Gorizia: con un pie en Italia y el otro en Eslovenia (literalmente)

Además de pasarlo fenomenal entre amigos, disfrutar del sol, el vino y soberbios condumios varios, este fin de semana hemos tenido la oportunidad de conocer otra pequeña historia de esas que te dejan un rato absorto, mudo, tratando de averiguar sin éxito el alcance real de ese vocablo llamado frontera que tan espinoso se puso en según qué barrios de Europa al término de la Segunda Guerra Mundial. Con esto del sueño acumulado, el medio catarro y la razonable resaca que me acompaña este lunes de retorno, se me ocurre solamente tratar de explicarme brevemente y dejar cuatro fotos que me han parecido muy curiosas.

Perteneciente al Imperio Austrohúngaro hasta la Primera Guerra Mundial, la ciudad de Gorizia se incorporó por primera vez a Italia tras la contienda, así como los territorios mayoritariamente de habla eslovena de sus montañas circundantes. En liza durante la Segunda Guerra Mundial, entre partisanos yugoslavos y el bando fascista, el mismo casco urbano de Gorizia pasó a delimitar la frontera entre Italia y Yugoslavia a partir de 1947. Desde ese momento uno de sus barrios –ahora Nova Gorica–, donde se hallaba la estación de trenes septentrional, quedó enclavado en Eslovenia, mientras el resto de la ciudad se mantuvo en la República Italiana. Un paso fronterizo más o menos férreo y una estúpida valla separaron ambos lados de los lindes, restringiendo la circulación a las personas que durante siglos habían formado parte de una misma cosa. No fue hasta 2004, con la entrada de la Eslovenia independiente en la Unión Europea, casi quince años después de la caída del Muro de Berlín, que se derribó la inmensa mayoría de este murete y se permitió el libre movimiento de personas, vecinos, hermanos, viajeros… Ayer domingo, a mediodía, mientras alguna viejecita tomaba el sol del lado esloveno y un par de chavales malgastaban la insípida mañana del festivo al otro lado, nosotros nos dejamos caer por el lugar. La Piazza della Transalpina para unos, la Evropski Trg, para los otros. Por suerte, donde hoy día vas y te tomas la foto. Y nada más.

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Donde Italia y Eslovenia se encuentran, en el pueblo de Gorizia

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gorizia_transalpina-lutman La plaza y la estación, tras la división. /WEB

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La plaza, cuando la valla. / Messaggero Veneto

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Fuera valla (2004). / Messaggero Veneto

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Los alcaldes de ambas Gorizias rememoraron juntos la entrada de Eslovenia en la UE. / Messaggero Veneto

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Lo que queda de valla, recuerdo

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La frontera, a lado y lado del pueblo. /WEB

L’últim dia de la tardor

El calendari assenyala, ací i allà, que la primavera entra el 21 de març, però hom a Baviera sap que fins que no entra el mes de maig igual en tenim que no. Ara bé, en arribar el primer del cinquè mes del calendari, mentre mig mon ret homenatge als màrtirs de Chicago, aquesta gent treu la pólvora, la cervesa i la música al carrer i celebra pagada que d’ençà d’aquell dia tot mou. Hui he tingut una sensació molt pareguda. Ja sé que resta un mes exacte per a que arribe l’hivern, però en realitat podem donar la tardor per exhaurida. Al principi del tot les primeres fulles groguenques van començar a caure al terra, allà per l’agost. Al setembre, les taronges i les vermelles anaven totes barrejades i cada dia n’hi havia més al terra. Ara fa un mes, per l’octubre, les clarors als arbres eren ja tan grans que si plovia no n’hi havia forma d’evitar banyar-se. Nevar no ha caigut un floc de neu, però. Al carrer, les fulles grogues, les vermelles i les marrons anaven amuntonant-se dia a dia sense que ningú fera res per arreplegar-les. N’hi havia tantes, ja al novembre, que fins i tot resultava perillós circular amb la bicicleta per segons quines arberedes. Hui però, han vingut dos desenes d’operaris dels serveis de neteja al barri i amb tot un munt de màquines ho han netejat tot. Primer han agranat els carrers, després han anat fent muntons, més tard ho han recollit tot plegat i només al final han arruixat. En acabar la feina els he vist mirar cap al cel i trobar allò que cercaven. Els til·lers del nostre carrer, els faigs del d’enfront i els freixes de més enllà, tan se val, no n’hi ha cap arbre que conserve una quantitat de fulla suficient com per a considerar-la una amenaça. La propera vegada que passen aquestos senyors de manteniment pel carrer serà per a retirar la neu i sembrar-ho tot d’incòmodes pedres. Pot que hui no haja començat encara l’hivern, però sense dubte la tardor ha arribat al seu fi. Ni que siga al nostre davant.

