Tagged: vivir en Múnich

Invierno que no es invierno

Con el clima, como con el resto de las cosas, nunca parecemos estar contentos. Todavía no ha pasado un año de aquella primavera que no parecía primavera, de las inundaciones en estos lares y de la pregunta de si habría verano o no, en Europa, y ya estamos, por estas latitudes, otra vez inquietos con el cielo, esta vez porque el invierno no parece invierno. Paciencia y una bicicleta, porque ya vendrán tiempos peores. El caso es que a 9 de enero no tenemos ni nieve ni frío ni amago. Ni los hemos tenido. Pues eso: quince fantásticos grados y unos días por delante en los que parece vamos a seguir prescindiendo de guantes, gorros y grandes abrigos.

En el restaurante

Últimamente paso mucho tiempo, demasiado, saboreando la gastronomía bávara, que si nadie la ha bautizado así debería hacerlo y renombrarla como cocina de sota, caballo y rey. O lo que es lo mismo, dieta de kartoffeln, brot, schwein, bier. Allí sentado a la mesa de unos desconocidos, a veces de puta madre y otras veces de madre puta, veo pasar a las camareras hasta siete veces por semana. Hay quien me dirá machista con esto de pensar en camarera, pues igual, pero el caso es que el estereotipo se me desconchaba como se lo aplique a un señor balcánico disfrazado de servidor de cervezas alpino. Se ríen demasiado falsamente pero demasiado al fin y al cabo. Las camareras, ellas, van y vienen y las hay que gruñen más que otras pero todas gruñen aunque sepan disimularlo. Un argentino me aseveró el otro jueves que no hay 100% que valga, que las gordas nunca gruñen porque son gordas y por tanto felices. “Y vos, ¿viste alguna vez a un gordo que no sonría?”, me dijo precisamente el gordito contento. Es una pena, pero refunfuñando no se ganan ni un céntimo de propina, por mucho que lo crean un derecho adquirido tan pronto el cliente cruza la puerta de la calle. “Dennos la oportunidad de equivocarnos; y dejen de regañarnos por ello”, le pediría yo a más de una como cliente. “O les pagaremos con la nada”. Peor es llegar a la cervecería del pueblo a las tres de la tarde y que te digan que a estas horas nos dan ensalada y por el culo. Bueno lo último es lo único que se callan, pero nos lo transmiten con la mirada. O lo de quedarse sin cenar a menos que se reserve una mesa incluso en la capital. Eso sí que no. Por ridiculez, diría que la mayor jamás vivida en este sentido sucedió hace un par de meses: tras intentar sin éxito reservar una mesa para dos en, ojo al dato, una hamburguesería muniquesa, nos invitaron a intentarlo no el día siguiente sino cinco días más tarde. Parece ser que tenían todos los pedazos de carne vendidos a media semana vista. Y cómo cojones quieren que me decida a comer hamburguesa en lunes con mi cerebro a miércoles. ¿Y si el lunes me apetece cenar sopa? “Pues se jode”, me diría el camarero (aquí es perfectamente aplicable el estereotipo masculino: universitario que dejó a medias la carrera, tatuado, gorra girada de lado, barbita perfectamente recortada, camiseta de baloncesto dos tallas más grandes… servidor profesional de hamburguesas para hipsters). “Pues que os den a todos muy por el saco”, he dicho. Son muchas sonrisitas, demasiadas petardas y petardos, tanto postureo, miles de salchichas, restaurantes que cierran en domingos (así yo también quiero ser restaurador), tantas propinas inmerecidas, ese apretar de dientes, el hablar para dentro, tirarnos la carta sobre la mesa, el limpiar el mantel barriendo con la mano en el cambio de turno… que al final a uno le entran ganas de llorar. O de comerse una fideuà.

Bogenhausen. Unes imatges

Com comentava al mateix Quadern, l’altre dia vaig pedalar fins el barri de Bogenhausen amb la idea de prendre unes fotografies. No sé si qualificar el districte com el lloc on Munic no sembla Munic o precisament com el contrari, allà on Munic es mostra sense complexos tal i com aquesta ciutat realment és. En fi, que Bogenhausen és una combinació de palaus impresionants on viu gent dels que tenen comptes bancaris amb molts zeros, terra de porsches descapotables, espai diplomàtic i empresarial, seu de multinacionals i hotels de negocis, però també orige de la ciudad (Oberföhring), paradís verd i seu de grups d’habitatges de tota condició, també socials. Arran d’uns problemetes amb l’ambaixada de la Gran Bretanya, finalment no vaig prendre ni una sola imatge de la cara més opulenta del barri, però sí que ho vaig fer amb la resta. Unes fotos:

St. Emmeran. Capella

St. Emmeran. Capella

Hotel Westin Grand. Detall

Hotel Westin Grand. Detall

Hotel Sheraton Arabellapark

Hotel Sheraton Arabellapark

Habitatges a Richard-Strauss-Str.

Habitatges a Richard-Strauss-Str.

Façana a Böhmerwaldplatz

Façana a Böhmerwaldplatz

Habitatges

Habitatges

Comerç a Ismaninger Strasse

Comerç a Ismaninger Strasse

Habitatges a Richard-Strauss-Str.

