Category: Viatges/ Viajes
Viaje al sudeste asiático (anexo II): una ruta posible
Hace justo dos meses escribía en el Quadern ilusionado sobre la ruta que habíamos imaginado para nuestro viaje por el sudeste asiático. A nuestro regreso, compruebo que nos hemos ceñido en gran medida a lo que habíamos previsto, aunque por suerte tuvimos la capacidad de reacción suficiente para improvisar sobre la marcha en algunos momentos. De una posible ruta a una ruta posible, así como algunos comentarios:
A toro pasado, me doy con un canto en los dientes por haber preparado mínimamente nuestro itinerario. Sinceramente, empezar de norte a sur fue una buena idea y los dos días que le dedicamos a Chiang Mai me parecen hoy tiempo más que suficiente para ver la segunda ciudad de Tailandia. Si tuviera que cambiar algo de los primeros días, tengo la sensación que haber parado, aunque fuera un día, en el parque histórico de Sukhothai no hubiera sido una mala idea.
En cuanto a la segunda parada, en Chiang Rai, y el descenso en una barcaza por el río Mekong hasta Luang Prabang, seguramente lo almacene en la memoria como una de las mejores experiencias. Los dos días por el río para recorrer unos cientos de kilómetros fueron tan interminables como inolvidables. Volvería a hacerlo, sin duda.
Dos días y una sola noche le dedicamos a Luang Prabang, antigua capital de Laos y para mi una de las sorpresas del viaje. Un día más le debemos a esta pequeña ciudad, que abandonamos por la noche para visitar Vientián por unas horas. Con el tiempo justo como íbamos, no hubiésemos hecho mal en saltarnos esta parada y volar a Hanói directamente desde Luang Prabang.
A Hanói, capital de Vietnam, le dimos tres noches que, en un viaje como el nuestro, es una más de lo necesario. Nos quedamos con las ganas de ir al valle de Sapa, aunque la inmensa mayoría de viajeros que cruzamos en el camino nos garantizaron que enero no es buen momento para visitarlo. Le sobra frío y niebla y los arrozales todavía no exhiben el color verde que todos imaginamos al pensar en este lugar.
Si Sapa cayó de la ruta prevista, no lo hizo Halong Bay, uno de los dos iconos del viaje antes de nuestra partida. Con perspectiva, fuimos a Halong porque había que ir, y valió la pena, pero es verdad que el lugar está sobreexplotado, contaminado y un montón de cosas más que acaban en ado y no son bonitas.
A cambio de los días que nos perdimos en Sapa tuvimos la suerte de hacer un par de paradas imprevistas en el centro de Vietnam: Hué y Hoi an. Qué suerte, habernos desviado de la ruta para incluirlas.
La última parada en Vietnam fue la ciudad de Saigón y el delta del Mekong. La primera nos ofreció una versión diferente y contemporánea del país, el segundo me parece un lugar inexpugnable cuando no se dispone de tiempo suficiente. Me explico: al tener solamente de un día participamos de un day trip que, sinceramente, fue muy pero que muy flojo. Y me da que así son la mayoría, con paradas incesantes en comercios, un paseo por los canales del delta colapsado y muy poca cosa más.
Finiquitado Vietnam, la siguiente parada fue Camboya, en formato exprés. Un acierto haber parado unas horas en Phnom Penh, casi le hubiera dado algo más de tiempo, y una locura haber tenido la fortuna de visitar Siem Reap y las ruinas de Angkor. Dos días allí (nosotros tuvimos tres noches) son suficientes, pero pasar tres no es una mala idea.
A partir de ahí, nos fuimos a las playas perdiendo un día entero en tránsito entre Siem Reap y Phuket, donde llegamos con un vuelo desde Bangkok. Si hoy tuviera que repetir y me fuera posible, me pagaría uno de los vuelos (bastante caros) directos entre Camboya y las playas de Tailandia. Qué infierno de día y qué pérdida de tiempo pasarse una jornada entera sobre 36 disponibles de transporte en transporte.
Sobre las playas de Tailandia, las dejamos al final para darle un aire radicalmente diferente al viaje: aparcar el estrés de las mochilas y disfrutar del sol y la buena vida. Diez días y cuatro islas, fue nuestra elección, con tres noches en Phuket, dos en Ko Lanta, dos en Ko Samui y otras dos en Ko Tao. Es fácil hablar a posteriori y complicado saber que hubiera pasado de cambiar la ruta, pero intuyo que hubiese sido una buena idea ir a Ko Phangan, de donde huimos espantados por la locura de la Full Moon Party. Resulta que es la isla más tranquila siempre que no haya fiesta de la luna llena. Phuket, del que me esperaba muy poco, resultó ser lo mejor de la selección, mientras Ko Tao es una joya en peligro de extinción. Sabíamos a lo que íbamos, sol en pleno mes de febrero, pero diría que las playas de Tailandia quedaron ligeramente por debajo de mis expectativas.