Barcelona: buscando (absurdamente) el Palau

La Xampanyeria de Barcelona, no el Palau de Múnich

La Xampanyeria de Barcelona, no el Palau de Múnich

Como si no hubiera millones de bares de puta madre en los que tomarse unas cañas en Barcelona, en mi última escapada, la del otro día, me cegué con uno en concreto cual niño caprichoso y cabezota. Había que visitar el Palau, pero a la madre, son tantas las botellas de vino rosado cabezón las que han corrido por nuestras venas… Ahí, entre empujones de pepes y angelinos al frente de la angosta barra del garito del mismo nombre en la Thalkirchner Strasse . Qué de ratos! (Y de resacas!).

Con esa idea fija entre ceja y ceja, empezamos la ruta viernes por el mediodía. Cómo queríamos ir de menos a más, decidimos aparcar el Palau (en realidad, en Barcelona se llama Can Paixano, o en todo caso la Xampanyeria; lo de Palau es un invento de un barero muniqués en homenaje a la plaça del Palau) para el día siguiente.

No sé si por no entrar en shock debido a un cambio radical de usos y costumbres, la primera comilona nos la regalamos en la antigua fábrica de cervezas Moritz. En un plan algo hipster, los herederos de la vieja cervecera barcelonesa, creada en 1856 por el alsaciano Louis Moritz Trautmann, han resucitado, bajo mi punto de vista con mucha puntería, un fantástico patrimonio adormecido durante décadas. Más allá de lo bien que parece funcionar su invento como producto vinculado a la tremenda marca de nombre Barcelona, lo cierto es que se han marcado un gol con el diseño de su local en la antigua fábrica de la ronda de Sant Antoni. Pues sí: me diseñan, medianamente bien, un garito de estética contemporánea; me sirven una cerveza en una botella original, y me dan de comer decentemente… y me vuelvo loco. Especialmente, recién llegado de Alemania. Grande la hamburguesa de butifarra, proclamo.

Una 'moritz' en Moritz

Una ‘moritz’ en Moritz

Estómago lleno, corazón contento. Y una siesta. El segundo de los bares de nuestra ruta no merece comentario alguno. Así que a otra cosa mariposa. A todo esto estamos ya a sábado y los sábados además de echar polvotes hay que alimentar la panza.

Más de cuatro años viviendo en Barcelona y no ser capaz de dar con un bar decente en la Barceloneta. Y mira que era fácil. Por suerte, mi cuñado es bastante más hacha que yo en cuanto a rastrear tugurios prodigiosos. Nos aconsejó desde la diáspora y dimos en el clavo. Can Manyo, señor@s: un antro de serrín en el suelo, palillos en la boca, camareros de piropo fácil, frituras de pescado, servilletas papel… Pero qué banquete, grandes las gambas, pequeños los mejillones, fresco todo. Por cierto: ¿Quién dijo que los mejores placeres nunca salen baratos? Una cola antes de entrar a comer y una colada al salir y arreglados.

