Category: Àsia/Asia
De Saigón a Phnom Penh en autobús. El trayecto
No se cómo me lo arreglo, pero lo cierto es que cuanto peor pinta la cosa, más termino disfrutando. Hoy hemos vuelto a tener una sesión de siete horas de autobús, entre Saigón y Phnom Penh, que la verdad han sido toda una experiencia. Hemos empezado peor que mal, al comprobar que los siete euros pagados de más por nuestros billetes no han servido ni mucho menos para mejorar el confort de nuestro trayecto, sino que han sido en concepto de una comisión más que razonable para el hotel en el que nos alojábamos. Por así decirlo, nuestro autobús de hoy destilaba pureza por los cuatro costados, si bien nosotros lo que queríamos en principio era más bien un servicio VIP. A solo un par de días del Año Nuevo Lunar -conocido a menudo como Año Nuevo Chino-, nos hemos encontrado además un bus lleno de camboyanos regresando a casa por Navidad, desde Vietnam. Ya antes de salir de la ciudad de Ho Chi Minh, se ha formado una cola importante junto a la puerta del aseo del coche, justo enfrente de nuestros asientos. Es fácil imaginarlo, la atmósfera, a pesar del aire acondicionado a toda paleta, pronto se ha tornado en algo no demasiado agradable de respirar. A la vez, los culebrones cantados en jemer se sucedían uno tras otro en la pantalla del televisor de que disponíamos, con la voz por las nubes y las exclamaciones y risas continuas de parte de la tripulación. El resto, los seis extranjeros mezclados entre la tropa, tratábamos como podíamos de aislarnos y conciliar el sueño, en un intento inútil de concebir una siesta del borrego. Dormir para olvidar. O para acortar la espera. Dos horas después de la partida, aproximadamente, nos hemos detenido en la frontera entre Vietnam y Camboya. Supongo que no será siempre así, pero esta tarde el paso fronterizo estaba desierto, por los menos en cuanto a turistas se refiere. Como era de esperar, a los vietnamitas se la ha traído al pairo que nos piráramos de su país, pero en la ventanilla para acceder al Reino de Camboya nos han tenido un rato. Siete funcionarios en un cuartucho de dos menos cuadrados, ventilado con aire insuficiente, si tenemos en cuenta los 30 grados a la sombra que se respiran estos días por la zona. Uno de ellos nos ha cogido el pasaporte y nos ha sellado las visas, previo pago de los 21 dólares de rigor. ¿Dólares? Sí, a partir de aquel mismo instante hemos dejado de funcionar en moneda local para vernos obligados a pagar en la moneda del tío Sam. Según compruebo a estas horas desde la capital, esto nos puede acarrear nefastas consecuencias en lo económico, pues impera la ley del redondeo. El primer ejemplo, nada más poner un pie en suelo camboyano: al comprarle una botella de agua a la señora del bar nos ha pedido un dólar, que es como vender una barra de pan en España, hoy en día, por cuatro o cinco euros. O eso, o pagarle 1.000 rieles, una moneda que no se consigue ni en los cajeros automáticos. Teniendo en cuenta que el dólar americano se cambia a unos 4.000 rieles, le he preguntado a la vendedora por el precio de dos botellas de agua. La respuesta no tiene desperdicio: un dólar, en total. Estoy convencido de que ese mismo hubiese sido el precio a pagar de hasta un máximo de cuatro botellas, pero teniendo en cuenta que no las necesitábamos, es lo que hemos decidido pagar por un par de ellas. Más allá de la frontera y los casposos casinos de Bavet, lo mejor del viaje ha llegado a la vez que caía el sol, antes de las seis de la tarde. Poco a poco, los arrozales y el bullicio de Vietnam han ido dejando paso a una tierra amarilla y yerma, como azotada por el sol y la falta de lluvias, ya al final de la estación seca. A lo largo de la carretera, han ido apareciendo las típicas casas en altura, en ocasiones techadas con hojas y cerradas con chapas metálicas. Junto a ellas, todo tipo de animales, niños de todas las edades jugando descalzos y algunos señores recostados sobre sus hamacas, entre despreocupados y desocupados. Fuera como fuera, era una imagen auténtica, lamentablemente de pobreza exagerada que dudo pueda dejar indiferente a nadie. La carretera, tan recta como polvorienta, parecía un peregrinaje de motociclistas y camiones a los que el autobús iba esquivando a golpe de claxon. Momento cumbre ha sido cuando hemos alcanzado una vez más el río Mekong, ya al anochecer, para cruzarlo en un barco sin bajar siquiera de nuestro vehículo. En realidad, unos pocos hemos terminado por apearnos, por motivos totalmente diferentes. En mi caso, por tomar las últimas fotografías del día, entre monjes y vendedoras de comida; algunos otros precisamente para comprar provisiones, tan pintorescas éstas como los snacks de escarabajo, saltamontes o polluelos, todos ellos marinados y refritos. Satisfechos todos, al otro lado del río nos esperaba Neak Luong con sus calles por asfaltar y su concurrido mercado limpio de influencias extranjeras. Aguardaban unos 50 kilómetros hasta nuestro destino final, la ciudad de Phnom Penh, que hemos alcanzado pasadas las siete de la tarde, una hora antes de lo previsto.