Para acabar, Bangkok. Había oído tantas historias negativas de la capital, que puse el listón muy bajo. Seguramente por eso disfrutamos allí de tres días magníficos, atraídos por el bullicio comercial y la mezcla entre modernidad y tradición. Entre medio, una mañana fuera de ruta en Ayutthaya. Tiempo más que suficiente para ver sus ruinas una vez se ha tenido la oportunidad de conocer Angkor.
De esa guisa, con escala en Abu Dhabi –qué horror-, terminó nuestra ruta posible de 36 días por el sudeste de Asia.
Los especuladores contra el Muro de Berlín
No hace falta vivir en Berlín para saber que esta fantástica capital que tenemos hace bastante tiempo que ha entrado en una vorágine de especulación inmobiliaria que, pasando por encima de la crisis, pinta peor que mal. En fin, el tema de los precios se está poniendo feo en toda Alemania, aunque lo que hoy me ha tocado la moral haya sido leer en la prensa que a una parte de la East Side Gallery le podrían quedar las horas contadas. Para los que no habéis estado en Berlín o para los que tenéis la memoria floja: pedazo de monumento y de historia viva, más bien agonizante a la vista de los acontecimientos, de la Europa del siglo XX. 1,3 kilómetros de grafitis que simplemente serían algo bonito si no fuera porque están estampados sobre la piel de hormigón misma que partió la ciudad de Berlín durante casi 30 ominosos años. Tan ruines como la avaricia inmobiliaria, que no entiende de historias ni de sentimientos. Si no, de que se les iba a ocurrir a los de siempre ahora lo de tirar una parte de este Muro de Berlín que nunca debió ser construido y que hoy, convertido en museo viviente al aire libre, debería de ser un intocable. Y por un pedazo de habichuelas, pellizco suculento en forma de 36 apartamentos de lujo que no es más que pan para hoy y hambre para mañana. Directamente, ojala este lunes escuche en el Tagesschau que los de la inmobiliaria se han quedado con las ganas de hincarle el diente el muro -gracias como siempre al activismo de unos cuantos-. Para eso, y no para lo otro, me vine yo a este país.
Viatge al sud-est d’Àsia (annex I): esvàstiques
Abans de passar definitivament de pàgina amb açò del viatge al sud-est asiàtic hi ha algunes coses, poques, que voldria comentar al Quadern. Com allò de les esvàstiques. I tant que havia llegit que l’origen de la creu gamada està darrere de l’hinduisme o que encara hui és un símbol important per a determinades comunitats religioses a Àsia, especialment en l’univers budista on té diferents significats -tots bons-. I altres coses, com que a Canadà hi ha una comunitat des de fa més d’un segle que porta per nom Swastika, que a més etimològicament significa alguna cosa així com Gemütlichkeit o benestar. Però de la teoria a la pràctica sempre hi ha certa distància i, com que a Europa hi ha un tabú enorme des que els nazis van fer seu aquest símbol, no vaig poder evitar l’impacte de veure esvàstiques pràcticament per tot arreu. I les vaig començar a fotografiar. Diria que on més en vàrem trobar va ser a Laos, especialment a Luang Prabang on gairebé hi havia un temple budista a cada cantonada. Desconec les dades, però ens va quedar la sensació que la religió segueix sent important al país. Va ser un dels llocs on més monjos ens vàrem creuar pel camí i fins i tot recorde aquell nano que em vaig trobar a l’aeroport de Vientiane amb els seus pares. Vestia una samarreta cridanera amb una esvàstica enorme al pit, impensable a Alemanya on fer una cosa així estaria considerat un delicte. El vaig fotografiar, clar, i li vaig preguntar per allò. No parlaven massa anglés, suficient per a respondre’m que era una cosa especial per a ells i que si els interpel·lava perquè no m’agradava el que veia. “Què va! És molt maca”, els vaig dir. Quasi tantes esvàstiques com a Laos ens vàrem trobar a Vietnam, la majoria ornamentant pagodes budistes. Curiosament, molts d’aquestos símbols han evolucionat en les últimes dècades en esvàstiques levogires, que són creus gamades idèntiques però girades del revés. Ho fan per a no ferir cap sensibilitat, coneixedors de les “noves” implicacions d’una simbologia malgrat tot mil·lenària. No recorde quan, però sí que un dia vaig acabar fart de tantes esvàstiques. Vaig deixar de fotografiar-les.
