Category: Vivir en Múnich
Diari d’Oktoberfest (VIII): des del cel
O’zapft is! I ja van quatre. Pel que a mi respecta, l’Oktoberfest ja no és cap misteri. Més encara el primer vespre. Tarda de presses i correres, gent que va literalment doblada, cues, olor a cervesa, a carn, a peix. A sucre cremat. A pixum i a bilis. Tot barrejat. Remugants, que no remugons. Em resistisc però a tancar els ulls davant la bellesa innata del wiesn. Hui l’hem contemplada des de fora. Des de tant a lluny i tan amunt com he pogut. Hem trobat el que buscàvem a la torre de l’església de Sant Pau. Allà, 252 esglaons i a uns 50 metres per damunt del terra, he patit vertigen i hem vist fer-se de nit mentre desenes de milers de persones bevien cervesa plegades en un esforç multitudinari i un negoci més gran encara.
‘Band of Brothers’ (II): los aliados llegan al Nido del Águila
Tan estimulante como el noveno capítulo, me resultó el décimo y último de la serie Band of Brothers, traducida al español como Hermanos de sangre. Con Alemania vencida ya sin Hitler, la compañía Easy alcanza Austria, no sin antes tomar el mítico Obersalzberg, complejo vacacional de la cúpula del Partido Nazi, en la preciosa región de Berchtesgaden en los Alpes bávaros.
[En este enlace se puede ver la escena completa, con la entrada en el Nido del Águila y en la casa de Hitler en Obersalzberg: https://www.youtube.com/watch?v=jIxsuj93Rzg]
Acostumbrado a pasearme por el denominado Nido del Águila como estoy, el estupendo colofón a la serie, a la que por cierto llegué a través de un viajero, me ha puesto cara y ojos a muchos de los escenarios con que uno se encuentra al dejarse caer por Berchtesgaden y Obersalzberg. También a otros espacios de los que ya no queda resto, como las viviendas de Hitler o Göring en el lugar.
Más información y bibliografía:
Episodio Points, Band of Brothers. Mikael Salomon (director). 2001. HBO
Geoff Walden. Hitler’s Berchtesgaden: A Guide to Third Reich Sites in the Berchtesgaden and Obersalzberg Area. Fonthill Media, 2014; formato eBook: Amazon (inglés)
Web: Third Reich in Ruins, apartado sobre Berchtesgaden (inglés)
‘Band of Brothers’ (I): l’alliberament de Kaufering IV
Sense ser massa aficionat als audiovisuals de caràcter bèl·lic, haig de confessar que ara fa uns dies m’he empassat bocabadat la mítica Band of Brothers, que narra, en clau ianqui però amb una considerable alçada de mires i un cert rigor històric, alguns dels episodis més importants de la part final de la II Guerra Mundial al centre d’Europa, arran del Desembarcament de Normandia. Ho fa a través de les experiències de la companyia Easy, integrada en la 101a Divisió Aerotransportada de l’Exèrcit dels Estats Units d’Amèrica.
Pel fet de ser on sóc, els dos darrers episodis han estat especialment interessants. El primer d’ells és el novè (d’una sèrie de deu) o Why we fight? Amb la guerra pràcticament acabada, la companyia Easy arriba al cor de Baviera, rovell de l’ou del nazisme, i acaba entropessant pel camí amb Kaufering IV, un dels onze camps de concentració engegats al 1944 en la zona de Landsberg am Lech, a només 50 quilòmetres de Munic i del camp de concentració de Dachau.
[Aquest enllaç permet veure l’escena completa: https://www.youtube.com/watch?v=sHcJtU9dr6I]
N’hi ha molt poca informació, presentada de forma nítida per a la gent del carrer, al voltant d’aquestes instal·lacions que en només uns mesos de funcionament es varen cobrar la vida d’almenys 14.000 persones, principalment jueus hongaresos i lituans en el marc d’un penós programa de treballs forçats que tenia per objectiu final l’extermini.
