“Hemos ampliado nuestra misión sin descuidar actividades anteriores”

Me avisan de importantes novedades en el Cervantes de Múnich: por un lado han recuperado la figura del director; por otro van a empezar a ofrecer cursos de alemán para hispanohablantes. Así es que no lo dudo, les pido una entrevista, me la dan y la vuelco en el Quadern:

Ferran, en las escaleras del Instituto

Ferran, en las escaleras del Instituto

Aunque desde dentro no se perciba exactamente así, algo se mueve en el Instituto Cervantes de Múnich. Tras unos meses de gestión teledirigida en tiempos de recortes, el centro recupera la figura del director a la par que intenta transitar por nuevas sendas, hasta ahora desconocidas para el organismo. Inaugurado en el año 1956 y auspiciado por la infanta Pilar de Baviera, el Cervantes muniqués, por entonces Instituto Español de Cultura de Múnich –hasta 1994–, atesora medio siglo de interacción con la sociedad bávara. “La misión era abrir la cultura española al pueblo alemán, despertar el interés por nuestra cultura allí donde no lo había”. El que habla es un viejo conocido de la casa, Ferran Ferrando (Albocásser , 1960), antiguo director de la entidad entre 2002 y 2007 que ha recuperado este puesto tras su paso por la sede de Estocolmo y un lustro como responsable de la Escuela de Lenguas de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Hijo de emigrantes españoles, Ferrando llegó a Alemania con cinco años y cursó sus estudios en las universidades de Göttingen y Montpellier, obteniendo el doctorado en Filología por la Universidad de Bremen. Jovial, accesible, casi diría desenfadado, nos sentamos a charlar un rato en su despacho, y empezamos por comentar el cambio de rumbo que, da la sensación, ha empezado a tomar el Cervantes de Múnich, por ejemplo en cuanto a su relación con la comunidad española aquí residente. “Es cierto que la programación ha estado dirigida principalmente al público alemán, pero los residentes españoles siempre han encontrado actividades atractivas en el centro, como visitas de escritores famosos o ciclos de cine”, comenta al respecto. A juicio de Ferrando, el Cervantes ha jugado un papel importante en la aproximación entre Alemania y España, el que tocaba, durante décadas. “La cultura es la primera puerta que se abre entre dos pueblos que quieren estrechar relaciones. Luego vienen los negocios”, explica. Regresando a la vinculación con las comunidades españolas e iberoamericanas presentes desde hace años en Múnich, pero no especialmente en el Cervantes, Ferran Ferrando ofrece su propia visión: “Siempre hemos colaborado y hemos dado difusión a sus actividades, pero para ser parte del tejido cultural de la ciudad hay que cooperar con instituciones como Muffathalle, Gasteig y el Museo del Cine, y hay que orientar la programación hacia la sensibilidad de una ciudadanía, que en Múnich es muy culta y abierta al mundo.” Hace referencia a la Amerika Haus, al Institut Français, pero también a entidades puramente germanas como la Literaturhaus, pues la programación del Cervantes pone especial énfasis en la literatura. El director recuerda como en los años 90, cuando ya formaba parte del centro como gestor cultural, se les llamó la atención desde el área municipal de Cultura, al percibir que no cobraran por la entrada a sus actividades. “Y empezamos a hacerlo, para convertirnos en un actor más de la escena local”. Los tiempos han cambiado: mientras la comunidad alemana prosigue con su acercamiento al universo hispano, lo cierto es que hordas de españoles vuelven a invadir la República Federal en un movimiento similar al que aconteciera en los años 60 del siglo pasado. En el caso de Múnich, el censo arroja cifras demoledoras: hace solo unos años apenas había 3.500, mientras que en la actualidad somos unos 7.300, los españoles empadronados según cifras oficiales de la Administración local (31/12/2013). Muchos de ellos son ingenieros, informáticos, investigadores u otros técnicos, menos emigrantes (a esta ciudad) están vinculados al mundo de las letras o la cultura, la inmensa mayoría son profesionales universitarios llegados en los últimos cinco años en busca de una oportunidad laboral que en España no existe. A estos precisamente se dirige la última propuesta del Instituto Cervantes, pues en un movimiento inédito van a empezar a impartir clases de alemán, sí de alemán, a partir de enero de 2015. Atrás quedan los discursos oficiales en los que se aseguraba que la entidad estaba aquí para acercar el español a los teutones, lo que ha mantenido a los españoles más o menos alejados de la casa. Ferran Ferrando no niega el nuevo rol, aunque le incomode la idea de que esto supone un cambio radical. Una “ampliación de nuestra misión sin descuidar nuestras actividades anteriores”, matiza. “La situación ha cambiado. Ha llegado una generación nueva de españoles y percibimos que han cambiado las necesidades”. Y agrega que no solamente pretenden reclamar la atención de los estudiantes de alemán, sino que también buscan el contacto con la comunidad de artistas hispanos aquí afincada, así como de otros grupos profesionales organizados y a tener en cuenta en Baviera como la comunidad científica. De momento han empezado por acoger este otoño el congreso de la CERFA, la Sociedad de Científicos Españoles en la República Federal Alemana, y han iniciado la cooperación con el organismo Kompetenzteam Kultur- und Kreativwirtschaft, que ayuda a jóvenes creadores a encontrar su espacio. Regresando a los cursos de alemán, Ferran Ferrando reconoce la preexistencia de una “amplia oferta” de formación en Múnich, si bien destaca que “no existe una oferta curricular global dirigida específicamente a la comunidad hispanohablante. “Lo que proponemos son cursos adaptados al ritmo y a las particularidades de los hispanohablantes al momento de aprender el alemán.”. Un paso adelante pues, en el Instituto Cervantes de Múnich, esa histórica institución que lleva una vida tratando de introducir las culturas hispánicas en el corazón de Baviera y que, por primera vez, parece haber descubierto que no basta con ser centro de excelencia en la enseñanza de nuestras lenguas, ni bastión cultural en tierras extranjeras, sino que existen otras posibilidades a explorar en el siglo XXI. Mucho más que el palacete de la rojigualda.