Saigón. Regateando
Llevamos algo más de dos semanas en el sudeste asiático y parece que vamos aprendiendo a comprar. Eso es al menos lo que nos parece a nosotros, aunque estoy convencido de que si mi vendedor de esta tarde leyese estas líneas se partiría el culo de la risa. Es lo que tiene comerciar en los mercadillos en Vietnam, el regateo. O lo que es lo mismo, una forma de compra-venta a la que los blanquitos no terminamos de acostumbrarnos y según la cual el que vende nunca pierde y el que compra, con suerte, se lleva una chanca y una montaña de satisfacción por el precio pagado. Así estoy yo esta noche, con la autoestima por las nubes, después de conseguir tres gorras de calidad lamentable por el fabuloso precio de 3 euros. ¿Y para qué quiero yo tres gorras del mismo modelo, si sólo tengo una cabeza y además no me la suelo cubrir? Pues eso digo yo ahora, a toro pasado. Cosas de regateo. Más satisfecha todavía salió Mariola de lo suyo, hace tan solo unos días, después de mercarse una pedazo de mochila de The Nord Face por nueve euros. Tirando por lo bajo, son unos 70 euros menos que si la hubiese comprado en Múnich. Y encima parece que le ha salido buena. ¿Y la conciencia? Esa más bien debería de ser una pregunta para los señores de las multinacionales, ellos sabrán en que condiciones mandan a fabricar sus mochilas. Por cierto, lo hacen en Vietnam -con razón éste es el paraíso de las bolsas y ropa de montaña truchas-. Desdramatizando, que estamos de vacaciones, esta misma tarde hemos comprado además algunas otras cosas en el mercado de falsificaciones, por ponerle un apelativo cariñoso al mercado de Ben Thanh , de Saigón. Lo más curioso, un par de chanclas para la nena cuyo precio de salida era cuatro veces superior a lo que hemos terminado pagando. Menos mal. En todo caso, pagar un 25% del PVP fijado en una etiqueta nos hubiera parecido increíble hace tan solo unos días, recién aterrizados y con nuestras antagónicas mentalidades alemanas imperantes. Ahora mismo ya estamos casi acostumbrados a negociar el precio de casi todas las cosas y servicios que contratamos. Puede parecer agotador y surrealista, si bien es sumamente útil para la supervivencia aquí y, por si fuera poco, dispara la autoestima. Sino, miradnos, estamos empezando a sobrecargarnos de cosas que no nos hacen ni puñetera falta y en cambio no hago más que felicitarme por ello.