Habitatges a Richard-Strauss-Str.

Problemillas con la Polizei en Múnich

Pues eso, si fotografiar una fachada puede dañar la seguridad nacional, ¿de qué será capaz un tipo con una porra?

Pues eso, si fotografiar una fachada puede dañar la seguridad nacional, ¿de qué será capaz un tipo con una porra?

Al próximo (turista) que me diga durante un tour que en Múnich no se ve apenas Policía me lo cargo. “Chicos, vosotros no la veis, pero estar están ahí”. Y lo digo con conocimiento de causa. Cuántas veces he publicado yo algún post con tufillo a vivo en München que es un klein paradis lleno de parques, bicis, muy verde, muy limpio muy seguro, puedes dejar tu bici sin candado que no te la roban, bla, bla, bla. Hoy no toca, hoy vengo caliente, quemando, un poco más y resentido. No en vano, como esto siga así empiezo a creer que esta gente me hace entrar en vereda. Por cierto, acabo de caer en la cuenta de que he escrito unas cuantas barbaridades, un titular alarmante y todavía no he tranquilizado a mi madre, seguro que de los nervios a estas alturas de partido: “No patisques mama, que el teu xic no ha fet res roïn. Un poquet de mal només, però sense abusar”. Toda esta historia de casi-resentimiento empieza el pasado martes, día de primer y diría único fehler de la semana. En lo que a la Polizei la atañe, se sobreentiende. ¿Qué hice? Juzgad vosotros mismos pero a los ojos del agente Nº XXX (tengo su número de placa pero no os lo pienso decir) de la Policía de Múnich y de la institución a la que representa (hay que ponerse solemnes) merezco una sanción económica de circa 50 € y un punto menos de carnet. Aún no me ha llegado la anzeige a casa, espero que sea en estos términos. Todo empezó, en cualquier caso, en el momento en que pedaleé, montado en mi bici y sin abandonar el carril para estos utensilios, 0.5 segundos antes de que el semáforo de turno se pusiera en verde. Gente, en este punto no estoy ni de coña, ni sarcástico, ni exagerando, ni nada de nada. Os hablo en concreto y de verdad de un tramo de calle de Múnich con carril bici diferenciado y de una infracción consistente en salir una décima de segundo antes de la hora fijada, a pesar de que el semáforo de peatones ya llevaba unos instantes en rojo y de que, atención, no me refiero a un cruce de tráfico rodado (con sus peligros y tal) sino de uno de esos luminosos en zonas semipeatonales que frenan al tráfico rodado con la única intención de que puedan pasar los viandantes por un corto periodo de tiempo. Me explayaría más en mi amargura, pero solo añadiré un par de cosas. Por un lado, antes de que me diera cuenta salió de la nada el citado mengano, que no tenía nada mejor que hacer en ese momento, para sancionarme. Y al reclamarle compasión (lo sé, que feo es rebajarse) me dijo: “¿Qué pensaría entonces el ciclista que iba detrás de ti y que ha salido en su justo momento?”. Y añadió (con un placer a punto de orgasmo): “¿Acaso la Policía no haría lo mismo en España?”. “Señor polizist, el de detrás de mí ha pasado como una bala 0.25 segundos después de que usted me hiciera el alto y todavía se está partiendo la caja, allí 100 metros más a(de)lante. Se la sopla si usted me multa o no”. Lo pensé, que no se lo dije; total, no hay tutía. Lo del martes no hubiese merecido mención aquí, de todos modos, si no hubiera sido por el segundo incidente de la semana con la Policía de Múnich, esta misma mañana. Hoy, por lo menos, he salido medianamente airoso, por mucho que no me sienta orgulloso del rato que me han hecho pasar esta gente. El principal implicado, hay que decirlo, no ha sido un poli sino un señor de esos que llevan porra pero no pistola, de los del pelo rapadito y las luces justas. Un segurata, para más señas, que además ha resultado ser hispano. Un walkiporra, que ha debido ver en mi un tipo raro, malafeitado, con una cámara en la mano. Oh!, cámara en mano, eso es lo que menos les gusta. El caso es que este viernes soleado de otoño me las prometía yo muy felices, de buena mañana, de ahí que me haya dado por ir a hacer unas fotos a Bogenhausen. Bogenhausen no es otra cosa que un barrio a tomar por saco del centro de Múnich, uno de esos sitios a los que uno no va si no lo llaman. Yo, en cambio y como soy tan tonto, he ido allí sin que se me hubiera perdido nada. La idea era tomar una fotos bonitas de lo que hay por Bogenhausen, que no son otra cosa que palacetes, hoteles de lujo, carreteras con muchos coches todos muy caros, sedes de multinacionales, señoras pijas paseando perros de pura raza, bosques muy bonitos. Por resumir, lo que hay a patadas en esta urbe-con-alma-de-pueblo (mucho verde y mucha mercadotecnia), si le sumas los conceptos diplomacia, lujo y periferia. Es un contraste un poco raro, lo sé, porqué pensáis sino que quería ir a tomar unas imágenes. Eso sí, me he centrado en fotografiar edificios para no molestar a nadie. Esto en Bogenhausen supone fotografiar mansiones a mansalva, por mi parte siempre desde la calle y tratando de ajustarme a la ley (que permite fotografiar edificios privados considerados de interés desde la vía pública; esto es un poco complejo, pero no voy a entrar en el ajo): que si una foto por aquí, que si otra al consulado de Rusia que canta a mafia que no veas, que si una por aquí que tengo a tiro una verja preciosa. Una valla metálica que se ha abierto en un plis con dos monos con ganas de gresca chillándome como locos. Que si estoy fotografiando el consulado general del Reino Unido, que si estoy amenazando la seguridad nacional de los británicos, que si ya estoy borrando las fotos o llaman a la Polizei… Mira por donde, con la iglesia han topado. No soy de problemas (con la poli y esas cosas), los que me conocen lo saben, pero el tipo se ha puesto hecho un energúmeno, hasta el punto que se ha ido corriendo al consulado de Rusia (al lado) para tratar de llamar a unos cuantos camaradas que me retuvieran con más garantía. No han venido, eran un poco menos gilipollas, por lo que se ve (de casualidad, seguro). El tema es que me ha cogido sensible y le he comentado, siempre con mucha educación, que en la vía pública man darf fotografiaren. No sé que le ha tocado más los cojones, a aquel, que le contestara o que lo hiciera en alemán (era latino y me estaba gritando en español nada más verme la barba). Por lo que fuera, tras mis palabrillas, me han retenido en la calle y han llamado finalmente a la Policía, que se ve no tiene mucho trabajo y ha venido al poco en su BMW. A todo esto, yo esperando del brasillo de un sansón de estos en plena calle, retenido ilegalmente (imagino) cual delincuente común y tras no haber hecho nada malo (y sino al tiempo). En estos minutos de espera, además de borrar mis fotos del consulado por no discutir ni perder más tiempo, hemos intimidado un poco. Al llegar los dos policías, estos me han pedido documentación, carnet de identidad y carnet internacional de prensa, ya que me he identificado como periodista tomando unas fotos en la calle por un asunto que no viene al caso. 30 minutos después y tras todas las comprobaciones posibles por culpa de mi amigo el mono, lamentablemente después de un susto tan grande como innecesario (a los que no estamos acostumbrados a hacer maldades nos impone que se nos pidan los datos, que se nos retenga, etc), el policía de la voz cantante (en toda pareja manda uno) me ha devuelto los papeles, se ha disculpado en voz alta por haberme hecho perder el tiempo y ha ratificado, para mi y para el capullo de Securitas, que en la vía pública se puede fotografiar, lo que incluye a los edificios que se ven desde la calle, siempre que no se invada la intimidad de personas ni se usen artilugios que permitan grabaciones o imágenes interiores. Lo mejor, que el policía le ha pedido al señor gorila de la puerta que en adelante se abstenga de incomodar a transeúntes que toman fotos de su casa desde la calle, le guste o no. Lo peor, el susto, que no me quita nadie; o la disculpa del amigo (que no del agente), que todavía la estoy esperando. Ah, por cierto, finalmente y en libertad he tomado unas cuantas fotos de Bogenhausen, pero el consulado del Reino Unido no lo quiero ver ni en pintura. Otro día las cuelgo aquí, si eso.