Múnich, hogar de mujeres extraordinarias

Ilustración del libro. /IVÁN DEL RÍO

Ilustración del libro. /IVÁN DEL RÍO

La Librería Española de Múnich acoge este sábado 13 de diciembre la presentación del libro La Liga de las Mujeres Extraordinarias, una obra gráfica dirigida al público infantil y juvenil, impulsada por el ilustrador Iván del Río y que recoge los relatos vitales de 30 mujeres clave a lo largo de la historia.

El proyecto, financiado exitosamente a través de Verkami –consiguió más de 14.000 euros para la edición–, está ilustrado por Del Río que ha contado no obstante con la colaboración de 30 mujeres, las cuales han escrito cada uno de los relatos en poco menos de 1.000 palabras. Como particularidad, las autoras de los textos son personas cercanas al impulsor del proyecto, “y cada una de ellas tiene una vinculación profesional o emotiva con el personaje histórico femenino asignado”.

Y ahí reside la principal relación de Múnich con la iniciativa, que cuenta con la Librería Española entre sus colaboradores y la muniquesa María Piulestán entre las autoras. Madre por partida doble y afincada en la ciudad desde hace años, María Piulestán (Cádiz) es licenciada en Filología Alemana por la Universidad de Sevilla. Trabaja en la traducción y edición de textos, así como en la creación de material didáctico.

A María pertenece el relato de Sacajawea, la mujer indígena que guió a la mítica expedición de Lewis y Clark hacia el salvaje oeste de los Estados Unidos de América. El viaje se prolongó entre 1804 y 1806, partiendo de Dakota del Norte hasta la costa de Oregón.

Aunque su dedicación principal no sea la de guía, lo cierto es que María Piulestán lleva años haciéndolo de forma desinteresada. Especialmente orientando a través de internet a familias con niños que visitan Múnich, pues es la autora del blog Ser una mamá española en Múnich. En este espacio ha venido recomendado durante años todo tipo de actividades a realizar en familia en la ciudad. También restaurantes, espacios de ocio o escuelas, en este caso para las familias españolas que han ido llegando en los últimos tiempos.