Múnich. 36 días después, vacíos
Ayer, cinco semanas y pico después de salir emocionados hacia Bangkok, regresamos por fin a casa. Tras 30 horas de ruta final con una escala de doce horas en Abu Dhabi y un cambio en las agujas del reloj que nos descolocó por completo, aterrizamos en el Franz Josef Strauss a las seis de la mañana. Todavía era de noche, teníamos un sueño bárbaro y ni siquiera una miserable cazadora o prenda seria de abrigo que ponernos. De ahí que tardáramos nada más que unos segundos en quedarnos literalmente de piedra, dada la nevada y los ocho grados bajos cero, cuarenta menos de los que nos despidieron en Tailandia, que nos estaban esperando. Ya lo habéis visto, los últimos días de este tremendo viaje nos han dejado secos, vacíos. En clave de blog, podría decir, sin texto. No ha sido nada grave, lógico cansancio que, 24 horas después, está completamente curado. O eso creo yo. El viaje ha sido increíble, casi diría por encima de unas expectativas ya de por sí altísimas. Hoy toca empezar la digestión, quizás paseando entre la nieve; mañana será hora de volver a la rutina. Aquí cierro pues el cuaderno de Viaje al sudeste asiático –me quedan un par de detalles, nada gordo-.
Bangkoks
Amb tot el que portem a les esquenes en només unes setmanes, és complicat que un temple o un palau, per molt Palau reial que siga, em desperte un interès especial. A Bangkok, en dos dies hem visitat desenes de temples budistes, palaus, monuments, mega centres comercials, barris… Tot allò que, diuen, qualsevol que vinga a la ciutat hauria de veure. Segurament seré una mica raret, però si realment he connectat fugaçment amb Bangkok ha estat per altres vies. Pels taxis de colors, per exemple. O pels timadors, que són uns cabrons però fan molta rissa -si els veus vindre-. I per les persones honestes, que també les hem trobat. Per les autopistes elevades o per l’Sky Train. Pels mercats, els gratacels… Per eixes coses, i algunes altres, paga la pena passar uns dies a la ciutat. Demà, tercera jornada, hem decidit fugir de l’atossigament i fer una última excursió, a Ayuthaya, antiga capital de Siam.
De regreso a Bangkok. Última parada
Ahora sí que sí, encaramos la última etapa de este viaje: Bangkok, donde pasaremos los próximos cuatro días antes de volver el frío de Múnich. Llegamos ayer por la tarde y lo hicimos cambiando el plan inicial, pues el cansancio empieza a hacer cierta mella. Por esa misma razón decidimos dejarnos del trayecto combinado barco y autobús que hubiera supuesto más de doce o más horas de viaje, insoportables a estas alturas, y venir hasta aquí tomando un vuelo. De esa forma, salimos de Ko Tao a las diez de la mañana y llegamos a Bangkok pasadas las cuatro, en una tambaleante avioneta de hélices. Por cierto, era nuestro debut en un avión de este tipo, un servicio que ofrece la compañía Solar Air entre el aeródromo de Chumphon y la capital. Aunque era un vuelo casi privado, con dieciocho personas apretujadas en el compartimento, no nos salió demasiado caro: unos 75 euros por persona incluyendo ferry rápido entre Ko Tao y la península, así como transfer al aeropuerto. Pero no todo es dinero, a nosotros nos pareció un viaje placentero, estoy seguro que más de uno en la familia se hubiese resistido a viajar allí dentro. No hay para tanto. El caso es que ya estamos aquí, preparando un asalto final que esperamos sea la guinda del pastel.