Els camps de Kaufering, construïts a l’estiu del 44, disposaven només de rudimentàries barraques d’allotjament al mig del camp i els presoners tenien l’obligació de treballar-hi en la construcció secreta d’avions de guerra. S’estima en unes 30.000 persones les que van ser empresonades allà.
En desembre de 1944, el camp número IV fou declarat un camp de malalts per un dictamen de Josef Mengele, el que no va evitar que els presoners pararen de treballar però sí que foren tractats medicament i, en els dies previs a l’alliberament, se’ls deixara d’alimentar i fins i tot se’ls acabara abandonant a l’espera que moriren de fam i cremats vius en aquest espai conegut com un crematori en gelat.
L’alliberament, en el que va prendre part la 101a, va tindre lloc el 27 d’abril de 1945, dos dies abans que els aliats arribaren al camp de concentració de Dachau. Els americans varen trobar a Kaufering IV uns centenars de persones famèliques a punt de morir barrejades amb una pila de cadàvers, que els darrers guardes nazis havien tractat de cremar amb benzina només unes hores abans.
Una gran quantitat de personers de totes les instal·lacions de Kafering, havien estat prèviament traslladats a Dachau a partir del 24 de abril, davant la imminent arribada dels americans. Amuntonats en trens o bé caminant, en les denominades marxes de la mort. Una acció semblant es va emprendre des de Dachau en direcció al Tirol, tractant de reduir l’impacte i les proves dels crims contra la Humanitat comesos als camps. Càlculs oficials parlen de 1.000 morts en aquestes marxes a l’Alta Baviera.
Si bé avui en dia són 800.000 les persones que visiten cada any l’antic camp de concentració de Dachau, no hi ha cap memorial que permeta una visita completa i interpretada al voltant del que va passar a Kaufering IV, on directament es va induir a la mort a milers de persones, ja fou de fam, de fred o emmalaltits per les condicions de vida i treball sense que se’ls donara cap tipus de tractament mèdic.
Més informació i bibliografia:
Episodi Why we fight?, Band of Brothers. David Frankel (director). 2001. HBO
Kopleck, Maik. PastFinder Munich 1933-1945. Tras las huellas del pasado, Berlin: Links Verlag, 2007
VVAA. The Dachau Concentration Camp, 1933 to 1945, Munich; Comité International de Dachau
Web: Bürgervereinigung zur Erforschung der Landsberger Zeitgeschichte (alemany)
Las ruedas de Herr Müller
El señor Müller es el vecino de rellano que todo alemán desearía tener: es un hombre correcto, atento y educado, incluso sonriente y si se tercia caballeroso. Un echte muniqués al que en cambio parece le agrada, según sopla el viento, jugar a comportarse como un vero italiano, destilando a partes iguales elegancia y buenas maneras. Como si fuese el autor intelectual del manual del buen alemán contemporáneo, no se lo piensa dos veces si ha de cederte el turno de subida en el ascensor y, estoy seguro, no dudaría incluso en ayudar con las bolsas de la compra a la señora Baumeister, la habitante del bloque más longeva de cuantos lo habitamos, viuda ella desde que se la conoce. La verdad sea dicha, no conozco el oficio de Herr Müller, pero no debe de funcionar mal el asunto. Sobre ruedas, fijo, pues he podido contarle con los dedos de mis manos dos o tres cochazos diferentes, cada cuál mejor que el otro. Por concretar: un Porsche Carrera clásico, un Audi Q5 y otro más de estilo familiar y fabricación alemana que, ante la categoría de los dos primeros, no ha terminado de llamar mi atención como para recordar el modelo. Falto como anda de vehículos a motor, Müller, hace unos meses, bastantes, que nuestras vidas se cruzaron. Nosotros ofrecíamos por entonces en alquiler la plaza de garaje que nos corresponde por