*Nota para el ciclista: ya lo sabéis, ojito con saltaros un semáforo en rojo en Múnich. Seguro que cada día veis a decenas de personas haciéndolo, pedaleando en dirección contraria, escuchando música en auriculares mientras van en bici… Yo también. ¿Preguntadles por cuántas multas llevan a sus espaldas?

*Nota para el que hace fotos por la calle: cudadín, respeto y que no os humillen.

Un poco más alemán

Ayer dí un paso adelante en mi proceso de germanización. O eso creo yo. Hace un par de días que recibí mi flamante bicicleta, encargada como no podía ser de otra forma a través de internet usando un comparador de productos. Pero eso no es nada. El caso es que mi bici, atrás queda la vieja betuin que tan buen servicio ha prestado hasta la fecha –portada incluida–, es desde ahora una elegante señora velocípeda a la que no le falta detalle. Anoche mismo, de estreno bajo la tormenta, pisaba todos y cada uno de los charcos de la ciudad sin que mis pantalones se resintieran lo más mínimo, gracias a dos completos guardabarros. Y eso por decir algo, como que no me hizo falta hinchar las ruedas antes de salir de casa, si bien no hubiese sido un problema al llevar incorporada la máquina, de trekking, un bombín plegable. Ya de noche cerrada, camino de regreso a casa, estrenaba incluso las luces con dinamo, en plan Verano Azul, sin preocuparme absolutamente nada por colocar la iluminación o las pilas. Nada de rehuir a la politzai por las sombras como los piratas. Ahí es nada. Por no hablar de mi caballete, si no me lo cargo un día de estos, jamás tendré que volver a apoyar mi bicicleta en la pared. ¿Estoy alemanizándome o no? Por tener, el nuevo biciclo tiene hasta talla, la 55, que resulta me viene un pelín grande. No hay problema. Increíblemente, es una bicicleta inglesa, no podía ser todo perfecto. No soy tan germano. De hecho, seguramente al leer este post habrá un montón de españolitos que entenderán mis pensamientos como una chorrada, pues ellos disfrutan de aparatos similares con caballete, guardabarros, timbre, accesorio para cesta, luces de dinamo o bombín incorporado. No era mi caso. Yo más bien he sido toda la vida de los de llevar la bici cochinilla, con la cadena para engrasar, las ruedas medio vacías y la luz de detrás fundida por falta de batería. Será difícil olvidar los días de lluvia pedaleados en Múnich: imposible evitar ponerme perdido de camino a alguna cita importante. Eso se acabó. Me queda por explicar un detalle que sacará de dudas a todos aquellos escépticos que están dudando a estas horas de la evolución en mi proceso de alemanización. Amigos, he comprado mi bicicleta –ha sido un suculento regalo pero como si lo hubiese hecho– a final de temporada, aprovechando con ello un descuento de varios cientos de euros. Ja wohl! ¿Qué más pruebas necesitáis? Aunque sigo saliendo de casa con el tiempo justo, por mucho que no pueda evitar saltarme un par de semáforos en rojo a la semana, aunque adelante de tanto en tanto por la derecha del carril bici o hasta me suba a la acera para hacerlo, el proceso es imparable. Nunca llegaré a ser uno de ellos –espero–, eso está claro, pero parece que empiezo a disimularlo con soltura.