Cola en Can Manyo

Cola en Can Manyo

El tiempo se nos echa encima sin hallar el momento de ir en busca del Palau. Siempre aparecen otros templos que visitar por el camino. El siguiente en nuestra agenda fue Can Culleretes. Amagado en una callejuela insignificante del Gòtic, de esas feas y sucias que tanto adoro en Barcelona, nunca se me hubiese ocurrido sentarme allí a la mesa sin una referencia externa. En este caso llega del familiar más gastrónomo que tenemos. Una placa a la puerta nos recuerda que se trata del segundo restaurante más antiguo de España, fundado en 1786, uno de estos datos que nunca sabes si te tranquilizan o te hacen dudar aún más. De puertas adentro, todo mejora rápidamente: el restaurante está a tope y el 90% son clientes catalanes. Punto a tener en cuenta hablando de Barcelona centro. La decoración es suficientemente kitsch como para hacernos sentir cómodos, el servicio es bueno, los precios acompañan… y la comida nos deja más felices si cabe. Arrosset de cassola (versión catalana) y guisos de caza. Mudos y saciados, salimos arrastrando las piernas. Otra muesca.

No me quiero olvidar de las visitas entre horas a las barras de los mercados de Barna, qué barras, y no hablo yo de la Boquería que de seguir así va a terminar convirtiéndose en algo tan surrealista como un mercado de frutas exóticas asiáticas frecuentado por asiáticos que visitan Barcelona y que al lugar entran para beberse un zumo, comprarse una ración de jamón envasada al vacío (ready to fly) y echar dos fotos. Ellos y nadie más. O cartón-piedra. Un momento: pero si eso es exactamente en lo que se ha convertido el mercado de la Boquería. Yo me refería antes a Santa Caterina, por ejemplo.

El caso es que se nos ha pasado el tiempo volando, pesamos todos un par de quilos de más y ganas de ir al Palau ya no tenemos muchas. Pero hay que ir. Kein Thema. Me los llevo a rastras con tal de cumplir lo que creía una obligación y nos presentamos a media tarde en la mítica Xampanyeria.

Xampanyeria de BCN

Xampanyeria de BCN

¿Qué cómo fue? Los parecidos razonables son muchos, muchísimos, más de los que contaba. De entrada el bar está tan lleno como el de Múnich. Y la mitad más uno son guiris. Lo que pasa es que aquí los guiris no son los españoles, sino los alemanes. Los bocatas primos hermanos. La barra se parece pero mucho, hasta tal punto que incluso los botes de mostaza que ofrecen para acompañar los bocadillos de carne a la plancha son idénticos en ambos sitios. Las botellas, y también las copas, son las mismas. Can Paixano a gogó.

Pero, hay que decirlo, ya nada me sabe igual. Y no tiene la culpa el paixano. Es que los recuerdos gourmet placenteros son tan recientes y abundantes que donde antes veía un cava rosado cojonudo y facilón veo un vino espumoso de calidad namás que la justa, peleón, al que parece la han dado un chute de gaseosa para tratar de convertirlo en un producto más convincente. Se deja beber y punto. Incluso las colas y las dificultades para entrar el local parecen carecer de gracia a este lado de los Pirineos. Menuda decepción…

Tampoco quisiera ser tan melodramático, llevamos tres días de convites en lo que supone un festín sin precedentes. Descubro antes de chapar mi ruta gastronómica en busca del Palau algo que ya sabía pero que había olvidado tan sometido como estoy a ese proceso llamado germanización: que un paquete de sobrasada industrial parida en un polígono de Mallorca para exportar a Centroeuropa puede que sea un manjar en Múnich pero nunca lo será en Barcelona, de la misma manera que el Palau de aquí lo tengo en la lista de favoritos y al de allí no lo metería en mi relación de deseos ni a empujones. Y lo digo muy en primera persona (y a lo Robe Iniesta): desde la sabiduría que me da el fracaso. Eso sí, en unos días nos vemos, a la mínima que me entre la flojera, en el Palau.

Quiero que quiten el tren (de Alcoi)

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Perdonad el cabreo, pero lo del ciclista de ultrafondo y el tren tortuga me ha tocado el alma.

Para los despistados: en adelante me remito a un pueblo de nombre Alcoi (60.000 habitantes perdidos en el interior de la provincia de Alicante y de los que no hay noticia más allá del 23 de abril), el cual, según cuentan los libros, en 1892 vio cómo se inauguraba su primera línea de ferrocarril. Aquello lo gestionó la Alcoy and Gandia Railway and Harbour Company Limited y funcionó durante 80 años.