Nota para el viajero
* Una vez más os remito a Vietnamitas en Madrid, fantástica su guía de compras por Saigón
Hoi an. Unes imatges i més
Són les dotze de la nit passades i ací estic jo, estirat damunt del llit a un hotel a Saigón. Mort de son i fregit, a tocar dels 30 graus com estem, i gràcies. Amb esta calor, impossible concentrar-me com per a contar res interessant sobre els dos darrers dies de viatge, de visita a Hoi an. Així les coses, el millor serà que adjunte unes imatges comentades:
Patrimoni de la Humanitat
Hoi an és una ciutat costanera de 120.000 habitants al centre de Vietnam. Des del segle XV que és un destacat port del sud-est d’Àsia, transitat per europeus, xinesos o japonesos. El seu centre històric es conserva en molt bones condicions, el que li ha valgut la declaració de Patrimoni Històric de la Humanitat. És un plaer recórrer els seus carrerons i visitar alguns dels seus antics tallers, sales de reunions de les congregacions xineses, viles de comerciants o museus. Per a facilitar la visita disposen d’un tiquet combinat que permet entrar a cinc punts d’interés -a escollir- per uns quatre euros. No tot és perfecte, a vegades hi ha la sensació al passejar que tot allò tan bonic que es veu és una postura, com si tot estigues amanit per al turisme.
Pont japonés
Entre els elements d’interés de Hoi an, destaca l’anomenat Pont japonés de la ciutat. Aquest petit pont cubert és originari del segle XVI i uneix dos antics barris separats per un canal. Incorpora un petit temple budista.
300 sastres
Des de fa uns anys, Hoi an s’han especialitzat en la confecció de trajes i vestits a mida, així com sabates. S’estima que hi ha més de 300 sastres a la ciutat, que et fan una peça de roba personalitzada, a un preu a convenir, en només unes hores. Sincerament, molt curiós, però es nota que este tema se’ls en ha anat de mare, pel que més val rumiar-s’ho bé abans de fer-se res. Això sí, té el seu morbo.
.
Platja i camps d’arròs
És molt senzill moure’s en bicicleta per Hoi an, el que paga la pena per a visitar les viles de la rodalia -especialment Thanh ha, especialitzada en treballs ceràmics-, per a acostar-se a la platja o passejar pels camps d’arròs. La platja està a uns quatre quilòmetres, res, i és allargada i tranquila, tot i que no és cap paradís. Els camps, un espectacle per a la vista.
Anècdota: esquitxats al restaurant
Pel que fa als restaurants, Mariola diu que estem gafats en este viatge. “Dóna el mateix que triem el millor restaurant, igual ens entra una rata a sopar que el veí ens bossa als peus”. No és cap conya. Això és el que ens va passar anit al Cargo Club, un restaurant de categoria al que vam anar en busca de peix i marisc. Ens van tractar de cine -especialment després de l’incident-, el menjar estava boníssim i no va resultar car -25 euros en total, plat de marisc i peix a la graella, verdures a la planxa, lasanya de verdures, begudes, cafès i tiramisú-. De fet, més enllà de l’anècdota diria que Hoi an ha estat un dels llocs on millor hem menjat en el que portem de viatge.
Nota per al viatger
*Nosaltres vàrem estar dos nits a Hoi an, temps més que suficient per a veure el centre i els voltants, també per a gaudir de la gastronomia local i per a fer-se un vestit a mida. Hi ha l’opció de fer excursions pels voltants, algunes interessants, si es disposa de més temps. Com Luang Prabang, em va semblar un lloc apetitós on és fàcil sentir-se còmode. En el nostre cas vam arribar en bus des de Hué -quatre hores-, per a marxar en avió a través de l’aeroport de Danang -a 25 km-.