Ko Tao. El gecko
Abans de llegir, clica aquest enllaç. Heu escoltat aquest animalot cantar? Imagineu hores i hores amb un xiulit com aquest a la vora. Com que això és el més normal a una diminuta illa tropical com Ko Tao, hem passat la darrera nit tractant de restar-li importància al soroll. Un so que, d’una forma que no acabàvem de comprendre -per la protecció d’una mosquitera consistent-, semblava eixir de la mateixa habitació. De fet, Mariola, que no és gens poruga, ha acabat abandonant el seu llit per a entrar d’un bot en el meu. Millor suar que patir, deu haver pensat farta del xiulit continuat a la seua orella mateixa. De bon matí, tot i que no hem tornat a sentir aquest animal al nostre costat, hem acabat per buscar-lo entre nosaltres. La idea era trobar un pardal o, més probablement, no res. Les intuïcions estan per a seguir-les. Darrere de la cortina ha acabat apareixent un rèptil de, de veritat que no exagere, uns cinquanta centímetres de llarg. Per a que vos tinc que enganyar, ens ha entrat poreta. No hi havia motiu, segons la gent de l’hotel, que ens han assegurat que l’animal que cantava com un pardal i ens ha fet companyia no era més que un gecko. Aquesta és la paraula anglesa per a definir el que tots a casa coneixem com una criatura tan poc agradable com inofensiva: el dragó. Això sí, el nostre gecko, per molt que menge mosquits com els de la península, pesava com un gat penjat de la paret i bramava com un titot -escridassava als seus-. Li haguera fet una fotografia, però quan l’he descobert darrere de la cortina no sabia de les seues intencions. O el que és el mateix, he tardat 0,5 segons en eixir pitant de l’habitació. Més tard tampoc l’he pogut fotografiar, ens han desallotjat de l’habitació i han vingut tres tailandesos somrients amb una vara i una escala. La criatura no volia eixir, així és que ens han canviat d’habitació en l’hotel. Mig hora després, encara estaven fussant per allà. Sospite que el final del rèptil, que ha captat l’atenció del personal de neteja per la seua grandària, ha sigut dramàtic. A hores d’ara, 24 hores després, són uns quants els geckos que canten al jardí. Hui sé que no són ocells.
Empapados en Ko Samui
A diferencia de lo que sucede en las playas del Mar de Andamán, las tormentas son frecuentes en las islas del Golfo de Tailandia también durante la temporada seca. Es lo que dice la teoría y lo que nos viene pasando a nosotros desde que salimos de Phuket en busca de Ko Samui. Dos días pasados por agua que nos han dejado empapados sobre la moto, en la playa, en la piscina… Tampoco ha sido para tanto, la temperatura sigue siendo agradable y el sol termina por hacer acto de presencia, aunque sea un ratito. Más allá de los chaparrones, peores durante el resto de año, las playas de Samui me han resultado un pelín menos idílicas que las de Phuket o incluso Ko Lanta. Por lo general son estrechas y alargadas y tampoco me han parecido escandalosamente transparentes, quizás removidas en exceso estos días, por las olas. Buena sombra en todo caso, bajo los cocoteros que invaden la arena, y mejor servicio. No en vano, Samui es el segundo destino de resorts en Tailandia, por delante de Phuket y solamente superado por Bangkok. El nuestro, un tres estrellas justito, que el presupuesto no da para más después de un mes quemando gasolina. Aún así, suficiente para hospedarse en primera línea de mar, con piscinita incluida y mojitos a precios soportables -Ko Samui, destino de complejos hoteleros internacionales; precios europeos-. Pues eso, había que verlo y que disfrutarlo. Me da, en todo caso, que disfrutar vamos a disfrutar algo más en nuestra última parada playera: Ko Tao, una isla un tanto paradisíaca cuatro veces más pequeña que Formentera.