María Piulestán será la responsable de la presentación del libro, este sábado 13 de diciembre a las 16:30 horas, en un acto abierto en el que se podrán adquirir ejemplares.

Más información:

Espacio en Verkami del proyecto

eldiario.es (06/08/2014): La historia que escribieron ellas

Salzburgo: tres miradores

Estos días de mercadillos navideños he tenido la oportunidad de volver a recorrer los dos montículos que envuelven Salzburgo, con sus tres miradores. No me han descubierto nada nuevo, pero me han recordado que unos son mejor que otros (según qué busquemos).

Fortaleza de Hohensalzburg

Vista desde la fortaleza. /SALZBURG FESTUNG

Vista desde la fortaleza. /SALZBURG FESTUNG

La mayoría de viajeros que persiguen una panorámica de Salzburgo desde las alturas suben aquí. Bajo mi punto de vista, si lo que queremos es inmortalizar la ciudad de la sal en toda su dimensión, es un gran error. Subir a la fortaleza a hacer fotos desde las alturas nos excluye del campo de visión uno de los elementos más singulares de Salzburgo: el mismo castillo, pues fotografiando desde este nunca lo vamos a poder tomar.

Además, es el único de los tres miradores al que no se puede subir si no se paga. Algo más de once euros si ascendemos en el cremallera y ocho si lo hacemos a pie. Eso sí, el precio incluye la entrada a las dependencias de la fortificación medieval, que con sus casi mil años de historia bien merece un paseo.

Si lo que se pretende es visitar el fortín por dentro o disfrutar de los Alpes, al otro lado de la ciudad, entonces sí merece la pena y mucho pasar por caja.

Para usar el ferrocarril hay que tomar el camino que sube al Mönchberg desde Kapitelplatz. A los pocos metros aparece la estación. Los que suban caminando han de seguir por la misma vía hacia arriba hasta la puerta del bastión.

www.salzburg-burgen.at/en

Museo de Arte Contemporáneo

Vista desde el museo

Vista desde el museo

Lo de este mirador próximo al de la fortaleza, en el mismo Mönchberg, es una solución intermedia. Los más perezosos pueden alcanzarlo sin esfuerzo, previo pago de 3,4 euros por un ticket de subida y bajada en ascensor, mientras que los que gustan del esfuerzo pueden encaramarse libremente a pie.

Las vistas son fantásticas, con la ciudad histórica de Salzburgo a nuestros pies y Hohensalzburg al fondo, flanqueándola. De fondo el río Salzach y el Kapuzinerberg.

Si nos quedamos con ganas y disponemos de mucho tiempo, se puede visitar el museo local de arte contemporáneo –Museum der Moderne–, pues esta azotea es en realidad su terraza. Si tenemos solamente algo de tiempo, se puede descender caminando a través de la montaña y la antigua muralla.

Para llegar hasta el ascensor desde el centro hay que cruzar toda la Getreidegasse, calle principal del Altstadt, e ir en busca luego de la Gstättengasse. Una gran puerta en la roca nos avisa del acceso al museo y con ello al balcón panorámico. A pie, se llega por la abadía de los agustinos en el oeste o bien, más rápido, subiendo las escaleras que parten desde las casas de los festivales.

www.salzburg.info/de/anreise_verkehr/oeffentlicher_verkehr/moenchsberg_aufzug

Kapuzinerberg

Vista desde la montaña de los capuchinos

Vista desde la montaña de los capuchinos

En realidad Salzburgo estuvo dotada de dos fortificaciones, una a cada lado del río. En el extremo norte se halla la segunda de las mismas, abadía a su vez de los capuchinos.

Para alcanzarla, y las magníficas vistas que regala, hay que salir del centro, cruzar el río y seguir por la Linzer Gasse. A las primeras de cambio nos aborda un arco y una empinadísima cuesta, la que nos conduce a nuestro destino. No hay otra vía.

Una vez arriba, bajo mi punto de vista, la vista panorámica más completa de Salzburgo, con el centro histórico íntegro, tras el sinuoso Salzach y con la fortaleza y el Mönchsberg en segundo plano. Al fondo, los Alpes. Es decir, todo.