Hué o la posibilidad recorrer una ciudad imperial a tu aire
Pensaba que no llegaría el día pero finalmente puedo afirmar que hemos visitado una ciudad vietnamita con toda la tranquilidad del mundo, para nada colapsada, ni mucho menos de turistas. Llegamos a Hué casi por casualidad, empujados a última hora por las reseñas favorables de las guías y por algunos comentarios de blogueros -los siempre fiables Vietnamitas en Madrid o el Pachinko-. Ahora, cuando salimos en autobús camino de la vecina Hoi an, puedo asegurar que ha merecido la pena esta parada. Ha sido solamente día y medio, el tiempo justo para quedarse maravillado con las pagodas y las tumbas reales a orillas del río del Perfume, así como con la fantástica ciudadela. Una fortificación dentro de otra, moldeada a lo largo del siglo XIX por los emperadores de la dinastía Nguyen, que trasladaron la capital vietnamita hasta Hué -aquí permaneció hasta 1945-. En nuestro caso, reconozco que hemos tenido además suerte en la visita: nos ha acompañado un tiempo buenísimo y hemos tropezado con un hotel familiar y confortable a precio irrisorio -hablamos de 12 euros con desayuno en la habitación superior-. En el mismo hotel alquilamos un par de bicis con las que salimos de la ciudad en busca de las famosas tumbas imperiales, unos impresionantes complejos funerarios que combinan bosque, jardines, lagos, templos, patios y esculturas en honor a los Nguyen allí soterrados. Solamente visitamos el interior de un par de estos cementerios, que nos dejaron anonadados tanto por su espectacularidad como por el hecho de que los recorrimos prácticamente en solitario. El segundo de ellos, la tumba de Minh Mang, es seguramente el más agradable de visitar -al menos así fue en nuestro caso-, ya que está suficientemente alejado de la ciudad -unos 10 km- como para que la visita sea en calma absoluta. Por sí fuera poco, el trayecto en bici fue, aunque algo cansado, una experiencia totalmente recomendable, entre campos de arroz, bosques y caminos salpicados de casas en los que los lugareños hacen su vida tranquilamente. Más allá de las tumbas, Hué dispone de algunas pagodas bien conservadas, un buen enclave a orillas del río o una zona de ocio relativamente animada. Pero por encima de todo, su centro histórico amurallado. En el interior de este cuadrante que nos recordó al de Chiang Mai, encontramos una segunda fortificación: el recinto imperial. Este complejo nobiliario, residencia y palacio de gobierno de una dinastía, nos ha ocupado toda la mañana de hoy. Por mi parte, son los cuatro euros mejor invertidos en la visita de un monumento durante este viaje. A pesar de que fue destruido durante la Guerra, los trabajos de restauración de este lugar Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO -lo es la ciudad en si- están empezando a dar sus frutos. Geniales los patios, el teatro real, el recuperado templo de To Mieu, las villas, las arcadas y elementos de ornamentación, y solamente lastimosas las ruinas de una parte. Una vez más, estupenda la sensación de visitar un tesoro a tus anchas -hoy había algo más de turistas, quizás unos pocos cientos a primera hora de la mañana esparcidos por un recinto de varios kilómetros cuadrados-. Nada que añadir, como veis, hemos quedado encantados.
Finalmente, un video caserillo y con una resolución regular, sobre el paseo en bici. En realidad, fue mucho más plácido, pero las imágenes son del centro de Hué. Aunque no es el caos de Hanoi, sigue siendo Vietnam…
En bicicleta por Hué from Jordi Orts on Vimeo.
Nota para el viajero
*Las tumbas reales aparecen en todas las guías, lo que no cuentan es que no están demasiado señalizadas, por lo que las más alejadas de la ciudad no resultan fáciles de encontrar al viajero que se acerca por su cuenta. En este caso, es posible hacerlo en moto o bici de alquiler. Para nosotros fue toda una experiencia, con un trayecto total de 30 km, durante todo el día y visitando dos pagodas y el interior de dos tumbas. Pagamos dos dólares por cada bici y un par de dólares más, en total, a los lugareños que se suelen inventar aparcamientos a las puertas de cada monumento. Es un timo, pero no conviene jugársela. Si no apetecen riesgos ni actividad física, se pueden visitar con un guía o acompañados por un motorista local. También en barco por el río, aunque luego hay que caminar bastante, o bien por carretera pagando un tour en autobús con un guía. En cualquier caso, lo peor es que cada tumba tiene una entrada separada, con precios que van de los 2 a los 4 euros en cada caso. Como indican los libros, todos los complejos son únicos pero repiten el mismo patrón, por lo que no es imprescindible visitarlos todos para formarse una idea global. Algunos están cerrados por obras de rehabilitación.