Mi abuelo, un hombre de pueblo, no tuvo la suerte de montarse nunca en el chicharra, que era como conocían todos al tren, es fácil imaginar, por lo delicado de su sonido. Pero he escuchado decenas de veces contar sus historias a los abuelos de mis amigos, hablar de sus viajes a la playa en el tren del carbón, en esa máquina vetusta que andaba tan despacio que te permitía bajarte a echar una meada y volverte a subir al rato sin problemas. Una carrera y arreglados.

En paralelo habían estrenado en la zona otros dos trazados ferroviarios, en este caso entre el norte de la provincia de Alicante y Yecla, en Murcia, y para conectar la misma zona septentrional de Alicante con Valencia capital, a través de Ontinyent y Xàtiva. Los enlaces con Alcoi fueron posibles en 1909 y 1904, respectivamente.

Más de cien años han pasado de aquello, nada más y nada menos, de cuando en mi pueblo y en los de al lado se podía presumir de contar con tres líneas de ferrocarril. En burro, sí; y en tren, también.

Me gustaría poder decir que estamos como hace cien años. Seria triste, pero ojala. No, estamos mucho peor. Hace más de 40 años que ya no queda rastro de dos de las tres chicharras y la tercera, tal cual la tenemos, es como si no existiera.

Los cuatro gatos que siguen defendiéndola a capa y espada han vuelto a poner en evidencia el servicio actual y de qué forma, esta misma semana. Ha sido tan sencillo como coger a un ciclista local y pedirle que pedaleara los 42 kilómetros que separan Alcoi y Xàtiva a la vez que el tren trotaba torpón por los barrancos del Comtat y las llanuras de la Vall d’Albaida. Resultado: el ciclista, medio resfriado y con dos puertos de montaña por medio, alcanzó la meta un cuarto de hora antes que el ferrocarril. Habían salido juntos. La máquina, la del motor, tardó casi una hora y media en completar el trazado a una velocidad media de 32 kilómetros por hora. Y así todos los días. Para mear y no echar gota. O para bajarse del tren a mear y volver a subir, como nuestros viejos hace 90 años.

De lo que nadie ha hablado, y lo que más joroba de la cuestión, es que mientras el tren tortuga abandonaba la estación de Alcoi el pasado sábado, un AVE hacia lo propio en la Joaquín Sorolla de Valencia, en dirección a Madrid. Ambos invirtieron el mismo tiempo en completar su trayectoria. Bueno no fue exactamente igual: el tren a Madrid tardó 10 minutos más, solo que no recorrió 40 kilómetros sino 350.

Al mismo tiempo y pese a que estamos en las últimas, el Gobierno de España sigue construyendo nuevas líneas de Alta Velocidad que acabarán conectando todas las regiones, cómo no, con Madrid. Suena bonito, especialmente si obviamos que dejando de construir un par de kilómetros de trazados de alta velocidad habría suficiente para invertir los 65 millones de euros que urgimos en las Comarcas Centrales Valencianas para disponer de un servicio ferroviario de proximidad decente.

A todo esto, en Alcoi ya solo quedan cuatro desesperados cansados de hacer ruido con este asunto, tropocientos que no se enteran de la misa la mitad, otros tantos a los que se la sopla, y un puñado de políticos irresponsables intentado sacar rédito del tema, a menudo titular de cabecera, el cual acarrea décadas de parálisis y olvido institucional precisamente porque a los políticos solo les interesa cuando regresa como bucle a la prensa local o bien cuando toca presentar los Presupuestos Generales del Estado (en este sentido, primero se olvidan del tren y luego incluyen una partida testimonial para la modernización, que no se invierte finalmente).

Me cabrea tanto que correría si pudiera a susurrárselo a Pablo Iglesias. O peor, me vienen ganas de gritar: “Que quiten el jodido tren de una puñetera vez!” (grito de guerra robado a un familiar). Y que deje de sufrir la criatura.