habitar en la finca, él ya sabéis lo que necesitaba. Lo de rentar nuestra plaza de estacionamiento guarda relación con la ausencia de automóvil propio durante mucho tiempo en este país. Para formalizar tamaña operación pedimos permiso a la administración de la finca, formalizamos un contrato y terminamos estrechando nuestras manos en un encuentro que pareció dibujar una sonrisa eterna del tal caballero hacia la parejita de españoles con los que se ha venido cruzando durante muchos meses en la calle. Siempre con una sonrisa, siempre comportándose como un señor de impolutos modales dignos de la mejor de las castas bávaras . “¿Cómo están los spanier?”, nos decía; “Cuándo necesitéis la plaza no olvidéis que es vuestra, me lo decís y la recuperáis sin problemas”, recuerdo que comentó el día que extendió su firma, junto a la de Mariola, en un papel que así lo reflejaba. Y de aquellas brisas, estas tempestades. Tras un año de armonía que se demostraría a la postre fingida, un buen día decidimos comprarnos un coche y recuperar lo nuestro. Para entonces, el señor Müller, muy molesto ante la dificultad de encontrar cerca de casa un nueva guarida para su Q5, decidió borrar para siempre su sonrisa impostada ante nosotros, para cambiarla por una jeta mucho más austera y fría, cojonera. Comenzó por protestar enérgica y estérilmente ante la administración de la casa ante lo que él consideraba una tremenda injusticia; siguió por releer y releer el contrato suscrito hasta dar con el párrafo en el que se cifraba en tres meses el plazo de desalojo del bien inmueble en caso de necesidad por parte del arrendador; nos dio largas durante un trimestre tras el aviso y, finalmente, nos liberó el espacio. Para entonces su saludo se había convertido en inexistente e incluso dejó de responder a nuestros e-mails. No hay que olvidarlo: somos desconocidos. El día que nos retornó la llave del garaje la dejó directamente en el buzón, el trámite no merecía ni un mísero saludo, ni un cara a cara, innecesario e infructuoso. En todo caso, todavía faltaba un pequeño regalo por descubrir: al entrar en el parking pudimos comprobar que el señor Müller había olvidado retirar cuatro ruedas viejas y polvorientas de nuestra plaza. Con sus correspondientes llantas, tan estropeado todo como para no poder hacer nada bueno con ello. Al llamarle a tal efecto negó la mayor y, no solo eso, sino que insinuó que en todo este tiempo, por cortesía, no había querido denunciarnos por dejarlas abandonadas. He tratado de explicar el asunto a quien correspondía durante semanas pero finalmente no ha habido nada que hacer. Este fin de semana, por los cojones germanos de Herr Müller, habrá que ir al wertstoffhof a tirar a la basura su regalito. Como en realidad solamente entraba en el portal para acceder al aparcamiento, hemos dejado de cruzarnos con él en la calle, imagino que la próxima vez que lo veamos paseando por el barrio lucirá mucho más sonriente.
I agost va com bé
Un dia t’alces pel matí i veus el cel gris. Penses que no passa res, que prompte tornaran el sol i l’alegria. El dia següent tornes a despertar-te al llit i a veure com una manta grisa tapa de nou el cel. T’ho prens una mica pitjor. I un altre matí, i un altre més i un altre darrere de l’altre. Al final del tot fins i tot cauen les temperatures, i la moral, més d’un es refreda, venen les mànigues i les cares llargues; és una roda que ens acaba engolint-nos a tots. Ha sigut agost, l’horrorós, gris i gelat agost de 2014, espere que no siga l’agost bavarés a seques, perque no sé si ho podria suportar per norma. De fet, no sé com passarem l’hivern, si abans que arribe no gaudim d’un estiuet de Sant Miquel al setembre. No ho tinc clar. Tan de bo.