Una noche en el tren
Mi madre siempre me ha recordado aquello de que quien da lo que tiene no está obligado a más. Por eso acato sin torcer el gesto haber pasado las últimas horas de este viaje, la noche en la que celebro mi aniversario, en un compartimento minúsculo y mugriento de un tren vietnamita. Un ferrocarril antiguo que penetra los arrozales encharcados desde el norte en dirección a Saigón. Nuestra parada, la próxima, es la antigua ciudad imperial de Hué. Allí, en la zona desmilitarizada durante la Guerra de Vietnam, la frontera entre el sur controlado por los americanos y el norte comunista, pasaremos los próximos días. Volvamos al tren. Son las siete de la mañana y recién nos despertamos, después de nueve horas de mal dormir estirados sobre la cama imposible de un cuarto de segunda clase, los denominados Hard sleeper. No encontramos pasajes para los algo mejor Soft sleeper, lo que nos hubiese garantizado cierta tranquilidad. De hecho, al llegar anoche a nuestros asientos cama, en la parte baja del departamento, descubrimos que habían sido ya ocupados por una familia de vietnamitas, muy simpáticos, aunque cargados con mil fardos y bolsas de comida. Ahora mismo vengo de hacerles la visita y allí estaban ellos sonrientes y agradecidos, comiendo pipas y cacahuetes entre sopa de pollo y sopa de pollo. Cierto, vengo de hacerles la visita. Aunque me hubiera encantado mezclarme con la gente local durante toda la noche, el descanso y un mínimo de higiene son sagrados a día de hoy, por lo que finalmente aceptamos encantados el ofrecimiento de nuestros vecinos, una pareja de ingleses que viajaban sin compañía y que nos han invitado a ocupar dos literas libres en su habitación. Fue un sí sin dudas, por lo que el viaje ha sido finalmente más liviano de lo previsto. Eso sí, a pesar de haber disfrutado de una experiencia auténtica, no deja de ser un acto de masoquismo pagar más de 25 euros por persona por una litera en este ferrocarril. En el dragón inquieto que es hoy Vietnam, completar el mismo recorrido en avión nos hubiese salido por el mismo precio, o incluso menos. Esto último, la posibilidad de volar entre Hanói y el centro del país por 20 euros, lo descubrimos con los pasajes ya comprados. Es por eso que os cuento la historia, sin torcer el gesto (demasiado).
Nota para el viajero
*En nuestro caso compramos los tickets en la misma estación de trenes un par de días antes. Ya no había plazas disponibles para el tren nocturno en camas con colchón, las Soft sleepers. En los otros compartimentos, los nuestros, hay seis literas. Algunos vagones son relativamente nuevos, pero otros, como el que nos tocó a nosotros, son bastante antiguos. La higiene no es especial, si bien se puede soportar. Como comentaba, es pagar por la experiencia de viajar en tren en Vietnam. Compañías aéreas de low cost como Jetstar ofrecen trayectos internos a precios incluso más bajos.