Barcelona: parets

Haguera sigut preciós poder voltar per Berlín el passat diumenge, 9 de novembre. I més bonic encara aquell altre 9 de novembre, al 1989. Amb una picola a mà, els ulls oberts, una càmera de fotos, un pot de pintura i un pinzell, de cerveses amb els altres. Però com què tot no pot ser en esta vida, em conforme amb haver passejat en dia nou de l’onze per Barcelona, que tampoc no fou una mala experiència en la data. A Barna no n’hi ha mur, per fortuna, però passejar amb un ull en la paret sempre és un goig. Sovint els veïns van calents. A mi m’agrada, però. Les parets sempre amaguen missatges. Uns agraden, altres no. Uns són agradosos, altres destorben. Uns solidaris, altres fastigosos. N’hi ha que paga la pena llegir, altres només embruten. N’hi ha de plens, n’hi ha de buits. També n’hi ha de muts. Uns són evidents, altres indesxifrables. Massa persones no se’ls miren. O se’ls miren però no els veuen. Una pena.

És possible

És possible

Sant Felip Neri

Sant Felip Neri

Llibertat

Llibertat

De bades

De bades

Mafia

Mafia

Síp!

Síp!

#rutaBayern: Wieskirche

Uno de los siete elementos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en Baviera, la Iglesia de la Pradera –en alemán Wieskirche– de Steingaden es para muchos bávaros el templo religioso más sublime de cuantos se han erigido alguna vez en su territorio.

Exterior

Exterior

Se trata en realidad de una curiosa iglesia en estilo Barroco tardío construida en medio del campo, entre 1745 y 1754, como un santuario de peregrinación. Un peregrinaje iniciado unos años antes a tenor de la visión de una campesina local, Maria Lory, quien vio llorar a una talla de Cristo agonizante ubicada en el lugar. Un figura que todavía se conserva en el interior de la capilla.

La Wieskirche es obra de los hermanos Dominikus y Johann Baptist Zimmermann, destacados arquitecto y pintor del Rococó, respectivamente. Los laboriosos estucos, así como los sutiles y completos frescos del interior favorecieron la catalogación y protección de la iglesia por parte de la UNESCO, en 1983. Por su parte, la decoración exterior o su característico tono rosado no resultan tan espectaculares, por mucho que su forma ovalada y su ubicación en medio de la nada, a las puertas mismo de los Alpes, no dejen de ser curiosas.

Fresco

Fresco

Interior

Interior

Si en 2014 está siendo sometida a una leve restauración exterior, para sanear la entrada principal, entre 1985 y 1991 permaneció cerrada debido a un plan de rehabilitación integral. Casi 200 años antes –en 1803–, en el marco de una secularización en Baviera, a punto estuvo incluso de ser demolida. Únicamente la presión popular lo evitó.

La entrada a la iglesia de Wies es gratuita, si bien no cabe olvidar que se trata de un templo especialmente venerado y activo. Mantienen un intenso programa de misas, varias al día en los fines de semana, a las que no faltan feligreses llegados de otros puntos de Baviera. Además se mantienen algunas peregrinaciones anuales. Son numerosos los viajeros y grupos de turistas que se apean allí, especialmente en verano, en el marco de la Ruta Romántica.

*Nota para el viajero
Todos los detalles sobre cómo llegar u horarios de misas se pueden consultar en la web de la Wieskirche, en alemán o en inglés.

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#rutaBayern: del ‘little Berlin’ o l’altre mur (a Baviera)

En una setmana es commemora el 25 aniversari de la caiguda del Mur de Berlín, un dels episodis més fascinants, i decisius, de la història contemporània. Pocs saben de la versió bavaresa del Mur, en el poblet de Mödlareuth.

(Este texto está publicado en castellano en el magazine digital Dahoam. Léelo aquí)

Mur actual. /VIQUIPÈDIA CC

Mur actual. /VIQUIPÈDIA CC

El proper 9 de novembre es compleixen 25 anys de la caiguda del Mur de Berlín, aquella barrera infame que va separar durant dècades als ciutadans de l’actual capital alemanya, aleshores dividida entre la República Democràtica Alemanya (RDA) i la part occidental o República Federal d’Alemanya (RFA).