“Baviera es fantástica para que los niños disfruten del viaje a su ritmo”

Hace algún tiempo que contacté con Fátima Casaseca (Madrid, 1981) o, como muchos expatriados la conocemos por aquí, Una mamá española en Alemania. Preparaba, y aún sigo en ello –ya queda menos–, mi pequeña versión impresa de Muniqueando, por lo que pensé que comentar en el libro a través de ella la posibilidad de pasar un día en familia en Baviera sería interesante para los lectores. ¿Qué mejor que una madre de tres hijos –que además es española, joven, formada…– acostumbrada a la vida en la Baviera rural que tanto atrae al viajero?

Entonces llegó, el libro, pero no el mío sino el suyo –yo soy mucho más lento–, y tengo que decir que, como muchos, me quedé boquiabierto. Por si fuera poco –su blog es muy interesante de por si, con lo cual auguro que el libro no le andará a la zaga–, venía avalado por un pez gordo como es la editorial Planeta.

De eso, según me comenta la misma Fátima, ha pasado ya un mes, aunque parece que lo mejor está por venir, pues sus aventuras en mierdapueblo están arrasando en las estanterías.

Portada del libro de Fátima Casaseca 'Una mamá española en Alemania' . /ED. PLANETA

Portada del libro de Fátima Casaseca ‘Una mamá española en Alemania’ . /ED. PLANETA

El caso es que en un primer momento estuve tentado de desistir a la hora de pedirle a Fátima que me echara esa mano participando con una entrevista para la guía, más que nada pensando en que su agenda ahora estará más apretada que nunca. Tres hijos y un libro –que se vende– no son fáciles de llevar.

Al final, me decidí a escribirle y volví a sorprenderme con ella –no me extraña que a esta chica le vaya bien­–. La respuesta fue inmediata y la predisposición a colaborar conmigo pese a que no nos conocemos personalmente también. Por mucho menos he visto yo a más de uno subírsele los humos a la cabeza.

Lo mejor hubiese sido poder entrevistarla en persona, pero mierdapueblo no me coge de paso y es verdad que vamos todos cortos de tiempo, así es que me conformo con los avances de la tecnología. En la entrevista, un extracto de la cual se convertirá en el texto para el libro –el mío, que jaleo–, hablamos sobre la vida en familia en Alemania y de cómo disfrutar del tiempo libre en familia en Baviera –la idea es orientar a los viajeros que vienen con niños–. Ya que estábamos teníamos que haber comentado algo sobre el libro, el suyo, pero no lo hicimos. Mea culpa. A cambio os paso unos enlaces para que conozcáis un poco más su blog y su libro –a través de estas otras entrevistas y participaciones en, nada más y nada menos, rtve.es, Hoy por hoy de la Cadena SER, ELPAÍS.com, Onda Cero…; podríamos estar hasta mañana– y transcribo íntegra nuestra humilde conversación sobre vivir Baviera con niños:

Fátima. /CEDIDA

Fátima. /CEDIDA

¿Dirías que es más fácil o más complicado que en España, ser madre en Baviera?
Personalmente creo que es mucho más fácil ser madre aquí, por muchos motivos. En Alemania y especialmente en Baviera, lo que se fomenta es que la madre no trabaje y se quede al cuidado de su familia, por lo que las ayudas y bonificaciones estatales se orientan en este sentido. Incluso el sistema fiscal, con su división por clases, beneficia a las familias en las que sólo uno de los padres trabaja a jornada completa y el otro se queda a cargo del resto. Lo difícil, por ejemplo, es ser algo además de madre. La falta de guarderías tanto públicas como privadas, sus horarios y los horarios de los colegios, hacen casi imposible tener un trabajo que merezca la pena, tanto a nivel personal como económico, así que muchísimas mujeres acaban optando por quedarse en casa y concentrarse en la familia.