Bahia de Halong. Un imprescindible, malgrat tot
Lucas tenia raó: malgrat tot -el turisme de masses-, la Bahia de Halong és un imprescindible en qualsevol viatge mitjanament complet a Vietnam. En el nostre cas, hem passat dos dies sense veure el sol, navegant entre les boires en una mar bruta i saturada de creuers; amb una temperatura més bé baixa i el confort mínim. I amb tot, ha merescut la pena. I és que un paisatge com el que hom troba ací no és assimilable a res que un puga imaginar. En fotos (i sense quasi llum):
Nota per al viatger
*Hi ha centenars de creuers de dos dies, una nit, per la Bahia de Halong. Tot i que també es poden contractar a Halong, mereix la pena fer-ho des de l’hotel a Hanoi. Et recullen al mateix hotel en microbus, per a un trajecte de 4 hores per carrtera. En arribar a la bahia et porten al bot per a començar amb eel dinar. La majoria de creuers fan el mateix recorregut, que inclou visita a una cova i accés a un mirador, potser el segon dia. També activitats com un curs de cuina o kayak. A banda de l’allotjament, les menjades estan incloses a excepció de les begudes. En el nostre cas, vam optar per un creuer de gama intermèdia, que ens va costar 220 dòlars als dos -descompte obligatori inclòs-. El vaixell no era massa gran, ni nou, però el menjar era acceptable i l’habitació molt bona. El llit era nou, disposàvem de climatització i un aseo privat. Net. Amb tot, hi ha creuers per 50 i 60 dòlars. En aquest cas i mirant des de fora els vaixells, diria que val la pena pagar un poc més si hi ha l’oportunitat. A l’altra banda, hi ha ofertes molt més cares, però es nota al servei. Ja de tornada, coincidim amb dos britànics al tren nocturn cap a Hué, que han fet la mateixa excursió. Ens comenten que han anat a una zona sense quasi vaixells ni turistes i que s’han pogut banyar amb una aigua ben neta. Els extranya que els parle de brutícia i diuen que el menjar a seu bot ha estat excel·lent. Éren només sis viatgers a bord. Han pagat 220 dòlars per persona. Finalment pel que fa a l’oratge, gener és mala època per a visitar Halong. El cel acostuma a estar cobert i la temperatura varia ente 15 i 20 graus. Però aquesta no és una elecció possible, per a la majoria de viatgers.
Hanói se mueve (demasiado rápido)
Visto lo visto, cuesta creer que hace un par de décadas fuera extraño escuchar el rugido de un motor por las calles del centro histórico de Hanói. Hoy no se oye prácticamente otra cosa que el sonido atronador de las miles de motocicletas que atraviesan las 36 calles de la ciudad antigua, prácticamente las 24 horas del día. Aunque cansino, y a ratos peligroso para el forastero, dar un paseo por la zona es todo un espectáculo. Os dejo una galería intentando captar, a mi manera, el dinamismo exagerado que he percibido:
Nota para el viajero
*Aunque en riesgo de convertirse en una urbe insufrible, bajo mi punto de vista, Hanói es mucho más que un lugar contaminado. Como no sé si algún día tendré oportunidad de ofrecer otras perspectivas (tengo cientos de fotos en la cartera), os recomiendo una visita a la web de Vietnamitas en Madrid. En concreto, a su post genérico sobre Hanói y al relativo a las motos en Vietnam. A mi me han sido de gran ayuda.
Hanoi. Un encontre inesperat
A la nostra arribada a Hanoi, fa un parell de nits, vàrem tindre un creuament de mirades molt especial. Fou a un restaurant tradicional del centre. El fet de vindre a Àsia en un viatge de cinc setmanes ens permet buscar llocs per menjar millors que els que trien la majoria de viatgers de llarg recorregut, amb pressupost ajustat, si bé el mateix motiu no ens fa possible escollir un restaurant de gama alta de seguit, tal i com fan els turistes més acomodats que viatgen per uns dies. Sense fer ascos, ni Mariola ni jo -especialment en el meu cas- som grans aficionats a la gastronomia asiàtica, pel que en aquesta primera ruta, diguem-ne, estem fent una aproximació a la veritat. Això suposa que, una vegada arribats a una ciutat tan peculiar com Hanoi, necessitem els 20 minuts de rigor, per a passar una revisió ocular prèvia als locals que més ens criden l’atenció per a menjar -ajudats per descomptat per la nostra guia-. Ens interessen, generalment per aquest ordre, condicions higièniques -ens anem flexibilitzant-, preu ajustat i menú. L’altre dia, la