Molt se sap d’aquest punt fronterer, erigit al 1961, no es tracta però de l’única paret que va mantenir dividides a les dues Alemanyes fins 1989. A partir de 1960 i en un context de Guerra Freda i escalada de tensió, amb una RDA obsessionada per frenar l’èxode massiu dels seus ciutadans, la frontera interalemanya, com s’ha anomenat el llindar que va separar a tots dos països sorgits després de la II Guerra Mundial, va ser una de les mes militaritzades del planeta. Tancada amb clau.

Encara que semble estrany, la pròspera i meridional Baviera, tan profundament occidentalitzada, fou un dels länder fronterers amb la RDA, en concret amb els estats actuals de Turíngia i Saxònia.

El ‘little Berlin’
I amb algun cas especialment curiós, com el de l’aldea Mödlareuth, els habitants (50) de la qual es disgreguen des de 1810 en dos espais de gestió administrativa independent. D’una banda, el sector nord del poble va quedar, després del naixement del Regne de Baviera, sota els dominis del Principat de Reuß; per un altre, el sector meridional roman des de llavors sota control bavarés, abans depenent del Principat de Bayreuth.

Després de la II Guerra Mundial, la cara nord de Mödlareuth quedaria enclavada en Turíngia, sector de control soviètic, mentre el sud romandria sota el domini de les tropes nord-americanes, com va succeir amb la resta de Baviera.

Ja en 1949, amb la participació d’Alemanya en dos estats sobirans, la frontera entre tots dos costats va quedar clarament delimitada en el poble, sent possible, no obstant açò, el trànsit de persones mitjançant la tramitació de permisos.

Frontera al 1949. /VIQUIPÈDIA CC

Frontera al 1949. /VIQUIPÈDIA CC

En l’estiu de 1966, cinc anys després de la creació del mur de Berlín, es va erigir en aquesta localitat un mur de 700 metres de longitud que va barrar definitivament el pas entre ambdues parts.

El control d’aquesta frontera de marcat caràcter rural es va endurir amb els anys, fins a l’extrem que existien dispositius de dispar automàtic per a evitar que fóra creuada furtivament. Únicament s’hi van comptabilitzar alguns ferits, així com un parell de soldats morts, de la mateixa forma que són pocs els casos coneguts d’intents de saltar aquest mur durant dècades.

En 1983 es va produir una visita d’alt nivell a la part occidental de Mödlareuth. L’aleshores president d’Estats Units d’Amèrica, George Bush pare, va conèixer el lloc de primera mà, batejant-ho com little Berlin.

Exactament un mes més tard de la caiguda del Mur de Berlín, el 9 de desembre de 1989, es va obrir aquesta tranquil·la frontera amb un pas permanent. Amb tot, darrerament es va optar per conservar part de la paret divisòria, obrint-se un museu a l’aire lliure que roman a la disposició del públic en l’actualitat.

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¿Es que todas me caen a mi?

Hoy me han vuelto a multar. La Polizei. Otra vez con la bicicleta. Es cierto que ruedo y ruedo por las calles de Múnich, pero… hace meses que dejé de arrancar, por el carril bici, con el semáforo de peatones en rojo; años que ya no escucho música mientras pedaleo; ahora me bajo del biciclo en las zonas peatonales. Aún así esta mañana me han pillado sobre ruedas mirando el correo electrónico en el teléfono móvil. Y zasca! Por poner en riesgo la circulación del barrio –con esto de ir a una mano–. O por listillo. O porque aquí también hay que hacer caja. Veinticinco eurillos, por pronto pago. Más bien euracos. Eurillos son los que salen de las tarjetas black, las que paga Clavijo; si salen de bolsillo propio son eurazos. ¿A qué sí Marcos? Me han cogido de buen humor. Indocumentado como iba me han tenido un rato comprobando datos y me han dado el sermón de rigor, los señores de verde, si bien puedo presumir y presumo que esta vez no ha salido ni una queja de mi boca. Impasible. Consciente de la imprudencia cometida –joder me están domesticando–. A cambio, he estado pensando todo el rato de espera en los cientos de ciclistas con los que me cruzo al día por esta ciudad: en el que habla por el móvil mientras conduce; en el que se salta los semáforos –de peatones– en las calles con poco tráfico; en el que anda por el carril bici en sentido contrario, etcétera. El otro día me crucé a un tipo que andaba en bici y portaba una caja de cerveza ¡todo a la vez! Sin manos, claro. Mi pregunta en ese lapso hasta la entrega del premio era: ¿a todos ellos también les parará tanto la policía como a mi o lo nuestro es especial? Espero que así sea, no soportaría ser un fulano cualquiera. Como si de una premonición se tratara, por cierto, esta mañana, antes de salir de casa, he decidido sabiamente hacerlo sin suprimir mi oscura barba de cuatro días. No hay multa sin pelambrera. No se disfruta igual, si uno no duda al ser sancionado en estos lares de si lo paran por turquillo o no. Pues eso mismo, que lo dudo. En fin, con todo el proceso masticado tranquilamente en mi interior y la falla bien explicada por parte del madero, la multa está en la saca. Tot ben senzill i ben alegre. Otra más para la colección. Avisada estás, nena.