El que vos espera
Xiquets, en només deu dies us tenim ací. Si vos dic la veritat no he tingut un segon en els darrers dies per respirar tranquil, menys per a preparar el que vindrà. No cal, paraula, ho passarem d’allò més bé. El que sí em té fart és l’oratge. No vos puc prometre res. Quin estiu més fastigós, parle del temps, estem tenint enguany a Munic. Els til·lers ja han començat a reballar la flor al terra, els més matiners es preparen per a fer el mateix amb la fulla, i encara no hem tingut ni dos dies seguits de sol i calor. Els matins en gris permanent han fet dels de tempesta una meravella. Vint-i-cinc graus i una bona estona de sol és tindre sort. La temperatura ideal del viatger, direu. Cert, menys del que demana llac i riu. Ja sabeu que jo en sóc un fanàtic d’això. Ahir no em vaig poder banyar al llac, però quina por que vaig passar al cotxe. Així d’entrada diria que no havia vist caure una tromba d’aigua tan forta des de fa molts anys. Aquaplàning a l’autopista A95. O més aigua en trenta minuts de cortina al volant que en un trimestre de calendari alcoià de secà. Por. El riu, normal, ens baixa tan brut que ningú no s’atreveix a ficar-li mà. Ni en dies de sol i basca com este divendres. Quinze o vint desgraciats van tindre que ser evacuats l’altre dia de l’Isar per Protecció Civil, fent l’imbècil. Brut? De brossa ben entesa, natura, que no de merda humana. Però així no dóna gust. Les coses poden canviar. Hui tenim Llorenç, demà sembla que tornen els trons. Com la setmana vinent. Per ganes no serà, si l’oratge ens ho permet passarem uns dies fluvials, de bicicleta, de cervesa al aire lliure, o biergarten. A vore si és veritat. Per ganes no serà.
Aigua, sol, aigua
Este juliol sembla que l’estiu va i ve. La setmana que entra toca aigua, frescor i gris. La passada, sol, calor i color. I com estem al cas, que allò bo que tenim hui potser no ho gaudirem demà, no desaprofitem ni un segon del nostre temps lliure quan cau a blau. Diumenge, dia de canvi d’aires, vàrem passar un dels millors matins en companyia des que som a Munic. Sense dubte. Feia molt de temps que tenia ganes de baixar el riu, i ahir fou el dia perfecte. Als bavaresos els agrada pensar que l’Isar i el seu entorn natural són una mena de Baviera canadenca: pins, aigua clara, peixos, silenci. Haig de dir que no conec el tram inicial del riu, allà per on encara baixa, pur, acompanyat de les muntanyes, però a mida que s’acosta a Munic, no parlem ben bé del Canadà. Els pins, els peixos, l’aigua neta no desapareixen del tot, però les barques de plàstic i els domingueros canvien de colp el panorama. I la brossa, ahir vaig notar una cosa que no havia percebut des de fa temps: que el riu com més cap a la ciutat, més brut i cada dia més. Poca broma, pronostique un major control de la llera de l’Isar en breu, doncs aquesta gent, per sort, no fa broma amb segons quines coses. Que no acaben per prohibir alguna que altra activitat de les que més ens agraden. Per exemple, les barbacoes. Maleit costum imbècil el de deixar al terra les botelles de vidre buides. “Vindran i les arreplegaran, que el vidre és negoci”. Qui? Encara haurem de donar gràcies als desgraciats. La nostra baixada del riu, però, fou una mena de reunió d’amics. Un matí en barca de plàstic que em va fer sentir per moments com un xiquet de deu anys jugant a un parc d’aigua. El que no he fet mai. Oci, se’n diu, i a vegades fa que no et sentes ridícul quan fas el ridícul, o que respires tranquil després d’una setmana complicada. Massa a gust i tot, algú va perdre la meitat de l’equipatge fent el bleda. I quin bleda de riu, per cert. Què poca força i que poca aigua que porta. Per sort per a nosaltres. Entre els banyistes de diumenge que ens miraven bocabadats des de la vora, molta gent nua com sempre. Impossible a casa nostra. Llibertat, curiosa llibertat en casa d’aquesta gent que a dies em sembla tan reaccionària. A mida que el dia avançava, el gris anava guanyant terreny. No com per a aigualir-nos la festa, però sí com per a recordar-nos que nos ens podem encantar. Dia que passa, dia que no torna. Aquesta és la idea en aquest el nostre estiu, i ja van a tres, a Munic.