Como contra, el sol de cara nos dificulta tomar la foto desde aquí durante las horas de más luz.

www.salzburg.info/en/sights/nature_in_the_city_of_salzburg/mountains_in_the_city_of_salzburg/kapuzinerberg

Gorizia (II)

Gorizia, 1971: uns 45.000 habitants; Gorizia, ara: 35.000 habitants. Alcoi, 1981: vora 70.000 habitants; Alcoi, hui: 60.000 habitants. I gràcies. Potser per això l’altre dia per moments tenia la sensació d’estar passejant pels carrers del centre històric del meu poble.

Tot barat

Tot barat

Cartellera

Cartellera

Comerç mort

Comerç mort

Casa

Casa

Barri del castell

Barri del castell

Castell de Gorizia

Castell

Comerç viu (?)

Comerç viu (?)

Gorizia: con un pie en Italia y el otro en Eslovenia (literalmente)

Además de pasarlo fenomenal entre amigos, disfrutar del sol, el vino y soberbios condumios varios, este fin de semana hemos tenido la oportunidad de conocer otra pequeña historia de esas que te dejan un rato absorto, mudo, tratando de averiguar sin éxito el alcance real de ese vocablo llamado frontera que tan espinoso se puso en según qué barrios de Europa al término de la Segunda Guerra Mundial. Con esto del sueño acumulado, el medio catarro y la razonable resaca que me acompaña este lunes de retorno, se me ocurre solamente tratar de explicarme brevemente y dejar cuatro fotos que me han parecido muy curiosas.

Perteneciente al Imperio Austrohúngaro hasta la Primera Guerra Mundial, la ciudad de Gorizia se incorporó por primera vez a Italia tras la contienda, así como los territorios mayoritariamente de habla eslovena de sus montañas circundantes. En liza durante la Segunda Guerra Mundial, entre partisanos yugoslavos y el bando fascista, el mismo casco urbano de Gorizia pasó a delimitar la frontera entre Italia y Yugoslavia a partir de 1947. Desde ese momento uno de sus barrios –ahora Nova Gorica–, donde se hallaba la estación de trenes septentrional, quedó enclavado en Eslovenia, mientras el resto de la ciudad se mantuvo en la República Italiana. Un paso fronterizo más o menos férreo y una estúpida valla separaron ambos lados de los lindes, restringiendo la circulación a las personas que durante siglos habían formado parte de una misma cosa. No fue hasta 2004, con la entrada de la Eslovenia independiente en la Unión Europea, casi quince años después de la caída del Muro de Berlín, que se derribó la inmensa mayoría de este murete y se permitió el libre movimiento de personas, vecinos, hermanos, viajeros… Ayer domingo, a mediodía, mientras alguna viejecita tomaba el sol del lado esloveno y un par de chavales malgastaban la insípida mañana del festivo al otro lado, nosotros nos dejamos caer por el lugar. La Piazza della Transalpina para unos, la Evropski Trg, para los otros. Por suerte, donde hoy día vas y te tomas la foto. Y nada más.

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Donde Italia y Eslovenia se encuentran, en el pueblo de Gorizia

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gorizia_transalpina-lutman La plaza y la estación, tras la división. /WEB

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La plaza, cuando la valla. / Messaggero Veneto

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Fuera valla (2004). / Messaggero Veneto

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Los alcaldes de ambas Gorizias rememoraron juntos la entrada de Eslovenia en la UE. / Messaggero Veneto

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Lo que queda de valla, recuerdo

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La frontera, a lado y lado del pueblo. /WEB