Tampoco se estila la ayuda doméstica, ni siquiera para limpiar la casa. Esto a mí me parece un poco exagerado, pero es verdad que esta mentalidad de autoresponsabilidad extrema, hace que aquí las madres estén un poco más relajadas, incluso sean más dejadas. Parece una tontería, pero viniendo de una cultura como la española, en la que las apariencias son importantísimas, que aquí no importe que los niños vayan conjuntados o lleven la ropa planchada, y que sea normal que se revuelquen por el barro, te hace dejar de preocuparte por el qué diran y te deja un poco más de espacio para disfrutar. La sensación que tengo es que, a pesar de las dificultades para mantener un buen trabajo o para ascender profesionalmente, aquí la maternidad se vive más tranquila.

La rutina laboral y las obligaciones, ¿dejan suficiente tiempo libre para disfrutar en familia?
Sí, totalmente. Aquí son muy puntillosos con los horarios de trabajo y, ni está bien visto, ni suele ser normal echar horas en la oficina, a no ser que haya algo urgente, claro. La gente se va a casa a su hora, aunque aquí el sentido del tiempo libre no es el mismo que en España. Como he comentado antes, la autoresponsabilidad alemana hace que, cuando terminan su trabajo remunerado, se dediquen en cuerpo y alma a su otro trabajo: la casa y la familia. Para ellos es sagrado.

¿Cómo definirías tu día en familia ideal en Baviera?
Como tengo niños pequeños, lo más práctico suele ser salir al aire libre. Pasear, montar en trineo, ir a bañarnos a algún lago, excursiones… Y, de vez en cuando, alguna ciudad pequeña y tranquila. Los alemanes tienen un curioso sentido de las distancias y hacerse una hora de coche para pasar el día en la montaña o ir a comer a un restaurante en particular, es bastante frecuente. Mi día ideal es salir por la mañana temprano con el coche, dar un buen paseo, comer fuera y volver agotados.

¿Qué actividades soléis hacer juntos en vuestro tiempo de ocio?
En invierno solemos hacer excursiones en trineo y en verano nos gusta ir a pasar el día a algún lago. También pasear o ir a alguna exposición, o incluso dedicarnos a arreglar el jardín o cortar leña. Aquí las actividades se mantienen muy low cost, y poco estresantes para los más pequeños.

¿Qué lugares son vuestros favoritos en este sentido?
Personalmente me encanta toda la zona de Allgäu, que es en la que vivimos. Nos encanta ir a las diferentes jornadas que se organizan en Wolfegg, un próspero pueblecito con una granja histórica. Su mercado de navidad es espectacular, y también organizan mercados temáticos de burros, cabras, hierbas… El sitio es precioso y reúnen un gran número de artesanos, que aquí en Baviera siguen siendo profesiones cuidadas y respetadas.

También nos encanta ir a Lindau, a la orilla del lago Constanza. Es una ciudad pequeña, con un centro histórico precioso para pasear y un puerto estupendo, con unas vistas espectaculares.

Ulm también es preciosa, con un barrio de pescadores (Fischer Viertel) encantador. Además tienen un museo específico para niños, con exposiciones estupendas y muy interesantes, el Edwin Scharff Museum.

Otra cosa que hemos hecho varias veces es ir a Nesselwang. Allí puedes subir en teleférico (o andando) y desde arriba las vistas de los Alpes son espectaculares. Al bajar tienen una cosa genial para lo más pequeños: Rodelbahn. Es como un tobogán gigante, cavado en la tierra y que empieza a mitad de montaña. Te dejan una especie de plataforma con ruedas, con un freno, y bajas ahí dentro, más rápido o más despacio según los gustos.

Siempre pensando en clave familiar y en los niños, ¿ciudad o naturaleza?
Yo creo que hay que combinar las dos cosas. En Múnich hay cosas interesantísimas que, aunque no sean siempre específicas para los más pequeños, pienso que conviene enseñarles desde el principio. La naturaleza lo que te da es muchísima tranquilidad: no hay coches ni calles que cruzar, los niños se pueden desfogar…

¿Cuáles son vuestros lugares preferidos en Múnich?
El zoo nos encanta, es un plan estupendo para niños cuando vives en la ciudad. En Múnich también conocemos el museo de los bomberos, el Kinder-und Jugendmuseum, una buena alternativa al parque en el frío invierno o en una tarde de lluvia. O bien el jardín botánico.

¿Qué recomendarías al viajero que llega a Baviera en familia?
Que se relajen y disfruten. En general, una cosa que he aprendido de los alemanes, es a adaptarme a los ritmos de los niños en los viajes, sobre todo cuando son pequeños. Baviera es fantástica para esto porque ofrece muchísimas alternativas, tanto al aire libre como en espacios cerrados, para que los niños disfruten del viaje, a su ritmo y sin pegarse palizas de turismo que, para qué nos vamos a engañar, les suelen interesar poco y aburrir bastante. La ventaja de Baviera es, sobre todo, que se trata mayormente de cuidades relativamente pequeñas, fusionadas con mucha naturaleza.