La celebración (en Múnich del cuarto mundial de fútbol para Alemania)
Viendo la reciente paliza histórica a Brasil, y a Messi arrastrando las patitas por el campo desde hace meses, la victoria de Alemania parecía cantada. Costó lo suyo, pero al final la cantaron. Ciento doce minutos tuvieron que esperar, en concreto, para poder descerrajar a los argentinos. Götze, gran jugador y mejor niñato, tuvo su iniestazo. Y Alemania su cuarto título del mundo de fútbol. Fútbol, bonito palabro intercontinental. Al Weltmeister quería yo llegar. No todos los días se está en Múnich viendo ganar la Copa de Mundo a Alemania. Tal cual: pitido final y a la calle. Richtung Marienplatz. Sospecho que nosotros salimos precipitados, medio empujados por la llegada de la medianoche, un poco porque hoy se trabajaba y otro tanto porque esperar a la recogida de la copa y el abrazo a los jugadores de mutti Merkel nos la sudaba. Al llegar a la plaza, un panorama muy muniqués. Doscientos tipos aparentemente muy contentos más tiesos que la mojama, aunque debidamente uniformados; un montón de banderas; a tope de birras, y cuatro exaltados manejando el cotarro del aburrimiento supino. Eso sí, quince furgones de policía y madera, mucha madera. Hasta uno de los maderos filmando en directo las alegrías de los radicales. Estaba claro que ese no era el lugar de la celebración. Siguiendo a la marabunta, nos dejamos empujar hacia Odeonsplatz y la Ludwigstrasse. Cinco minutos más allá alcanzamos por fin el punto de encuentro. Ahora sí. Lo supimos por el incremento de dos coma cinco puntos en la intensidad del ruido y por el gentío. Y pare usted de contar. Allí no estaba Reina llamando al camarero a por una de mero, ni tampoco la brasileña del Cafe Munich que baila a piñón fijo hasta que la desconectan, ni el brasas argentino, ni una maldita carroza, ni otro disfrazado de Merkel, ni, ni, ni… Dejad de imaginar espectáculos, es inútil. Festival de la sosería que no lo anima ni un campeonato del mundo ni leches. Bueno, unas ostias igual si lo hubiesen animado, pero para eso hacen falta muchas helles y en domingo por la noche, ni esas. Volviendo a la realidad. Lo que vimos caminando entre la Odeonsplatz y el Siegestor fue simplemente a la muchedumbre. Un carril teutónico que subía para arriba a grito pelao. Deutschland! Por eso les reconocía uno la alegría. Bueno, por eso, por el olor a cerveza, las banderas y las camisetas, bla, bla, bla. Nada de bailar. Nada de descojonarse. Nada de grandes alardes de alegría. Que esto no es Mamaluf, señores. Otro rato entre el gentío y por fin nos tropezamos con un malo, malo, malote. El que colgó la bandera gigante del semáforo. Ante el Arco del Triunfo. Tuvo que intervenir la Polizei, siempre al acecho, que se nos va de las manos. Al rato otro tiró una bomba de humo. Aquí otro más, el ingenioso, que se ha fabricado una réplica gigante de la Copa del Mundo. Es que son la monda. Y el de la vuvuzela, con menos ritmo que Ximo Bayo pasado de farlopa. La fiesta se animaba, en todo caso. Una pavita, atrevida ella, se subió al fin a lomos de su noviete y agitó su banderita. Todo en diminutivo, como su voz de pito, imprescindible para una jovenzuela muniquesa recatada. Pero que contentos estamos hoy. Y somnolientos. Hora de ir a dormir, la noche avanzaba a raudales y las bocas de metros no paraban de escupir a celebradores. No había para menos. Más en condición de observadores internacionales, en una especie de lección aplicada de antropología, entramos entonces en fase de hartazgo. Modo retorno a casa on. De vuelta, pasada la una de la noche, la masa parecía acompañarnos calle de Luis abajo. Veredicto: aquello, lo de Múnich, fue más bien una especie de pasarela de camisetas de la mannschaft en la que los gritos estaban permitidos, incluso bien vistos. Y poco más. Pues eso, todos pa casa, nosotros y ellos, que mañana hay que trabajar. Pero que les quiten lo bailao, y cuatro años de orgullosos devoradores de sesos que no serán argentinos sino germanos. Porque mia san Weltmeister. Antes de acabar, un matiz: no os quede la menor duda, yo que me alegro. Lo que pasa es que pongo contento a la muniquesa, como muy comedido.