L’últim dia de la tardor

El calendari assenyala, ací i allà, que la primavera entra el 21 de març, però hom a Baviera sap que fins que no entra el mes de maig igual en tenim que no. Ara bé, en arribar el primer del cinquè mes del calendari, mentre mig mon ret homenatge als màrtirs de Chicago, aquesta gent treu la pólvora, la cervesa i la música al carrer i celebra pagada que d’ençà d’aquell dia tot mou. Hui he tingut una sensació molt pareguda. Ja sé que resta un mes exacte per a que arribe l’hivern, però en realitat podem donar la tardor per exhaurida. Al principi del tot les primeres fulles groguenques van començar a caure al terra, allà per l’agost. Al setembre, les taronges i les vermelles anaven totes barrejades i cada dia n’hi havia més al terra. Ara fa un mes, per l’octubre, les clarors als arbres eren ja tan grans que si plovia no n’hi havia forma d’evitar banyar-se. Nevar no ha caigut un floc de neu, però. Al carrer, les fulles grogues, les vermelles i les marrons anaven amuntonant-se dia a dia sense que ningú fera res per arreplegar-les. N’hi havia tantes, ja al novembre, que fins i tot resultava perillós circular amb la bicicleta per segons quines arberedes. Hui però, han vingut dos desenes d’operaris dels serveis de neteja al barri i amb tot un munt de màquines ho han netejat tot. Primer han agranat els carrers, després han anat fent muntons, més tard ho han recollit tot plegat i només al final han arruixat. En acabar la feina els he vist mirar cap al cel i trobar allò que cercaven. Els til·lers del nostre carrer, els faigs del d’enfront i els freixes de més enllà, tan se val, no n’hi ha cap arbre que conserve una quantitat de fulla suficient com per a considerar-la una amenaça. La propera vegada que passen aquestos senyors de manteniment pel carrer serà per a retirar la neu i sembrar-ho tot d’incòmodes pedres. Pot que hui no haja començat encara l’hivern, però sense dubte la tardor ha arribat al seu fi. Ni que siga al nostre davant.

Barcelona: buscando (absurdamente) el Palau

La Xampanyeria de Barcelona, no el Palau de Múnich

La Xampanyeria de Barcelona, no el Palau de Múnich

Como si no hubiera millones de bares de puta madre en los que tomarse unas cañas en Barcelona, en mi última escapada, la del otro día, me cegué con uno en concreto cual niño caprichoso y cabezota. Había que visitar el Palau, pero a la madre, son tantas las botellas de vino rosado cabezón las que han corrido por nuestras venas… Ahí, entre empujones de pepes y angelinos al frente de la angosta barra del garito del mismo nombre en la Thalkirchner Strasse . Qué de ratos! (Y de resacas!).

Con esa idea fija entre ceja y ceja, empezamos la ruta viernes por el mediodía. Cómo queríamos ir de menos a más, decidimos aparcar el Palau (en realidad, en Barcelona se llama Can Paixano, o en todo caso la Xampanyeria; lo de Palau es un invento de un barero muniqués en homenaje a la plaça del Palau) para el día siguiente.

No sé si por no entrar en shock debido a un cambio radical de usos y costumbres, la primera comilona nos la regalamos en la antigua fábrica de cervezas Moritz. En un plan algo hipster, los herederos de la vieja cervecera barcelonesa, creada en 1856 por el alsaciano Louis Moritz Trautmann, han resucitado, bajo mi punto de vista con mucha puntería, un fantástico patrimonio adormecido durante décadas. Más allá de lo bien que parece funcionar su invento como producto vinculado a la tremenda marca de nombre Barcelona, lo cierto es que se han marcado un gol con el diseño de su local en la antigua fábrica de la ronda de Sant Antoni. Pues sí: me diseñan, medianamente bien, un garito de estética contemporánea; me sirven una cerveza en una botella original, y me dan de comer decentemente… y me vuelvo loco. Especialmente, recién llegado de Alemania. Grande la hamburguesa de butifarra, proclamo.

Una 'moritz' en Moritz

Una ‘moritz’ en Moritz

Estómago lleno, corazón contento. Y una siesta. El segundo de los bares de nuestra ruta no merece comentario alguno. Así que a otra cosa mariposa. A todo esto estamos ya a sábado y los sábados además de echar polvotes hay que alimentar la panza.