Cinc motius pels quals els muniquesos adoren l’Augustiner

(Este texto está publicado en castellano en el magazine digital Dahoam. Léelo aquí)

Com si d’una filla mimada es tractara, gràcies a un enorme suport local la cervesa Augustiner de Munic ha aconseguit forjar un sòlid model d’èxit sense abandonar el seu caràcter d’empresa familiar. Ni tan solament realitza publicitat.

La botella màgica

La botella màgica

No és una de les grans cerveseres del món al segle XXI, ni tampoc d’Europa. Ni tan sols és especialment coneguda fora de Baviera. La seua aurèola de fama sembla dissipar-se fins i tot més enllà dels confins de l’àrea metropolitana de Munic, la qual cosa no impedeix que Augustiner-Bräu Wagner KG, o simplement Augustiner, siga la cervesa amb major recorregut i èxit en el panorama muniqués actual.

De fet, malgrat el seu caràcter eminentment local i de comptar amb una gamma limitada de productes –la clàssica helles, la refinada Edelstoff o una weiss que no gaudeix de tanta fama com altres cerveses de blat–, ha aconseguit colar-se en primera línia de mercat, pel que fa a les sis grans de Munic. S’estima la seua producció en poc menys d’1,5 milions d’hectolitres a l’any, sobre un total de sis milions en la ciutat. A tot Alemanya, en els últims anys la fabricació ha caigut fins als 94 milions anuals, repartida entre un total d’1.319 productors.

Amb prou faenes inverteix Augustiner grans recursos en màrqueting, evitant les campanyes publicitàries en mitjans de comunicació o altres suports. A diferència dels competidors, no compta amb eslògan propi –qui no recorda els mítics “gut, besser, Paulaner” o “lass dir raten, trink Spaten”–, ni tampoc amb una imatge corporativa adaptada als temps d’ara.

I no sembla fer-li falta, doncs els joves muniquesos segueixen penjats a dia de hui de la botella gruixuda de color marró, la qual passegen per la ciutat, freqüentment oberta, com si d’un símbol de pertinença a una tribu es tractara.

I per què? Ací algunes claus de l’èxit d’Augustiner:

Sentit de pertinença i proximitat
Al costat de la Hofbräu München, l’Augustiner és hui l’única de les sis grans muniqueses que segueix en mans de capital local. Allò de l’HB és clar com l’aigua, ja que es tracta d’una empresa de titularitat estatal, cobrant més mèrit potser el d’Augustiner.

Augustiner-Bräu Wagner KG, una societat comanditària, va ser adquirida per la família Wagner en el segle XIX, romanent actualment en la gestió, que ha sigut professionalitzada i oberta a nous socis. En qualsevol cas, l’empresa arrencada pels monjos agustins al segle XIV es manté en mans locals, una cosa que, si atenem les xifres, ha estat especialment apreciada per la massa social bavaresa.

Per contra, els altres estendards regionals han caigut en les xarxes d’enormes conglomerats de producció a nivell mundial. Paulaner i Hacker-Pschorr s’integren al holding de l’holandesa Heineken (posseeix el 49% de les accions), mentre que Spaten-Löwenbrau-Franziskaner són part del gegant belga-brasiler AB InBev.