Celebración Mundial de Fútbol 2014 en Múnich from Jordi Orts on Vimeo.
‘Urlaubfahrer’, chusma e incautos
(Guiller, fes el favor de llegir-te el text sencer; este és el de la furgona)
Ayer cerramos un círculo que abrimos hace exactamente diez meses. Para ser sinceros, el asunto empezó como terminó, aunque para entonces no fuéramos conscientes de ello. El señor Kubal, un turco asentado en Alemania desde décadas y cuya cara parecía señalar un camino lleno de buenas intenciones, nos vendió su coche vacacional. “Ich bin ein Urlaubfahrer”, nos dijo el día de la venta. ¿Un Urlaubfahrer? Un conductor de vacaciones, que, en este país donde el auto es seguramente tras la familia y la vivienda el bien más preciado, nos señala a un señor, preferentemente de clase baja, que ha comprado un coche para ir de vacaciones a su país y tras las mismas lo quiere vender. A Turquía fue la familia Kubal con su flamante Volkswagen Multivan T5, ocho años de viejo y casi 200.000 kilómetros a sus espaldas. 15.000 euros pagaron por la máquina; unos 12.000 sacaron con la venta a dos españolitos con dinero fresco. Nunca nos sentimos engañados por el señor Kubal, por mucho que a las primeras de cambios descubriéramos que se equivocó al decirnos que el auto tenía la pegatina verde, una suerte de confirmación para conducir por las grandes ciudades alemanas, la cual es otorgada tras la instalación de un filtro para reducir las emisiones de gases contaminantes en los vehículos de motor diesel. Primeros 1.000 euros imprevistos. No quisiera desviarme tan pronto, en todo caso, de los Kubal. El cabeza de familia era un hombre risueño, con un denso bigote, mediana estatura y tez rosada. Unos 50 años, aunque aparentase ser mucho mayor. Tanto él como su mujer, de verdad, parecían buena gente, ella tristemente confinada en su pisito del único barrio obrero de la prosperísima Ingolstadt. “Cualquier día nos vamos a Turquía”, parecía indicar su mirada, más bien melancólica. Tenían dos hijos. El mayor se encargó de preparar el contrato de compra-venta del coche. Su padre daba la sensación de no saber escribir. De cuna, era un chaval risueño, más bien menudo y aparentemente educado. Pero las apariencias engañan: lo encontramos de casualidad, pues el negocio lo cerramos justo un día antes de que entrara en un reformatorio por una temporada. “Cosas de chavales”, dijo el padre, aunque la madre añadió que se libró de la prisión solamente por ser menor de edad. Al hijo menor no lo llegamos a ver, únicamente olimos sus babas secas en el asiento trasero de la furgoneta. Era un chico con parálisis cerebral y movilidad reducida, que pasaba más tiempo en el hospital que en casa. Seguramente fue el motivo de la compra, unos meses antes, del coche. No sé con qué dinero lo habían comprado, ni me importa, pero recuerdo la confesión de herr Kubal: me dijo que en Alemania era posible llevar una vida digna a pesar de no contar con trabajo, como era su caso desde hacía varios años. Una familia marginal a la que guardo cierto cariño pese a que hicieron un negocio redondo con dos incautos como nosotros. Redondo y avanzamos en círculo. Para Navidad el coche superó su prueba más difícil sin rechistar, ya que con él recorrimos sin problemas (técnicos) los casi 4.000 kilómetros de distancia que separan Múnich de Alcoi, ida y vuelta. Pronto, en todo caso, empecé a escuchar ruidos al volante donde antes no los había y, peor, temprano llegaron los avisos. El primero, el oficial de la VW en la misma computadora de la Multivan que nos exigió una revisión del coche por los 220.000 km. Para entonces, ya por marzo, nos dimos cuenta de que el libro del automóvil no tenía registro de las inspecciones practicadas durante los años previos. Pero qué tontos