Más de cuatro años viviendo en Barcelona y no ser capaz de dar con un bar decente en la Barceloneta. Y mira que era fácil. Por suerte, mi cuñado es bastante más hacha que yo en cuanto a rastrear tugurios prodigiosos. Nos aconsejó desde la diáspora y dimos en el clavo. Can Manyo, señor@s: un antro de serrín en el suelo, palillos en la boca, camareros de piropo fácil, frituras de pescado, servilletas papel… Pero qué banquete, grandes las gambas, pequeños los mejillones, fresco todo. Por cierto: ¿Quién dijo que los mejores placeres nunca salen baratos? Una cola antes de entrar a comer y una colada al salir y arreglados.

Cola en Can Manyo

Cola en Can Manyo

El tiempo se nos echa encima sin hallar el momento de ir en busca del Palau. Siempre aparecen otros templos que visitar por el camino. El siguiente en nuestra agenda fue Can Culleretes. Amagado en una callejuela insignificante del Gòtic, de esas feas y sucias que tanto adoro en Barcelona, nunca se me hubiese ocurrido sentarme allí a la mesa sin una referencia externa. En este caso llega del familiar más gastrónomo que tenemos. Una placa a la puerta nos recuerda que se trata del segundo restaurante más antiguo de España, fundado en 1786, uno de estos datos que nunca sabes si te tranquilizan o te hacen dudar aún más. De puertas adentro, todo mejora rápidamente: el restaurante está a tope y el 90% son clientes catalanes. Punto a tener en cuenta hablando de Barcelona centro. La decoración es suficientemente kitsch como para hacernos sentir cómodos, el servicio es bueno, los precios acompañan… y la comida nos deja más felices si cabe. Arrosset de cassola (versión catalana) y guisos de caza. Mudos y saciados, salimos arrastrando las piernas. Otra muesca.

No me quiero olvidar de las visitas entre horas a las barras de los mercados de Barna, qué barras, y no hablo yo de la Boquería que de seguir así va a terminar convirtiéndose en algo tan surrealista como un mercado de frutas exóticas asiáticas frecuentado por asiáticos que visitan Barcelona y que al lugar entran para beberse un zumo, comprarse una ración de jamón envasada al vacío (ready to fly) y echar dos fotos. Ellos y nadie más. O cartón-piedra. Un momento: pero si eso es exactamente en lo que se ha convertido el mercado de la Boquería. Yo me refería antes a Santa Caterina, por ejemplo.

El caso es que se nos ha pasado el tiempo volando, pesamos todos un par de quilos de más y ganas de ir al Palau ya no tenemos muchas. Pero hay que ir. Kein Thema. Me los llevo a rastras con tal de cumplir lo que creía una obligación y nos presentamos a media tarde en la mítica Xampanyeria.

Xampanyeria de BCN

Xampanyeria de BCN

¿Qué cómo fue? Los parecidos razonables son muchos, muchísimos, más de los que contaba. De entrada el bar está tan lleno como el de Múnich. Y la mitad más uno son guiris. Lo que pasa es que aquí los guiris no son los españoles, sino los alemanes. Los bocatas primos hermanos. La barra se parece pero mucho, hasta tal punto que incluso los botes de mostaza que ofrecen para acompañar los bocadillos de carne a la plancha son idénticos en ambos sitios. Las botellas, y también las copas, son las mismas. Can Paixano a gogó.

Pero, hay que decirlo, ya nada me sabe igual. Y no tiene la culpa el paixano. Es que los recuerdos gourmet placenteros son tan recientes y abundantes que donde antes veía un cava rosado cojonudo y facilón veo un vino espumoso de calidad namás que la justa, peleón, al que parece la han dado un chute de gaseosa para tratar de convertirlo en un producto más convincente. Se deja beber y punto. Incluso las colas y las dificultades para entrar el local parecen carecer de gracia a este lado de los Pirineos. Menuda decepción…

Tampoco quisiera ser tan melodramático, llevamos tres días de convites en lo que supone un festín sin precedentes. Descubro antes de chapar mi ruta gastronómica en busca del Palau algo que ya sabía pero que había olvidado tan sometido como estoy a ese proceso llamado germanización: que un paquete de sobrasada industrial parida en un polígono de Mallorca para exportar a Centroeuropa puede que sea un manjar en Múnich pero nunca lo será en Barcelona, de la misma manera que el Palau de aquí lo tengo en la lista de favoritos y al de allí no lo metería en mi relación de deseos ni a empujones. Y lo digo muy en primera persona (y a lo Robe Iniesta): desde la sabiduría que me da el fracaso. Eso sí, en unos días nos vemos, a la mínima que me entre la flojera, en el Palau.