Ko Lanta. Amb tota la tranquilitat del món
A Ko Lanta, la petita i allargada illa on hem passat els dos darrers dies, tot funciona al ralentí. Com la nostra moto, un ciclomotor mig avariat que no passa dels 40 quilòmetres per hora ni costera avall. Millor, perquè ens l’han llogat sense segur i no ens han donat cap casc per a protegir-nos. Res a veure, en qualsevol cas, amb l’atrafegada Phuket, doncs ací no hi ha pràcticament cotxes i les motos i els tuk tuks que circulen a pas de tortuga són els amos absoluts de l’única carretera que creua l’illa de dalt a baix. Nosaltres també hem completat aquest camí, que no supera els 30 quilòmetres, i ens hem anat aturant per a tastar la majoria de les platges que ens anaven eixint al pas. Tot i que aquestes no són cales d’ensomni sinó platges llarguerudes i estretes més bé rudimentàries, el fet de presentar un aspecte bastant primitiu i solitari les atorga un punt especial, barreja d’originalitat i exclusivitat. Més enllà de la mar, que ho és quasi tot a Ko Lanta, aquesta és una illa relativament endarrerida en comparació amb les seus veïnes, avantatjades. Els hotels de cinc i quatre estrelles són escassos, escassíssims, i són resorts rudimentaris i envellits, de tres estrelles en avall, els que ocupen la primera línia de costa. El nostre, per exemple, és un dels més pèssims, més que suficient per a passar un parell de dies agradables si no fora perquè els preus no són especialment econòmics. De fet, diria que el tema dels preus i la qualitat dels serveis turístics a Ko Lanta és un dels seus punts febles, tot i que aquesta sensació podria estar condicionada pel fet que ens trobem en la Pic Season, la setmana més cara dins de la temporada alta, amb el canvi d’any xinés i just abans que tornen les pluges intensives de l’estació humida. Mentre arriben els temporals i no, les terrasses intenten com poden atreure al màxim nombre de clients, que semblen estar en inferioritat numèrica respecte a la quantitat de rètols lluminosos. Un dels més curiosos que he vist hui és el que anunciava un Biergarten en el que servien cervesa Hofbräuhaus de Munic. No ens hem aturat allà però, farts com estem de cremar diners. Ho hem canviat per una cervesa local Chang, la que ara em bec fresqueta a la terrassa del nostre bungalow. Ací mateix escric ara a porqueta nit, mentre canta el bestiari tropical i sona a la vora la música chill out del bar de l’hotel. De fons, aporta el to exòtic al crit al res de la mesquita, una de tantes en aquesta illa majoritàriament musulmana. Mesquita no, res tampoc, però és possible que en acabar d’escriure fem una última passejada sigilosa en busca la petita mitja lluna, minva, que il·lumina tímidament la nit de Ko Lanta. I demà? Demà serà un altre dia, demà serà Ko Samui.
Angkor bien vale un viaje (Flashback)
Aunque han pasado ya unos días de la visita a los templos de Angkor, y a estas horas nos relajamos en las playas del sur de Tailandia, lo cierto es que no quiero dejar de anotar en este cuaderno de viaje lo que probablemente se convierta en la experiencia más completa de nuestro periplo por el sudeste asiático. A pesar de llegar a las ruinas del antiguo imperio jemer 150 años después de que los exploradores franceses lo redescubriesen, con lo que eso supone -ordas de turistas según las horas del día-, no quedamos para nada decepcionados sino todo lo contrario. Teniendo en cuenta que la población de Angkor se estimaba en un millón de habitantes en su época dorada -siglo XII-, no dudamos en dedicarle tres noches y dos días completos a la visita al parque, un mínimo que puede ser más que suficiente. Por decirlo de alguna manera, lo dimos todo y optamos por una visita intensiva y genuina a partes iguales, sin prisa pero sin pausa. Para empezar, a pesar del calor extremo y el sol de justicia característicos de la época seca en Siem Reap -la ciudad moderna en la que se encuentran los restos-, el primer día lo hicimos pedaleando. Una vez más desoímos algunos consejos y obviamos los 30 y muchos grados de temperatura, alquilando un par de bicicletas de montaña. Eso sí, conscientes de la que se nos venía encima, preparamos la salida a conciencia: optamos por coger las mejores bicis disponibles, nos embadurnamos por completo de protector solar y nos cargamos de víveres y agua para el camino -en realidad esto no es problema, ya que hay chiringuitos con comida y agua fresca por todos los lados durante la ruta-. No sin antes dudarlo, decidimos no madrugar y saltarnos el famoso amanecer, pues la jornada se presentaba larga. A las ocho de la mañana salimos del hotel en busca de los templos, lo que nos llevó algo más de media hora -lo nuestro nos costó encontrar el Ticket center-. Sabedores además del tirón justificado del lugar, trazamos un recorrido lo más alternativo posible, intentando así sortear la congestión. Dejamos el templo más concurrido, el de Angkori Wat, para la tarde y empezamos por otro de