que somos! Cómo no lo preguntamos en su día! Cómo no comprobamos que no teníamos placa verde! Cómo no controlamos que faltaba la rueda de recambio! Cómo… En fin, vayamos con los asuntos urgentes y dejemos de lado los importantes: una puesta a punto a ciegas en el taller oficial nos hubiese costado 2.000 euros más. Salvamos este escollo como lo habían venido haciendo nuestros predecesores, imagino: con un cambio de aceite, filtros y una miradita en un taller multimarca. Otros 500 euros y seguimos avanzando. Visto con perspectiva, podemos parecer dos paletos, pero lo cierto es que metidos en el ajo todo se ve de diferente manera. Aún así, todo tiene un límite y en un vehículo con casi diez años y una kilometrada a las espaldas el límite siempre está al acecho. El nuestro, en concreto, llegó algún día soleado del mes de mayo. Fue la mañana en que descubrimos que al coche tampoco le funcionaba el aire acondicionado. Pague otros 1.500 si desea avanzar a la siguiente casilla. Como dicen en Alcoi, “hasta aquí llegó la nieve”. Nos plantamos. Puede parecer que aquel día nos habíamos acercado por fin a la meta pero lo cierto es que cruzarla ha sido lo más complicado de todo el asunto. ¿Quién dijo que sería fácil? Por un lado, lo más sencillo, increíblemente, ha sido conseguir financiación para sustituir el viejo coche por uno, casi idéntico, pero nuevo. Por esa razón, no voy a dedicarle un segundo más a este arista que merece capítulo aparte en una road movie de factura circular. Que vuelva el rock and roll, entonces. Todo había de acabar tal cual había empezado: con un anuncio en internet vendiendo un coche de segunda mano. Aparentemente sencillo, dada la popularidad de este tipo de automóviles en Alemania. Orgullosos de las mejoras practicadas a la Multivan como estábamos, en los primeros días obviamos varias suculentas ofertas, así como los kilómetros y el tiempo transcurridos desde nuestra adquisición (que jugaban en nuestra contra). Oportunidades perdidas. Para cuando nos dimos cuenta de que nuestro precio estaba muy lejos del precio de mercado, estábamos dentro de una espiral fatal. Esto es: decenas de Urlabfahrer llamando insistentemente al teléfono y practicando idénticos rituales de regateo más propios del zoco de Estambul que de las acomodadas latitudes bávaras. Confieso: hartos y agotados en una carrera de fondo en la que teníamos mucho que perder y poco que ganar, al final escogimos a uno de nuestros postores entre una amalgama de compradores telefónicos, una casta de emigrados a Alemania provenientes de los mejores rincones de Albania, Kosovo, Turquía o Rumanía. Reíros, cabrones, a mi no me hace ni puta gracia. Y veréis la razón. Croata nos dijo que era el comprador elegido, no sin antes regatearnos de un plumazo otros 1.500 euros. Croata de Colonia que resultó ser el más chungo de los kosovares de Renania del Norte. A las nueve de la mañana se presentó en la puerta de casa el sujeto, de cuyo nombre no me quiero ni acordar. Y empezó la fiesta. (La voy a traducir al español y teatralizar un pelo; o eso o reviento.) “Oh, hermano! estoy muy decepcionado contigo! hemos conducido toda la noche mi hermano y yo, 700 kilómetros sin dormir, para comprar tu coche y cuando llegamos aquí lo que nos habías prometido por teléfono no se corresponde con lo que nos ofreces”. Mal empezamos. Por cierto, sin dormir no sé, pero sin comer imposible y sin ducharse, seguro. Joder que personaje! Lo infiltran en la caravana de gitanos de Snatch, cerdos y diamantes y cuela como guardaespaldas de Brad Pitt fácilmente. No le hubiese hecho falta ni atrezzo al colega. Sobre las falsas promesas: nada de nada, cabronazo. Tenían todos los detalles en el anuncio y así lo hablamos por teléfono, lo que no