Quiero que quiten el tren (de Alcoi)

fulgencio_sanchez

Perdonad el cabreo, pero lo del ciclista de ultrafondo y el tren tortuga me ha tocado el alma.

Para los despistados: en adelante me remito a un pueblo de nombre Alcoi (60.000 habitantes perdidos en el interior de la provincia de Alicante y de los que no hay noticia más allá del 23 de abril), el cual, según cuentan los libros, en 1892 vio cómo se inauguraba su primera línea de ferrocarril. Aquello lo gestionó la Alcoy and Gandia Railway and Harbour Company Limited y funcionó durante 80 años.

Mi abuelo, un hombre de pueblo, no tuvo la suerte de montarse nunca en el chicharra, que era como conocían todos al tren, es fácil imaginar, por lo delicado de su sonido. Pero he escuchado decenas de veces contar sus historias a los abuelos de mis amigos, hablar de sus viajes a la playa en el tren del carbón, en esa máquina vetusta que andaba tan despacio que te permitía bajarte a echar una meada y volverte a subir al rato sin problemas. Una carrera y arreglados.

En paralelo habían estrenado en la zona otros dos trazados ferroviarios, en este caso entre el norte de la provincia de Alicante y Yecla, en Murcia, y para conectar la misma zona septentrional de Alicante con Valencia capital, a través de Ontinyent y Xàtiva. Los enlaces con Alcoi fueron posibles en 1909 y 1904, respectivamente.

Más de cien años han pasado de aquello, nada más y nada menos, de cuando en mi pueblo y en los de al lado se podía presumir de contar con tres líneas de ferrocarril. En burro, sí; y en tren, también.

Me gustaría poder decir que estamos como hace cien años. Seria triste, pero ojala. No, estamos mucho peor. Hace más de 40 años que ya no queda rastro de dos de las tres chicharras y la tercera, tal cual la tenemos, es como si no existiera.

Los cuatro gatos que siguen defendiéndola a capa y espada han vuelto a poner en evidencia el servicio actual y de qué forma, esta misma semana. Ha sido tan sencillo como coger a un ciclista local y pedirle que pedaleara los 42 kilómetros que separan Alcoi y Xàtiva a la vez que el tren trotaba torpón por los barrancos del Comtat y las llanuras de la Vall d’Albaida. Resultado: el ciclista, medio resfriado y con dos puertos de montaña por medio, alcanzó la meta un cuarto de hora antes que el ferrocarril. Habían salido juntos. La máquina, la del motor, tardó casi una hora y media en completar el trazado a una velocidad media de 32 kilómetros por hora. Y así todos los días. Para mear y no echar gota. O para bajarse del tren a mear y volver a subir, como nuestros viejos hace 90 años.

De lo que nadie ha hablado, y lo que más joroba de la cuestión, es que mientras el tren tortuga abandonaba la estación de Alcoi el pasado sábado, un AVE hacia lo propio en la Joaquín Sorolla de Valencia, en dirección a Madrid. Ambos invirtieron el mismo tiempo en completar su trayectoria. Bueno no fue exactamente igual: el tren a Madrid tardó 10 minutos más, solo que no recorrió 40 kilómetros sino 350.

Al mismo tiempo y pese a que estamos en las últimas, el Gobierno de España sigue construyendo nuevas líneas de Alta Velocidad que acabarán conectando todas las regiones, cómo no, con Madrid. Suena bonito, especialmente si obviamos que dejando de construir un par de kilómetros de trazados de alta velocidad habría suficiente para invertir los 65 millones de euros que urgimos en las Comarcas Centrales Valencianas para disponer de un servicio ferroviario de proximidad decente.

