sido de desorientación total, por momentos rayando la frustración -sentimiento por otra parte obligado en cualquier viaje que se precie-. Es lo que tiene el no poder leer ni siquiera los carteles -por mucho que los acompañen normalmente de traducción al inglés- o que te aborden sin parar toda clase de personitas sonrientes, a las cuatro de la madrugada, para ofrecerte mil y un servicios, que además son todos menos el que andas buscando y no encuentras. Al final, y después de varias vueltas en círculo por el aeropuerto y de estar a punto de errar el tiro, hemos dado en el clavo y hemos conseguido embarcarnos en el autobús gratuito en dirección al segundo aeropuerto de Bangkok. El pasarse por Don Muang Airport ha sido porque a última hora hemos cambiado de planes y optado por subir a Chiang Mai en avión. Por un tema de cansancio, pero sin descuidar por ello la economía. Y es que, a parte de canjear un trayecto de diez horas en bus por uno de 1,5 en avión, lo hemos hecho pagando solamente unos 25 euros de más entre Mariola y yo. 75 euros nos han costado en total los dos billetes, mientras que el enlace en bus entre aeropuertos nos ha salido gratis. La culpa de todo la tiene el Ryanair de turno, una aerolínea de nombre Nokair -menos conocida que Air Asia, pero algo más barata-. Eso sí, a diferencia de Ryanair, estas chicas de amarillo -color de la ropa- que se parten el culo de la risa cuando te despachan, nos han dejado facturar gratis 15 kg por persona, nos han facilitado una wifi de acceso libre junto a la puerta de embarque y nos han tratado como personas. Así que, señores de Ryanair, aprendan por favor. En fin, empiezo a bostezar. Tras unas 30 horas de camino y el cuerpo atolondrado por los cambios de hora, me pirro por coger una cama. A ver si hay suerte y arreglamos rápido el asunto al llegar a Chiang Mai.

La segunda parte del post la anoto recién levantado de la siesta, desde el hotel en Chiang Mai y ya recuperado. Solamente añadir que hemos tenido un vuelo sin sobresaltos, en un moderno Boeing 737 con aperitivo de cortesía incluido. Las primeras horas aquí las hemos aprovechado viendo algunas cosas sencillamente maravillosas, pero eso lo dejo para otro día. Para acabar, un último comentario: esto cambiará seguro al llegar a las áreas más rurales, por ahora está lleno de wifis por todas las partes. Muchas de ellas gratis. De ahí que me veáis tan parlanchín.

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Abu Dhabi. Comencem bé

A hores d’ara hauríem d’estar camí de l’estació d’autobusos de Bangkok, per a rematar un primer dia de viatge infernal. Però eixa és només la teoria, en realitat ara mateix fem una mitja becada a l’habitació d’un comfortable hotel a Abu Dhabi. No hem perdut el cap. El que passa és que la mateixa teoria deia que la nostra parada de hui als Emirats Àrabs era només tècnica, com aquell que diu per a transbordament. A la pràctica, que és el que compta, l’avió a Tailàndia porta un retard de vuit hores, pel que encara esperem. Però no esperem seguts, ni malcarats, ho fem amb alegria. Satisfaccions de volar amb aerolínies de veritat. Els senyors d’ETIHAD -companyia que endavant no dubtaria en recomanar- ens han oferit una habitació d’hotel a la ciutat on poder caure morts després d’una nit sense dormir -entre vol i canvis horaris-. Un oferiment que han completat amb el lògic transport a la ciutat i un règim de mitja pensió, amb esmorzar i dinar inclosos. Com som d’aprofitar el temps, n’hem tingut suficient per a dormir, menjar i eixir en busca de la mar. L’hem trobada. Per ara ha sigut el color turquesa de l’aigua i el blanc de la sorra, el millor que ens ha passat, en forma de regal inesperat. Toca seguir camí, que, com veieu, ha començat fantàsticament.

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Nos movemos! (Rumbo a Tailandia)

Fuera hace mucho frío; mañana será otro día

Fuera hace mucho frío; mañana será otro día

Es increíble. Escribo estas líneas, las últimas cómodamente sentado frente a mi gran pantalla, mientras observo a buen recaudo el frío extremo del invierno muniqués. El termómetro dice que fuera estamos a unos cinco grados bajo cero y está nevando. De hecho, no ha dejado de hacerlo, en menor o mayor medida, desde el pasado lunes. Las calles se resienten, la nieve se acumula en las aceras amontonada por las máquinas quitanieves; los transeúntes se deslizan con extraña normalidad entre el piso blanco, congelado; y el tráfico, al menos el de bicicletas, ha quedado reducido a la mínima expresión. Pero lo increíble no es la nieve, hoy las emociones fuertes me llegan vía aeroportuaria. De hecho, este post es el que he venido esperando durante semanas, el que da la bienvenida a la aventura que empieza, por fin, en unas horas y que nos llevará por el sudeste de Asia –Tailandia, Laos, Vietnam y Camboya-. Y no me lo termino de creer por muchas cosas. Por ejemplo, en lo térmico, pues en un rato estaremos aterrizando en Bangkok seguramente más de 20 grados por encima de los que os acabo de contar. O bien en lo lúdico, pues lo que está al caer no solo son las vacaciones más largas de que he dispuesto nunca, sino que llegan después de muchos meses de trabajo intenso e interrumpido. Pero no os voy a engañar –nunca lo hago-, lo que realmente provoca que me tiemblen las piernas en este momento, aunque nadie lo note, es la emoción de embarcarnos en un aventura hacia lo desconocido, pues es la primera vez que salimos de nuestro territorio –léase Europa y Norteamérica-. En fin, basta de sentimientos y vayamos al grano, que se nos hace tarde, especialmente si tenemos en cuenta que todavía no me he preparado la mochila –la de Mariola está cerrada desde el miércoles-. Nos leemos.