tenían era todo el dinero prometido. Estábamos jodidos, como Tommy. La negociación no fue fácil, intentaron con todas sus fuerzas tomarnos un poco más el pelo, pero no les fue posible. La posición final, apoyado en Mariola, estaba clara: lo tomáis o lo dejáis. Y, ellos no lo sabían, pero el teléfono de la Policía estaba sobre la mesa, pues el asunto no parecía fácil de cerrar sin trato. Algo debieron intuir, y el coche les interesaba, así que nos pusimos manos a la obra con una prueba de conducción en la que no nos multaron de milagro, por encima del límite de velocidad como se condujo por la circunvalación. Paseo en el que el colega y yo intimamos hasta tal punto (soy tonto, pero a preguntas no me gana ni Cristo) que se confesó: “Alemania, qué gran país, aquí se puede vivir sin trabajar. Amigo, yo tengo cinco hijos y quiero ir a mi país con ellos, por eso quiero el coche. Lo voy a comprar con el Kindergeld y con las ayudas públicas que recibe mi familia. Somos muy pobres y estamos todos en el paro”. Me da rabia escribir esto, detesto escribir esto, pero lamentablemente esta es la parte menos teatralizada del texto. Cabrones viviendo a costa de trapicheos, de trampas, aquí y allí, ahora y luego, pero al fin y al cabo viviendo “como reyes” en Alemania pues en su país eso sería impensable. Y lo saben. Y lo aprovechan. Y alimentan con ello el odio de tipos despreciables de piel blanca y mente imperial. Me enervo, pero hemos de seguir, pues no aún no hay trato. Por cierto, antes de cerrar este paréntesis: los dos kosovares se presentaron en casa en un BMW deportivo del copón, cuyo lateral derecho, eso sí, parecía el acordeón de Mari Carmen de la ostia que tenía en la carrocería. Volvemos al relato principal. Siendo sinceros, todos sabemos que una llamada a la Policía no hubiese puesto fin amistoso a la situación, por lo que, sin bajarme los pantalones del todo, tensé la cuerda hasta el punto en que cerramos un trato, con apretón de manos incluido, solamente 200 euros por debajo de lo pactado inicialmente, después, eso sí, de varios descuentos telefónicos. Suficiente para calmar los ánimos de todas las partes, los de los matones y los nuestros. En aquel momento, ya sentados en la parte trasera del habitáculo, cual grupo de mafiosos, comprendí que unos meses antes habíamos abierto un estúpido círculo que nos arrastró a un final del que salimos ilesos milagrosamente. Hoy, un día después, el dinero reposa en el banco y supongo que aquella familia kosovar se encuentra en alguna carretera camino de los Balcanes. Círculo cerrado. Esperemos, pues llevo toda la noche soñando con aquel gitanillo de mi pueblo que te sacaba la navaja en el paseo de Cervantes y te decía: “Dame veinte duros o te vas acordar de mi; que sé donde vives”.
La tempesta fallida
Mai havia fallat tant la previsió de l’oratge com ho ha fet en les últimes hores. No sé si és bo o dolent. Demà o despús-demà ho sabrem. El que és segur és que hem passat la sèrie de més calor a Munic al juny des que hem arribat, que tampoc no és massa dir. Divendres passat, calor. Dissabte, calitja. Diumenge, basca. Dilluns, pitjor encara. Dimarts, ens vàrem quedar esperant la tempesta, que tant de mal sembla haver fet al nord del país, on sí ha arribat. Dimecres? Al migdia, vaig eixir de casa un mica atemorit, paraigües, jaqueta impermeable, cobertura impermeable per a la motxilla, roba còmoda. S’esperava una tromba monumental d’aigua, primavera pura, però el sol mai va deixar de somriure’ns. Millor. A la nit, doncs. Doncs tampoc. I avui dijous, al migdia i amb un Llorenç que sembla el poble Benidorm, m’he cansat d’esperar la tempesta que no arriba. Tant que, vora 30º per sisè dia seguit, me’n vaig al riu a prendre el bany.