nit de debut a Vietnam, estàvem necessitats d’alguna cosa realment bona, pel que no ens vàrem conformar amb el primer xiringuito recomanat per la Lonely. Teníem gana i vàrem buscar restaurant a consciència. Després de dos quarts de passejar carrers amunt i avall, finalment ens vàrem decidir per Pineapple, un petit i acollidor restaurant, net i amb una carta variada a preus convenients. Un Top Choice, una elecció günstig que en dirien a Munic. El bueno, bonito, barato de tota la vida. El que jo ara contaré sembla una exageració, una casualitat infinita, però és una història verídica, fou la nostra sort. Allà estàvem nosaltres sopant, meravellosament per cert, els nostres plats de pollastre, pato i arròs. Gaudint d’una cervesa Tiger envoltats per clientela occidental. El local, petit, estava sol·licitat, i les dos cambreres s’afanyaven a servir somrients les comandes des de la cuina, travessant l’estret passadís que la separava del menjador en una forma constructiva molt característica al centre històric de Hanoi. Al carrer, com no, el soroll era fortíssim, amb tot de motos, taxis, bicis i joves locals gaudint de la nit de dissabte. Molta polseguera, escenari gris. És a dir, tot allò que un imagina quan pensa en una metròpoli asiàtica. No hi havia finestres, ni portes, sinó que estàvem en contacte directe amb el carrer, pel que Mariola veia directament el que ocorria a l’exterior. De sobte, la vaig veure somriure sense motiu aparent, bocabadada. “Què fort!”, va exclamar. I es va alçar de la cadira com per a tractar de seguir amb els ulls al personatge tan especial que acabava de veure. No va fer falta, aquest es dirigia cap a nosaltres. Finalment, fins i tot va entrar a sopar al mateix local. No vaig arribar a temps de poder fotografiar-lo, ni de demanar-cap autògraf. Llàstima. Només el vaig veure fugaçment creuar l’habitació, entre les cames dels nostres veïns de taula. Arrimat a la paret, per a no cridar massa l’atenció, directe a la cuina. Era gran i es desplaçava tranquil, sense pressa. Jugava a casa. Mai havia vist un ratot tan elegant.
Luang Prabang. Imantados
Cuentan que la fuerza que ha tomado el turismo en Luang Prabang es tal que no pasa un mes sin que abran sus puertas un par de hoteles y casas de huéspedes. No lo pongo en duda, si tenemos en cuenta que unos tres millones de turistas extranjeros visitaron Laos en 2012 y la antigua capital real es uno de sus principales atractivos -si no el que más-. No obstante, y mientras no cambien las cosas, Luang Prabang se presenta ante el viajero como una ciudad a la vez vibrante y relajada, genuina, en la que todo arranca antes de que llegue el sol con el desfile de los monjes -ceremonia de las limosnas-, para acabar precipitadamente al rozar la medianoche. Tras el cierre del mercado nocturno, hacia las 11, la ciudad enmudece por completo y el viajero, al menos los más tranquilos como nosotros, encuentra con facilidad el descanso deseado. Esa fue nuestra breve experiencia en lo que sin duda a estas alturas de viaje se ha convertido en la sorpresa más grata. Porque cuando uno lee sobre un destino al que se acerca, imagina, y a su llegada sus sensaciones pueden corresponderse, o no, con sus sueños. En nuestro caso, Luang Prabang nos enganchó hasta el punto que nos hubiésemos quedado allí disfrutando una semana, relajados a orillas del Mekong. Sus callejuelas salpicadas de jardines tropicales, su arquitectura colonial, los restaurantes y bistros franceses, los jóvenes monjes callejeando a todas horas escondidos bajos sus paraguas, sus templos, las sonrisas, el mercado nocturno o el río, todos ellos nos resultaron escenarios encantadores que parecían emerger de otro tiempo. No olvidaremos el trato recibido, ni mucho menos la fantástica comida del restaurante L’Elephant, el primer capricho verdadero de este tour. Hubiésemos querido tomar una bicicleta para pasear por la ciudad o tener el tiempo para adentrarnos en la jungla en busca del Laos más profundo, o de lo que queda de él. El camino nos trajo, en cambio, a la capital del país, la también colonial y bastante más ajetreada Vientián. Desde aquí, esperando embarcar en nuestro avión a Hanói, escribo este post. Con suerte, en el siguiente destino tendremos la oportunidad de poner el freno de mano y disfrutar de cuatro días sosegados.