A todo esto, en Alcoi ya solo quedan cuatro desesperados cansados de hacer ruido con este asunto, tropocientos que no se enteran de la misa la mitad, otros tantos a los que se la sopla, y un puñado de políticos irresponsables intentado sacar rédito del tema, a menudo titular de cabecera, el cual acarrea décadas de parálisis y olvido institucional precisamente porque a los políticos solo les interesa cuando regresa como bucle a la prensa local o bien cuando toca presentar los Presupuestos Generales del Estado (en este sentido, primero se olvidan del tren y luego incluyen una partida testimonial para la modernización, que no se invierte finalmente).

Me cabrea tanto que correría si pudiera a susurrárselo a Pablo Iglesias. O peor, me vienen ganas de gritar: “Que quiten el jodido tren de una puñetera vez!” (grito de guerra robado a un familiar). Y que deje de sufrir la criatura.

Barcelona: parets

Haguera sigut preciós poder voltar per Berlín el passat diumenge, 9 de novembre. I més bonic encara aquell altre 9 de novembre, al 1989. Amb una picola a mà, els ulls oberts, una càmera de fotos, un pot de pintura i un pinzell, de cerveses amb els altres. Però com què tot no pot ser en esta vida, em conforme amb haver passejat en dia nou de l’onze per Barcelona, que tampoc no fou una mala experiència en la data. A Barna no n’hi ha mur, per fortuna, però passejar amb un ull en la paret sempre és un goig. Sovint els veïns van calents. A mi m’agrada, però. Les parets sempre amaguen missatges. Uns agraden, altres no. Uns són agradosos, altres destorben. Uns solidaris, altres fastigosos. N’hi ha que paga la pena llegir, altres només embruten. N’hi ha de plens, n’hi ha de buits. També n’hi ha de muts. Uns són evidents, altres indesxifrables. Massa persones no se’ls miren. O se’ls miren però no els veuen. Una pena.

És possible

És possible

Sant Felip Neri

Sant Felip Neri

Llibertat

Llibertat

De bades

De bades

Mafia

Mafia

Síp!

Síp!

#rutaBayern: Wieskirche

Uno de los siete elementos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en Baviera, la Iglesia de la Pradera –en alemán Wieskirche– de Steingaden es para muchos bávaros el templo religioso más sublime de cuantos se han erigido alguna vez en su territorio.

Exterior

Exterior

Se trata en realidad de una curiosa iglesia en estilo Barroco tardío construida en medio del campo, entre 1745 y 1754, como un santuario de peregrinación. Un peregrinaje iniciado unos años antes a tenor de la visión de una campesina local, Maria Lory, quien vio llorar a una talla de Cristo agonizante ubicada en el lugar. Un figura que todavía se conserva en el interior de la capilla.

La Wieskirche es obra de los hermanos Dominikus y Johann Baptist Zimmermann, destacados arquitecto y pintor del Rococó, respectivamente. Los laboriosos estucos, así como los sutiles y completos frescos del interior favorecieron la catalogación y protección de la iglesia por parte de la UNESCO, en 1983. Por su parte, la decoración exterior o su característico tono rosado no resultan tan espectaculares, por mucho que su forma ovalada y su ubicación en medio de la nada, a las puertas mismo de los Alpes, no dejen de ser curiosas.

Fresco

Fresco

Interior

Interior

Si en 2014 está siendo sometida a una leve restauración exterior, para sanear la entrada principal, entre 1985 y 1991 permaneció cerrada debido a un plan de rehabilitación integral. Casi 200 años antes –en 1803–, en el marco de una secularización en Baviera, a punto estuvo incluso de ser demolida. Únicamente la presión popular lo evitó.

La entrada a la iglesia de Wies es gratuita, si bien no cabe olvidar que se trata de un templo especialmente venerado y activo. Mantienen un intenso programa de misas, varias al día en los fines de semana, a las que no faltan feligreses llegados de otros puntos de Baviera. Además se mantienen algunas peregrinaciones anuales. Son numerosos los viajeros y grupos de turistas que se apean allí, especialmente en verano, en el marco de la Ruta Romántica.

*Nota para el viajero
Todos los detalles sobre cómo llegar u horarios de misas se pueden consultar en la web de la Wieskirche, en alemán o en inglés.

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