Inauguración

He venido reseñándolo durante varios días y sí, este fin de semana hemos tenido la oportunidad de acudir a la inauguración de la nueva Lenbachhaus. En realidad, solamente me apetece comentar ahora una imagen, la de abajo. Los alemanes son como son, con sus cosas buenas, regulares, malas y pésimas. Como todos. Con esto de la inauguración tengo que reconocerles, en todo caso, un detalle: lo importante de la reapertura del museo, en el que los contribuyentes se han dejado una pasta –como viene siendo habitual–, no fueron los discursos de los políticos ni siquiera la presencia del arquitecto encargado de la obra, Norman Foster. El enfoque ha sido totalmente diferente, básicamente con cuatro días de entrada libre en el que gordos, flacos, guapas, feas, ricos, pobres, alemanes, extranjeras, altas, bajos… hemos podido conocer las instalaciones y los cuadros de Wassily Kandinsky y Der Blaue Reiter gratis. Esto es, los protagonistas han sido la cultura y las personas. En la fotografía una señora con la piel endurecida por la miseria, moviéndose de sala en sala del museo con su vieja silla de ruedas empujada a duras penas por unas piernas hinchadas. En sus bolsas de todo menos la compra. Calle pura y dura. Dentro de la Lenbachhaus, por un rato, ella fue una más. Sé que no es gran cosa, pero lo contrario hubiese sido peor. Pienso en cómo funcionan (funcionaban) estas cosas en España y el detalle se agiganta hasta convertirse casi en algo extraordinario.

senyora_lenbachhaus

7 días consecutivos (del guía)

Algunas veces tengo la suerte de poder encadenar siete y hasta ocho días consecutivos de tours y excursiones de día completo. Esto, claro está, es fantástico para la economía familiar. Por otro lado, tengo constatado que puede desgastar mi salud hasta límites insospechables. Solo si resumo mi última cadena de visitas podréis entender cómo me despierto en días como hoy:

Primer día. Incorporación progresiva
Es lunes y me levanto todavía con dolor de la última excursión del fin de semana. Fue una salida de las que te dejan mella en las piernas pero la cabeza fresca y el ánimo por las nubes. Es decir, con Mariola. Pero eso fue domingo. Hoy es lunes, toca escribir y ya por la tarde acompañar a un pequeño grupo y heterogéneo en un tour especializado sobre el Tercer Reich. Hay suerte, gente encantadora, todo pasa rápido. A casa, a cenar y a dormir, que mañana será más duro.

Segundo día. Dos porteños muy porteños o mucha caña
¿Dije duro? Me quedé corto. Somos cuatro –dos de ellos porteños o bonaerenses–, en una excursión privada en tren. Pero que excursión.

–Hola buenos días me llamo Jordi…
–¿Shordi?
– Sí, me llamo Jordi y…
–Catalán, supongo…
–No valenciano, aunque el catalán es mi leng…
–¿Valenciano? ¿pero de dónde?
–De una ciudad muy pequeña –todo dicho muy rápido o será imposible acabar la frase–… y voy a ser vuestro guía durante el día de hoy.
–Mirá vos! Fantástico. Nosotros somos de Buenos Aires y hemos venido a Múnich por trabajo. La verdad es que esta es una ciudad maravillosa; pero yo no la visité casi porque ando siempre ocupado. Cuando termino a la noche estoy muerto. Es lo que tienen estos viajes, la plata es la plata, la guita, vos me entendés. Y en el tiempo libre hay que andar a conocer. Hoy estamos aquí y mañana nos vamos a Roma… –habría que cortar en algún momento pero por suerte, o no, ahí está la mujer.
–¿Por cierto Shordi vos no sabés de una peluquería donde una pueda ir a la tarde?
–Señora, a la tarde regresamos casi a las ocho y estará prácticamente todo el comercio cerrado.
–Mira, acá mismo hay una, ¿vos no podés preguntar ahora?
–Señora, que nos vamos de tour y nuestro tren sale en unos minutos y hay que ir a la Estación de Trenes.
–Shordi tiene razón cariño, dale. Hay que andar a buscar el colectivo. Se hace tarde.
–¿Y mañana?
–Mañana es 1 de mayo señora, Día del Trabajo y festivo en toda Europa. Estará todo cerrado.
–¡Y yo con estos pelos! ¡Y enferma! Y nos vamos a Roma!
–Sí mi amor pero dale.
–Si os parece vamos yendo. Como os decía mi nombre…

Esto, esto de aquí arriba, son menos de dos minutos, es una pizca de la pizca, eso no es nada. Y si no me creéis, preguntadle a un chileno de la calle a ver qué os cuenta.

Añadidle diez horas a la conversación interrupta: la batería se agota. Uno llega a casa sin saliva, desfondado por lo hablado, por lo andado, por lo escuchado, por lo sufrido… Por suerte, Mariola es fantástica y es capaz de reconstituirme antes de que caiga molido en el sofá. Mañana será otro día.