los imprescindibles, Bayon, en el gigantesco recinto vecino de Angkor Thom. A nuestra llegada a este primer templo, el de las caras, reconozco que tuve un primer bajón. Lo que nos encontramos fue literalmente un río de turistas chinos, rusos y japoneses siguiendo los pasos de sus respectivos guías en fila india. Imposible encontrar hueco para una fotografía sin intrusos, imposible abstraerse del cada vez más sofocante calor, complicadísimo esquivar a las decenas de locales, muchos de ellos niños, tratando de vendernos todo aquello que uno de pueda imaginar -agua fresca, libros fotográficos, artesanía…-. Casi sin darnos cuenta, poco a poco dejamos de refunfuñar para sumergirnos impresionados en una maravilla de la que habíamos leído un poco y cuya belleza real no se puede imaginar. No en vano, se nos hizo el mediodía sin salir de Angkor Thom. Tras caminarlo casi por completo, nos largamos disparados bajo un sol de justicia en busca del tercer imprescindible del conjunto, el templo de Ta Prohm. Allí mismo nos apeamos para devorar los bocatas que nos habían preparado en el hotel -la idea era perder el mínimo tiempo posible-, para entrar dentro a primera hora de la tarde. No sabría decir si fue casualidad o no, pero lo cierto es que pese a la popularidad de Ta Prohm, la visita vespertina fue mucho más tranquila. Al calor de la tarde, que es como el de la mañana pero empapado en sudor, nos perdimos entre los pasillos del templo de la selva, comido por la vegetación y conocido por muchos tras convertirse en escenario para la película de Tomb Rider. Con los deberes casi cumplidos emprendimos la última parte del denominado circuito pequeño, deteniéndonos unos minutos en todos y cada uno de los lugares de interés histórico que nos salían al paso camino de Angkor Wat. Esperando encontrar el templo por antonomasia algo menos congestionado a última hora de la tarde, nos equivocamos. En temporada alta, Angkor Wat simplemente está siempre a tope de sol a sol, mientras dura el horario de apertura. Aún así, tratándose de un lugar enorme, y enormemente impresionante, se visita con cierta comodidad y es fácil entusiasmarse. Algo más de una hora le dedicamos a este lugar menos ruinoso y de aspecto palaciego -se nota que nunca llegó a abandonarse-, tiempo óptimo para correrlo, fotografiarlo, ver unas cuantas familias de monos deambulando por allí y hasta maldecir unos cuantos andamios -no demasiados-. Finalmente y coincidiendo con la puesta de sol, abandonamos el interior en busca de una fotografía panorámica que no llegó a producirse, pues los espectaculares tonos rojos en el cielo camboyano ese día quedaron ensombrecidos por una nube fea y excesivamente polvorienta. Cualquier otro día me habría sentido decepcionado por no captar esa instantánea de tonos cálidos, pero ese y a esas horas estaba demasiado abrumado, exhausto por mil y un motivos como para ofuscarme por un mal menor. Emprendimos finalmente el viaje de regreso a la trinchera, otros cinco o seis kilómetros en bicicleta hasta el hotel para completar unos 30 sobre ruedas en condiciones extremas y varios más de caminata, arriba y abajo, por el interior de los templos. Mariola, que llegó derretida, se portó como una campeona y aunque no sé si disfrutó tanto como yo de aquello -en lo deportivo-, dudo que olvide la pedaleada. Yo tampoco lo haré, es algo que repetiría sin dudarlo y que recomendaría a cualquiera -medianamente deportista- a sabiendas de que sería maldecido en algún momento por mi consejo. Pero la historia no terminaba ahí, quedaba un segundo día. Advertidos de ante mano por otros viajeros, teníamos apalabrado un día completo de servicio de transporte con el conductor de tuk tuk que nos había llevado al hotel a nuestra llegada a Siem Reap, procedentes de Phonm Penh. Fiel a su promesa, Tee nos esperaba a las ocho y media de la mañana de aquel segundo día para ampliar nuestra visita a Angkor. No sé si todos los viajeros terminan su tour con la misma sensación que nosotros, en cuanto a su conductor de tuk tuk, pero la nuestra fue de agradecimiento total. No sólo nos llevó en su ciclomotor hasta el lejano templo de Banteay Srei, a unos 40 kilómetros de la ciudad, no sólo se detuvo en todos y cada uno de los templos de la ruta larga sin perder la sonrisa, sino que nos dejó entrar en su vida y nos contó una pequeña parte de su historia personal, algo siempre muy especial y de agradecer. 20 dólares fue el precio pactado, que con la comida y la ampliación de la ruta prevista se convirtieron en 30, pagados gustosamente. Antes de saldar cuentas, en todo caso, Tee nos dio la oportunidad de detenernos unos minutos en Bayon, precisamente donde todo había comenzado un día antes y donde tomé las últimas fotografías de las caras, esta vez iluminadas por el sol. Con ellas, al atardecer, nos despedimos de Angkor, un lugar que ha quedado grabado en nuestras memorias.














