Nota para el viajero
*Es importante tener en cuenta que el buen clima de la temporada seca -de noviembre a marzo- es un factor determinante a la hora de disfrutar plenamente de Luang Prabang, con sus innumerables terrazas. A nosotros nos acompañó el sol y, quizás, un pelín demasiado de calor. Hay cientos de opciones de alojamiento, de todos los precios, con un estándar de calidad bastante superior al que encuentra en Laos y el norte de Tailandia. Cada día inundan la ciudad cientos de viajeros, sin que por ello se haya desdibujado a día de hoy la esencia de esta pequeña ciudad de 70.000 habitantes. Es fácil suponer que la declaración de Patrimonio de la Humanidad ha contribuido a una conservación y protección importantes. Quizás también es cosa de las dificultades de acceso, pues existen tres únicas vías y no son especialmente sencillas. La primera son los botes que bajan el Mekong desde el norte de Tailandia, para lo que se necesitan entre siete y 30 horas -la alternativque nosotros usamos-; la segunda es por carretera desde Vientián, la cual requiere no menos paciencia, ya que son unas doce horas de viaje por la selva por la única carretera disponible, siempre tortuosa y a ratos directamente peligrosa; la tercera y más confortable es también la más cara, puesto que se trata de la alternativa aérea, mediante el aeropuerto internacional de Luang Prabang. Ofrece vuelos a Hanói, Vientián o Bangkok.
Laos. Tres conceptos: VIP, wifi, eco
Tan solo llevamos unos días en Laos y no conocemos prácticamente nada de cómo es este país y su gente. No obstante, después de ser abordado en la calle unas 20 veces por minuto, observo de la importancia de algunas palabras, que la gente de esta antigua colonia francesa parece haber interiorizado para conquistar el corazón del gran hombre blanco. Éstos son los tres vocablos que más me llaman la atención:
VIP. No hay autobús o servicio de transporte público que se precie, que no tenga una versión Very Important Person. Si hablamos de un tuk-tuk o una moto, más vale obviar este añadido si no queremos desperdiciar nuestros ahorros. Ahora bien, de cara a contratar un trayecto largo en autobús es una garantía de confort. Por unos euros, un servicio VIP te permite disponer de más espacio para estirar las piernas en el bus o, a veces, llegar más rápido a tu destino.
Wifi. Ya estaba advertido, de hecho algunos amigos habéis venido comentando este tema en el blog, ahora simplemente incido. Hoy es Luang Prabang, ayer fue un poblado perdido enmedio del río, mañana será la capital Vientián… no hay bar, restaurante, hotel o Guest House de mala muerte que no ofrezca gratuitamente la posibilidad de conectar a internet a través de una wifi. La velocidad no es siempre la óptima pero lo que importa es el concepto, que diría Manquiña. Siempre gratis, a veces incluso sin proteger -cada vez menos frecuente-.
Eco. La más bonita, aunque actualmente es la menos fiable de las tres etiquetas. Alguién les debe haber explicado a estas pertsonas que a los europeos les preocupa mucho una cosa que se llama medioambiente. Desde el día que eso debió de suceder, cada vez son más los producos y servicios que se ofrecen al viajero con esa marca. Aquí se venden tours eco, ecoresorts, eco transportes o eco menús, por citar algunos ejemplos. Que nadie se espante si luego el guía del tour ecológico acaba tirando botellas de plásico en la jungla, en medio de un trekking. Y que a nadie se le ocurra pensar en una reprimenda, no sería justo, pues nosotros con nuestras carreras universitarias y nuestras grandes conciencias no somos, para nada, diferentes. Eso sí, por lo general pagar un sobrecoste por un producto responsable en Laos, no suele ser garantía de nada.
Poco más, después de día y medio relajados en Luang Prabang, entre monjes y buena onda, es la hora de seguir con la ruta hacia Vientián. Otro día si eso me pongo con otros conceptos vitales para el laosiano, de cara a engatusar al turista, del tipo waterfall, tuk-tuk, pretty lady y otras cosas ciertamente más turbias.
*Por cierto, según compruebo todos los conceptos citados y sus significados son válidos también para el norte de Tailandia.



