Tercer día. Más madera
Todavía medio renqueante, no estoy dispuesto a desaprovechar medio festivo con Mariola. Hace un día estupendo, sol de mayo y una temperatura envidiable. Como para comer en biergarten. Termino el pollo asado a toda prisa para llegar a tiempo de mi tour vespertino. Es otra visita abierta con un grupo mediano, variado, que se ha apuntado a la salida de tarde para andar tras las huellas del Tercer Reich en Múnich. Gente correcta en visita corta en la que no es preciso intimar. Diría que me recupero.

Cuarto día. Llueve sobre Múnich
Estaba claro, como el agua. El agua tenía que venir más pronto que tarde y ya la tenemos aquí. Por sorpresa, rompiendo pronóstico y en cantidad abundante. Y precisamente hoy, que tenía contratado un tour privado en bicicleta. Llego al hotel pedaleando, casi empapado, y con la intención de anular la visita en bici. O de cambiarla por una a pie, bajo el paraguas. Pese a todo, hoy es un día de suerte. La fortuna este cuarto día significa que me he topado con un grupo fantástico, fácil. Los acompaño en un agradable paseo de cuatro horas por la ciudad de Múnich que pasa volando. Incluso ha dejado de llover. Más aún, mañana repetimos en un grupo mixto al castillo de Neuschwanstein con esta familia y otra que está al caer.

Quinto día. Placentera excursión al castillo
Es un buen día. Por delante una excursión con un grupo de quince personas que resulta ser de lo mejor que he recibido en bastante tiempo. Buena gente, de la que ayuda a que todo salga perfecto. Y así es, con alguna incidencia menor como que el castillo de Neuschwanstein está a rebosar; que los hago caminar y atajar por un sendero empinadísimo a pesar de que tenían el transporte hasta el castillo pagado; que el puente de María está literalmente colapsado por una marabunta de chinos; que nos sorprende y nos empapa una tormenta terrible –granizo incluido– en la cola para entrar al palacio; que no nos queda casi tiempo para comer; que tenemos que hacer transbordo en el tren de regreso… Pero no es ironía, todo son incidentes menores, porqué así los percibe mi gente, la que hoy viene conmigo. Al final llego a casa una vez más derrotado, pero hoy con una sonrisa. Mañana más.

Sexto día. Siete niñas; aflora el cansancio
Aunque el día de ayer pareció redondo, subyace cierto cansancio lógico después de varios días de recibir a grupos relativamente numerosos, variopintos, y de pasar con ellos la mayor parte del día. Hoy aguarda la tercera visita al palacio de Neuschwanstein en una semana, con sus seis o siete kilómetros de caminata asociados, y sus idénticas explicaciones. Queda lo mejor por desvelar: regresamos al tren regional, en pleno pico de temporada por el puente y con un grupo de doce personas en el que siete son niñas de entre dos y nueve años. Son una gracia, todas primas, pero una gracia insaciable que bebe constantemente energía desde el minuto cero. No es plan de dar pelos y señales pero añado dos datos: recuerdo perfectamente sus nombres y dudo que los olvide en mucho tiempo; a pesar de cargarlo la noche anterior, mi iPad llega a casa con un 2% de batería. Como yo.

Séptimo día. El remate final
Doy gracias y lloro todo al mismo tiempo porque hoy me espera un último tour privado, de día completo, con dos personas de la edad de mis padres, por encima de los setenta años. Doy gracias porque auguro una excursión placentera, sin sobresaltos, sin prisas… Lloro porque un grupo privado de dos personas a estas alturas exige una conversación de diez horas de duración, sin pausa. Al final del día se cumplen mis pronósticos, ha sido un viaje plácido de trabajo interrumpido. Por suerte, la familia era educada, distinguida, elegante, conversadora, con un nivel cultural muy por encima de la media. De no ser así, no sé si lo hubiera podido resistir. Pero encadenar siete días de trabajo no puede terminar sin sabor amargo, así es que todo parece diluirse a última hora con un follón que ahora no viene a cuento pero que a mi me deja literalmente agotado.

Así me he despertado hoy, lunes 6 de mayo y después de todo. Solo. Sin voz, sin fuerza en las piernas. No sé qué hubiese sido de mi si esta sucesión de excursiones hubiese seguido un día más. Mientras escribo descubro incluso que he contraído un interesante catarro. Y recuerdos fugaces e historias de personas a las que conocí recorren sin parar mi cabeza: pienso en si al colectivo se le agarra o se le coge o ninguna de las dos cosas; en Tavernes de la Valldigna, que es un pueblo muy pequeño; en cómo es posible tener nueve nietos y que sean todo niñas; en Cayetana, que no existe; en Almansa y en su castillo; en aquellos que, como yo, viven lejos de su casa; en viajes de amigas, divertidos; en taxistas; en los enemigos de Chavez después de muerto… Es una resaca terrible, una traca. Como si me hubiera bebido una botella de café licor de mi pueblo, con cola. Por suerte, no hay mal que dure cien años. Mañana seguramente habré olvidado, o asimilado, muchos de los recuerdos que imprimieron en mi memoria la cadena de desconocidos. Entonces estaré listo para volver a la carretera.