Resultat: si bé és cert que per exemple Paulaner és l’única muniquesa que es fa un lloc al top ten de les indústries de cervesa alemanyes, amb més de 2,3 milions d’hectolitres de producció anual, el seu èxit internacional sembla inversament proporcional a l’estima que obté entre els seus conciutadans. Per contra, les tavernes d’agustina semblen aflorar pertot arreu.

Història
No cal oblidar que l’Augustiner és la cervesa més antiga de les sis que es produeixen hui a Munic, remuntant-se l’origen de la seua elaboració a l’any 1328. La mateixa marca s’encarrega de fer-ho públic i notori, doncs presumeix orgullosa d’aquesta data tant en la retolació de les seues ampolles com en el seu logotip corporatiu, el qual llueix, per exemple, en la immensa majoria de gots amb els quals es dispensa. Els clients també semblen haver captat el missatge.

Preu
Sempre amb els peus al terra, l’èxit comercial de l’Augustiner no els ha suposat canvis en els seus plantejaments comercials i la seua línia de preus ajustats. Tant en el supermercat com, generalment, en biergarten o cerveseries.

En el súper no sol passar dels 75 cèntims botella de mig litre –i és fàcil trobar-la més barata–, generalment per sota dels preus de Paulaner o Hacker-Pschorr; de cara als jardins de cervesa o restaurants, l’Augustiner sol trobar-se en llocs d’estil tradicional amb una gamma de preu moderat i rarament en restaurants de gamma alta.

Fins i tot en Oktoberfest, la seua carpa acumula diversos anys dispensant la birra més barata. Aquest 2014 fou una de les poques que no va passar la barrera dels deu euros per litre.

Presència
Si parlem de locals i de biergärten, les dades tornen a somriure-li a la marca. Segons la web oficial de la casa, són uns 70 els restaurants tradicionals i cerveseries –gaststätten– de Munic que dispensen en exclusiva la seua cervesa, a més de molts altres pubs, cafès, pizzeries o jardins de cervesa.

Una dada sobre els jardins, els dos més grans de la ciutat: el de Hirschgarten i el de Augustinerkeller ofereixen en exclusiva Augustiner. El primer està considerat el més gran d’Europa, amb una capacitat superior a 7.500 persones; el segon, propietat de l’empresa, no es queda arrere ja que compta amb 5.000.

Màrqueting
És curiós, però sense dubtes la continuïtat d’una mateixa línia comercial i de màrqueting des de fa anys, per austeres que siguen, sembla haver sigut la millor propaganda per a Augustiner.

El seu logo de tipografia noucentista, la seua etiqueta recarregada en la qual no cap una agulla o la seua botella gruixuda de color marró, tot bastant retro, fan del producte quelcom fàcil de reconèixer.

És més, semblen transmetre a la meravella tots els atributs ací descrits, aconseguint un efecte positiu en una amalgama eclèctica de clients: des del senyor bavarés a la cinquantena al xaval que es passeja en lederhose, arreplegant pel camí a muniquesos orgullosos de tota classe o fins i tot hipsters de mentalitat cosmopolita. Tots ells bevent gustosos de la mateixa botella.

El primer fred

Si Diumenge de Rams sempre ha estat en ma vida el dia d’estrenar roba de cara a la primavera, per la fira de Tots Sants és quan s’ha de treure l’abric de l’armari. Veig però que a casa ja fa uns anys que estan, a estes hores, més bé per baixar a Sant Joan a prendre el sol que no per passejar per Mariola en busca d’esclata-sangs. A Munic, enguany no ens ha tocat nevada a l’octubre, però el temps sembla haver canviat definitivament. Fa una setmana estàvem al llac prenent el sol; portem tres dies de pluja, fred, aire i temperatures per davall de deu graus. Gonçal. Un fred que pela, que sento al cos mentre dubte si encendre la calefacció i que, demà, mai se sap. Les fulles segueixen caient dels arbres però, mentre nosaltres ja hem tret les bufandes sense esperar a la fira de Tots Sants.