“En Múnich, o bien te identificas con el entorno, o bien no encajas”

Elsa Mogollón-Wendeborn, periodista y directora desde 1998 de la revista ECOS de España y Latinoamérica, publicación en español para la comunidad germana, editada en Múnich. Casada y madre de dos hijos, lleva más de dos décadas trabajando en Alemania –llegó en 1990–, si bien inició su carrera profesional en su país. Natural de Cartagena de Indias, es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Externado de Colombia.

Lo de hablar con ella es una historia que viene de largo. No son muchas las profesionales latinas en Múnich que ocupen un lugar de responsabilidad como el suyo, ni que atesoren una experiencia laboral tan dilatada. Por eso y más, su caso es especialmente interesante para profundizar en las posibilidades para el trabajo y la vida que ofrece la ciudad. Charlamos de posibilidades laborales, calidad de vida y, inevitablemente, de la emigración española actual. Siempre en clave muniquesa.

Elsa, en la redacción de ECOS

Elsa, en la redacción de ECOS

¿Cómo es Múnich para el trabajo?
Se trata de una ciudad que ofrece muchas posibilidades para el trabajo en todo tipo de sectores. Está abierta a nuevas ideas, por lo que es fácil emprender negocios. En relación con otras ciudades de Alemania, podemos decir que es una de las que más oportunidades facilita.

Quizás hayas conocido el reciente informe de la consultora Mercer, que la declara como la cuarta capital con mejor calidad de vida a nivel global.
Cuando se llega desde otra región europea por unos días, quizás no se aprecie tanto la calidad de vida. En mi caso, al llegar de la Colombia violenta de los 90 el contraste fue enorme, por ejemplo, a nivel de seguridad. Múnich fue como llegar a un paraíso. Aquí puedes ir a cualquier hora del día o la noche y por cualquier lugar sin dejar de sentirte seguro.

La cantidad y diversidad de zonas verdes o poder disfrutar del ocio y la cultura también son cosas muy importantes aquí de cara a mejorar la calidad de vida.

Por otro lado, Múnich y Baviera tienen fama de ser algo aburridas, incluso conservadoras. ¿Qué opinas al respecto?
Baviera es un estado particular y orgulloso de lo que es dentro de Alemania. Eso ayuda a que el viajero sepa al llegar que se encuentra en un lugar especial, por lo que resulta más fácil integrarse o todo lo contrario. Aquí, o bien te identificas con el entorno, o bien no se encaja. En Berlín, por ejemplo, no existe hoy esa autenticidad que se respira en Múnich. En cambio, desde allí se puede percibir a los bávaros como gente folclórica que van por la calle en lederhose. A mi me gusta que la gente esté orgullosa de su cultura.

Sobre el aspecto conservador o no, afortunadamente la ciudad está gobernada por el SPD y los Verdes mientras Baviera mantiene un gobierno conservador. Pero es verdad que aquí no es como en Berlín, en aspectos como la cultura o el arte. Los espacios culturales, incluso los alternativos, están regulados y es cierto que en esta parcela no es una ciudad tan abierta y vanguardista como Berlín, capital. Pero es que Múnich es una ciudad de provincias y si la comparamos con otras ciudades de provincias europeas ofrece más.

¿Una ciudad de provincias?
En lo artístico, sí. En lo económico, no. Baviera es el polo de desarrollo actual de Alemania, junto a otros estados vecinos como Hessen. Es donde se genera el trabajo y se mueve el capital. En ese sentido, es mérito del gobierno conservador del CSU que tuvo la visión de cambiar el destino de un estado agrario y apostar por la industria sin chimeneas, por la investigación, por la tecnología o por los medios de comunicación.

Más allá del trabajo y las facilidades para ello, ¿hay algo de Múnich que no termine de encajar para el extranjero?
Como caribeña, echo en falta la espontaneidad, la posibilidad de ser alegre, de reírse. Aquí hay que bajar la voz, ser uno más entre la masa. Echo de menos algo más de diversidad.

¿Y el clima?
Al comienzo sufría con los inviernos. Ahora me conformo con el sol que tenemos. Me encantan los veranos, se siente la alegría de la gente, en los días más soleados se creen en California.

Dada la crisis económica en España y dada tu posición profesional y como muniquesa, ¿sientes la presión migratoria española sobre Múnich y Alemania?
Sí se percibe la presión, hay que reconocerlo. Antes, en ECOS recibíamos un par de currículos al año de periodistas, lingüistas o fotógrafos españoles interesados en trabajar con nosotros como revista en español. Ahora y desde hace algún tiempo estamos recibiendo entre dos y tres curriculums al día. Españoles que viven en toda Alemania y, a veces, que nos escriben desde España en busca de trabajo. Para mi es muy duro, como directora de la revista, porque aquí no tenemos opciones de dar trabajo.

En lo personal, también lo veo así. Mi marido es pediatra y habla español. Antes recibía algunos pacientes españoles, ahora cada vez atiende a más.

Esa presión, ¿puede terminar por desgastar la convivencia entre alemanes y españoles?
Creo que no. El alemán recibe bien al español, ya que éste tiende a aprender el idioma de inmediato. Es una gran ventaja sobre el emigrante de Turquía o Europa del Este. Aprender alemán es una gran ventaja, una llave que abre las puertas del trabajo en Alemania y casi diría de los corazones de los alemanes.